El último beso del verano 38. Sera
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38. Sera

CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Sera

D os semanas después regreso a Northport. Papá ha vuelto a dar clase, así que se ha quedado en Brookline, pero viene al cabo cuando puede. Aquí me siento más cerca de Luke.

Me paso los días en mi cuarto, y mi cama es un capullo de olor rancio, aunque la enfermera de rehabilitación que viene a visitarme —una mujer amable de mediana edad que se llama Kathy— cambia las sábanas cada tres días.

Es la única que parece entender que lo único que quiero es que me dejen en paz.

No intercambiamos más de cinco palabras por visita.

No intenta hacerme sonreír ni que vea el lado bueno de nada.

Se limita a hacer su trabajo, y yo me limito a existir.

Es lo más triste y, a la vez, lo más perfecto del mundo.

Mamá sube cada día e insiste en que camine en la cinta si no quiero salir, para que no acabe otra vez en el hospital.

De vez en cuando viene Paula y nos sentamos y lloramos, y yo olvido todo lo que me dice en cuanto termina de hablar.

No retengo sus palabras. No puedo con nada de esto.

No entiendo cómo puede siquiera mirarme.

Yo no puedo mirarme a mí misma. He tapado con sábanas los dos espejos de mi habitación.

Sigo llevando la trenza de raíz que me hizo una enfermera en el hospital antes de marcharme, deshecha y grasienta, hasta que un día Kathy, sin decir ni mu, me lleva al baño y me lava el pelo.

No me quiero duchar. Me paso la esponja lo justo.

No le veo el sentido a nada. Veo realities absurdos que me recomienda Maddy por mensaje, me subo a la dichosa cinta y lloro, duermo y pienso en Luke.

Esa es mi vida ahora. Y me basta. No me merezco nada más.

Abbi viene un día e intenta sacarme de mi encierro, pero le falta la prueba esencial: algo que demuestre que merezco tener el fu­turo que le he quitado a Luke.

Él era el que tenía planes para revitalizar el pueblo, para cuidar a sus hermanos, para dar ese amor inagotable a los suyos.

Yo solo había preparado mis estúpidos cuadros y mi muerte. Y hasta eso me han negado.

La siguiente persona que viene a verme es Iris. Huele a pintura y trae dos caballetes: uno de pie para ella y uno portátil, de esos que se apoyan sobre la cama, para mí.

—He pensado que podríamos pintar juntas —dice con calma, como si yo fuese un gatito enfermo al que intenta convencer para que entre en el transportín y poder llevarlo al veterinario.

—No, gracias. —No me imagino creando algo nuevo y colorido.

Sin embargo, ella no se mueve; se queda ahí girando un pincel entre los dedos.

—De acuerdo. ¿Puedo contarte una historia, entonces?

Me encojo de hombros. Todo el mundo ha intentado esto. Creo que hace que se sientan mejor.

—Cuando tenía catorce años, mi hermana gemela, Ivy, murió de leucemia.

Siento una punzada profunda de culpabilidad y tristeza por Iris.

—Lo siento.

—No pasa nada. Bueno, sí, sí pasa, pero ahora estoy bien.

—Antes no lo estabas. —Tiene lógica.

—No. Me parecía una crueldad del destino, un error, que hubiéramos nacido juntas y que ella tuviese tan poco tiempo. Era mi mejor amiga. Era divertida y buena y tenía una voz increíble. Me quedé completamente perdida sin ella. Y durante mucho tiempo estuve convencida de que quería morirme también.

Iris se queda en silencio mientras juguetea con las mangas largas de la túnica de lino que lleva.

—Yo no estoy pensando en eso —reconozco—, aunque por dentro sí que me siento muerta.

Ella asiente con la cabeza, carraspea y continúa:

—Mis padres me metieron en un programa ambulatorio.

Una semana vino una artista profesional a darnos un taller de pintura al óleo.

—Sonríe al pensar en el recuerdo—. Coger el pincel y combinar los colores me provocó la misma sensación que tenía cuando escuchaba a Ivy cantar.

Yo era jovencita, así que me lo tomé como una señal.

Sin embargo, ahora creo que esa artista fue la persona indicada en el momento justo.

Me dio las herramientas que necesitaba para recuperar mi propia vida.

—Yo no tengo una vida —murmuro.

—La vida es para los vivos, Sera. Yo tuve que aprenderlo y tú también lo aprenderás.

Tuve que aprender que mi hermana me quería tanto como yo a ella, y que no habría querido que yo dejara de vivir solo porque ella ya no estuviera conmigo.

Yo no habría querido que ella malgastase su vida ni su talento.

¿Por qué no iba a sentir ella lo mismo hacia mí?

Que fuera difícil no significaba que no mereciera la pena intentarlo.

Parece algo que diría Luke. Como cuando se enfadó conmigo por no imaginar un futuro solo porque no estaba segura de llegar a tener uno. O cuando me animó y me retó a vivir mientras pudiese en lugar de limitarme a planear el final de todo. Se me llenan los ojos de lágrimas y asiento con la cabeza.

Iris se pone de pie.

—Mira, te dejo todo esto. Tal vez encuentres aquí alguna herramienta que pueda ayudarte… o tal vez la encuentres en otra parte. Pero mantén la mente abierta cuando llegue el momento.

Finalmente encuentro mi voz entre las lágrimas.

—¿Cómo voy a aceptar una vida que era suya?

—Ay, Sera. Dudo que él te lo reprochara. No creo que diferenciase entre tu felicidad y la suya. —La voz de Iris se vuelve suave y nostálgica, se le han secado las lágrimas. Señala el caballete que me ha traído—. Me voy. Pero piénsatelo, ¿vale?

Cuando se marcha, dejo que mis lágrimas caigan hasta quedarme vacía y encuentro una especie de calma. No quiero trabajar en mi arte, pero sí quiero ver el de Luke.

Salgo de la cama y de debajo de ella saco un cesto en el que he estado guardando cosas desde el verano: piedras, conchas, los regalos de los niños…

, pero también todos los dibujos de los que Luke se deshacía y todos los pósteres para eventos que diseñó que pude encontrar por la ciudad.

Los aliso con cuidado y los coloco en fila hasta que estoy rodeada del trazo firme y las líneas negras y vivas de su precioso trabajo.

La forma en que captaba el mundo: siempre en movimiento, cambiando, transformándose. «Vivo», susurra una parte cansada pero despierta de mi mente.

Echo un vistazo a los bocetos. Las gaviotas, las garzas y los cuervos.

Un pajarillo que creo que podría ser un pinzón.

Un dibujo de sus hermanos y su madre; uno a medio acabar en el que aparezco yo dormida; otro en el que estoy de pie en la orilla del agua en nuestra playa.

Uno de un compañero de equipo en pleno swing .

Unos cuantos primeros planos de conchas, con sus remolinos repletos de historias.

Mi ventana vista desde su habitación, ahora oscura y silenciosa frente a la mía.

La sala de espera en Boston, el museo, el mar y el mar y el mar.

Hay más del puerto de los que recordaba. Los edificios abandonados de Harborside Main, apoyados los unos en los otros para sostenerse, pero no sin vida. Nunca sin vida. Cojo un dibujo del Frappie’s y una idea florece y echa raíces como una semilla en mi corazón.