El último beso del verano 26. Luke
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26. Luke

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Luke

S era no quiere hablar de su pelea con Abbi. No quiero presionarla, pero sí quiero ayudarla, así que, cuando me pide que la lleve a su cita con su doctora en Boston, digo que sí.

La sala de espera está hasta los topes de gente mayor, cónyuges esperando a su pareja y algunas personas de la edad de mis padres hojeando angustiados montones de papeles.

Sera se marcha y me deja con un cuaderno de bocetos, porque es así de atenta.

Me quedo haciendo garabatos mientras pienso en lo extraña que fue la visita a mi padre de ayer.

Los chicos querían que fuese, así que acepté, pero allí había una mujer. Una nueva. Era joven y guapa, y se sorprendió al verme.

—No tenéis por qué hablarle de ella a vuestra madre todavía, ¿de acuerdo, chicos? —les dijo a Adam y Oliver, y me miró nervioso por encima de sus cabezas mientras la mujer se calzaba y se marchaba. Estaba visiblemente sorprendida por el hecho de que mi padre tuviese un hijo de dieciocho años.

—No mentimos a mamá —dije, e intenté mantener un tono de voz ligero.

Papá se limitó a cambiar de tema.

—¿Queréis salir a dar una vuelta en el barco nuevo, chicos?

Desde entonces, todo el asunto me había provocado una sensación pesada en el pecho que no dejaba de recordarme lo fugaz que puede ser el amor. «Sera y yo no seremos así», me digo a mí mismo.

Sera se ha ido hace aproximadamente una hora, tal y como me avisó, así que tengo la esperanza de que eso signifique que todo va bien. Sin embargo, cuando vuelve a la sala de espera, la expresión de su rostro me dice lo contrario. Tiene los ojos rojos y las mejillas manchadas.

Me levanto de un salto, la rodeo con los brazos, respiro su aroma a azúcar y limón y abrazo con fuerza su cuerpo mientras ella tiembla ligeramente.

Si pudiera, le quitaría la tristeza, la preocupación y la enfermedad a golpe de abrazos.

Apoya la frente en mi pecho, como si pudiese oír mis pensamientos.

—No ha ido bien, ¿eh? —pregunto con un nudo en la garganta.

—No —responde en un hilo de voz—. No ha ido bien. Tengo que volver la semana que viene.

—¿Me lo quieres contar?

—La fracción de eyección sigue siendo baja. —Traga saliva—. Van a proponer que mi nombre suba en la lista.

Me da un vuelco el estómago.

—Vámonos de aquí. —La suelto a regañadientes y le rodeo la cintura con el brazo, esperando que le apetezca el plan que se me ha ocurrido mientras aguardaba.

Se apoya en mí y nos dirigimos hacia la puerta.

Sera permanece en un silencio total durante el camino hasta el garaje.

En la camioneta, le cojo la mano por encima de los asientos corridos y le beso cada uno de los nudillos, como si acabara de luchar, cosa que en cierto modo hace y sigue haciendo.

Se inclina hacia mí y me da un beso suave en los labios, susurra un gracias y después se apoya contra la ventana.

Espero que no esté demasiado cansada para la sorpresa que le he preparado.

Tarda unos diez minutos en darse cuenta de que no vamos a casa.

—Espera. —Se incorpora y mira alrededor para ver la parte de la ciudad por la que nos estoy llevando—. ¿Adónde vamos? —Me mira con curiosidad y expectación, y sé que he tomado la decisión correcta. Intento contener la sonrisa, pero ella me la arranca igual.

—Es una sorpresa —digo mientras me aseguro de que no pueda ver las direcciones que he puesto en el móvil, apoyado en el salpicadero junto al indicador de velocidad, que no acierta mucho la velocidad real a la que voy.

Quince minutos después, entro con una Sera boquiabierta en el vestíbulo del Museo Isabella Stewart Gardner, con un aire acondicionado maravilloso. Busco en el teléfono las entradas que he comprado en la misma sala de espera del hospital y después la tomo de la mano para acceder al interior.

—No había venido nunca —logra decir mientras dejamos atrás la tienda de regalos hacia el largo pasillo de cristal que lleva al lugar que, según la persona que nos ha revisado las entradas, llaman «El Palacio».

—Yo tampoco, pero dicen que es una pasada.

—Cojo un mapa y después entramos a un vestíbulo de aspecto sombrío y oscuro, y de estilo europeo.

Miro el folleto—. Al parecer, la mujer construyó todo este edificio como museo para albergar su colección personal de arte.

Coleccionaba incluso parte de la arquitectura, como las columnas y algunos techos, no solo cuadros, esculturas y demás.

—Es increíble —se admira Sera.

Al salir del vestíbulo, el sol reaparece y atraviesa los intrincados pilares que rodean un exuberante patio interior.

Me inclino sobre la cuerda que nos separa del precioso suelo de mosaico y entorno los ojos hacia el enorme tragaluz.

No parece tan grande, pero hay gente en todos y cada uno de los balcones y ventanas abiertos de los tres primeros pisos.

Está repleto de turistas que buscan refugio del calor sofocante.

—Aquí fue donde robaron, ¿verdad? —pregunta Sera cuando entramos en una zona llamada «El claustro español» para huir del bullicio del patio.

—Sí —digo echándole un vistazo al folleto—. En 1990. Todavía no han encontrado nada de lo que se llevaron. Los marcos vacíos están en el piso de arriba.

—¿Dejaron los marcos? Eso es toda una declaración. —Permanecemos en silencio mientras seguimos adentrándonos en el museo. Justo delante hay un cuadro enorme que nos obliga a detenernos.

—Guau.

El cuadro es más alto que yo y debe de medir unos tres metros de ancho.

Representa a una mujer bailando delante de un grupo de guitarristas en una sala sencilla.

El movimiento de la obra es increíble; casi puedo sentir cómo los volantes de la falda ondean a su alrededor.

Hay un par de mujeres que deben de ser amigas suyas observándola encantadas desde la derecha.

—¿Qué le pasa en la mano? —pregunto al ver que tiene la extremidad doblada de una forma que parece incómoda.

—Está bailando. No, intenta alcanzar algo —dice Sera, casi sin aliento. Siento un hormigueo en el pecho por la emoción de compartir su interpretación artística—. Está haciendo gestos a alguien.

—Parece muy… concentrada —murmuro.

La observamos un rato más mientras otros visitantes se acercan para hacer fotos y observar la extraña colección de cerámica y taburetes que decoran el espacio en el que está colgado el cuadro.

—Está absorta —concluye Sera—. Sin embargo, su mano es interesante.

Parece que está a punto de moverse, como si la hubiésemos pillado por casualidad en esta posición tan extraña.

Me recuerda a la garza que dibujaste. Como si estuviera a punto de alzar el vuelo, como si la hubiésemos cogido desprevenida.

Me sorprende la comparación. Sera siempre es demasiado amable conmigo en lo que a mi trabajo se refiere. Sin embargo, intento seguirle la corriente y vuelvo a observar el cuadro y su iluminación melancólica.

—¿En serio? Esta obra es mucho mejor.

—Es el movimiento… o la promesa de él. Creo que tú lo captas muy bien. —Se encoge de hombros—. ¿Seguimos mirando? —pregunta mientras se gira y señala una pequeña fila de personas que se dirige a otra sala a nuestras espaldas.

Asiento, y nos unimos al flujo de gente que pasa de una galería contemporánea a una sala con papel pintado de color amarillo más pequeña que mi cuarto en Northport y repleta de obras de arte. Sera suelta una risita de incredulidad.

—Supongo que en París no será así —dice, de pie a pocos centímetros del cuadro de una bailarina.

—¿Así cómo? —pregunto mientras me fijo en una pintura de la esquina que no parece ser nada más que un rectángulo negro.

Sera me sigue y señala el espacio pequeño con las manos.

—Tan personal.

—¿Tú crees?

—Le preguntaré a Iris, pero todas las fotos que manda de París parecen tomadas en salas enormes con montones de turistas.

—Vuelve a mirar a su alrededor—. No en una sala diminuta con solo seis personas.

—Suspira—. Tal vez esto sea mejor y París me decepcione.

Tal vez esté bien que no vaya a poder cursar la beca.

Me muerdo la lengua para no rogarle que retire lo que acaba de decir.

Lo que ha pasado en la cita médica todavía está reciente.

Tiene derecho a sentirse así, pero también quiero que sepa que no pienso irme a ninguna parte.

Le paso un brazo por la espalda, la acerco a mi lado y continúo mirando el rectángulo oscuro en el marco dorado hasta que empieza a revelarme sus secretos.

Poco a poco, mis ojos se acostumbran a los matices: ya no es negro, sino gris, plateado, azul.

—Es un mar con niebla. —Sera suelta un grito ahogado—. Como la Playa del Fin del Universo por la noche. —Se acerca un poco más.

Asiento con la cabeza y señalo dos puntos de luz.

—Ahora veo dos barcos.

—Y esas luces, a lo lejos, pueden ser un faro… u otro barco.

—Vaya. —Estoy abrumado, casi mareado por lo mucho que me impresiona este cuadro tan pequeño. Niego con la cabeza—. A ver, sé que aquí hay mucho arte y muy bueno, pero ¡guau! Podría pasarme horas observando este cuadro. Fijo que descubres algo nuevo cada pocos minutos.

—Podríamos robarlo —susurra Sera, y me río en voz alta. Todas las personas que están en la sala giran la cabeza hacia nosotros.

—Perdón, perdón —se disculpa Sera, riéndose conmigo mientras nos marchamos.

Nos abrimos paso hasta volver al patio y entramos en el siguiente módulo de salas.

Sera se siente inmediatamente atraída por una pintura colgada en el rincón izquierdo más lejano: una mujer con el pelo largo, rizado y de un rojo intenso.

Me suelta la mano y se acerca para verlo mejor. Sé que está pensando en Abbi.

—¿Habéis hablado desde que se marchó?

Ella niega con la cabeza.

—Debería mandarle un mensaje. —Suspira—. Pedirle perdón…, pero hoy no.

—Cuando estés lista, lo entenderá.

—Quizá.

*

Durante la siguiente hora recorremos los tres pisos abiertos del edificio y luego volvemos a bajar.

Los dos superiores son mucho más silenciosos y amplios, con un montón de techos altos, uno de ellos pintado.

Hay piezas de oro y otras muchas bañadas en él, y también muchas baratijas y cartas.

Comentamos que seguramente nos estamos perdiendo detalles, pero hay que seguir avanzando para no saturarse.

Ves lo que puedes y lo aprecias antes de pasar a lo siguiente.

Me hago un selfi con ella en una de las ventanas del balcón y se lo envío. Sera se gira deprisa y me da un beso en la mejilla, rozando la comisura de mis labios, y saco otra foto.

—Este va a ser mi nuevo fondo de pantalla —digo mientras lo cambio rápidamente.

Sera me besa de nuevo y después me pregunta si tengo hambre.

—Mucha —confieso, y pienso en el último bocado de huevos revueltos que he podido comer antes de que Oliver y Adam se los zamparan todos esta mañana.

Bajamos a la cafetería y pedimos dos tés helados enormes, dos bocadillos y un par de postres. Sera le manda una foto a Maddy.

—Puede que esta sea la mejor cita que he tenido jamás —dice mientras estira un brazo por encima de la mesa y me pincha el dorso de la mano como si yo fuese parte del menú—. ¿Tú también te lo estás pasando bien? —pregunta, y le da otro mordisco al pastel de coco.

—Sí. Ojalá no terminara nunca. —Mantengo la mano encima de la suya y siento el pulso de Sera en la punta de los dedos.

—He visto un estudio ahí fuera. —Señala con la cabeza el vestíbulo principal—. Creo que cualquiera puede usarlo. ¿Dibujamos un rato?

Cojo un trozo de bizcocho y asiento con la cabeza.

—Me encantaría.

Nos instalamos en el estudio con los cuadernos de dibujo. El suave murmullo de los visitantes que pasan por el pasillo me recuerda al taller del Abeja Azul, y no nos cuesta nada entrar en nuestro ritmo habitual de trabajar y mirar de reojillo lo que está haciendo el otro.

Estoy esbozando el patio interior, con una mujer de pie entre las sombras, pensando en cómo la luz se mueve juguetona entre las plantas.

Ambos nos dejamos llevar por la tarea durante un rato, hasta que pasa un grupo de turistas junto a nosotros y veo cómo Sera se encoge ante el aumento del ruido de las conversaciones.

—Podemos irnos —digo, y cierro mi cuaderno—. Voy un momento al baño antes.

—Vale. —Sera sonríe—. Me está empezando a doler la cabeza. Termino esto y te espero aquí.

Cuando vuelvo, Sera lo ha recogido todo y está observando a un grupo de niños que recorren el pasillo arrastrando los pies mientras siguen a su monitor de campamento. Dos del fondo se están riendo y dándose codazos el uno al otro.

—Me recuerdan a Oliver y a Adam —dice, señalándolos con la cabeza. Justo entonces el monitor se acerca, los separa y se lleva a uno al centro de la fila.

—Sí, pero seguro que son menos pesados —bromeo, y le tomo la mano.

Cuando salimos de nuevo al sol abrasador, un cartel en un edificio a nuestra derecha llama su atención.

—Anda, mira. Es MassArt. Creo que tienen un pequeño museo de diseño. ¿Quieres ir a verlo? —Señala al otro lado del largo césped verde del exterior del museo, a un moderno edificio gris que tiene las palabras «Escuela de Arte y Diseño de Massachusetts» escritas en una gran pared acristalada.

—Tal vez otro día —sugiero. No me apetece entrar en una escuela a la que habría solicitado plaza antes de que todo se torciera con mi padre. Y, en cualquier caso, a Sera le duele la cabeza.

—¿En serio? ¿Volverás y vendrás conmigo?

—Pues claro.

A Sera se le ilumina la mirada, aunque se muerde el labio inferior.

Le aparto suavemente el labio con el pulgar, rozándole la piel rosada antes de dejarle un besito ahí.

Quiero que sea amable consigo misma, así que yo también lo seré, aunque lo que quiero es que volvamos de inmediato a la camioneta, lejos de toda esta gente.

Respiro lenta y profundamente y reprimo el deseo, mientras Sera se humedece los labios y me mira como si supiese que me la estoy imaginando desnuda en este momento.

Entonces se aparta y se dirige hacia donde hemos aparcado la camioneta.

—Eh, espera —digo cuando me arrastra por la acera.

—Ni hablar. Venga. Quiero enrollarme con mi novio en su camioneta.