17. Sera
CAPÍTULO DIECISIETE
Sera
E sa noche no puedo dormir, pese a que estoy agotada por la jornada de donación y mi discusión con Luke.
Ahora, a la una de la mañana, no puedo pensar en otra cosa.
Estoy tumbada bocarriba, con los pies en el cabecero, intentando engañar a mi cuerpo para que crea que no llevamos aquí más de una hora dando vueltas en la cama.
Esta tarde ha refrescado bastante pronto y mi padre ha apagado todos los aparatos del aire acondicionado, así que la casa está en silencio y desprende una humedad un poco pegajosa.
Una ligera brisa hace bailar las cortinas y trae el sonido de las ranas de primavera y el zumbido de los escarabajos verdes.
Puse a cargar el teléfono abajo para no tener la tentación de ponerme a navegar de manera compulsiva por Instagram, y ya he contado tres veces las estrellas fosforescentes del techo.
Cuarenta y dos. Cuando he abandonado toda esperanza de pegar ojo, oigo que algo golpea una de mis ventanas.
Me doy la vuelta, dando por hecho que es una polilla o una ardilla trepando por el tejado, pero luego se oyen dos soniditos más claros contra el cristal.
Me levanto y aparto las cortinas hacia un lado. A la tenue luz de la luna apenas distingo a Luke en su escalera trasera.
Me pongo unos vaqueros y una sudadera sobre la camiseta.
Hace siglos que no salgo a escondidas con Luke, pero el instinto de ir preparada no lo he perdido.
Cojo una toalla fina de playa, por si acaso, y la meto en mi mochilita.
Luego, bajo sigilosa las escaleras con los zapatos en la mano.
La casa está a oscuras. Mamá, papá y Abbi están dormidos.
No me arriesgo a ir a por el móvil. De todas maneras llevo puesto el reloj, así que, si hiciera falta, los puedo llamar.
Abro con cuidado la puerta corredera y la vuelvo a cerrar, y luego me pongo las sandalias.
Rodeo la entrada y me deslizo con cuidado bajo el rododendro donde Luke y yo nos ocultábamos cuando jugábamos al escondite con linternas en el barrio.
Siento un leve atisbo de preocupación en el estómago cuando aparezco por el otro lado.
—Hola —me saluda, con las manos metidas en el bolsillo delantero de su sudadera con capucha—. Gracias por salir.
Me pongo derecha y me aparto el pelo de la cara.
—No podía dormir —le respondo, intentando sonar desenfadada, pero dándome cuenta de que sigo resentida.
Luke le da una patada a una piedra, me mira y luego mira al cielo. La luna es un gajo brillante, casi como una sonrisa que se burla de nosotros.
—Hace mucho que no salía a escondidas —reconoce—. Pero es que tenía que verte. Me siento fatal por lo de hoy. —Está nervioso, y va cambiando el peso de un pie a otro—. ¿Quieres dar un paseo? —Hace un gesto con la cabeza hacia el centro, y yo asiento.
Vamos callados mientras caminamos por Beach Rose Lane.
Aquí se oye todavía más fuerte a las ranas de primavera, y en el túnel de árboles da la sensación de que estemos dentro de un terrario.
Dejamos un pequeño hueco entre los dos, pero mantenemos el ritmo, y nos chocamos de vez en cuando al evitar los agujeros del suelo.
Dejo que se instale el silencio. Me relaja pasear así, sin más.
Acabamos en el viejo puerto deportivo. En esta punta de la ciudad hay unos cuantos edificios abandonados que siempre han estado así, pero uno de ellos debería ser una heladería con mi helado favorito de chocolate con chips de cereza.
—Vaya bajón que el Frappie’s haya cerrado —digo, deteniéndome delante del escaparate. A través de una gruesa capa de polvo, apenas distingo las copas heladas pintadas que decoran el cristal.
—Sí, cerró justo antes del verano pasado. —Retrocede y mira de arriba abajo la ruinosa zona—. Es triste. Es un edificio muy icónico; podría ser algo muy chulo.
Levanto la vista más allá del cartel roto del Frappie’s, hacia las enormes y altas cristaleras donde se reflejan las estrellas.
—¿Como qué?
—No sé —dice Luke, pero sus ojos siguen a los míos y puedo verlo pensar, haciendo planes, inventando futuros—.
Esta parte de la ciudad siempre tiene problemas —añade—.
Parece que los locales siempre cierran y nada ocupa su lugar.
Me preocupa que aparezca por aquí alguien con un montón de pasta, lo eche todo abajo y construya unos apartamentos pijos o algo así.
—Va, no digas eso. —Que Northport pueda cambiar me hace sentir una profunda y aguda tristeza—. A veces las cosas vuelven. O llegan otras nuevas para honrar a las viejas.
—O las dos cosas —apostilla Luke, dedicándome una sonrisa triste—. De todos modos, alguien debería salvar todos estos edificios históricos.
Me da la sensación de que cuando dice «alguien» se refiere a sí mismo. Suspiro y le doy un empujoncito en el hombro para intentar aligerar el ambiente. Finge tambalearse, pero enseguida se recompone. Me coge de la mano y me la aprieta.
—Siento mucho haberme comportado como un capullo en la jornada de donación.
—Que lo reconozca parece desahogar toda la tensión que había entre nosotros.
De repente me resulta más fácil respirar—.
Si te gusta Jackson, entonces es que es buen tío.
—Respira hondo—. Aunque lo de gastarse quinientos dólares en tíquets para la rifa ha sido para tirarse el rollo.
Me río un poco. La verdad es que tiene razón.
—Gracias —le digo mientras le devuelvo el apretón—. Te lo agradezco.
—¿Quieres entrar? —me pregunta Luke, llevándome hasta la entrada principal de la tienda cerrada.
Miro escéptica el picaporte roto.
—¿No estará cerrada con llave?
Estira la mano libre y empuja. La puerta se abre de par en par. Chirría ruidosamente, como siempre hacía, y me recuerda a mi niñez, a la promesa de algo dulce.
—Pues parece que no. Vamos.
Sigo a Luke al interior del edificio y cierro la puerta.
El esqueleto de Frappie’s descansa cubierto de polvo.
Las mesitas para dos personas están arrinconadas a la izquierda y las sillas con chispas multicolor están colocadas encima de ellas, dejando el centro de baldosas completamente despejado, casi como si fuera una pista de baile.
Han quitado de las paredes la mayor parte de la decoración de helados y motivos marítimos, así que solo queda la estructura robusta de lo que debía de ser una vieja lonja o un almacén de embarcaciones.
Las altas ventanas abatibles dejan entrar la luz difusa de la luna, y el lugar resplandece blanco y azul, como si estuviéramos bajo el agua.
Suelto la mano de Luke y me acerco al mostrador.
Me aúpo y paso los pies al otro lado. Aterrizo sobre un montón de viejos vasitos de helado vacíos y luego me vuelvo hacia Luke.
—Bienvenido a Frappie’s, hogar de las mejores chispas de colores y del mejor caramelo caliente caseros del cabo. ¿Qué le pongo?
—Un helado de chocolate y mantequilla de cacahuete con salsa de cerezas, por favor.
—Ugh —digo, arrugando la nariz—. Por desgracia, eso no lo tenemos porque es una elección horrorosa.
—No lo critiques hasta haberlo probado —disiente. Mira a su alrededor, sin perder detalle de nada—. Oye, ¿adónde crees que llevará esa escalera? —dice señalando detrás de mí.
Me vuelvo y me encojo de hombros.
—Al tejado, seguramente.
Luke salta también el mostrador y prueba los peldaños más bajos.
—Parece resistente.
—Con cuidado —le advierto mientras sube con rapidez hasta arriba.
—¡Hay una puerta! —grita. La empuja hasta que se abre de par en par con un chirrido—. Guau —dice—. ¡Sube aquí! Las vistas son geniales. Se ven un montón de estrellas.
Miro la escalera y los veinte escalones más o menos que tendré que subir. Nunca me han dado miedo las alturas, pero por algún motivo esto me pone nerviosa.
—La escalera es superresistente —me grita desde arriba—. No te preocupes.
Respiro hondo, me agarro a los peldaños que tengo a la altura de los ojos y empiezo a subir.
La verdad es que la escalera es muy sólida, pero me sudan las manos.
A mitad de camino, de pronto deseo haber dejado la mochila abajo porque me resulta muy pesada.
Me paro y hago una inspiración larga y lenta mientras el corazón se me acelera un poco por los nervios.
Subo los últimos peldaños deprisa y me impulso a través de la puerta hacia el tejado.
Me incorporo, me sacudo mis extraños nervios y, por fin, levanto la vista.
—Guau —exclamo. El puerto se extiende por debajo de nosotros y las embarcaciones sombrías se bambolean con suavidad sobre el agua negra.
—¿Verdad? —Luke sonríe mirando a las estrellas.
Después de un minuto, por fin soy capaz de identificar la diferencia entre el agua y el cielo, y busco el Carro, la única constelación que soy capaz de localizar con algo de seguridad. Lo encuentro derramándose sobre el océano entre un amasijo de estrellas más tenues.
Luke levanta el brazo y señala justo donde estoy mirando.
—El Carro.
—Oye —le reprocho con un mohín—, que yo lo he visto primero.
Luke se ríe y luego se sienta sobre las tejas ásperas y se tumba. Me siento con cautela a su lado, preguntándome si esta vez durará la calidez que hay entre ambos.
—Túmbate. —Se aparta un poco y da una palmadita en el espacio que hay a su lado.
Me digo a mí misma que deje de pensar tanto y me tumbo.
El viento amaina un poco una vez que estoy tumbada, y el cielo bosteza sobre nuestras cabezas.
Luke se acerca más; su pierna izquierda apoyada contra mi pierna derecha, su cálido aliento sobre mi mejilla mientras vuelve a apuntar y señala a Géminis.
—¿Cómo la has encontrado? —Estoy verdaderamente impresionada—. Ni siquiera veo qué es lo que estás señalando.
—Allí. —Me agarra la mano, me extiende el dedo índice y dibuja una línea desde la esquina inferior derecha del Carro bocabajo hasta la esquina superior izquierda.
Luego, me guía la mano con suavidad más y más lejos, hasta detenerse en una de las dos estrellas más brillantes—.
Esa es Cástor y a la derecha está Pólux, y son los gemelos. Mira esa forma de u.
—Qué guay. —Trazo la forma con la mano libre y me muevo para retirar la otra mano, pero me la aprieta más fuerte.
—Espera —me dice, y se lleva mi mano al pecho.
Extiende nuestras palmas abiertas, y siento el tenue pum pum de su corazón.
El mío todavía sigue un poco acelerado de haber subido la escalera.
Me giro para ponerme de cara a él—. Quería decirte que he hablado con Izzy.
Estábamos juntos o algo así, pero ya no.
—Entonces ¿lo habéis dejado?
Luke asiente, y me pierdo en su cara familiar, en la pequeña cicatriz bajo su ojo izquierdo. Se me va la vista a su labio inferior, que tiene apresado con los dientes. Lo suelta y dice:
—Me gusta otra persona.
Me da un vuelco el estómago.
—Ah. —Trago saliva y desvío la vista.
A Luke se le escapa una risa ahogada.
—Sera. Eres tú. —Lo dice claro y lento—. Me gustas, Sera. Hace dos años que lo llevo guardado y creo que me estaba matando no habértelo dicho.
De repente tengo la sensación de que el tejado es fino, como si me fuera a caer por él y luego, atravesando el suelo del Frappie’s, descendiera directa hasta el centro de la Tierra.
—¿En serio?
—En serio —responde.
Me vuelvo y lo miro. Espera que le responda, como si yo tuviera la respuesta al universo. Me repito en la cabeza lo que me ha dicho. «Le GUSTO a Luke. Le gusto A LUKE . LE gusto a Luke».
Me muero de ganas de decirle lo mismo, pero una ráfaga de miedo me oprime el pecho.
No puedo quedarme ahí tumbada, así que me pongo de pie y enseguida me siento mareada y sin aliento.
Cierro los ojos para no ver los puntitos que giran arremolinándose en mi campo de visión.
Espero a que se me calme el corazón, pero no lo hace.
Mi reloj pita al registrar un ritmo cardiaco irregular. «Mierda » . Llevaba meses sin hacerlo.
—¿Sera?
Luke está a mi lado, pero no puedo mirarlo.
Tanto porque no puedo creerme lo que me está pasando como porque EBE no se calma.
Jadea, se esfuerza y tropieza consigo misma.
Cuando el reloj pita tres veces muy seguidas, maldigo en voz alta.
Ha llamado a mi madre y ha enviado una alerta a la doctora Lee.
—¿Sera? ¿Te encuentras bien? —Luke parece desesperado mientras me agarra de los hombros, como si intentara mantenerme en pie, y, ay, cómo me gustaría que eso bastara.
Quiero tranquilizarlo. Quiero decirle tantas cosas, pero no me llega el aliento para hacerlo.
Abro los ojos y veo los suyos ante mí. Pese a la oscuridad, desprenden un leve fulgor verde, como el océano, o como un portal fuera de esta dimensión.
Me inclino hacia ese remolino verde y negro con la esperanza de que haya algo en su interior que me recoja al caer.