24. Sera
CAPÍTULO VEINTICUATRO
Sera
Me rindo y me dejo mimar por mi familia.
Abbi me coloca el caballete en el jardín de atrás y mamá me lleva infusiones cada media hora.
Estoy intentando hacer lo que Luke me pidió, tener esperanza sobre el futuro, y empiezo el boceto de una nueva obra de nosotros dos.
Sin embargo, apenas he empezado cuando necesito entrar y tumbarme.
La humedad es sofocante, un peso denso sobre mis brazos y mis pulmones.
Vuelvo a mi habitación, bajo las persianas y pongo al máximo el destartalado aire acondicionado, hasta que me quedo helada y me puedo acurrucar bajo las sábanas con la sudadera roja de béisbol de Luke.
Duermo casi todo el día, con la esperanza de que eso me haga sentir mejor.
Cuando llega el lunes, estoy mucho mejor, pero Luke no se va después de llevarme al trabajo. Se queda por allí mientras van llegando los niños y rápidamente se queda tan absorto que no puede marcharse.
—No hace falta que te quedes —le digo cuando Rose y otra niña blanca del equipo de sóftbol tiran de él para llevarlo hasta el cubo de arcilla.
Le están rogando que les saque trozos grandes, como ha hecho con otros niños.
Esta semana toca cerámica: hoy modelarán sus piezas, el miércoles las esmaltarán y yo las coceré antes de las presentaciones del viernes.
—Quiero quedarme —responde con las manos manchadas de barro húmedo color óxido—. Me encanta estar aquí. Me dan ganas de volver a trabajar en mis cosas, algo que no dejas de pedirme que haga.
Estoy a punto de replicarle. Se ha mostrado muy reticente a trabajar en nada durante más de una sesión.
Me estoy cansando de sacar a escondidas sus bocetos arrugados de la basura y de robar sus pósteres de los escaparates antes de que los quiten.
Sé que solo quiere estar cerca y echarme un ojo porque me nota apagada, y porque Abbi le ha contado que ayer tuve un mal día.
Esta mañana no había suficiente agua fría en todo el cabo para hacer desaparecer las bolsas moradas de debajo de mis ojos, así que no puedo decir que se lo estuviera inventando.
Quiero pedirle que se vaya. Que salga con Maddy, que por una vez tiene el día libre, o con sus compañeros de equipo antes de que todos se vayan a la universidad o a sus trabajos a tiempo completo.
Sin embargo, egoístamente, también quiero aprovechar hasta el último segundo que pueda con él.
Alargo una mano y le limpio una mancha de barro de la mejilla.
—De acuerdo —digo mientras me encojo de hombros—, puedes quedarte.
Rose, que ha hecho como que no estaba poniendo la oreja, pega un salto y aplaude de la emoción con tanta fuerza que todos dan un respingo. No puedo hacer más que reír.
—Supongo que eso significa que estamos todos de acuerdo.
Vale, atención todos. El señor Luke nos va a acompañar hoy.
—Se oye una oleada de vítores—. Si necesitáis ayuda para sacar la arcilla del cubo grande, por favor, pedídsela a él.
Y, por favor, tratadle como tratamos a todos los profesores aquí en el Abeja Azul.
Contestan al unísono con un adorable «Sí, señorita Sera» que hace que se me derrita el corazón y se ponen manos a la obra.
Con Luke allí, el día se pasa volando. Hay algunas lágrimas a la hora de la salida, así que tengo que prometer que volverá un rato el viernes antes de que Rose se vaya con su madre, que intenta no reírse.
—Le hace tilín —me admite cuando Luke se agacha y le promete a Rose que volverá—.
Nos alegramos de que estés dando clase aquí este verano, Sera.
Y ha sido genial ver a Luke volver a divertirse un poco.
—La miro, un poco sorprendida, y ella me da unos golpecitos en el codo—.
Es que Rose va a clase con Oliver, y Paula y yo nos llevamos muy bien.
Está preocupada por él. —Esboza una sonrisa cómplice y se aleja con Rose.
—¡Adiós, señorita Sera! ¡Adiós, entrenador Luke! —exclama Rose con los ojos todavía rojos, pero con las preocupaciones ya olvidadas, y adelanta a su madre dando saltitos mientras le pregunta si pueden ir a por un helado.
Sigo pensando en lo que ha comentado la madre de Rose cuando Luke se acerca y me pregunta si quiero quedarme y pintar un poco. ¿A largo plazo, le hago algún bien a Luke? Quién sabe qué va a pasar con mi salud, y no quiero convertirme en otra cosa por la que se sienta responsable, como su familia.
Le doy vueltas al problema con cuidado, manteniéndolo a cierta distancia en mi cabeza, mientras nos dirigimos al taller abierto.
Acaba de dejar de llover y, cuando vuelve a salir el sol, el suelo cálido desprende vapor.
Luke me coge la mano y pienso en lo querida que me siento, en lo arropada que estoy, con un gesto tan simple.
Ya en el taller, nos colocamos en nuestro sitio de siempre.
Yo saco mi tercer autorretrato y Luke prepara otra hoja en blanco.
Trabajamos entre silencios y una conversación tranquila.
Empiezo a pensar que este puede estar casi terminado al fin, así que saco los otros dos y los observo juntos.
Transmiten fuerza y unidad, como diría Iris.
Hago una foto, se la mando y después muevo el cuello, que se me ha quedado agarrotado.
Me pongo detrás de Luke para ver qué está haciendo.
Su dibujo me deja impresionada. Ha dibujado una esbelta garza que tiene una pata fuera del pantano, como si fuera a echar a correr y desplegar el vuelo. Sus ojos oscuros y brillantes miran hacia el cielo.
—Quiero tatuármela —digo, y apoyo la barbilla en el hombro de Luke mientras observo con atención los detalles que ha destacado.
—En teoría no nos podemos hacer tatuajes —me recuerda.
—Mira, creo que por este merece la pena arriesgarme a una infección. —Le doy un beso en la mejilla.
—Solo es un pájaro—dice mientras se encoge de hombros—, y no uno bueno. —Aun así, estira una mano y le sombrea más el pico. De repente, parece que el pájaro tiene mucho que decir, si eres capaz de ganarte su confianza.
—Es fantástico —añado en un susurro.
Detiene la mano y suelta el carboncillo.
—Me estás distrayendo. —Me mira con un brillo de picardía en los ojos—.
¿Lista para irnos? —pregunta. Se da la vuelta sobre el taburete giratorio y me acerca a él con la parte de detrás de los talones hasta que quedo atrapada entre sus piernas.
Me inclino hacia delante y le doy un beso rápido que apenas soy capaz de terminar.
Murmura algo incomprensible sobre mi boca y después se echa hacia atrás.
—¿Mmm? —pregunto mientras juego, inocente, con el dobladillo de su camiseta. Dejo que la excitación y el calor del deseo me recorran la columna. Luke suelta un pequeño gruñido cuando le rozo el estómago con los dedos.
—O podríamos hacer una paradita en la Playa del Fin del Universo. —Parece culpable al sugerirlo, pero también me besa una vez más e introduce una de sus manos por la parte de atrás de mi camiseta, donde la posa cálida contra mi piel.
—Sí —susurro, y me alejo para recoger rápidamente.
Él también limpia y traslada con cuidado mis pinturas al estante de secado por mí. Mientras estoy cogiendo el bolso, Luke tira su dibujo de la garza a la basura que hay entre los dos. Cuando se da la vuelta, lo rescato de la basura y lo doblo con cuidado antes de guardármelo en el bolso.
*
Maddy se pasa por casa el martes por la noche, cuando estoy demasiado cansada para quedar con ella en la cafetería, como habíamos planeado.
Trae barritas de cereales caseras, una lista de vídeos de YouTube de mochileros por Europa que tenemos que ver «sí o sí» e historias muy detalladas sobre el caos de los veraneantes que comen en el restaurante.
Cuando empieza a contar otra anécdota sobre un turista pesado, intento seguir el hilo, pero lo único que quiere mi cerebro es desconectarse por completo.
Ojalá mañana fuese viernes para que los niños hiciesen las presentaciones y yo no tuviese que hacer gran cosa.
Solo tres días más, después llegará el fin de semana y podré descansar con Luke en la playa.
—¿Por qué tienes tanto sueño, bella durmiente? —Maddy me da un leve codazo cuando cierro los ojos un segundo y, por primera vez este verano, percibo un tono de verdadera tristeza en su voz. El estómago me da un vuelco al escucharlo, pero me recupero rápidamente.
—Ah, ya sabes —bromeo mientras me pongo de costado y apoyo la cabeza en la mano—, es que enamorarse es agotador. —Le guiño un ojo.
Maddy suelta un gritito y Abbi aparece para ver qué pasa tras recorrer el pasillo desde su habitación y entrar sin llamar. Lleva unas mascarillas doradas bajo los ojos, así que cuesta tomarse en serio la expresión severa de su cara.
—¿Todo bien por aquí? —pregunta sin moverse de la puerta.
Maddy le asegura que estamos bien y la invita a sentarse con nosotras para ver el próximo vídeo, pero al final se marcha.
—¿Siempre es así? —pregunta Maddy.
Suspiro con dramatismo.
—Últimamente sí. Y la cosa ha ido a peor. Amenaza con tomarse otro semestre libre este otoño, pero yo no quiero que lo haga. A papá le preocupa que le afecte negativamente y que puedan expulsarla.
—Joder.
Maddy coge un bolígrafo, me agarra el tobillo y empieza a garabatear algo.
—Sí. Y a ella le encanta la universidad y aprender y todo eso. Es rarísimo. Ojalá lo supere de una vez.
—¿Superar el qué?
Miro el corazón que está dibujando Maddy y me rio.
—Que me voy a morir.
—Venga ya, Sera. Dudo que ninguno vaya a superarlo, si es que pasa —admite, y dibuja una carita triste al lado del corazón con mis iniciales y las de Luke en el interior.
—Lo sé —digo, porque es cierto, y aun así no del todo, porque es distinto ser el que tal vez se vaya. La tristeza y la rabia que siento tienen una fecha estimada mientras que las suyas durarán tanto como ellos vivan.
Por suerte, Maddy cambia de tema.
—Esto…, tengo que preguntarte algo.
—¿El qué?
Maddy enarca las cejas.
—¿Luke y tú habéis…, ya sabes?
—¿Que si hemos qué? —digo, haciéndome la tonta, pero no consigo mantener una expresión seria.
—¡Va, desembucha! —pide Maddy.
—No —respondo—. Todavía no.
Maddy vuelve a gritar y yo cojo una almohada y finjo que la asfixio.
—¡Pero pronto! —exclama con la voz amortiguada bajo la almohada. Se deshace de ella con un tirón—. He oído que Luke es un amante… experimentado. —Pronuncia la última palabra tan alto que la chisto para que se calle.
—Que tengo las ventanas abiertas, Maddy. Podría oírte —susurro a gritos.
—¿¡ QUE LUKE QUÉ !? —grita aún más fuerte. Chillo y le arrebato la almohada para azotarla con ella.
Abbi vuelve a entrar.
—Sera —dice mientras Maddy y yo empezamos a hipar entre risas—, creo que no deberías alterarte tanto.
Como si estuviese de acuerdo con ella justo en ese momento EBE emite un pitido irregular y el reloj me vibra una vez. Maddy se pone pálida y se disculpa.
—Eh, no te disculpes por hacerme reír, Mads. Dios, Abbi, por favor, aprende a divertirte un poco, anda —digo, y le lanzo la almohada. Le da en las espinillas y cae al suelo. Ella no sonríe.
—Tómatelo con calma —dice como si fuese una advertencia.
Me incorporo en la cama y le lanzo una mirada desafiante.
—¿O qué, Abbi?
Abre la boca, la cierra y después da media vuelta y sale del cuarto con un portazo.