30. Luke
CAPÍTULO TREINTA
Luke
M i intención no era que termináramos haciendo el amor, aunque mentiría si dijera que no se me había pasado por la cabeza mientras lo preparaba todo en el Frappie’s.
Lo que quería principalmente era ver a Sera feliz, tal y como está ahora, acurrucada a mi lado bajo la manta y sin dejar de hablar de los colores de la película y preguntándose cómo será París bajo la lluvia.
Su piel está fría al tacto, pero al mismo tiempo consigue hacerme entrar en calor.
Cuando termina la película y Amélie disfruta de su propia historia de amor después de ayudar a todo el mundo, estiro una mano para coger mi teléfono y poner otra.
Jeux d’enfants . Lo único que sé es que trata de dos amigos de la infancia que se enamoran.
También está en francés, y no he sido capaz de encontrar los subtítulos, así que estamos un poco perdidos.
Sin embargo, ni Sera ni yo le prestamos mucha atención.
Ella me acaricia el pecho con las manos, lo que me provoca unas pequeñas descargas eléctricas que me recorren todo el cuerpo.
Me giro hacia ella y le acaricio la mejilla, la nariz y las cejas cuando me mira subiéndolas y bajándolas, y se ríe.
Deslizo la mano hacia abajo y le recorro la clavícula y la fina línea de la cicatriz por donde la abrieron para regalarme a mí la vida.
Apoyo la palma de la mano contra su pecho y siento el latido de su corazón, como si todo fuese bien y nos estuviese guardando el secreto del tiempo que le queda.
Acusaría a EBE de traición, pero a Sera no le gustaría.
—Nos ha traído hasta aquí, ¿no? —pregunta, como si me estuviese leyendo el pensamiento.
Le doy un beso en el pecho, le doy las gracias en un susurro y le suplico en silencio que aguante, porque creo que no podría soportarlo si no lo hace.
Pasamos de la película y nos fundimos el uno en el otro otra vez.
Siento cómo la nostalgia se apodera de todo.
Su diagnóstico es un zumbido agudo en mis oídos, siempre allí, siempre amenazando con ahogar todo lo bueno.
Intento permanecer presente, con sus ojos fijos en los míos y sus labios susurrándome al oído que todo está bien.
Y yo la creo cuando lo dice. Creo que nada en el universo me ha parecido tan bueno ni tan adecuado como este instante. Y deseo, con toda mi alma y mi ser, que no acabe nunca. Que se quede así: suspendido, como un beso interminable.