27. Sera
CAPÍTULO VEINTISIETE
Sera
E l viernes por la mañana me despierto temprano y voy a dar un paseo por la playa antes de que se levanten mis padres.
Es mi último día dando clase en el campamento.
Iris vuelve el lunes. Recojo piedras para todos los niños como regalo de agradecimiento y después vuelvo a casa y preparo una cafetera.
El chisporroteo de la máquina es el único ruido que se oye en la casa.
Aunque Abbi sigue en Maine, noto la tensión que hay entre nosotras. Estoy en el porche con mi ración asignada de cafeína y el ventilador a todo trapo cuando mamá baja y se me acerca.
—Te has levantado temprano. —Me da golpecitos en los pies hasta que los aparto, después se sienta en la otra punta del sofá y me coloca los pies sobre su regazo.
—Hoy me encuentro bien —admito, aunque decirlo me da hasta miedo, como si fuera a gafarlo.
Mamá, con una mirada triste, me da un apretón en la rodilla.
—Me alegro. ¿Puedo llevarte al campamento hoy?
—Claro. —Levanto mi taza para brindar con la suya.
Ella sonríe y después me pasa un mechón de pelo detrás de la oreja.
Observo cómo el sol se refleja en las pecas de su nariz, tan parecidas a las de Abbi, y me pregunto si podré conservar algún recuerdo cuando muera.
No somos religiosos y, cuando alguien pregunta a mis padres por sus creencias, ellos se encogen de hombros; son ateos hasta la médula.
Abbi es más espiritual, pero no creo que ninguno de nosotros espere que haya algo más allá de los recuerdos que tendrán de mí cuando me vaya.
Y ahora parece que ese «cuando» será pronto.
Es curioso, pensaba que estaría más enfadada, pero simplemente estoy muy agradecida por el tiempo que me queda.
Aparto los pensamientos tristes a un lado y saco el móvil para enseñarle a mamá las nuevas fotografías que me ha enviado Iris desde París hasta que llegue la hora de irnos.
*
Es mi último día, pero no el de los niños, así que lo he organizado todo de forma que hagan las presentaciones de sus proyectos semanales por la mañana y después tengan arte libre por la tarde.
No sé por dónde querrá continuar Iris con ellos la semana que viene, y hace tiempo que no tienen un día libre.
Maddy aparece justo en el momento en que Jayda se lleva a los niños a la playa.
—¿Comemos en el pueblo? —pregunta mientras me da un abrazo rápido y da una vuelta por la sala para admirar el trabajo de los niños—. Recuerdo hacer cosas así en el cole. —Se detiene ante uno de los autorretratos que aún no se han llevado a casa—. ¿Ha sido divertido dar clase?
—Sí. Lo voy a echar de menos —admito mientras cojo mi bolso y la sigo hacia el coche—. Aunque no tanto como tus batidos.
Maddy suspira con dramatismo.
—¿Te refieres a cuando te mueras? Para ya. Te dieron la noticia de que te iban a subir en la lista ayer. No sabes qué va a pasar. A lo mejor recibes un corazón este mismo año. Además, todavía es verano. Disfrutémoslo, va. El plazo de la solicitud acababa esta semana, ¿verdad? ¿La has entregado ya?
—Sí.
—Bien. Se acerca tu cumple y todavía nos quedan días de playa que disfrutar. Exprimámoslos a tope.
Sonrío. Las palabras de Maddy me sirven como distracción útil de las arritmias ocasionales que, un par de veces por semana, me dejan sin aliento. Toco el reloj para comprobar cuánta batería le queda.
—¿Todavía no te has cansado de mí? —pregunto.
—Pues claro que no. Solo desearía que fueras menos reservada con los detalles de lo que pasa con Luke. En serio, ¿qué tal besa? —pregunta.
Pongo cara de fastidio.
—¿Y tu Sienna qué? —le pregunto en respuesta.
—Da unos besos de primera —responde Maddy con una gran sonrisa—. Pero, venga, ¿y Luke?
Me cierro los labios con cremallera y tiro la llave falsa por la ventana.
—¿Tan malo es? —Maddy niega con la cabeza y le hago una mueca para demostrarle lo equivocada que está—. ¡Mira que te gusta provocar! —grita Maddy riendo, y sube el volumen de la radio para escuchar el final de la canción mientras nos detenemos frente a la Bocatería de Earl.
Después de comer, Maddy me lleva de vuelta al campamento. Me sorprende ver que el portón del garaje que lleva al taller está cerrado: nunca lo está.
—¡Yo la abro! —Maddy se adelanta y tira de la puerta.
Los niños se abalanzan sobre mí gritando «¡Sorpresa!
» y forcejean por llegar hasta mí con sus pequeñas extremidades, todos a la vez.
Iris me saluda desde el fondo del aula y tengo que parpadear varias veces para asegurarme de que la estoy viendo bien.
Cuando todos y cada uno de mis alumnos me han dado un abrazo, me doy cuenta de que me han preparado un regalo.
—Ha sido todo idea de la señorita Iris —me cuenta Rose—. ¿Te gusta?
Tengo entre las manos un cuaderno de papel artesanal lleno de dibujos suyos y cartas de agradecimiento. Lo abrazo contra mi pecho, aunque parte de la pintura sigue algo húmeda y pegajosa.
—Me encanta —digo—. Yo también tengo algo para vosotros.
Una vez que he repartido las piedras entre todos los niños, llega la hora del arte libre, que Iris y yo supervisamos juntas.
Luego vienen a recogerlos y el taller se queda vacío y en silencio.
Doy una vuelta por la sala, recogiendo aquí y allá y respirando el olor a pintura seca y a arcilla vieja. Voy a echar de menos este sitio.
Iris me pregunta si quiero ir a cenar con ella para agradecerme que la haya sustituido.
—Tráete tus obras. Y quiero contártelo todo sobre París.
Les mando un mensaje a mis padres y a Luke para decírselo y voy con Iris a su casa.
Vive en una de esas casitas diminutas de una sola habitación cerca de la playa de Northport, pero la ha ampliado añadiendo un estudio junto a la cocina.
Incluso ha instalado un sistema de filtración de aire de los buenos para poder trabajar durante el invierno cuando hace demasiado frío para abrir las ventanas.
La parte delantera de la casa está prácticamente cubierta de flores y tiene un pequeño huerto en el que están empezando a salir tomates y calabacines.
Entramos por la puerta principal; me quito los zapatos y la sigo por el ordenado salón comedor de color azul hasta el estudio, al fondo de la pequeña cocina.
—Vaya… —murmuro, admirando las obras en las que ha estado trabajando en París mientras las desembala.
La ayudo a organizarlas. Las aprovechará para presentarse a un par de exposiciones en otoño e invierno.
Iris es fan del óleo, que tiene un olor pegajoso tan inconfundible.
Al igual que las piezas de la exposición de invierno que vi en febrero, estos cuadros son primeros planos.
Sin embargo, juntos forman una imagen de dos personas, una sentada y la otra de pie, mirando por la ventana de una habitación bonita y vacía.
Cada obra es una parte de sus cuerpos en relación con el otro, todas desde diferentes ángulos.
Me detengo a observar el de una mano que se cierne sobre un hombro desnudo.
La tensión que desprende me provoca un escalofrío.
La duda que encierra contrasta con las pinceladas vivas y llenas de color.
—Son… —Iris espera a que siga hablando antes de añadir nada—.
Son instantáneas de su relación a lo largo del tiempo —decido—.
Esta —señalo donde una mano sujeta un codo, con la otra mano suavemente sobre ella—…
esta persona que está sentada necesita consuelo y agradece que la otra esté allí.
Pero aquí —señalo el que me ha provocado escalofríos—, la segunda persona duda, como si pudiese no ser bienvenida. Como si estuviesen peleados.
—Tienes muy bueno ojo, Sera. —Iris está sonriendo—. Ese es el objetivo: que un solo momento no solo contenga el presente, sino también el pasado y el futuro.
—¿Son pareja? —pregunto mientras me giro hacia el siguiente: una mejilla apoyada en un vientre cubierto con un fino vestido azul. Hay cierta intimidad, pero no parece amor; no como lo que siento yo cuando pienso en Luke, incluso estando lejos.
Iris me ofrece una taza de té y se coloca a mi lado para observar sus obras.
—Hermanas —dice en voz baja. Señala con un gesto el sofá de terciopelo dorado al otro lado de la habitación y nos sentamos—. Ahora cuéntame qué me he perdido.
Le hablo sobre los niños y sus maravillosas creaciones. La pongo un poco al corriente sobre Luke, y ella se alegra. Me sonrojo y cambio de tema para hablar de nuestro viaje a Boston y el cuadro que a Luke le encantó en el Museo Isabella Stewart Gardner.
—Siempre le han gustado las paletas más oscuras —dice.
—He intentado que vuelva a dibujar un poco, pero no se lo toma demasiado en serio.
Iris se encoge de hombros.
—El arte no tiene por qué ser serio.
Me quedo pensativa un momento mientras miro por la ventana, más allá de sus pinturas, a la hierba ondulante entre los pantanos.
En los últimos años todo se ha vuelto serio para mí.
En especial el arte. Era lo único que me hacía sentir que todavía tenía algo de control sobre mi vida.
Sin embargo, supongo que es una tontería esperar que cada minuto de tu vida sea importante.
—Son fantásticos —vuelvo a decir, señalando sus cuadros.
Ella sonríe.
—Ir ha sido toda una experiencia. Me siento muy agradecida. Y también me alegro de ver que tú también has disfrutado. Los niños te han cogido mucho cariño. He estado mirando algunas de sus obras. Has hecho un gran trabajo; estoy muy orgullosa de ti.
—Gracias, Iris —digo con una sonrisa.
Deja su taza de té en la mesita de centro y da una palmada.
—Muy bien, pues vamos a comer algo, ¿no?
Para la cena ha preparado una tarta que aprendió a hacer en un curso de comida francesa y nos comemos varios de los quesos que ha traído.
—Vale, este huele a calcetín sucio —me río—, pero sabe a… No sé a qué sabe, pero está buenísimo —digo mientras cojo un trozo de baguette para untar un poco de esa masa maloliente—. A Maddy le va a encantar esta comida.
—Parece que ese es el truco: cuanto más apestoso, mejor —explica Iris—. Estarás preparada para encontrar lo mejor cuando vayas. —Me guiña un ojo—. Ya has enviado la solicitud, ¿verdad?
Suspiro y siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas. Las dejo caer. Iris acerca su silla a mí en la mesa de la cocina y me mira con preocupación.
—Sí, la envié, y quiero ir —empiezo a decir mientras me seco los ojos—, pero…
—¡Lo conseguirás! Lo sé. Ya he enviado mi carta de recomendación y le he enseñado fotos de tu trabajo a una de las directoras, y le ha encantado.
—Estira un brazo por encima de la mesa y me da un apretón en la mano.
Coloco la mía encima de la suya, lo que nos da seguridad a las dos cuando le cuento la verdad al fin.
—No es eso —respondo—. Iris…, estoy enferma. El corazón que me trasplantaron está fallando y ya no hay tratamientos posibles. Lo único que queda es un corazón nuevo y, bueno…, pueden pasar años hasta que me toque. Seguramente no pueda ir el año que viene. Si es que sigo aquí.
Iris intenta mantener la compostura, pero, como todas las personas de mi vida, está conmocionada, desconsolada y siente todas las cosas que yo también siento, pero a las que tal vez ya me he acostumbrado.
La dejo llorar unos minutos. La abrazo y le aseguro lo agradecida que estoy por el trabajo, porque haya sido mi mentora y por los grandes recuerdos que me ha ayudado a forjar este verano.
Cuando se recompone, le pido que revise mis obras para la solicitud.
—Puede que te haga sentir mejor —digo con una sonrisa triste.
—Ver tu arte siempre me hace sentir mejor —responde—. Enséñamelas. —Se seca las últimas lágrimas con la servilleta de tela.
Voy a por mis obras y las coloco en los caballetes que trae de su estudio.
—Este es mi favorito ahora mismo. —Pongo el cuadro de la yo del futuro en el centro.
—Es precioso, Sera. La temática submarina es fascinante, da gusto mirarla. Tienes muy buen ojo. Y tu técnica ha mejorado muchísimo. Quizá puedas posponerlo si no puedes ir el año que viene.
Asiento, secándome las lágrimas, y cambiamos de tema para hablar de los niños: quién tiene talento, quién debería seguir explorando el mundo del arte.
—Siempre lo vi en ti, y en Luke también, cuando erais pequeños.
Esa manera distinta de ver las cosas. Siempre he pensado que tiene que ver con lo que pasasteis de bebés, que eso os dio una perspectiva más amplia, una sensibilidad que la mayoría tarda toda una vida en alcanzar. Y ahora estoy segura de que es así.
—No quiero que mi arte parezca bueno o más valioso solo porque pueda morir joven —digo lentamente—. Y el trabajo de Luke me deja sin palabras y él ni siquiera practica mucho. Espero que lo retome.
—Díselo —sugiere Iris—. A veces basta con que alguien que nos quiere nos diga lo que ve en nosotros para que nos atrevamos a creer en ello.