29. Sera #2
Paso un momento por el baño para lavarme los dientes y coger uno de los «kits de supervivencia» que tiene preparados Abbi en el armario inferior.
Es solo un viejo neceser de maquillaje con tampones, salvaslips y analgésicos, pero también condones, lubricante y paquetes individuales de toallitas húmedas.
Cuando llego al piso de abajo, Maddy me lleva corriendo a su coche y arranca a toda velocidad, con la música de un nuevo artista que rapea en francés a todo volumen.
Me dice que Sienna la está ayudando a prepararse también musicalmente para nuestro viaje.
Por lo visto, Berlín requerirá que salgamos de fiesta.
Maddy es inmune a mis miradas penetrantes y se niega a contarme más detalles sobre la noche.
Cuando llegamos a Main Street, gira a la izquierda por el callejón que hay pasada la librería, después a la izquierda otra vez por Harborside Main y reduce la velocidad al llegar al final de la calle abandonada.
Se detiene delante del fantasma de Frappie’s, aparca el coche en el parque y anuncia que hemos llegado.
A través de las ventanas oscuras y llenas de polvo del local, veo el suave resplandor naranja de unas luces titilantes.
Me da un vuelco el corazón. Respiro profunda y entrecortadamente.
—¿Estás bien? —pregunta Maddy.
—Sí. —Me inclino hacia delante y la abrazo—. Gracias.
—Ni siquiera sabes qué está pasando. —Maddy se ríe.
—Pero sé que has ayudado, así que gracias. —La suelto y le digo adiós con la mano mientras ella se da media vuelta y se aleja con el coche.
La noche es cálida, pero la brisa del océano es fresca y agradable.
Esta me empuja hasta la puerta del Frappie’s, donde encuentro un cartel escrito con la letra de Luke que imita un letrero del metro de París en el que solo pone mi nombre.
Acaricio los bordes con los dedos, después abro la puerta y entro en un sueño.
Hay docenas de guirnaldas de luces colgadas y entrelazadas en las vigas del techo, lo que le da a toda la sala un cálido resplandor dorado.
Sobre la barra hay una maqueta de la Torre Eiffel y el marco de la puerta de la cocina está enmarcado por el Arco del Triunfo.
El centro del local está despejado y hay varias capas de cojines y mantas alrededor de una mesita baja cubierta de pasteles y queso.
Un proyector ilumina la pared desnuda de la izquierda con la imagen congelada de la primera escena de Amélie .
Luke está de pie en la zona del rinconcito acogedor que ha montado, vestido con unos vaqueros bonitos y una camisa, pero sin corbata, por suerte. Ha conseguido controlar un poco su pelo, aunque ya se le está rebelando, porque no deja de pasarse la mano con nerviosismo.
—He pensado que, por si no puedes ir a París el año que viene, podía traerte yo París.
—Tiene una flor en la mano y no deja de retorcer el tallo, así que la cojo y se la coloco detrás de la oreja.
Después le paso los brazos por encima de los hombros y me inclino para atraparle los labios con los míos.
Él sonríe y nuestros dientes chocan. Me rodea la cintura con los brazos y, con cuidado, me hace girar.
—¿Te gusta? —pregunta.
—Me encanta.
Le beso una vez más, rápido y con fuerza, y él desliza una mano por mi pelo, sujetándome contra sí.
—Iris también me ha prestado algunas fotografías de sus visitas a museos —dice, tomando aire por fin después de besarme—. He pensado que podíamos verlas primero y después poner la peli.
Asiento con la cabeza y nos acomodamos entre los cojines. Elijo un macaron azul y le doy un mordisco mientras él empieza con la presentación de diapositivas. Sabe ligeramente a flores y no está demasiado dulce.
—¿Los ha hecho Maddy? —pregunto, y Luke asiente con la cabeza—. Pues sí que va a llegar lejos, sí.
Me lo acabo en segundos y paso a un pequeño pain au chocolat .
Vemos las fotografías y por último llegamos al Musée d’Orsay.
Le pido que detenga la presentación en una de las imágenes de un gran nenúfar, me pongo de pie y me sacudo las migas de croissant de los dedos.
De cerca, la imagen se pixela y los colores se difuminan.
Me quedo allí de pie, entrecierro los ojos, respiro hondo y me imagino que estoy realmente allí: la luz veteada del sol que entra por las claraboyas, los grandes bancos curvos vacíos detrás de mí.
La sombra de Luke se une a la mía, apoya la barbilla sobre mi hombro y me rodea con los brazos. Siento mariposas en el estómago.
—Es precioso —murmuro.
—Tú sí que eres preciosa —dice él contra mi pelo, y me recorre el cuello con los labios.
El calor invade mi cuerpo y las mariposas de mi estómago vuelan hacia abajo.
Luke me lleva de nuevo hacia las sábanas y pone la película, baja la intensidad de las luces parpadeantes, ajusta el volumen para que no suene demasiado alto y después se sienta detrás de mí.
Doy un sorbo a mi limonada y me recuesto entre sus brazos.
Ya he visto la película antes. Los padres de Amélie creen que tiene un defecto cardiaco, así que vive una infancia segura, tranquila y solitaria, buscando alegrías diminutas en los lugares más insospechados.
Me estremezco cuando su madre muere frente a Notre-Dame y empiezo a disfrutar de la película cuando encuentra la caja escondida en su apartamento y empieza, por fin, a vivir.
Observo las escenas de la ciudad mientras ella recorre París en bicicleta con una misión, pero me distrae el calor que desprende el cuerpo de Luke pegado al mío.
Recorro las líneas de las venas de sus brazos, junto las yemas de mis dedos con las suyas y sigo los relieves y las arrugas de la palma de su mano.
La misión de Amélie de alentar a su padre a viajar y conseguir que sus compañeros de trabajo se enamoren pronto se convierte en el telón de fondo de la necesidad desesperada que siento en el pecho y que se extiende por todo mi cuerpo.
Me giro en los brazos de Luke y lo empujo hasta que se recuesta sobre los cojines.
Me rodea la cintura con las manos por debajo del vestido cuando me siento a horcajadas sobre él.
Susurra mi nombre mientras juguetea con el borde de mi ropa interior y no me avergüenza el calor que sé que debe de sentir latiendo entre mis piernas.
Me inclino hacia delante y lo beso, primero poquito a poco, luego más rápido.
Me separo de él y le desabrocho los botones de la camisa hasta dejar al descubierto más parte de la cicatriz que le llega hasta los músculos del estómago.
Llevo los labios a la hendidura por la que lo abrieron, donde siempre vivirá una parte de mí, y después me incorporo y me quito el vestido por la cabeza.
Luke abre los ojos de par en par y me acerca más a él. Me inclino un segundo a un lado para alcanzar el neceser que llevo en el bolso, lo abro y saco un condón.
—Sera. —Luke traga saliva con fuerza y yo le doy un beso en la nuez cuando esta sube y baja. Se le tensan los brazos fuertes mientras me mantiene a cierta distancia, y puedo sentirlo debajo de mí—. No tenemos que hacer nada que no…
Lo interrumpo con la lengua y acerco mis caderas a las suyas para sentir cómo se frota contra mí.
—Estoy lista —digo contra su boca, me separo y lo miro a los ojos—.
Te deseo, Luke. —Simplemente el hecho de pronunciar esas palabras en voz alta hace que me invada la emoción.
Luke suelta un gemido y nos hace girar. De repente estoy nerviosa, como si quisiera apresurarme en dar los siguientes pasos.
Empiezo a quitarme la ropa interior con un contoneo de caderas, pero Luke me frena.
—Espera —dice, y me acaricia el cuello con los labios, pasa por encima del sujetador y llega a mi cadera. Se coloca de forma que apoya la barbilla contra mi muslo y mira hacia arriba para pedirme permiso mientras me sujeta las caderas con las manos—. ¿Puedo?
—Sí. —Tengo la voz ronca, desesperada. Deja un rastro ardiente con los dedos que me eriza la piel de las piernas cuando me quita la ropa interior sin apartar la mirada.
Doy un grito ahogado cuando hunde la cabeza entre mis piernas.
Abro los ojos cuando se detiene y me mira, al principio preocupado, después sonriendo, antes de volver a inclinarse.
En solo unos minutos, con la firme presión de su boca concentrada y el movimiento rápido de su lengua, todo mi cuerpo cobra vida y se estremece por las ganas de llegar al clímax.
Se sienta sobre los talones y yo me apoyo en los codos para verlo bien.
Tiene la respiración acelerada y entrecortada, y su pecho sube y baja al mismo ritmo que el mío mientras que sus ojos son un océano oscuro y tempestuoso incapaz de apartar la mirada de mí.
Se levanta y se deshace de su ropa hasta que se queda desnudo.
Lo miro boquiabierta durante un segundo y se me sonrojan las mejillas más de lo que ya estaban.
Él se arrodilla y yo estiro un brazo hacia él.
Su piel está caliente y pegajosa, y me recorre el cuerpo con las yemas de los dedos, incapaz de dejar de tocarme.
Mi sujetador desaparece y el envoltorio del condón se me resbala entre los dedos temblorosos.
Me río de nuevo. Luke sonríe y me besa, lo coge y lo abre con facilidad.
Se lo quito porque quiero ponérselo yo misma.
Se le tensa todo el cuerpo y los músculos le oprimen la piel mientras se lo pongo.
Cuando lo suelto y me tumbo, él se relaja, suelta el aire lentamente y con control y se aparta el pelo de los ojos.
—Ven aquí —digo.
Se inclina sobre mí, bloqueando la luz de la película que parpadea sobre la pared.
Le acaricio el pelo con las manos y lo beso mientras se tumba sobre mí.
Le paso una pierna por la espalda y titubeamos durante un momento cuando él se inclina y busca el camino a mi interior.
La presión es fuerte al principio, pero él se mueve despacio y, aunque el dolor es agudo, se pasa rápidamente y se convierte en una molestia placentera.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí. —Le doy un beso rápido—. Ve despacito —le pido—. Quiero recordarlo bien. —Le acaricio la ceja y la mejilla.
Asiente con la cabeza y respira hondo, baja la cabeza y me roza la nariz con la suya.
—Yo también.
Respiro hondo y le rodeo el muslo con la otra pierna para acercarlo más a mí. Él toma aire y yo suelto un gemido grave cuando la presión vuelve a aumentar.
—Sera. —El tono de su voz es ronco por el placer.
—Luke —le susurro al oído.
*
Al terminar, Luke permanece tumbado encima de mí y me llena la cara de besos, hasta que no puedo parar de reír.
Luego se aparta y rueda sobre su espalda, jadeando como si acabara de recorrer todas las bases después de hacer un home run .
Lo observo, con el corazón acelerado pero firme.
Entrelaza los dedos con los míos. La luz de la película parpadea sobre nosotros.
Apoyo la cabeza en su pecho y escucho el latido de su corazón; un ritmo constante que me resulta familiar, como el océano que se aleja y se acerca de nuevo a la orilla.