El último beso del verano 33. Sera
89%

33. Sera

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Sera

P or la mañana me encuentro un poco mejor, así que salgo a dar un paseo corto con papá hasta la playa de Northport para respirar aire fresco, pero enseguida necesito volver a casa.

El camino de vuelta es una tortura: los músculos se me agarrotan, la cabeza me late con fuerza.

Mi estúpido sistema inmunitario no está teniendo un buen día.

Me derrumbo sobre la cama y duermo hasta la cena, luego cojo la caja de pañuelos y me retiro a dormir, otra vez.

Cuando me despierto en mitad de la noche, no sé dónde estoy.

Tengo las manos agarrotadas e hinchadas y las mantas me resultan desconocidas al tacto.

Lo veo todo borroso y lejano. Siento como si mi cuerpo vibrase fuera de la realidad.

Hay saltos en el tiempo. Estoy en la cama.

Estoy en el baño. Vuelvo a estar en mi cama, sin las sábanas y mirando hacia las ventanas y los rectángulos oscuros de la habitación de Luke.

De repente aparecen mamá y papá. Creo que los he llamado, pero no estoy segura.

Tengo la boca seca. Pido agua y papá me acerca una pajita a la boca mientras mamá me toma la temperatura de nuevo.

—Demasiado alta —anuncia mamá.

—Voy a llamar. —Papá aparta la pajita y baja rápidamente las escaleras. Sus pasos hacen temblar toda la casa.

—Sera —dice mamá, como si no fuese la primera vez que intenta llamar mi atención. Dirijo lentamente la mirada hacia ella, sintiendo que los ojos me raspan y sin dejar de hacer muecas de dolor. Está rodeada de una luz morada. Protegida.

—Estás brillando. —Le sonrío, pero a ella no le hace ninguna gracia la noticia.

—Tienes fiebre, cariño. Nos vamos al hospital.

No quiero ir al hospital. No hemos terminado de tomar todas las decisiones para después de mi muerte; tengo la carpeta a medias.

El mensaje de la doctora Lee y las palabras de la carta de aceptación de la beca se me escapan de la cabeza y giran por la habitación.

«Segunda. París. Segunda». Hacen que me maree.

Papá entra con unos desconocidos. Son unos gigantes que hablan con voces sin sentido.

Me sacan de la cama y empiezo a temblar, pero no me devuelven la manta: ellos llevan la suya.

Me trasladan a una camilla rígida y me sacan flotando de la habitación.

Las escaleras chirrían como pájaros mientras me bajan por ellas.

Veo la luz morada que rodea a mamá aparecer y desaparecer por el rabillo del ojo.

Todas las demás luces son demasiado brillantes y me atraviesan los ojos como cuchillos.

Mi cuerpo se estremece con cada latido arrítmico de mi corazón.

Mi corazón.

EBE está llorando, está sufriendo, lo siente mucho, lo ha intentado con todas sus fuerzas, pero es hora de marcharse.

Es hora de que las dos nos marchemos.

Fuera, un trueno retumba fuerte y amenazante. Y arrastra consigo parte de la niebla que me envuelve la mente.

—Mi móvil —digo cuando me levantan para subirme a la ambulancia.

Alguien me lo pone en la mano. El técnico de emergencias que está a mi izquierda me conecta unos electrodos al pecho, me pone compresas frías en la cabeza, los brazos y el pecho y después me pone una vía.

Siento que un líquido frío me recorre el brazo.

Me devuelve bruscamente a la realidad. Le entiendo cuando grita instrucciones al conductor y les dice a mis padres que me trasladarán en helicóptero a Boston.

Levanto el teléfono y, por suerte, está llamando a Luke.

No estaba segura de poder hacerlo con los dedos convertidos en salchichas.

Comunica una y otra vez. Entonces oigo su voz, tranquila y profunda.

Sonrío, pero en realidad no es él, solo es el contestador automático.

Lo escucho mientras me pide que deje un mensaje o que le escriba si se trata de la liga de sóftbol de otoño.

Oigo un pitido alto y durante un segundo no sé qué decir.

—Luke —digo, esforzándome por pronunciar las palabras—. Eres la luz más brillante que he conocido. Siempre hemos sido parte del otro…, para nosotros eso es literal. —Hago una pausa y espero a ver si hay más palabras que quieran salir del enredo que es mi mente—. Te quiero, Luke.

Me parece tan simple… Es como si nunca fuese a ser suficiente, pero tendrá que bastar. Cuelgo y aprieto el móvil en la mano mientras la sirena de la ambulancia aúlla en mitad de la noche.