El último beso del verano 32. Sera
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32. Sera

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

Sera

M e despierto con un fuerte dolor de cabeza y la nariz congestionada.

Menuda suerte. Justo cuando las cosas parecen mejorar, pillo un resfriado de verano.

Me alegro de que Luke vaya a estar fuera durante todo el fin de semana por las jornadas de orientación y Maddy tenga que trabajar, así puedo concentrarme en descansar.

Luke me envía mensajes desde la residencia triste y gris que le han asignado y me pregunta si quiero ayudarlo con los planes para el pícnic del Día del Trabajo de Northport cuando vuelva el lunes.

Sera

Pues claro, tal vez podamos escaparnos y pasar la noche en la playa del fin del universo… Te echo de menos

Luke

Yo también te echo de menos. Mi compañero de habitación del finde quiere convencerme de que lo ayude a ligar con alguna chica en la fiesta de esta noche…

Sera

Ve! Podrías bailar encima de una mesa y volver con una buena historia!

Luke

Ni de coña

Sera

Vale, prívame del entretenimiento

Por cierto, tengo muy buenas noticias. ¡Te lo cuento en persona cuando vuelvas!

Luke

¿¡Noticias!? Argh, no puedo esperar tanto!Hablamos luego?

Sera

Mañana. Pásalo bien esta noche!!!

Mamá viene a traerme sopa y unas galletitas saladas. Me toma la temperatura y comprueba mis constantes. Todo parece estar bien: no tengo fiebre y no hay latidos irregulares en la hora que pasamos juntas. Simplemente estoy cansada.

—Solo es un resfriado, mamá. Además, mira. —Le enseño los mensajes de la doctora Lee. Mamá los mira fijamente con incredulidad durante un momento mientras yo sonrío y ella le echa un vistazo al texto con sus ojos de abogada para asegurarse de que lo ha entendido bien—. Es real.

—¡Dios mío, cariño! —Me abraza con fuerza y no me suelta.

—Mamá, que me asfixias —digo, riéndome. Me suelta a regañadientes y aparece una nueva notificación de correo electrónico en la pantalla del móvil. Es sobre la beca de París.

—Ay… Los de la beca me acaban de escribir.

—¿Qué dicen?

Me incorporo y me paso una mano por el pelo enredado.

—Así no es como me imaginaba recibir buenas noticias —digo, mirando el pijama que todavía llevo puesto.

—No importa. ¡Ábrelo!

Lo abro.

Estimada mademoiselle Watkins: Nos complace enormemente darle la bienvenida a la cohorte de artistas de París de 2028.

Sus trabajos demuestran un gran potencial.

Es usted exactamente la clase de artista que nos gusta promover y apoyar en Le Jeanne Fontaine Collaboratif.

Le adjuntamos los detalles de la admisión y el calendario de su estancia.

Rogamos que nos confirme su aceptación o renuncia antes del 1 de octubre.

—¡Me voy a París! ¡Me pondrán un corazón nuevo e iré a París! —Todo me parece irreal con la cabeza tan embotada, pero no por ello menos maravilloso, aunque tener que decidir antes de octubre me parezca imposible.

Tengo que contárselo a Iris. ¡Y a Luke! ¡Y a Maddy!

Abrazo a mi madre con fuerza y empiezo a marcar el número de Maddy antes de recordar que está trabajando, así que le escribo un mensaje.

También le mando un mensaje a Luke para decirle que tengo «más» buenas noticias y pedirle que me llame.

Tal vez pueda convencerlo de que venga a visitarme también el verano que viene.

Sin embargo, en lugar de tranquilizar a mi madre, tanta buena noticia la pone un pelín más nerviosa.

—Me gustaría que me dejaras llevarte a urgencias, solo para asegurarnos —dice mientras me aparta el pelo pegado a la frente.

—Estoy bien, de verdad. No quiero ir al hospital sin ningún motivo. Eso hará que me ponga peor. Solo necesito descansar. Pero gracias por la sopa.

Me deja sola y, cuando vuelve más tarde a por los platos, le pido que se quede. Ponemos películas antiguas en el portátil y me quedo dormida con la cabeza apoyada sobre su hombro, con el aroma de su perfume en mis sueños y el sonido de los acentos del viejo Hollywood en los oídos.

Cuando despierto, está oscuro y me vibra el móvil. Es Luke. Respondo en medio de un bostezo y presiono el botón de vídeo.

—Hola —dice. Está en la calle, sentado contra un muro de ladrillos. Tiene el pelo demasiado largo y se le mete una y otra vez en los ojos.

—Hola. —Me levanto de la cama—. Dame un segundo. —Es casi medianoche. Empiezo a rebuscar por el suelo algo más de ropa.

—¿Adónde vas? —pregunta cuando casi se me cae el móvil al ponerme su sudadera de béisbol y empezar a bajar las escaleras.

—A la casa del árbol. Llevo todo el día dentro de casa.

—Parece preocupado y le digo que pare. La última dosis del jarabe para el resfriado me ha hecho efecto hace horas y me encuentro mejor—.

Estoy bien, es solo un pequeño resfriado.

Y no quiero despertar a nadie. Puedo llegar a la casa del árbol sin problemas.

Fuera el ambiente es húmedo y caluroso; el aire no corre y es pesado.

Me alegro de que Luke ayudase a Adam y Oliver a arreglar la escalera normal de la casa del árbol porque así no tengo que usar la cuerda para subir.

Me meto en la pequeña estructura. La han decorado un poco, pero sigue siendo nuestro espacio, con el cielo nocturno que pintamos en el techo lleno de arañazos.

Puedo ver a los fantasmas de los niños que fuimos acurrucados debajo de él, hablando de todas las aventuras que viviríamos cuando fuésemos mayores. Siempre juntos.

—¿Estás ahí? —pregunta Luke. Saco el móvil del bolsillo de la sudadera, lo apoyo contra una pared y me recuesto sobre la otra.

—Sí, lo he conseguido. Qué pequeña es.

—Es que nosotros también lo éramos —dice.

—Diminutos —bromeo.

—Sera, me tienes en ascuas. ¿Cuáles son las noticias?

—Ay, cierto. Lo siento. Bueno, son dos diferentes. Primero, ¡me han dado la beca!

Luke sonríe y parece orgulloso, pero no sorprendido.

—Sabía que lo conseguirías.

—Tengo que confirmar antes de octubre si voy o no.

—A Luke se le descompone el rostro. Hemos estado ignorando todo lo que me recuerde al reloj que no deja de avanzar, y hablar de fechas concretas del futuro siempre pone el tema sobre la mesa—.

Pero mi doctora me escribió ayer por la noche, y he subido en la lista.

Puede que no sea antes de octubre, pero ahora tengo más oportunidades.

—Se me acelera el corazón por los nervios.

—¿De verdad? —pregunta Luke. El tono de esperanza de su voz hace que se me llenen los ojos de lágrimas.

—De verdad de la buena. —De pronto me entran unas ganas enormes de abrazarlo. Me rodeo con los brazos; el olor de su sudadera me basta, por ahora—. Ojalá estuvieras aquí.

—Volveré pronto.

—Quizá, cuando esté mejor, podríamos a ir a un Airbnb de esos que están en una casa del árbol tan elegantes —propongo.

—Sería divertido. —Bosteza.

—Estás cansado. ¿Qué tal la fiesta?

Se encoge de hombros.

—Bien, igual que todas las fiestas. Aunque no he sido el único que no bebía y no ha estado mal, para variar.

—Oye, que yo nunca bebo.

Se ríe.

—Ya, pero tampoco te gustan esas fiestas.

—Cierto. La música es lo peor.

—Que Cam no te oiga decir eso. Creo que anoche tocó en una fiesta que se celebraba en una casa de Falmouth.

—Ups. —Me río.

—¿Todavía siguen ahí nuestros juramentos? —pregunta Luke, y se inclina hasta que su cara ocupa casi toda la pantalla.

—¿Nuestros juramentos?

—Sí, en el rincón del fondo, el más cercano al tronco.

Me acerco arrastrando los pies, aparto el puf que han dejado allí Oliver y Adam y encuentro las palabras talladas de las que habla Luke.

—Me había olvidado de esto —susurro.

Acaricio con un dedo las palabras y las leo en voz alta:

Yo, Luke Tisdale,

estaré siempre al lado de Sera Watkins,

que me salvó la vida.

Yo, Sera Watkins,

estaré siempre al lado de Luke Tisdale,

una parte de mi corazón.

—Qué tontainas —digo mientras me seco las lágrimas de los ojos.

—Sigue siendo verdad, y lo sabes.

—Yo no te salvé la vida —protesto.

—Claro que sí. Tú y EBE . Y este verano…, bueno, me has recordado que esta es mi vida. Eres lo mejor que me ha pasado jamás, Sera.

Dejo que las lágrimas que se me habían acumulado en los ojos caigan y digo lo primero que se me pasa por la cabeza:

—Te quiero, Luke.

Las palabras salen de mi boca y atraviesan la pantalla. Luke esboza la sonrisa más amplia que le he visto nunca.

—Yo también te quiero, Sera.