16. Sera
CAPÍTULO DIECISÉIS
Sera
H oy es la jornada anual de donación de sangre que los Tisdale y mi familia ayudamos a organizar siempre en el hospital de Northport. Y, como de costumbre, vamos tarde. Me pongo mi camiseta de voluntaria y unos pantalones cortos, y luego me cepillo el pelo a la carrera y me hago una coleta.
—¿Has puesto todo lo de picar en el coche? —me grita mi madre desde abajo mientras saco el móvil de debajo de las mantas que me quité de encima de una patada anoche.
—¡Sí! —le contesto mientras cojo el cargador.
Siempre me quedo sin batería a mitad de la jornada de donación, y este año me va a pillar preparada.
Me dirijo a la cocina y voy derecha a la despensa para asegurarme de que he puesto todo lo de picar en el coche.
Encuentro dos cajas de zumo de manzana que se me habían olvidado.
Maddy va a traer galletas antes de su turno y Dockside envía pizzas, pero compramos todo lo demás con las donaciones del año pasado.
Me ato las deportivas a toda prisa y salgo pitando hacia el coche de Abbi.
—¿Nos da tiempo a tomar un café? —pregunta, bostezando. Pone algo de música; un grupo de rock que no he oído nunca.
—No creo —le digo, me pongo el cinturón y saco el móvil para juguetear con la respuesta que llevo intentando enviarle a Luke desde el jueves por la noche.
Me envió un mensaje para pedirme que quedáramos para hablar después de que nuestro día en barco acabara de aquella manera tan brusca, y todavía no le he respondido.
Le tendría que haber dicho que sí enseguida.
La espera no ha hecho más que empeorarlo.
Sigo sin saber qué decir exactamente cuando hablemos.
«Gracias por abrirte a mí; sé que me tocaba explicarte por qué desaparecí de la faz de la Tierra, pero me da mucha vergüenza reconocer que me estaba enamorando de ti y que me destrozó verte liándote con una chica con la que todavía te sigues liando, pero con la que dices que no estás saliendo.
Ah, y que también tuve una insuficiencia cardiaca, pero ahora ya estoy bien».
Demasiado elaborado. Intento no pensar en ello.
En lugar de eso, le envío a Iris una foto de mi primera obra acabada para la solicitud de la beca.
Estoy emocionadísima con ella. Las acuarelas forman una imagen etérea de mi carita con ocho años.
Parece invencible. Me la pongo de imagen de la pantalla de bloqueo, como recuerdo de lo que significa el día de hoy.
—Voy a parar en el Dunkin —dice Abbi—. Hay uno al lado del hospital, ¿no?
—Vale, pero mamá ya ha organizado café y desayuno para los voluntarios. —Apago la música; me está dando dolor de cabeza.
—Llegaremos a tiempo… Más o menos… No te preocupes. —Abbi vuelve a bostezar y enciende otra vez la música. Niego con la cabeza. No llegaremos a tiempo, pero no pasa nada. Hay menos posibilidades de que tenga un encuentro incómodo con Luke si ya está todo en marcha cuando lleguemos.
La jornada de donación se lleva a cabo en un enorme aparcamiento junto al hospital. Cuando Abbi y yo aparcamos poco después de las ocho, todos los voluntarios, el personal médico y la gente normal como nosotras ya han acabado de prepararlo todo.
Descargamos la comida en la carpa en la que se hace un seguimiento a la gente después de donar.
Luego me encamino a la mesa de recepción, donde tengo turno desde las ocho y media hasta el mediodía.
Paula está allí, pero, gracias a Dios, no he visto a Luke.
Me pregunto si podré evitarlo durante todo el día.
Su nombre estaba en el turno de mañana de la carpa de extracción de sangre, así que estará ayudando a los enfermeros distribuyendo algo de picar y zumos a los donantes de sangre.
Por la tarde intercambiamos los puestos.
Como dos barcos que se cruzan de noche, o de día, o lo que sea.
Saco de la caja los folletos sobre la donación de sangre y encuentro los documentos para quien quiera apuntarse como donante de órganos o de médula.
Paula y mi madre van a estar ayudando con los kits de hisopos para esas personas mientras yo me enfrento a la tarea de convencerlas.
Jugueteo con mi pulsera EBE y con la identificación de alerta médica del reloj mientras ensayo mentalmente mi discurso. Pese a que no estuve aquí el verano pasado, no me cuesta recordar las palabras.
«Si yo estoy hoy aquí es porque los padres de Edith Eichman sabían que los órganos de su hija podían salvar muchas vidas.
Más de cien mil personas esperan en estos momentos una donación de órgano, y solo tres de cada mil donantes inscritos acaban siendo donantes viables.
Cuanta más gente se inscriba, más posibilidades habrá de ayudar a quienes están esperando».
Sé que las estadísticas no son muy estimulantes, pero siempre me ha parecido que la combinación de lo personal y los datos concretos hace que más gente esté dispuesta a inscribirse. Ya están aquí; ya quieren ayudar.
La gente empieza a aparecer antes de las nueve y, aunque no está atestado, trabajamos sin parar.
Me alegro de que Abbi y yo paráramos a tomar un café antes.
Durante mi turno tengo que hacer que la gente se inscriba, enviarlos a la zona de espera con información escrita sobre la donación de órganos, vender tíquets para la rifa y darles pegatinas a los niños.
Acabo dirigiendo a unas cuantas personas a Paula y a mi madre para que les tomen la muestra.
Está resultando ser un día genial, pese al dolorcillo de cabeza que no se me va desde esta mañana.
La cantidad de personas dispuestas a salir a ayudar a los demás siempre me levanta el ánimo.
Sin embargo, este año también me recuerda lo complicado que me será conseguir un nuevo corazón cuando lo necesite dentro de unos años.
Es muy poco frecuente encontrar a alguien compatible.
Justo cuando el reloj va a marcar mi cambio de turno, levanto la vista hacia la siguiente persona en la cola y… es Jackson.
—Hola —dice con su amplia y radiante sonrisa—. He oído que es aquí donde se viene a hacer la buena acción del día.
—Sí. —No puedo evitar sonreír yo también. No hemos hecho planes para quedar desde que volvió ayer de Nantucket. He estado liada. O confundida. Aunque sí que le dije que, si quería, se pasara por aquí—. Gracias por venir. ¿Ya has donado alguna vez?
Él asiente.
—El semestre pasado en el instituto.
—Estupendo. —Le paso una tablilla con el papeleo que tiene que rellenar y le largo mi perorata—.
Ahora mismo, hay unos diez minutos de espera para que te vea un enfermero.
Mientras esperas, si quisieras inscribirte como donante de órganos o de médula, podemos ayudarte a hacerlo en un pispás ahí mismo.
—Le señalo en dirección a mi madre y a Paula—.
Y también tenemos a la venta tíquets para una rifa.
Recoloco el montoncito de documentos y de panfletos que le damos a cada persona mientras Jackson garabatea sus datos.
El día se ha ido caldeando y estoy sudando bajo la carpa blanca.
Espero que no se me note la piel demasiado brillante.
Me estiro la camiseta para ver si me entra un poco de aire por el estómago.
—Guay. —Me devuelve la tablilla y reviso si lo ha rellenado todo—. Ya estoy inscrito como donante, pero ¿cuánto cuestan los tíquets para la rifa?
—Veinte cada uno. —Empiezo a buscar el rollo de tíquets.
—Me llevo unos cuantos. Y luego, ¿qué haces a la hora de comer? ¿Tienes un descanso?
—Eh, bueno, sí, pero no. Aquí tenemos comida.
Empiezo a ayudar en la carpa de donaciones en…
, ups, hace diez minutos. —Sigo buscando el rollo grande y rojo de tíquets, pero por alguna razón no está donde lo he dejado la última vez—.
¿Has visto los tíquets? —Me vuelvo para preguntarle al voluntario que ha estado conmigo toda la mañana, y en su lugar me encuentro a Luke.
Tiene el rollo de tíquets en la mano y una cara extrañamente inexpresiva.
—¿Buscabas esto?
—Sí. —Lo cojo y me vuelvo hacia Jackson—. Perdona, ¿cuántos quieres?
Jackson saca una elegante cartera de piel marrón con sus iniciales estampadas y despliega un fajo de billetes, del que extrae unos cuantos billetes de cien dólares.
—Dame veinticinco.
—Hala…, gracias —le digo, y noto que se me abren los ojos como platos—. Qué generoso. —Desenrollo los tíquets, arranco una tira larga y le entrego a Jackson su mitad.
—Encantado de ayudar —me contesta, pasándose la mano por el cabello dorado, que no sé bien cómo vuelve a colocársele en el mismo sitio—. Bueno, ¿qué? ¿Podrás quedar más tarde? He pensado en algunos sitios nuevos de París de los que quiero hablarte.
—Ella no es uno de los premios de la rifa —le espeta Luke, y luego se vuelve hacia mí—. Y tú ya vas tarde. Te necesitan ahí detrás.
Se coloca detrás de mí, acercándose demasiado, y empieza a recolocar las tablillas, aunque en realidad no hace falta.
—Lo sé —replico, mirándolo con inquina. Luego me vuelvo hacia Jackson—. Hoy no puedo. Aquí estamos hasta arriba, ¿quedamos mañana mejor?
—Sí, eso sería genial. Pasaré a recogerte, podemos ir al resort de Chatham y después coger el barco.
—Suena bien —le digo mientras me agacho para coger mi bolso y mi botella de agua.
—Vale, bueno, pues allí nos vemos —me dice Jackson. Saluda con la cabeza a Luke, que no le devuelve el saludo, y luego se dirige a la zona de espera.
—Gilipollas —masculla Luke entre dientes.
—Perdona, ¿qué? —pregunto, segura de haberle entendido mal.
—Nada, da igual. ¿Dónde están los bolis de más?
Le acerco el bote.
—Aquí. ¿Has comido? ¿Tienes hambre o te pasa algo? Has sido muy maleducado. Acaba de donar un montón de dinero —le digo.
—No hace falta que hagas de mi madre, Sera. Estoy bien.
—Bueno, como te comportas como un crío pequeño, pues… —le contesto, allí plantada, a ver si se disculpa por ser un imbécil. Como no lo hace, salgo de la carpa y choco con Abbi, que está haciendo una ronda para comprobar que todo el mundo tiene agua.
—¿Estás bien? —me pregunta, y mira por detrás de mí hacia Luke.
—Sí —le contesto, crispada.
—Pensaba que volvíais a ser coleguitas.
—Pues parece que no.
—¿Necesitáis una mediadora?
—No, joder. Gracias, pero, por favor, no te metas en mis asuntos.
—Conmigo no te pongas borde, ¿eh? —dice, dándome una botella de agua.
—Ya tengo agua. —Levanto mi botella rellenable para darle un trago, pero está vacía. Supongo que no he bebido suficiente y seguro que por eso me encuentro fatal. Cojo la botella que Abbi me sigue ofreciendo y murmuro un agradecimiento.
—Tenéis que hablar y solucionarlo, y cuanto antes, mejor —añade.
—¿Solucionar qué? —le pregunto tras beberme toda la botella de un trago y cogerle una segunda.
Abbi se me queda mirando con las cejas enarcadas por encima de las gafas de sol, como si yo debiera saber exactamente de qué me habla. Y claro que lo sé. Lo que pasa es que justo en este momento no me apetece abrir ese melón.
—Gracias por el agua —le digo con cierto retintín, para que sepa que eso es lo único con lo que me ha ayudado en los últimos treinta segundos.
En la carpa de donación hay más actividad todavía, pero por lo menos hay aire acondicionado.
Todos los donantes están descansando en sus camillas.
Los enfermeros circulan entre ellos, revisándolos y poniéndoles un apósito en el brazo cuando han acabado.
Jackson ya tiene conectada una bolsa de sangre y parece más relajado que la mujer que tiene al lado.
Bromea con ella, tratando sin duda de hacer que se sienta más cómoda mientras la enfermera le extrae la aguja del brazo.
Me acerco con unas cuantas galletas de Maddy.
La mujer se queda embelesada con una historia que le está contando Jackson de su antiguo trabajo de socorrista.
Me meto una galleta en la boca cuando vuelvo a la mesa del picoteo a por más provisiones y por fin me siento algo más despierta.
De pronto, una de las enfermeras pasa corriendo a mi lado.
Me giro rápidamente. La mujer que estaba al lado de Jackson se debe de haber levantado demasiado rápido y se ha desmayado.
Apenas ha acabado la enfermera de ponerle la cinta adhesiva azul brillante en el brazo para que no se le mueva el algodón y Jackson ya se ha agachado junto a la mujer.
Voy con él, y dejo listo para beber un brik de zumo metiéndole la pajita.
—Está bien —le dice mientras ella abre los ojos parpadeando—. Qué sensación más horrible, ¿verdad? Yo me desmayé el verano pasado por un golpe de calor. Ya verá como no es nada.
Cuando está lista para incorporarse, la ayudamos a llegar a los asientos. En cuanto estamos seguros de que está bien, vuelvo a la mesa de la comida, pero Luke me intercepta.
—¿Este por qué sigue aquí? No es un voluntario. ¿También ha sobrevivido a alguna enfermedad rara? ¿La de su pelo? ¿Antes era castaño?
—Déjalo ya —le digo por lo bajini.
Me sigue mientras doy la vuelta por un lado de la carpa y voy por detrás hasta los fregaderos que hay junto a los baños para lavarme las manos.
—No está registrado como voluntario. Nos podría meter en problemas.
—Toda ayuda es buena, Luke. No seas capullo. Si fuera Izzy la que apareciera para ayudar, te parecería estupendo.
—¿Qué tiene que ver Izzy con esto? —pregunta.
—Nada. Mira, es bueno que esté aquí; tiene formación en primeros auxilios, se preocupa, me parece un detalle por su parte —digo, enjabonándome las manos.
—Lo que tú digas —dice Luke, poniendo los ojos en blanco.
—¿A ti qué te pasa?
—Nada, es que no sabía que erais tan íntimos.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto.
—Le has contado lo de París —me dice.
—Sí, claro, ¿por qué no?
—No sé —dice, frustrado—. Es que parece que yo tenga que sacarte la información con sacacorchos, pero, no sé, se lo cuentas todo a un tío cualquiera.
Me empieza a sacar de quicio.
—Jackson no es un tío cualquiera.
Luke suelta una risita por la nariz.
—Sí, claro. ¿Es que te gusta de verdad?
Tiro la toallita de papel a la basura con un poco de agresividad.
—¿Por qué te importa? Esto no va sobre Jackson. Nos ha ayudado muchísimo ahí dentro. Así que ¿de qué va esto, Luke? ¿Qué es lo que me quieres decir?
Luke abre la boca, pero la vuelve a cerrar.
—Sí —digo, y lo esquivo—. Eso me parecía.