El último beso del verano 18. Luke
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18. Luke

CAPÍTULO DIECIOCHO

Luke

M ientras los paramédicos meten a Sera en la ambulancia, yo también me subo. Llamo a Abbi desde el móvil y, como no me lo coge, le dejo un mensaje.

—Tú no deberías venir aquí con nosotros —me dice una de las paramédicas, pero ya está cerrando la puerta.

Le pone una vía en la mano a Sera, le toma las constantes vitales y hace anotaciones en una tableta mientras la sirena aúlla por encima de nosotros y nos ponemos en marcha.

Me siento rápidamente en el banco junto a la camilla para no caerme y le cojo la mano a Sera.

Aprieta mis dedos temblorosos, e intento recordar cómo se respira para no ser el siguiente en desmayarse.

Ahora, por lo menos, Sera está despierta, pero tiene los ojos cerrados y la piel pálida y sudorosa.

Todo ha sucedido muy rápido. Sera se ha desplomado de golpe en mis brazos. Su reloj no dejaba de pitar una y otra vez. Yo he llamado angustiado al 911 y he intentado contestar a lo que me han preguntado lo más tranquilo que podía.

—¿Sufre alguna enfermedad? —me preguntaron.

—Le hicieron un trasplante de corazón cuando era un bebé, pero ha estado bien, con buena salud —balbucí. Los paramédicos llegaron muy rápido, pero me parecieron los minutos más largos de mi vida mientras la bajaban por la escalera cuando recuperó el conocimiento.

—Luke, lo siento —me susurra ahora Sera mientras vamos a toda pastilla por la autopista.

—No tienes que disculparte por nada —le prometo, apartándole el pelo de los ojos con suavidad.

Sacude la cabeza, y ese sencillo movimiento hace que piten todas las alarmas a las que está conectada—.

Tú solo descansa. —Me tiembla la voz—. Enseguida llegamos —le digo, aunque no tengo ni idea de si es verdad.

Por suerte, llegamos pocos minutos después. El personal nos espera y se llevan enseguida a Sera. Una enfermera se me pone delante y me impide seguirlos.

—Vamos a dejar que le echen un vistazo a tu amiga. —Señala con la cabeza hacia una salita de espera—. Puedes esperar ahí.

Cuando estoy a punto de sentarme, los Watkins entran corriendo por la puerta principal.

—¡Luke! —La voz de Abbi, aguda, destila pánico—. ¿Dónde está?

Me encojo de hombros. Aparece la enfermera y se los lleva a los tres por el pasillo en la dirección por donde fue Sera.

En el último instante, los sigo. Nos llevan arriba, a la unidad de cardiología, y durante todo el trayecto el corazón no deja de retumbarme en el pecho.

La última vez que estuve en un hospital fue justo después de la separación de mis padres.

Me hice daño en la rodilla durante un entrenamiento.

La operación fue rápida, y la rehabilitación, una tortura, pero todo el tiempo que pasé en el hospital estaba inquieto, deseoso de marcharme, como si mi cuerpo recordara aquel momento de casi muerte que Sera y yo habíamos vivido juntos de bebés, y quisiera salir de allí.

La enfermera nos deja en otra sala de espera más pequeña y se marcha para enterarse de dónde está Sera.

Abbi pasea de un lado a otro, balanceando los brazos hacia atrás y hacia delante.

—Abigail, cariño. —La señora Watkins va hacia ella, pero Abbi la ignora, me mira a los ojos por un instante y después vuelve a apartar la vista. Sé que piensa que, sea lo que sea que haya pasado, es culpa mía, y ojalá pudiera decirle que no, pero tengo la sensación de que un poco sí lo es.

La enfermera regresa.

—Por aquí.

Se gira, y todos volvemos a seguirla, pasando por delante de una habitación tras otra, todas tenuemente iluminadas, cada una de ellas con un paciente visible a través de los cristales. No se me escapa el hecho de que todos son mucho mayores que nosotros.

En la puerta de la habitación de Sera, su padre se vuelve y me pide que espere en el pasillo.

Abbi entra la primera, seguida por los padres de Sera.

Su madre me da un rápido apretón en el codo, y luego me quedo solo.

El aire es frío y no para de moverse. Me da un escalofrío y me abrazo para dejar de temblar.

Entra un doctor, sale con la enfermera y después otra enfermera entra con una enorme máquina sobre ruedas.

Me quedo allí, incapaz de moverme. Por fin hay un momento en el que se puede ver algo por la ventana de su habitación, y la veo incorporada.

Me ve y me sonríe. Mi corazón palpita aliviado.

«Está bien», me digo. Me separo de la pared para entrar justo en el momento en el que Abbi abre la puerta.

—Ahora no, Luke —me dice, poniéndome la mano en el hombro y guiándome de nuevo hacia el pasillo. Miro por la ventana de Sera, pero su padre me tapa la vista.

—¿Qué pasa? ¿Está bien? Parecía encontrarse bien. Solo subimos por una escalera hasta la parte de arriba del Frappie’s, y se mareó y…

Abbi baja la vista a sus zapatos y luego la levanta hacia mí. Tiene los ojos un poco rojos, cansados. Me percato de que, sea lo que sea que esté pasando, no supone una sorpresa en absoluto para ella.

—¿Está enferma? ¿Es el corazón?

Abbi asiente.

—Hace dos años, la cosa no fue… bien —dice—. Sin embargo, el otoño pasado le hicieron una intervención, y ahora está con un tratamiento que ha ido funcionando…

Vuelvo a mirar por la ventana y veo que Sera me está buscando. Nuestros ojos se encuentran, y me doy cuenta de que sabe que ahora lo sé. Desvía la mirada con rapidez a Abbi, pero luego me vuelve a mirar a mí muy apenada. Articula con los labios un rápido «lo siento» y vuelve la cabeza.

Se me sigue moviendo el suelo, y ya no aguanto más de pie. Me apoyo contra la pared y me deslizo hacia abajo, y me sorprende que Abbi se siente, callada, a mi lado.

—¿Hace dos veranos? —le pregunto, intentando encontrarle un sentido.

—Sí —reconoce—. Se desmayó en el torneo de voleibol. Por eso nos fuimos un par de días antes.

Dejo caer la cabeza sobre las rodillas. Tengo náuseas.

Por eso no vino a la playa esa noche. Me siento como el culo.

No me enteré porque ese verano estaba demasiado ensimismado con mis propias crisis —mi familia viniéndose abajo delante de mí, mi propia sensación de rechazo— para darme cuenta de lo que pasaba.

—Esa noche fue a buscarte… —dice Abbi.

Frunzo el ceño, confuso. Abbi me imita, y caigo en la cuenta. La fiesta de Dennis. Se me revuelve todavía más el estómago.

—¿Cuánto tiempo le…? —Soy incapaz de acabar la frase.

—En teoría, le quedaban unos cuantos años antes de necesitar un trasplante. Está en la lista de espera. —Abbi se incorpora un poco y se seca los ojos con una expresión decidida—. Aunque ahora mismo está en el nivel cuatro o cinco. Ha estado estable. Pero al final necesitará un corazón nuevo.

—Le daría el mío. —No tenía intenciones de decirlo en voz alta, pero es la verdad.

Abbi deja caer la cabeza sobre mi hombro durante un instante.

—Lo sé. —Se aparta, se levanta y se alisa el pijama arrugado—.

Deberías irte a casa, Luke. Sera necesita descansar.

Y, si está pasando algo entre vosotros dos…

, algo más que ser solo amigos, por favor, piénsate si seguir con eso es lo que de verdad quieres, ¿vale?

Porque no puedo permitir que le vuelvas a romper el corazón.

Asiento, aturdido, y Abbi vuelve a desaparecer en la habitación de Sera.