31. Sera
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Sera
A gosto empieza a desvanecerse. El número de veraneantes disminuye y el calor alcanza su punto álgido.
Maddy y yo estamos preparando una gran fiesta en la playa para mi cumpleaños.
Es la noche antes de que Luke se vaya a la sesión de orientación, pero esa mañana me despierto con náuseas y moviéndome muy lenta.
La idea de ir hasta Thirds y pasar ahí toda la tarde y noche me abruma.
Le mando un mensaje a Maddy para cancelarlo mientras, en mi cuarto, mordisqueo una tostada seca que me ha traído mi padre, que no deja de dar vueltas y preocuparse.
Me recuesto en las almohadas y suelto un suspiro. Así han sido los últimos días.
—Lo siento, cielo —dice papá mientras se sienta en el borde de mi cama—. Tal vez podríamos hacer algo más pequeño aquí en casa. Solo unas cuantas personas. Si quieres, puedo preparar mi famosa pizza a la parrilla.
—Me parece genial, papá. Gracias.
Se pone de nuevo en pie y me da un beso en la coronilla.
—Esto no será lo mismo sin ti. Si… Si no te conseguimos un corazón nuevo.
—El tono de su voz es claro, y eso me alegra.
Hemos estado trabajando en esto, en decir cómo nos sentimos cuando lo sentimos.
Mi terapeuta estuvo de acuerdo en que nos vendría bien a todos, pero sobre todo a mí, saber cuánto me quieren y, a la vez, sentirme acompañada en las decisiones que he tomado.
—Intentaré aparecerme como fantasma por la casa, pero solo si se da el caso —digo.
Él se ríe.
—Voy a ir a avisar a Luke y a su familia de la noche de pizza. Seguro que a los chicos también les gustará venir.
Le doy las gracias y escribo a Maddy para contarle el plan y pedirle que no traiga a nadie más. Me paso el día dormitando y me despierto al oír a alguien en mi habitación. Abro los ojos y veo a Luke sentado en el banco de la ventana con un cuaderno de dibujo en el regazo.
—¿Me estás dibujando? —pregunto, encantada a la vez que avergonzada.
Me mira, consciente de que lo he pillado. He conseguido ducharme antes de volver a meterme en la cama, así que no huelo mal, pero dudo mucho que esté guapa.
—Me estoy vengando de tus retratos en el barco —dice mientras se encoge de hombros, después deja a un lado el cuaderno de dibujo y se mete en la cama conmigo.
Me acurruco sobre su pecho y pego la oreja a su corazón.
El frío que sentía en los huesos desaparece.
Escucho los latidos fuertes y constantes y con cada uno de ellos pido un deseo para él: que haga amigos en la universidad, que dibuje más, que salve Harborside, que ayude a sus hermanos durante los años torpes de la adolescencia, que encuentre el amor una y otra vez, que viaje y vea mundo, que sea marido, padre y tío, que se haga mayor, se convierta en un cascarrabias y le salgan canas y se llene de conocimiento.
Quiero que comparta su forma de ver la vida con toda la gente posible: todos serán mejores personas gracias a ello.
Me dejo llevar por esos momentos imaginarios y espero que me sienta siempre a su lado cuando se le acelere el corazón de la alegría.
Las partes de mí que están cosidas a su cuerpo y que lo mantienen en el universo durante el tiempo que sea necesario para vivir una vida larga y buena.
—¿En qué estás pensando? —pregunta mientras juega con mi flequillo.
—En tu futuro.
Luke traga saliva y se le acelera el corazón.
—En nuestro futuro —miento, como si fuese un hechizo para romper su tristeza.
Unos minutos después envían a Adam y a Oliver a buscarnos para que bajemos. Adam se lanza a los pies de mi cama.
—¡Arriba! ¡Hora de la pizza! —grita mientras, no sé cómo, se enreda entre las mantas.
—Chicos —les regaña Luke, y se incorpora para ayudar a Adam a salir del nido en el que se ha metido él solito—. Siempre hay que llamar a la puerta antes de entrar.
—Ya, y vosotros tenéis que dejar la puerta abierta —canturrea Oliver—, ¡como dijo mamá! ¡Quince centímetros!
Luke se queda sin palabras y yo me echo a reír. La semana pasada nos pillaron en su cama y pensé que a Paula le iba a explotar la cabeza. Se le ocurrió la regla de los quince centímetros en ese mismo momento, lo cual fue bastante ingenioso, la verdad.
En el piso de abajo, mamá y Paula están decorando un poco el patio con Maddy, que pega un salto cuando me ve y me da un abrazo.
—Feliz cumpleaños, Sera.
—¿Lo tienes? —le pregunta Paula.
—¡Ay, me lo he dejado en el coche!
Se da la vuelta y desaparece por la esquina de la casa, y yo cruzo una mirada con mamá. Ella sonríe, pero se encoge de hombros.
—Yo no he sido.
Maddy vuelve con una cajita, a pesar de que pedí que no me hicieran regalos.
—De parte de todos los que querían estar aquí —dice Maddy cuando me la da. Estoy abriendo la tapa cuando la puerta del porche se abre con un chirrido. Me giro y veo a Abbi en el umbral, con Cam justo detrás. Casi no le da tiempo a saludar porque me levanto de la silla y voy a abrazarla con fuerza.
—Hola. —Ríe y llora al mismo tiempo sobre mi hombro.
—Hola —digo, y se me mete uno de sus rizos en la boca. Me separo de ella, saludo también a Cam y acepto la caja de galletas que me ofrece. Se sientan con nosotros a la mesa y pronto todos nos estamos riendo de las historias de sus percances durante sus excursiones por Maine.
Cuando nos terminamos la pizza, Abbi entra a por platos para la tarta y la sigo. Saca los platos bonitos de la vajilla de porcelana que no usamos nunca y se encoge de hombros cuando le pregunto si es buena idea.
—Me parece un buen momento que celebrar —dice—. No estábamos seguros de que llegases hasta aquí, ¿no?
—Ya ves, diecinueve… —Sonrío—. Puede que por fin me anime a fumar, es un vicio que me llama desde hace tiempo.
—¡Sera!
—¿¡Qué!? —Me cruzo de brazos, pero ella sabe que solo es para chinchar. Me observa un segundo y de repente se le llenan los ojos de lágrimas. Le cuento la nueva regla: decir lo que piensas y sientes, sin importar nada más.
—Pensé que me lo iba a perder —susurra.
—¿El qué? ¿Mi muerte?
—No, bueno…, quizá un poco, pero no. Que te hicieses mayor. —Se le escapa un sollozo, y la abrazo otra vez.
—Siento no haberte llamado —digo.
—No pasa nada. Creo que necesitábamos esa pelea.
Asiento y señalo con la cabeza hacia el porche.
—Entonces, ¿Cam y tú no os habéis hartado el uno del otro después de tanto tiempo metidos en una tienda de campaña?
Se ríe.
—Estamos genial. De hecho, vamos a buscar un sitio para irnos a vivir juntos el semestre que viene.
—¿De verdad? ¿No vas a volver a aplazar la universidad?
Niega con la cabeza. La abrazo de nuevo.
—Me alegro muchísimo. Estoy deseando que te vuelvas tan lista que escribas una tesis llena de palabras que no entienda.
—Ojalá. —Traga saliva e intenta seguir hablando—. Espero que estés ahí cuando la defienda.
—Yo también. —Le doy otro abrazo y nos quedamos allí unos minutos; dos hermanas arrepentidas por haberse hecho daño. Luego nos secamos las lágrimas y salimos para la tarta.
Después de la tarta, abro mi regalo mientras todos nos relajamos en el jardín y vemos cómo los murciélagos empiezan a volar por encima de nuestras cabezas.
Oliver y Adam hacen volteretas en el césped.
Mamá vuelve a llenarse la copa y la de Paula, y papá le pregunta a Cam sobre el piso que Abbi y él van a alquilar.
Maddy se acerca justo cuando me ve sacar el montón de papeles que hay dentro de la caja.
Son peticiones escritas a mano de todas las tiendas de Main Street.
—¿Qué es esto? —pregunto mientras echo un vistazo a algunas de ellas. Maddy y Paula se miran y me lo explican.
—Sabemos que no querías regalos, pero todo el mundo en Northport quería demostrarte cuánto te quiere.
—Son encargos —añade Paula—. Queremos que hagas arte para el pueblo.
—¿Es un trabajo? —me río, sin poder creérmelo.
—¡Sí! —Maddy me abraza—. No creas que vas a librarte tan fácilmente.
Le paso la caja a mamá, que rompe a llorar y tiene que entrar dentro, acompañada de Paula y Abbi. Papá le coge la caja y niega con la cabeza.
—Diseños para los escaparates de todas las tiendas de Main Street. ¿Crees que podrás hacerlo? —pregunta Maddy.
Asiento con la cabeza.
—Sacaré el tiempo. Pero necesitaré ayuda.
Luke se acerca, se sienta en el reposabrazos de mi silla y echa un vistazo a los papeles con las peticiones de todos los comerciantes con los ojos vidriosos.
—Es una gran idea —le dice a Maddy—. Yo la ayudaré.
—¡Nosotros también! —exclama Oliver mientras mete la cabeza entre los dos. Le alboroto el pelo y se aleja rápidamente. Luke me rodea con el brazo y me abraza con fuerza. Es un regalo perfecto. Significará que dejaré una parte de mí en Northport si voy a París el próximo verano o… no.
*
Subo a mi cuarto después de dar las buenas noches a todos y me quedo unos minutos en el escritorio, apuntando ideas para los encargos.
Veo que se enciende la luz de Luke y me acerco a la ventana para abrirla.
Él también abre la suya, pone música y sube el volumen lo suficiente como para que pueda oírla.
Desaparece un momento y vuelve sin camiseta, preparado para irse a dormir.
A pesar del cansancio, me encantaría poder escabullirme y pasar la noche en su cama, pero mañana tiene que madrugar.
De repente, me vibra el móvil tres veces y lo saco del bolsillo. Es una alerta médica, un mensaje y un correo de la doctora Lee. Los tres dicen lo mismo.
Feliz cumpleaños, Sera. Hoy hemos recibido la noticia de que has subido en la lista de espera y eres la segunda para tu tipo de compatibilidad. Por favor, llámame mañana y lo comentamos.
Levanto la vista hacia la ventana de Luke, pero ya ha apagado la luz.
—Segunda —le susurro a EBE , incrédula. Le estoy muy agradecida y le he pedido muchas cosas a lo largo de los años…, pero esta vez le pido lo que he estado evitando—: ¿Crees que podrás aguantar un poquito más por mí?
Me responde con unos latidos fuertes y constantes, y me permito imaginármelo: el trasplante y todos esos momentos futuros con Luke hechos realidad. París, la universidad, el amor, la familia y una vida en Northport.
Apago la luz, me recuesto en el banco de la ventana y contemplo cómo las estrellas brillan cada vez más y proyectan un milagro sobre mí.