El último beso del verano 29. Sera
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29. Sera

CAPÍTULO VEINTINUEVE

Sera

E n mi siguiente cita con la doctora Lee, mis padres y yo nos enteramos de que nada ha cambiado.

Como siempre, primero me toman las constantes, me hacen un electro, un ecocardiograma y todas las pruebas de rigor.

Me pongo la bata de papel de hospital y los auriculares y escucho el pódcast que me envió Maddy sobre el efecto de la luz ultravioleta en las verduras.

En algún momento cambio a un audiolibro sobre la intersección entre el arte y el medioambiente, ese con el que Abbi me ha estado dando la tabarra para que me leyese, y así tener algo de lo que hablar con ella la próxima vez que nos veamos.

Todavía sigue en Maine con Cam. Ha enviado algunas fotografías al grupo de la familia a las que he respondido, pero, aparte de eso, no hemos hablado.

Las enfermeras y los técnicos trabajan rápido y en silencio.

En menos de una hora vuelvo a estar vestida con mi ropa, con el pecho un poco pegajoso por el gel de la eco, sentada en la consulta de la doctora Lee y escuchando la misma información una y otra vez.

Nada de esto es nuevo y, sin embargo, la herida vuelve a abrirse.

Me está fallando el corazón. Mi nombre sigue demasiado abajo en la lista como para tener una esperanza real, pero aun así todos nos aferramos a ella.

Mis padres le piden a la doctora Lee que repita las cosas, pero yo nunca necesito que me repitan las malas noticias.

Se me quedan grabadas a la primera, como la letra inútil de una canción pop cualquiera.

Tengo tiempo para echar un vistazo a su consulta y cotillear entre las estanterías llenas de libros, fotos y recuerdos de todos los pacientes a los que ha tratado a lo largo de los años.

Ha llegado el momento de preguntarme qué le regalaré si consigo otro corazón o qué le enviará mi familia si intenta salvarme, pero no lo consigue.

Si sigo estable, la siguiente visita será dentro de tres meses. Mientras tanto, como las cosas podrían avanzar rápido si no sigo así, me dan un montón de papeleo que hacer y algunos números a los que llamar, junto con una carpeta que rellenar con mis deseos de fin de vida.

—Te sentirás bien al estar preparada —dice la doctora Lee.

Reviso la carpeta en el asiento trasero mientras volvemos a casa y empiezo una sección para cada persona a la que quiero dejarle instrucciones o notas: mamá, papá, Abbi, Maddy y Luke.

Me tiembla un poco la mano al escribir su nombre.

Los papeles sugieren que escriba lo que quiera y que no me preocupe por cómo pueda tomárselo o interpretarlo la otra persona.

Sin embargo, cuesta no imaginarse las reacciones de todos, sobre todo la de Luke.

Siento que podría tener toda una vida para despedirme de él y aun así no bastaría.

Cuando cruzamos el puente Sagamore, el sol brilla y se refleja en el canal con destellos brillantes de oro blanco.

Bajo la ventana y respiro el aire salado.

Es extraño pensar si quiero una doula que me acompañe durante mi muerte o si quiero que me incineren o que me conviertan en un árbol cuando me siento tan viva.

Lo único que tengo claro es que no quiero que me conecten a una máquina y pasar largos periodos de tiempo en el hospital.

Por alguna razón, eso lo tengo clarísimo, y lo escribo deprisa en la primera página antes de dejar la carpeta a un lado.

Sin el trabajo, ocupo mis días pintando cosas nuevas.

Sobre todo me pinto a mí misma, pero a veces también nos pinto a Luke y a mí.

Juego a juegos, veo películas con mamá y papá y paso el rato con Maddy y Luke en la playa.

Voy a unas cuantas hogueras con chicos y chicas de Northport, pero no me quedo mucho tiempo.

Casi todo el pueblo se ha enterado de mi situación y me siento como una especie de celebridad triste.

Todo el mundo es un poco «demasiado» amable.

Se callan sus alegrías cuando me uno a ellos alrededor del fuego, aunque les digo que no pasa nada.

Me dan pizza gratis en el Dockside y los dependientes del Lorell’s me guardan los mejores muffins .

Y es un detalle, sí, pero me abruman. Siento que ya no somos solo mi familia y yo los que estamos esperando a que me falle el corazón.

Siento que todo Northport está conteniendo el aliento también.

Cuando me llaman de mi seguro médico para preguntar si quiero una visita a domicilio para evaluar las opciones de cuidados en casa, digo que sí, porque parece lo más sensato.

Sin embargo, todos acabamos agotados después de la visita, y eso que apenas es mediodía.

Para levantar el ánimo, mamá propone preparar una cena grande y complicada: saca una receta de tacos caseros con un montón de marinadas y salsas distintas y reparte tareas a cada uno.

Echo de menos a Abbi cuando llega el momento de cortar las guindillas y mamá me obliga a llevar dos pares de guantes y unas gafas de sol enormes y viejas.

—No soy alérgica a las guindillas, mamá. Esto es ridículo.

Las gafas pesan y me llegan más arriba de las cejas.

—Créeme, esto te va a hacer llorar a mares —dice, así que me las dejo y me dedico a hacer chistes de estrella de cine antigua hasta que termino.

Papá prepara unos margaritas y me sirve uno con un chorrito de tequila para que pueda «entender mejor la experiencia». Estamos terminando los últimos tacos cuando llaman a la puerta.

—¿Qué hay de postre?—pregunto mientras mamá se levanta de un salto.

—No he preparado nada, cariño.

Antes de que pueda quejarme por la falta de azúcar, mamá abre la puerta y aparece Maddy.

—Gracias, señora Watkins. ¡Hola, Sera! —Entra de sopetón y me levanta de la silla antes de que pueda preguntarle por qué ha llamado a la puerta como si fuese una desconocida en lugar de entrar directamente, como hace siempre.

—Estoy aquí en calidad de hada madrina oficial… o de amiga con una misión —dice mientras me empuja hacia las escaleras—. Me han dado instrucciones de secuestrarte esta noche. Vamos. —Me da un empujón para que suba el primer escalón.

—¿Qué? —protesto, y ella sigue empujando.

—Dios, ¡qué lenta eres! Venga. Te vas a poner ese vestido amarillo, te voy a peinar y después vas a venir conmigo.

—¿Qué está pasando? —Miro a mis padres, que se están riendo desde la mesa. Sé que debe de tener algo que ver con Luke si Maddy está decidida a que me ponga el vestido, pero mamá se limita a encogerse de hombros y papá me saluda con la mano; es evidente que están compinchados.

En mi habitación, Maddy saca el vestido y me obliga a ponérmelo.

—Vaya, te queda mejor que antes. Vale, da una vuelta, da una vuelta.

Giro para complacerla y, como no me mareo, lo hago otra vez.

—Vale, tienes que contarme qué está pasando, Maddy. Por favor.

—¡Ni hablar! Luke me ha hecho jurar que le guardaría el secreto, ¡y eso es lo único que necesitas saber!

—Cotillea en mi tocador y rebusca entre mis joyas.

Escoge un par de pendientes largos que me regaló Abbi y que nunca me he puesto, y me pide que me quite el collar de profesora de arte.

Después me coloca un medallón ovalado que no reconozco alrededor del cuello.

Lo abro. A un lado hay una foto diminuta de mi familia y, al otro, una de Maddy, Luke y yo.

—Esto es de mi parte —aclara Maddy—, solo para que quede constancia.

Le doy un abrazo.

—Me lo llevaré a la tumba —digo, completamente seria.

—Esa es la idea —dice, y le tiembla un poquito la voz antes de soltarme—. Bueno, vamos a ver: vestido, joyas, ahora el pelo… Te lo cepillo y lo dejo suelto. Espera… ¿Te puedo cortar el flequillo?

—Mmm…

Saca unas tijeras de peluquería.

—¿Las llevas siempre encima? —pregunto mientras hace que me siente delante del espejo.

—¿Cómo crees que tengo este corte tan perfecto siempre? —Se alborota la melena de corte bob , que ha llevado impecable todo el verano, ahora que lo pienso.

Se va al baño y vuelve con una toalla mojada, me humedece el pelo por delante y después se detiene.

—¿Preparada?

—Confío en ti. —Sonrío y cierro los ojos mientras ella me peina el pelo mojado y empieza a cortar. Noto cómo los mechones me caen sobre el regazo e intento no entrar en pánico.

—Vale, espera, solo necesito… —Corta un poco más y oigo cómo rebusca hasta encontrar mi secador de pelo. Después de secarme y dar unos últimos tijeretazos, finalmente me dice que puedo abrir los ojos.

—¡Guau! —Me alegro de haber confiado en ella. El flequillo es mucho más sutil de lo que parecía que iba a ser, suave y ligero, y me hace parecer un poco más mayor. Juego un poco con él y después me río.

—Gracias, Mads.

—Está perfecto, lo sé. No hace falta que me lo digas. ¡Hora de irnos!

Me dice que coja un jersey finito y que me espera en el piso de abajo. La oigo hablar en susurros con mis padres mientras cojo el bolso, unos zapatos y el jersey y me miro una última vez en el espejo.

Nos doy un minuto, a mí y a mi reflejo. Para recordarnos que estamos aquí, vivas.

Giro las muñecas y observo las venas finas y palpitantes de mis antebrazos.

Me pellizco ligeramente las mejillas hasta que adquieren un tono rosado.

Tengo el pelo un poco encrespado en las puntas, pero el flequillo ondulado sigue en su sitio.

Me paso una mano por él para ahuecarlo por los lados y todo vuelve a su lugar.

La cicatriz de mi pecho se asoma por detrás de la cadena del medallón.

Intento ignorar el reloj que llevo en la muñeca y que registra todos mis movimientos.

Alejo el cansancio que se extiende desde el centro de mi espalda hasta mis extremidades, que últimamente me cuesta levantar según el día, pero que esta noche parecen estar bien.

Borro de mi mente el diagnóstico, la lista y la carpeta sin terminar.

Me centro en ser una chica que va a encontrarse con su novio para una sorpresa.