34. Sera
CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Sera
L a confusión no se me pasa. Estoy en el hospital, pero de vez en cuando cierro los ojos para dormir y aparezco en un nuevo universo en el que no necesito nadar en el océano.
Pero no, espera, sí que estoy en el océano, mar adentro, balanceándome entre las olas provocadas por una tormenta.
Los sonidos son muy nítidos, el choque de la lluvia contra el casco del barco, el destello de un rayo iluminando una vela rasgada.
Jadeo al intentar coger aire, me arrastro por la cubierta y recupero la conciencia.
Estoy en una cama de hospital, con los electrodos pegados al pecho.
Las cortinas de la ventana están abiertas y dejan ver la noche oscura de la ciudad mientras la lluvia azota los cristales.
Mamá, papá y Abbi están en la habitación.
Digo algo y los tres se me acercan; hablan a la vez, como gaviotas chillando en el cielo.
Hago una mueca y se callan. Mamá habla primero, después papá. Abbi dice algo y le pido que lo repita.
—Luke viene de camino.
—Vale. —El tono de mi voz es tenso y me cuesta mucho esfuerzo pronunciar cada palabra—. Os quiero.
Un nuevo relámpago ilumina la habitación, y la lluvia arrecia contra las ventanas. Me vuelvo a dormir y cuando me despierto me han quitado los electrodos. Libre de obligaciones. Libre de morir si estoy preparada.
¿Lo estoy?
Mamá está en la cama conmigo y su pelo me hace cosquillas en la mejilla.
Siento la mano de papá en el hombro y a Abbi sentada a mis pies, cogiéndome de la mano.
Está leyendo el tercer libro de Las crónicas del druida del alma , lo que significa que ha cogido la carpeta y ha encontrado los deseos que no me dio tiempo a terminar de escribir, lo que significa que esto es el final de verdad.
Siento mucho marcharme, pero me alegro mucho de que estén aquí.
El tiempo pasa despacio. Me duermo y me despierto rodeada de mi familia, aunque sus posiciones han cambiado.
Papá me sujeta los pies. Mamá me está cepillando el pelo.
Abbi está acurrucada a mi lado y sigue leyendo.
El tono de su voz es tranquilo y relajante en medio del caos del exterior.
Estoy demasiado cansada para hablar, así que me quedo allí y existo en el mismo espacio que ellos durante todo el tiempo que pueda.
EBE se esfuerza y jadea, y le digo que no pasa nada. Puede marcharse.
Me hundo más hondo en el océano de luz que me rodea. Las olas rompen con fuerza, pero oigo un sonido débil: mi nombre.
—¡Sera!
Salgo disparada del agua y busco a quienquiera que me esté llamando.
Luke está subido a la roca de la nave espacial.
Lleva el bañador nuevo que le compró su madre, el de los dibujos del espacio exterior, con las gafas a juego que remendamos ayer, después de que un abusón se las rompiera en el campamento.
Me saluda con un brazo largo y delgado y me hace un gesto para que me dé prisa.
No recuerdo el número que he gritado, pero nado lo más rápido que puedo hacia la orilla.
Entre brazada y brazada lo veo correr hacia mí.
Salgo corriendo de las olas y se me clavan las conchas en los pies y el corazón me late deprisa por el esfuerzo.
He sentido, terminado y regalado cada uno de esos latidos.
—¿Lo he conseguido? —pregunto entre jadeos.
—Casi. —Me toma la mano, corremos juntos de vuelta a la roca y al trepar por ella dejamos las huellas húmedas de nuestras manos y nuestros pies, que se evaporan bajo el sol abrasador.
En la cima, Luke se agacha para ayudarme y ya no tiene diez años, sino trece.
Lleva aparatos de color azul y rosa y tiene una fila de granos que parecen una constelación a lo largo de la barbilla.
Le cojo de la mano y dejo que me ayude, aunque puedo hacerlo sola.
—¿Adónde vamos? —pregunto—. ¿A algún sitio muy muy lejano? ¿Al otro lado del universo?
—No, vayamos a la galaxia más cercana. Quiero saber cómo se ve Northport desde allí.
—No vas a poder ver Northport, tonto. Solo la Vía Láctea…, tal vez el Sol.
—Lo reconoceré igual. —Se encoge de hombros y me ofrece una mano de nuevo.
Deslizo la mía sobre la suya y me tomo un segundo para ver cómo estamos conectados.
Alzo la vista para decirle que me alegra que hayamos acabado juntos en esta aventura, que no imagino a nadie más con quien querría recorrer el universo, pero ya ha saltado delante de mí otra vez.
Ahora tiene dieciocho años, es alto, guapo.
Se me acelera el corazón por un motivo distinto.
Luke me sonríe, fuerte, seguro y amable. Observa el mar y las nubes que se arremolinan en el horizonte.
—Deberíamos irnos, antes de que empiece a llover.
—Te quiero, Luke Tisdale —digo por encima del viento.
Él se gira hacia mí y su sonrisa se hace más amplia, me levanta del suelo y me hace girar.
—Te quiero, Sera Watkins. Y no te voy a soltar —me dice al oído con voz clara y profunda.
Me relajo. Respiro—. Seguirás aquí conmigo —promete mientras me deja en el suelo y se coloca una mano en el pecho, donde las partes de nuestros corazones están entrelazadas.
Se le ilumina la cicatriz y yo recorro el contorno con los dedos.
Luego mueve la mano de su pecho al mío—. Y yo seguiré aquí, vayas adónde vayas.
—¿Vamos juntos? —pregunto, y le cojo de la mano y me giro hacia el océano.
Está agitado y salvaje, y las olas llegan de todas partes cubiertas por una espuma blanca.
El agua es de un color verde azulado oscuro, parecido al de los ojos de Luke cuando su mirada se encuentra con la mía y me da un apretón en la mano.
—Juntos.
Corremos hacia el borde de la roca y nos lanzamos en picado al océano.
El agua está helada y me arrastra hacia abajo.
Empiezo a entrar en pánico y tiro de la mano de Luke, mi ancla, mi hogar, mi única cuerda hacia la superficie.
De repente, una luz ilumina la oscuridad, como si alguien hubiese encendido fuegos artificiales bajo el agua.
Por un segundo, nos veo suspendidos en la oscuridad, rodeados de burbujas, algas y granitos de arena diminutos que brillan como polvo bajo el sol y que hacen que el mar parezca el mismísimo espacio exterior.
Luke sonríe. Alargo una mano hacia su rostro y la luz desaparece.
Luego desaparezco yo.