25. Sera
CAPÍTULO VEINTICINCO
Sera
A la mañana siguiente me encuentro bien, pero Abbi insiste en acompañarme al trabajo.
Cuando le digo que no hace falta que lo haga porque seguramente vendrá Luke más tarde, se va a casa de Paula para confirmarlo.
Vuelve con la cabeza bien alta y me dice que Luke tiene un compromiso durante todo el día (como si yo no supiese que va a llevar a sus hermanos a ver a su padre) y que me llevará ella misma.
Supongo que no debería haber mentido, pero su preocupación empieza a sacarme de quicio.
Al menos Cam y ella se van a ir a Maine durante un par de semanas.
Se marchará justo después de llevarme a mi cita en Boston mañana, y creo que las dos necesitamos ese descansito.
A los niños del campamento les cae bien Abbi, aunque no tanto como Luke, un sentimiento con el que me identifico últimamente.
Como hoy es un día tranquilo porque los niños están esmaltando las piezas de arcilla antes de empezar con un proyecto libre, es evidente que se aburre.
No dejo de verla mirando el móvil y volviéndolo a guardar mientras da vueltas por la sala.
Cuando viene Jayda para llevarse a los niños a la playa, enseguida se ofrece a ayudarla.
Cuando le digo que me encuentro bien para hacerlo yo, me mira incrédula y molesta por el hecho de que se me ocurra siquiera caminar tres minutos bajo el sol.
Aprovecho los diez minutos de silencio para sentarme y observar cómo juega el viento con las hierbas marinas que cubren las dunas.
El gato del campamento, un destello naranja de personalidad al que cada año le ponen un nombre distinto, viene a buscarme.
Ya está mayor y tiene la barbilla un poco más blanca de lo que recordaba, pero al jugar con los cordones de mi bata parece igual de ágil y enérgico que un cachorrito. Me agacho y le rasco la cabeza.
—Me vas a sobrevivir a mí y al universo, ¿a que sí? —le digo. Él maúlla en señal de acuerdo y después se va trotando cuando vuelve Abbi.
—¿Cómo estás? —pregunta mientras estira una mano para cogerme el reloj. Le aparto el brazo.
—Déjalo ya, Abbi. Lo has revisado después de comer. Me encuentro igual que entonces.
—Solo quiero mirar. Tienes que mantenerte sana para estar preparada para el trasplante.
De repente me invade una furia ardiente; la rabia me hierve en el pecho y se desborda, y me sorprende lo mucho que he estado conteniéndola.
—¿Me dejarás en paz de una puta vez? —grito—. Joder. —Dejo caer la cabeza entre las manos y suelto un gemido para intentar no gritarle que se largue.
—Te duele la cabeza, ¿verdad? —pregunta Abbi sin esperar respuesta. Da media vuelta y se marcha al granero. La sigo de cerca mientras va a los casilleros, donde guardo mis cosas, y empieza a meter mis cosas en el bolso.
—¿Qué estás haciendo? —Me acerco y se lo quito de las manos.
—¡Sera! —protesta. Le he roto una uña y se la toquetea un poco antes de arrancarse el trozo desprendido. Luego levanta las palmas hacia mí, como si yo fuera un animal rabioso—. Respira hondo. Te va a dar un ataque.
—No soy capaz de mantener la calma cuando te comportas así, Abbi. ¿Por qué no puedes dejar que tome mis propias decisiones?
—Porque no tienes el cuidado suficiente —dice, alzando la voz.
—¿A quién le importa? ¿Qué más da? No me voy a pasar mis últimos meses andando de puntillas y fingiendo que la muerte no me está esperando a la vuelta de la esquina mientras cuenta los segundos que me quedan.
—Tal vez no serían tan solo «meses» si bajases un poco el ritmo —me espeta.
Le suena el móvil con un nuevo mensaje. Está bocarriba en la mesa que tenemos al lado y lo leo. Es Cam, dice que lo entiende si quiere cancelar el viaje que tenían planeado.
—¿Qué es esto? —pregunto, y cojo el móvil y se lo agito delante de la cara como si fuese la prueba de una gran traición.
—Nada. No te metas en mi vida. —Abbi intenta alcanzarlo, pero doy un paso atrás con el teléfono todavía en la mano.
—Vete al puto viaje, Abbi.
—Esa boca; hay niños cerca. —Mira rápidamente a un lado y a otro e intenta recuperar el móvil otra vez.
Retrocedo unos pasos y me coloco de tal forma que dejo una mesa entre nosotras.
El corazón me late con fuerza por el esfuerzo, la rabia y la decepción.
Me pita el reloj y Abbi abre los ojos de par en par por el pánico.
—No. No voy a tener cuidado con lo que digo porque te vi poner toda tu vida en pausa durante el año pasado.
Y ahora lo vuelves a hacer, aquí sentada mientras haces como si las cosas fuesen a arreglarse si tenemos cuidado y nos aburrimos.
Pero lo único que estás haciendo es impedir que viva mi vida mientras todavía puedo.
Y ya me he cansado. Estoy harta de que te comportes como si supieras más que yo, como si lo supieras todo.
No eres tú la que se está muriendo, Abbi.
¡Soy yo! Tú solo evitas todo lo bueno porque te gusta estar deprimida.
—Para, Sera. —Empieza a llorar, pero yo ya no puedo parar. Lo veo todo rojo; solo la veo a ella dando vueltas a mi alrededor durante las últimas semanas como un buitre, igual que hizo durante el verano y el otoño pasados. Ya no soporto su ansiedad esperanzada.
—¡No! ¡Para tú! ¡Tú tienes un futuro, así que deja de malgastarlo conmigo, joder!
—No me digas a qué tengo que dedicar mi tiempo. —Baja la voz en respuesta a mis gritos. Me río de su hipocresía, pero ella continúa—. Y, dejando a un lado el último minuto, me gustaría pasar todo el tiempo que pueda con mi hermana pequeña.
—Bueno, pues es una pena, porque yo no quiero pasar más tiempo contigo. Que se encargue mamá de los turnos de vigilancia a Sera. No quiero volver a ver tu cara revoloteando a mi alrededor.
—Mamá también está agotada, Sera, ¿no lo entiendes? ¿No ves que esto nos está destrozando a todos? ¿No te das cuenta de todo lo que hemos sacrificado?
—¡Y yo no os he pedido nada de eso! —grito.
Eso hace que se calle, pero ahora estamos las dos llorando, y mi corazón se está esforzando por seguir el ritmo de mi respiración.
Me vuelve a pitar el reloj. Me siento en un taburete y le lanzo el móvil a Abbi.
Casi no consigue alcanzarlo. Se lo guarda en el bolsillo y después se limpia las lágrimas de los ojos.
Ha invertido mucho tiempo en ayudarme a lo largo del último año, y yo la quiero… , pero ahora mismo también la odio.
—Quizá necesitemos un descanso —susurra Abbi.
—¡No me digas! —le espeto, e intento contener las lágrimas mientras respiro lenta y profundamente varias veces seguidas.
Abbi me mira con fijeza un instante, después se da media vuelta y se dirige a la puerta.
—Le diré a papá que venga a recogerte —dice—. Búscate a otra persona que te acompañe mañana a la cita.
*
Por la mañana, sin ningún fallo cardiaco que lamentar pero con el estómago revuelto por la pelea, empiezo a sentirme mal por haberle gritado a Abbi.
Voy a llamar a su puerta. Tengo la intención de tratar de arreglar las cosas, aunque sin volver a lo de antes; no creo que pueda soportar que siga sin dejarme un poco de espacio para respirar.
No recibo respuesta.
—¿Abbi? —pregunto, y vuelvo a llamar—. ¿Abigail? —Empujo la puerta para abrirla y me quedo en el umbral al ver la habitación vacía.
Seguramente se haya ido de viaje temprano para evitarme. Me quedo allí de pie mientras un silencio tranquilo e incómodo se instala en la casa.
Suspiro, entro en su habitación y miro alrededor.
La habitación de Abbi huele a lavanda y al incienso que le gusta quemar.
En la bandeja de cerámica de la mesita hay un pequeño montón de ceniza junto a un hueco donde suele guardar la pila de libros que está leyendo.
Tiene un gran escritorio flanqueado por dos estanterías a rebosar y un sillón acogedor que encontramos en Nyeman’s hace dos años.
Fijo la mirada en una hilera de conchas que decoran un par de baldas en el rincón.
Las reconozco: son tesoros que encontré de pequeña y que le regalé.
Intercaladas con ellas hay pequeñas piezas de arte que he hecho y fotografías de nosotras dos.
En el estante más bajo está mi antigua camiseta de voleibol, que pensaba que había perdido.
Puede que no lo haya hecho a propósito, pero la manera en que todo está dispuesto, con las conchas alineadas a lo largo de las baldas, custodiando todos esos recuerdos de nuestra vida juntas. .. parece un altar.
—Todavía no me he muerto —le susurro a la habitación.