23. Sera
CAPÍTULO VEINTITRÉS
Sera
M is padres accedieron a la excursión a Provincetown anoche, pero parece que ahora, durante el desayuno, se lo están replanteando. Abbi me sorprende al acudir a mi rescate.
—Por si no os habéis dado cuenta —dice—, las constantes cardiacas de Sera se han mantenido estables. Creo que hacer más cosas la ayuda. —Me llena una taza de café hasta la línea permitida y me la acerca.
Luke llama a la puerta corredera de cristal y entra mientras ellos debaten cuánto «margen de libertad» deberían darme.
—Buenos días, Luke —dice mamá mientras le sonríe para dejarle claro que esto no es culpa suya, pero que tampoco le corresponde opinar.
Él se acerca y se coloca a mi lado junto a la encimera y yo me apoyo en él. Mete la mano en el bolsillo trasero de mis pantalones cortos, donde nadie puede verla. Aprieto los labios para reprimir una risita.
—No sé… —dice papá desde su sitio en la mesa de la cocina—. Pronto tienes cita en Boston. ¿No deberías estar descansando?
—Precisamente por eso creo que debería ir —insiste Abbi mientras abre de golpe la carpeta con los registros de mis revisiones desde el incidente, escritos con esmero a mano por ella misma—.
¿Quién sabe lo que podría decir la doctora Lee entonces?
¿Y si tenemos que volver a Brookline? —Aunque he estado bien desde la noche después de la campaña de donación de sangre, toda la familia ha vuelto a controlarme exageradamente, como hicieron el verano pasado. Entonces lo necesitaba. Ahora no.
—En eso tienes razón —admite al fin mamá antes de darle un sorbo al té.
—Puedo ir con ellos si queréis —se ofrece Abbi—, pero Luke es muy responsable y sabrá qué hacer si Sera se encuentra mal. ¿A que sí?
Luke asiente con la cabeza.
—Por supuesto.
—Sera también sabe qué hacer cuando se encuentra mal —murmuro en voz baja. Luke me da un apretón en la mano.
—Muy bien, entonces —zanja mamá. Se pone de pie y me da un beso en la coronilla—. Vuelve a casa si te sientes cansada. Pero diviértete.
Cuando estoy ya a punto de salir, Abbi me toma las constantes y es entonces cuando mamá me da permiso para marcharme. Luke está de pie en un rincón de la cocina y observa todo el proceso con máxima concentración mientras se aprende los pasos.
—¿Estás segura de que te encuentras bien? —pregunta Abbi en voz baja cuando mamá ya no puede oírnos.
—Sí. Te lo prometo. Haz algo hoy por ti también, ¿vale?
Abbi me abraza como respuesta y yo la estrecho con fuerza también, hasta que le cruje la espalda. Ella se aleja y ríe, después nos mira a Luke y a mí. Se inclina hacia delante para susurrarme al oído:
—Ten cuidado. Tal vez sea mejor esperar a hacer ningún tipo de… cardio… hasta que hables con la doctora Lee para saber si es seguro.
—Abbi. —Me sonrojo. Miro a papá, pero está leyendo algo en el móvil y no se ha dado cuenta de nada.
Abbi pone los ojos en blanco y me guiña un ojo.
—Vaaale. Diviértete.
—No demasiado —prometo.
*
En Provincetown, Luke insiste en dejarme en el centro del pueblo antes de buscar sitio para aparcar.
Doy una vuelta por la librería mientras lo espero, saludo al perro del local y escucho cómo su dueño le cuenta a una pareja la historia de su rescate.
Le compro a Abbi un libro sobre la historia de las energías alternativas del cabo como agradecimiento y después salgo a la esquina, donde veo a Luke.
Lleva en la mano una bolsa de la pastelería portuguesa.
Hago una foto de él esperándome y se la envío a Maddy.
Sera
Chico sexy + caliente =
Te llevamos alguno?
Maddy
Sí, porfa. ¡¿Llevas EL VESTIDO ?!
Me río y me hago un selfi. Llevo una camiseta, unos pantalones cortos y una de las gorras de béisbol de Luke.
Maddy
Exijo una cita que sea digna del vestido, ¡Y DETALLES !
Sera
Yo exijo patatas fritas ilimitadas y detalles sobre Sienna a cambio!
Maddy
Me lo pensaré. ¿Nos vemos mañana? ¿Solo nosotras dos?
Le envío unos pulgares hacia arriba y me acerco sigilosamente a Luke.
—¿Son para mí?
—Déjame un bocado —bromea—, pero sí. Ha sido un viaje muy largo.
Encontramos un banco en la calle principal para sentarnos y comer. Cuando terminamos, escapamos del sol yendo de tienda en tienda. Al pasar junto a un pequeño parque, nos hacemos a un lado para dejar pasar a un grupo de drag queens que van a almorzar.
—¡Me flipa tu sombrero! —le grito a la drag del final, que lleva una concha gigante hecha a ganchillo encima de la peluca de color rojo brillante.
—¡Gracias, reina, y a mí ese bomboncito! —Señala a Luke y este se sonroja.
La galería que estoy buscando está bastante lejos de la calle comercial y Luke me sostiene la puerta mientras nos alejamos del sol y entramos en un espacio bien iluminado y con aire acondicionado.
La galería la dirige un artista local y la exposición actual incluye obras de jóvenes artistas emergentes de todo Cabo Cod.
Caminamos de aquí para allá hasta que encuentro la esquinita en la que le artista que estoy buscando tiene colgada su obra.
Las tres pinturas son retratos de personas azotadas por el viento con el pelo alborotado y, aunque uno de ellos es un hombre calvo, está claro que siente el viento en su piel arrugada.
Los detalles son impresionantes. Me hago una foto, la cuelgo en Instagram, etiqueto a le artista y le mando un mensaje.
Cuando nos dirigimos a la salida, a Luke le llama la atención una impresionante selección de obras de técnica mixta que son justo de su estilo.
Gráfica y atrevida, es una combinación de diseño de impresión y fotografía, según la declaración del artista.
La pieza central es del ferry de Martha’s Vineyard.
—Vaya. —Me he quedado patitiesa.
—Es buenísima —concuerda Luke.
—Tu trabajo es tan bueno como este, Luke. Podría encajar fácilmente al lado de esta pieza. Deberías hacer algo y enviarlo.
Niega con la cabeza.
—No, no tengo tiempo. Además, no es más que un pasatiempo. Me relaja, ya sabes. Es una distracción.
—Ya. —Por alguna razón, no quiero dejarlo pasar. Peor que el hecho de que se niegue a pensar en qué quiere más allá de lo que su familia necesita es esa idea descabellada que tiene de que no vale la pena dedicarle tiempo a su arte—. Pero sigue siendo muy bueno.
—Tu arte sí que estará aquí —dice, cambiando de tema—. Tal vez esos retratos bajo el agua. No tienen que ser solo para la beca.
—Puede. No sé si me dará tiempo a empezar a exponer en galerías… —digo, dejando la frase en el aire.
—No digas eso —responde él, dolido.
—Luke…
Se rasca la nuca.
—Solo quiero que te permitas tener esperanza. Al principio parecía que ninguno de los dos íbamos a pasar de los dos años, y míranos ahora. No puedes saber lo que va a pasar.
Tiene razón y, al mismo tiempo, se equivoca.
Sí, hay cosas inciertas que me dan esperanza.
Sin embargo, sé que algún día necesitaré un corazón nuevo.
Sé que mi cuerpo podría rechazarlo. Sé que mi vida seguirá siendo más corta que la suya.
Me cuesta horrores pensar más allá del próximo verano y fingir que tenemos todo el tiempo del mundo, como sé que él quiere creer.
¿Estoy acabando con lo nuestro por no tener esperanzas ni sueños para nosotros a largo plazo, solo porque me resulta demasiado difícil pensar en ellos?
Los veranos en el cabo siempre me han parecido un paréntesis de la realidad, y este tiene ese mismo sabor a tiempo suspendido…
, pero quizá no sea justo. Luke vive aquí todo el año.
Esta es su vida. Yo solo estoy de paso. En más de un sentido.
—Deberías enviarles tu trabajo —dice Luke.
Se acerca al mostrador de recepción y coge un folleto con información de la galería. Me quedo callada, con la cabeza algo embotada de tanto pensar y por el día tan largo.
De camino a casa, saco una mano por la ventanilla mientras la otra reposa, cálida y segura, entre las de Luke. Mis pensamientos oscilan entre este momento y varios futuros imaginados, de esos brillantes e imposibles en los que me he prohibido pensar.
Luke llamándome mientras paseo por París y yo le cuento cómo brilla la luz en la ciudad.
Maddy y yo cansadas y desaliñadas en un tren rumbo a Ámsterdam: ella divagando sobre la comida que vamos a probar mientras yo dibujo el paisaje.
Mi futuro podría ser de muchas maneras —si es que tengo uno— y cada ensoñación es más bonita que la anterior.