21. Sera
CAPÍTULO VEINTIUNO
Sera
D urante la primera semana de esta nueva situación, nos lo tomamos con calma o, mejor dicho, con la calma que podemos.
Luke me lleva el miércoles al trabajo, y esa noche nos escapamos a la Playa del Fin del Universo.
Hace mucho bochorno, así que nos metemos en el agua.
Me quedo de pie donde me cubre hasta la cintura, con cuidado de no mojar el monitor, mientras Luke nada distancias cortas de ida y vuelta, sin alejarse nunca demasiado de mí.
Es todo aún muy reciente, pero, aparte de eso, es como en los viejos tiempos.
Solo que ahora, cuando me entran ganas de apartarle el pelo de los ojos, plantarle un beso en la comisura de la boca o ponerle la mano en el pecho, puedo hacerlo.
El sol comienza a ponerse hacia el canal cuando lo pillo mirándome fijamente con los ojos brillantes.
—¿Qué? —Me sumerjo un poco más y echo la cabeza hacia atrás con cuidado para mojarme solo el pelo. Luke se acerca nadando.
—Me gustaría salir contigo este fin de semana.
—Hoy hemos salido.
—Tener una cita de verdad, Sera. Como debe ser.
—No creo que tengamos que hacer nada «como debe ser» —me burlo, aunque me gusta la idea—. Pero suena divertido.
—Genial. Yo me encargo del plan, tú solo tienes que presentarte.
—Tienes que darme más detalles. Tengo que saber qué ponerme —insisto.
Desde mi cara, desciende con la mirada por mi cuerpo, medio oculto por el agua. Le salpico la cara.
—Oiga, caballerete, que los ojos los tengo aquí.
—Ya, pero hay otros muchos sitios estupendos donde mirar —dice, poniéndome las manos en las caderas. Me inclino hacia él y le doy un beso casto en los labios, y luego me aparto y me dirijo de vuelta a las toallas.
*
El sábado sigo las instrucciones de vestuario de Luke y quedamos en Nyeman’s a la hora del cierre.
Espero que la tienda esté tranquila, porque son casi las cinco y media, pero es un hervidero de actividad.
Paula está en su escritorio de la esquina con una pareja joven, ella acunando en los brazos a un bebé llorón.
Deben de ser clientes de diseño de interiores.
Hay una cola de cinco personas en la caja para pagar, y otras diez más pululando por allí.
Saludo con la mano a Paula, pero no la interrumpo, y avanzo hacia el fondo de la tienda en busca de Luke.
Lo encuentro ayudando a una pareja con una cómoda.
Parece cansado, pero, cuando me ve, sonríe y se le iluminan los ojos, como si, con solo aparecer, yo hubiera encendido una luz por encima de él.
Ese sentimiento me ilumina a mí también.
—Hola —digo.
—Hola —contesta, atando la cómoda a una carretilla—. ¿Me das unos diez minutos?
—El tiempo que necesites. He llegado pronto.
La pareja sigue a Luke fuera de la sección de antigüedades y yo voy detrás, echándoles un ojo a los muebles y a las baratijas.
Luke se encamina hacia la puerta para cargar la cómoda en el coche de la pareja y, cuando vuelve a entrar, lo reclaman en la caja.
Ayuda a la nueva cajera, Sam, cambia el papel térmico y luego envuelve el artículo para regalo y lo entrega.
Una señora mayor se acerca a preguntar por trabajos de carpintería.
Él asiente y rebusca bajo la caja una tablilla.
Mientras él apunta lo que necesita la señora y repasa sus notas, Sam tiene dificultades con la siguiente persona de la cola.
Luke se da cuenta y deja rápido la tablilla mientras le pide a la señora que anote su dirección y su número de teléfono.
Le pide educadamente a Sam que se aparte y llama a los siguientes de la cola, y le explica lo que está haciendo mientras ella lo observa.
Paula se me acerca mientras jugueteo con las borlas de una almohada bordada.
—Es bueno, ¿eh? —dice, volviéndose para mirar a Luke—. No sé qué haríamos sin él. —Asiento, pero una parte de mí se pregunta si no se da cuenta de lo estresado que está, de lo infeliz que es—. Pasadlo bien en la cita.
—Gracias. —Sonrío con una repentina timidez.
Ella también sonríe y se vuelve hacia las escaleras traseras.
—Me tengo que llevar a los chicos a casa.
Cuando se van los últimos clientes y Sam ficha y se va, Luke cierra con llave y baja las persianas. Voy hacia él.
—Tengo que cambiarme —dice— y agendar esa visita a domicilio, y luego nos podemos ir.
—Vale, pero primero… —Le cojo la mano para evitar que pase corriendo y lo empujo hacia el rincón del menaje de cocina.
Casi se me resiste, pero le pongo un dedo en los labios y se detiene, y desaparece esa sonrisa de antes.
Me apoya contra una estantería de ollas de cobre, con cuidado de no tirar nada.
Entrelazo las manos alrededor de su cuello y tiro de él para besarlo.
Siento que se le relajan los hombros mientras me rodea la cintura con las manos.
—Recuerda dónde lo hemos dejado —dice, mientras juguetea con los tirantes de la parte de atrás de mi vestido.
Bajo los brazos.
—Te espero sentada aquí mismo a que estés listo. —Señalo una de las sillas delante del escritorio de Paula—. Sin prisas.
Me siento y hojeo una de las viejas revistas mientras espero. Luke vuelve con unos pantalones de vestir marrones y una camisa de manga corta azul cielo abotonada que le marca los bíceps a la perfección. Me levanto y me aliso el vestido, esperando que no se me haya arrugado.
—Anda, qué elegante —digo—. Bueno, entonces, ¿adónde vamos?
—He reservado en Brewster. —Está emocionado y se está haciendo un lío con la corbata que intenta ponerse. Le paro las manos inquietas.
—No hace falta que lleves corbata, Luke.
Me mira nervioso.
—Es un sitio muy fino, y tú vas…
Me mira de arriba abajo el vestido, uno que me ayudó a encontrar ayer Maddy, porque el vestido amarillo es bonito, pero no adecuado para una cena elegante.
Es un vestido liso y sedoso marrón oscuro con tirantes finos.
No llevo sostén porque es de espalda descubierta.
Me ponía nerviosa llevarlo, pero Maddy me convenció.
Al ver cómo se le encienden las mejillas a Luke, me alegro de haberle hecho caso.
Retrocedo y giro sobre mí misma y el dobladillo asimétrico traza un pequeño círculo.
—Espectacular —acaba la frase.
—Gracias —respondo, y le planto un beso en la mejilla—. ¿Nos vamos?
Asiente, y nos dirigimos a su furgoneta. Aparta unas cuantas cosas del asiento corrido y me pide que tire el monopatín de Oliver a los asientos de atrás. Al hacerlo, veo sobre el asiento unos cuantos libros de diseño gráfico con pósits sobresaliendo por los cantos.
En el restaurante no hay aparcamiento, y tenemos que dejar que el aparcacoches se lleve la furgo.
La primera señal de que cuando Luke dijo «fino» lo decía en serio.
Noto de inmediato el picor en la mancha roja que me ha dejado en el pecho el monitor que le he devuelto esta tarde por correo a la doctora Lee.
No he vuelto a tener arritmias ni mareos.
Quizá no empeore durante un tiempo. Quizá aún pueda pasar un verano genial aquí y el que viene en París.
Intento no darle demasiadas vueltas para no gafarlo.
Luke se frota las manos en los pantalones, nervioso, mientras le dice su nombre a la recepcionista. Esta nos dice que tendremos que esperar unos minutos.
—Si desean echar un vistazo a los platos especiales de hoy, tenemos una carta en el patio.
Señala una zona en la que hay un soporte con los menús tras un vidrio. Nos acercamos y me apoyo en Luke mientras leemos el menú.
—No pone los precios —digo, un poco confusa.
—No te preocupes —repone Luke, aunque la arruga en su entrecejo dice lo contrario—. Invito yo.
Sigo leyendo y todo me suena a algo que a Maddy le encantaría probar, pero a nada con lo que yo me sienta cómoda. Se nos acercan un hombre y una mujer, y les dejamos sitio para que también puedan leer el menú.
—¡Anda, mira, tienen langosta en papillote con trufas!
—exclama ella. El francés que aprendo en Duolingo va mejorando, pero no tengo ni idea de lo que significa lo que ha dicho.
¿Es un postre? Miro a Luke, y él está igual de ojiplático que yo.
Le echa un vistazo al tipo, que, sí, en efecto, lleva corbata.
—Luke —le digo, apartándolo del menú.
—Tendría que haberme puesto… —empieza a decir mientras se toca el cuello.
—No —le digo, captando su atención—. ¿Puedo serte sincera?
—Claro.
—Esto es demasiado pijo. Me da mal rollo que no pongan los precios y no quiero comer algo que suena a bombones de langosta, a no ser que Maddy me obligue a hacerlo porque su carrera dependa de ello.
—Pero… —Luke mira hacia la recepcionista, que guía a dos señores mayores vestidos de punta en blanco al interior del sombrío restaurante iluminado por velas—. Tenemos una reserva.
—No pasa nada —digo, cogiéndolo de la mano—. Estoy segura de que habrá alguien esperando a poder entrar y que se va a poner la mar de contento de que no la utilicemos.
—¿Segura? —pregunta Luke. Me mira y me aparta un mechón rebelde de los ojos.
—Que sííí. Comeré contigo en cualquier sitio, pero, esta noche, aquí mejor que no, ¿vale?
Se relaja y se le escapa una risita.
—Menos mal —dice, tirando de mi mano y sacándome del pequeño patio. La recepcionista nos pilla mientras tratamos de irnos a hurtadillas.
—Ah, ¿se marchan? —pregunta. Detrás de nosotros aparece otra pareja que pregunta si pueden ocupar nuestro lugar.
—Sí —digo mientras Luke me tira de la mano—. Acabo de recordar que soy alérgica al marisco y a la mantequilla… ¡y a las corbatas! —A Luke se le escapa una risa por la nariz y me aleja aún más de un tirón—. ¡Siento la confusión! ¡Chao!
En cuanto llegamos a la acera, echamos a correr y no paramos hasta la esquina, riendo y recuperando el aliento.
Luke se desabrocha uno de los botones superiores de la camisa.
Yo me quito la horquilla que me hace daño en la cabeza y compruebo nerviosa el reloj.
El ritmo cardiaco se me ralentiza poco a poco, y me relajo.
—¿Mejor? —pregunto, pasándome las manos por el pelo. Luke me mira y luego mira a mi espalda.
—Sí, pero habrá que volver a por las llaves del coche.
—Ay, claro.
—Vuelvo enseguida.
Luke recupera la camioneta, y en cuanto estamos en la cabina me cambio de sitio en el asiento corrido y me coloco en el medio para estar a su lado.
—Bueno, ¿adónde vamos? —pregunta.
—¿Qué te parece ir al puesto de marisco? —Señalo un cartel que indica una playa cercana.
—¿Pícnic en la playa? —dice con una mueca, como si no fuera lo bastante especial.
—Sí. —Asiento y trasteo con el casete y el cable que se conecta a mi móvil, y pongo el EP del grupo de Cam, que últimamente me gusta cada vez más.
—Si estás segura… —dice Luke, girando a la derecha.
—Lo estoy.
A esta hora del día, la playa se está vaciando, y el cielo promete una puesta de sol verdaderamente espectacular.
Hacia el oeste hay unas nubes finas dispersas, y ya se empieza a atisbar un tono anaranjado.
Nos pedimos un plato combinado y unos batidos en el puesto de marisco y, cuando los recogemos, abro el paso hacia unas rocas que ofrecen un espacio plano donde sentarnos.
Comemos antes de que se enfríe la comida, e intento no beberme todo el batido demasiado rápido, aunque el que hace Maddy de chocolate y mantequilla de cacahuete le da mil vueltas a este.
—Bueno, ¿qué? Parece que teníais mucho ajetreo en la tienda, ¿no? —digo, tan pronto como bajamos el ritmo.
Luke asiente, feliz.
—Sí, estoy contento. Necesitamos todo este movimiento en verano porque en temporada baja el negocio se reduce mucho. Además, mi madre va a salir en una revista local por una casa que decoró en Harwich. Para ella es un éxito enorme, es como cumplir un sueño.
—Vaya. Eso es genial. —Intento dar con una manera fácil de preguntarle si él está cumpliendo su propio sueño—. Quizá cuando las cosas se calmen podrás tener más tiempo para tu arte, ¿no? —le digo, recordando aquellos libros de arte bien cuidados que vi en su furgoneta.
—Quizá —responde él, encogiéndose de hombros—. Aunque ahora mismo es más importante que ayude a mi madre y al pueblo.
Desvío la mirada hacia el agua. El cielo se oscurece con la llegada de un manto de nubes.
—¿Estás bien? —pregunta Luke, mientras me da un suave toque en la rodilla.
No quiero presionarlo demasiado, pero tampoco quiero dejarlo pasar. Me vuelvo de nuevo hacia él.
—Sí. Es que me preocupa que dejes que tus pasiones queden relegadas. —En la palabra «pasiones» se acerca más a mí.
—No hace falta que te preocupes por mí; tú preocúpate de estar sana. —Me echa el pelo hacia atrás por encima del hombro.
Como idea es muy bonita, sí, pero ¿qué sería de la vida sin preocuparse, sobre todo de la gente que te importa?
—Voy a preocuparme de todos modos. Tengo derecho por ser tu… novia. —Intento pronunciar la palabra lentamente, para no asustarnos a ninguno de los dos.
—De acuerdo —dice, quitándome el envase vacío de las frituras de las manos y dejándolo a un lado. Se inclina hacia delante, me coge de las mejillas y deja caer el pulgar sobre mi labio inferior—. Pero vuelve a decir eso.
—Preocuparme —bromeo, y le beso el pulgar. Me vuelve a acariciar el labio inferior y las chispas me llegan hasta los dedos de los pies.
—Novia —dice, acercándose más y sustituyendo el pulgar por sus labios. Me muerde el labio inferior, luego retrocede y espera.
—Novia —repito sin aliento. Se inclina y me vuelve a besar cogiéndome de las caderas. Me mantengo recta con un brazo sobre las rocas y deslizo el otro por debajo de la parte de atrás de su camisa, deseando sentir su piel.
Me da a mí que esta noche ya no hablaremos más.