El último beso del verano 15. Luke
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15. Luke

CAPÍTULO QUINCE

Luke

J ulio es el mes en el que tenemos más trabajo. La tienda está siempre hasta los topes desde el mismo instante en el que abrimos. Al menos eso hace que deje de pensar en que Sera no me ha contestado a los mensajes desde que salimos ayer en barco.

Los parroquianos se van derechos al fondo y se agachan por debajo del viejo cartel de Nyeman’s hasta la zona donde saben que la abuela esconde las mejores antigüedades.

Los más nuevos echan un vistazo a todo lo que hay en la parte delantera de la tienda: los objetos de decoración del cabo, las vajillas y los alimentos artesanales de la zona.

Mi madre se pasa por aquí unos minutos para coger un libro de muestras para un cliente y deja a los chicos arriba, con mis abuelos, mientras está fuera.

No paro en todo el día. Entre los clientes que necesitan ayuda y los clientes de decoración de interiores de mi madre que vienen con preguntas y peticiones, estoy desbordado.

Si fuera así todo el año, tal vez podría ir a la universidad de verdad, en lugar de ir a un par de clases del centro comunitario. Sin embargo, el verano es corto, y la deuda, grande, y casi me alegro de no tener tiempo de pensar de qué otra forma podrían ser las cosas.

Izzy llega justo a la hora de cierre, entra y cierra la puerta, y luego le da la vuelta al cartel de «Abierto» . Le doy las gracias mientras abro la caja y empiezo a contar el dinero.

—¿Listo para la cita de esta noche? —pregunta, apoyándose en el mostrador y desprendiendo olor a protector labial de menta y a crema solar.

Me estremezco un poco al oír la palabra «cita», con la acusación de Sera del Cuatro de Julio aún fresca en la memoria.

No creo que tenga que preguntarle a Izzy si estamos en el mismo punto, pero quizá debería.

—Dentro de nada. ¿Qué tal la playa?

—Abarrotada. —Pone mala cara—. Toda esa gente que vino por el Cuatro de Julio sigue por aquí.

Ojalá hubiera un sitio que fuera solo para la gente de Northport, así no tendríamos que compartirlo.

—Juguetea con los peniques del plato «Coja uno, deje uno» mientras reviso los mensajes del contestador del teléfono fijo.

Hay unos cuantos mensajes de mi madre, lo que es buena señal.

Con suerte, los alquileres de verano y los nuevos compradores locales en busca de decoración nos solucionarán el invierno.

Unas cuantas personas han solicitado trabajos de mantenimiento que tengo que agendar, pero, como una de las cajeras ha dejado el trabajo, he estado demasiado liado para hacerlo.

—¡Tierra llamando a Luke!

Izzy me pasa la mano por delante de la cara y pierdo la cuenta de los billetes de cinco que estaba contando.

—Perdona, sí…, lo de una playa solo para nosotros suena…

—Pienso en la Playa del Fin del Universo, con Sera en bikini tumbada de espaldas sobre la roca espacial, el sol reflejado en el pelo, su chillido al saltar al agua helada.

Sacudo la cabeza para sacármela de ella.

Da igual lo que suceda entre nosotros, no pienso compartir nuestra playa con nadie más—. Guay, pero muy poco realista.

Izzy pone cara de fastidio, coge los billetes de un dólar y los cuenta por mí.

—¿Ya estás listo? —Levanta la bolsa de tela que lleva a la espalda—. He sacado de la biblio un montón de DVD de ciencia ficción antiguos de esos que te gustan. He pensado que, como mis padres siguen en Martha’s Vineyard, podíamos hacer noche de pelis.

—Me parece perfecto, Izzy. —Sonrío—. ¿Cenamos primero? —pregunto, con retortijones en el estómago. Me zampé una bolsa de almendras recubiertas de chocolate a la hora de la comida y no me sirvió de mucho. Encima, a mi madre no le va a gustar un pelo. Esas almendras cuestan diez dólares.

—Venga. ¿Vamos al Waterviews? —sugiere.

Titubeo. Me encanta el local de la familia de Maddy y tiene unos precios bajos, pero Sera podría estar allí.

—¿Vamos mejor a por unos fish and chips ?

—Vale.

—Genial. Dame cinco minutos.

Pongo todo el efectivo en la bolsa del dinero y vuelvo al despacho para meterla en la caja fuerte. No soporto entrar aquí, pese a que mi madre lo ha redecorado de arriba abajo. Cada vez que entro, me da la sensación de que voy a encontrarme otra vez a mi padre y a aquella mujer.

Izzy y yo salimos por detrás después de apagar todas las luces. Cierro con llave, voy hacia la camioneta y le abro la puerta a Izzy. Aparto del asiento algunos de mis bocetos desperdigados y los pongo detrás para que tenga donde sentarse.

—Gracias. —Se inclina hacia delante y me besa en la mejilla. El contacto es breve, familiar, agradable, pero un poco… vacío. Me doy cuenta de que no me calienta el pecho como cuando estoy cerca de Sera.

La familia de Izzy vive en el interior, más cerca del instituto, en una nueva urbanización donde el revestimiento de cedro de la mitad de las casas sigue fresco y amarillo.

Paramos en un puesto de marisco frito y pedimos para llevar.

Izzy no deja de hablar todo el rato de que está pensando en apuntarse a más clases de cine el curso que viene.

Yo voy asintiendo, pero no estoy del todo presente.

Eso me pasa mucho. Esta sensación de estar viviendo en una película de mi vida, una desconexión en la que mi cabeza no parece tener ningún control sobre mi cuerpo.

No puedo dejar de pensar en que la semana que viene hay que pagar el alquiler de la tienda.

Tendría que haberle pedido a Izzy que se esperara quince minutos más mientras llamaba y agendaba esas consultas para mi madre y los mantenimientos para mí.

Este verano tenemos que ganar todo lo que podamos antes de que llegue la temporada baja y desaparezca todo el dinero en Cabo Cod.

Izzy se da cuenta de que estoy en las nubes y me da un toquecito en el brazo.

—¿Todo bien?

Suspiro y me olvido de ello, y vuelvo a sonreír para agradecerle que me haya sacado del trance.

—Sí. Todo bien. Es que tengo hambre.

La casa de Izzy tiene mucha luz, es espaciosa y está increíblemente limpia.

Es como las casas que decora mi madre. La nuestra no se parece en nada a esta.

Es hija única, así que la entrada está ocupada por un tablero de fotos de ella desde su infancia hasta la graduación del año pasado.

También hay fotos familiares en la playa, aquí en el cabo o de vacaciones.

Y un par de fotos en las que sus padres salen posando.

La familia de Sera también tiene más dinero que la nuestra, pero cuando estoy con ellos no pienso tanto en eso.

Me resultan menos intimidantes que los padres de Izzy, pero seguro que es porque hace más tiempo que los conozco.

De todas maneras, no sé por qué los estoy comparando.

—Zapatos fuera, que si no a mi madre le da un parraque —me recuerda Izzy.

Tira las sandalias de una patada sobre el suelo de baldosas, deja el bolso sobre una banqueta y se dirige hacia la puerta del sótano. Me quito las deportivas y luego voy a la cocina a por platos y papel de cocina, pues sabemos de sobra que tenemos que andar con mucho cuidado para no ensuciar nada.

Abajo, Izzy está manipulando una vieja videoconsola que hay debajo de la enorme tele instalada en la pared. Dejo la comida y los platos en la mesita baja y luego me desplomo sobre el gigantesco sofá en forma de ele.

—Me encanta este sofá —digo con los ojos cerrados. Y, durante un instante, pese a que me muero de hambre, juro que podría quedarme dormido.

—Ya lo sé —dice Izzy en voz baja, con un tono de broma, sexi.

Una burbujita de deseo me sube por el estómago, y me relajo.

Lo del beso de antes no ha sido más que una casualidad.

No estoy perdiendo interés. Si así fuera, sé adónde irían mis pensamientos, y ahora no pueden ir ahí—.

Vale. Lo he conseguido —anuncia—. ¿Qué peli vemos primero?

¿ Encuentros en la tercera fase , Blade , X-Men ? También tengo Expediente X entera.

—Yo voto por X-Men —contesto, incorporándome y abriendo la comida antes de que se ablanden las patatas. Tardaríamos días en ver Expediente X .

—Friki… —dice Izzy alegremente, sacando la película de la caja de plástico e introduciéndola en el aparato.

Durante un rato comemos y vemos la película en silencio.

Cuando acabamos de cenar, Izzy recoge los restos y se los lleva arriba.

Vuelve con un par de refrescos y se acurruca a mi lado.

El instinto me hace rodearla con el brazo.

Me pregunto junto a quién se acurruca en el instituto, porque nunca la he visto ver una peli sin hacerse un ovillo.

—En el instituto, ¿con quién te acurrucas para ver las pelis? —le pregunto.

—¿A qué te refieres?

—Sabes a qué me refiero.

Se aparta el flequillo rosa de la cara, aunque esta semana está más cerca del rubio original de lo que lo estaba la semana pasada.

—¿Por qué? ¿Estás celoso?

—No, Iz. —Me río—. Solo me lo preguntaba.

—Oye, que puedes estar celoso, ¿eh?

Me pone la pierna en el regazo. Se inclina hacia delante, junta su frente con la mía y sonríe. Deslizo las manos por sus caderas con la confianza que da saber lo que viene después.

—No lo estoy —digo.

—Ah, un reto… Me gusta.

Se inclina sobre mí y me besa, y espero un segundo para ver si esa chispita de calor sube desde las profundidades de mi pecho para entonces responder. Sin embargo, al igual que ha pasado antes, va y desaparece. Me separo. Izzy me mira con el ceño fruncido.

—¿Qué te pasa esta noche? —me pregunta mientras baja de mi regazo.

—Izzy. Es que… es que creo que deberíamos dejar de liarnos.

—¿Qué? —Se sienta incorporada sobre los pies, de modo que me queda a la altura de los ojos—. Pero habíamos quedado en que este verano nos lo íbamos a pasar bien…

—Sí, lo sé, pero… Yo qué sé, el año pasado fue divertido, y este año…, la verdad, estoy tan cansado y tan agobiado que prefiero ver la peli y hablar de lo brutales que son los efectos especiales. Seamos amigos y no compliquemos las cosas… demasiado.

Izzy no mira a la pantalla, en la que Magneto está atando a Rogue a su máquina mutante.

—Esto es por Sera, ¿no? —Su voz no transmite exactamente enfado, aunque sí parece decepcionada.

—¿Qué? No.

No le he hablado nunca de Sera, no desde hace dos veranos, cuando me desahogué con ella en aquella fiesta la noche en la que Sera me rechazó.

En aquel momento, Izzy me escuchó y me dijo que no pasaba nada por estar disgustado, pero que no todas las historias de amor tenían por qué ser serias.

Estuve de acuerdo. Entonces algo menos serio nos parecía mejor, pero ahora…

Se merece a alguien que quiera pasar los días viendo Expediente X y enrollándose con ella.

—Sí que es por eso —insiste—. Tengo ojos en la cara, Luke.

—Que no. Además, está saliendo con el tío ese de Boston.

Izzy resopla.

—Qué idiotas sois los dos, de verdad. Os mentís a vosotros mismos… y el uno al otro.

—No somos…, somos…

—¿Solo amigos? —dice con una mueca.

—Sí.

—Lo que tú digas, Luke. —Salta del sofá—. Estoy toda pegajosa de la playa. Voy a darme una ducha y me voy a acostar. Ya sabes dónde está la puerta, ¿no?

—Sí, pero, Izzy, eh…

Levanta una mano.

—No pasa nada, Luke. Es que… necesito un poco de espacio.

De camino a casa, vuelvo a repasar todas las conversaciones que he mantenido con Sera desde que volvió este verano.

Busco pruebas de cualquier tipo que me indiquen que debería dejar crecer ese mínimo resquicio de esperanza que brotó en el mismo instante en que la vi entrar en el Lorell’s, o que sigo siendo el mayor idiota del mundo mundial.

Cuando llego a casa todavía está la luz encendida.

Mis hermanos están fuera en una fiesta de pijamas y mi madre, que está en la cocina, preparando té con cara de cansada, se sorprende al verme.

Ojalá no esperara disfrutar de una noche a solas.

No obstante, también espero que tenga algo que me haga sentir útil y que evite que mi mente deambule hacia la casa de al lado.