El último beso del verano 14. Sera
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14. Sera

CAPÍTULO CATORCE

Sera

E l jueves he quedado con Luke en el puerto antes de la una, pero, mientras camino por el embarcadero hacia su barco, ni Adam ni Oliver están por ninguna parte.

Luke está plantado en el muelle con el móvil pegado a la oreja y una expresión exasperada.

Cuando me acerco, lo oigo responder con frases cortas y secas.

—Claro. Sí. Vale. ¿Se lo has dicho a mamá?

Al verme, se encoge de hombros con aire de disculpa y articula con los labios: «mi padre». Asiento y espero a que termine mientras dejo el bolso dentro del barco.

—Ya te he oído —le espeta—. No, díselo tú a mamá. No es cosa mía.

Sus hermanos habían pasado los últimos días con su padre, y este tenía que traerlos de vuelta a Northport hoy, pero, al parecer, los planes han cambiado.

—Perdona —me dice con un suspiro—. Tengo que llamar a mi madre un segundo.

—No pasa nada —respondo mientras avanzo con cuidado por la pasarela. Subo al barco y me siento en el borde.

Luke llama a Paula y le explica que no tiene a los chicos porque su padre ha decidido, a última hora, comprarles entradas para una feria de castillos hinchables cerca de su casa y quedarse con ellos una noche más.

—Sí, ya me imagino que lo intenta… —murmura—. Vale, hablamos luego.

Cuelga, suelta un gruñido y se frota los ojos con los puños.

—¿Quieres que lo dejemos para otro día? —pregunto, sin saber muy bien cómo ayudarlo. Estoy acostumbrada a las discusiones de mis padres por tonterías, pero siempre se quedan entre ellos. Es raro ver a Luke enfadado con su padre, al que siempre había idolatrado.

—No, me apetece salir a navegar. ¿Y a ti? —me pregunta, con una mirada esperanzada.

—Pues claro. Como en los viejos tiempos, ¿no?

Se le relajan los hombros.

—Sí, genial. Podemos ir hasta los bancos de arena frente a Sandy Neck. Y darnos un chapuzón.

—Venga.

Luke se sube conmigo al viejo barco de su padre.

Es una lancha de unos seis metros y medio, con un banco en la proa, un par de asientos atrás y una pequeña capota sobre la silla del timón.

Luke y yo nos peleamos con la capota hasta que conseguimos desplegarla.

Aseguro en la parte trasera la nevera que ha traído él.

Echo un vistazo dentro: hay cosas para picar que sé que les encantarían a los chicos y golosinas ácidas que seguro que ha comprado para mí. El detalle me arranca una sonrisa.

Luke enciende el motor y yo desengancho el amarre del muelle.

Nos impulsamos para salir y vamos cogiendo ritmo a medida que recuerdo lo que hay que hacer.

De pequeños, salíamos con su padre casi todos los fines de semana.

Nos tomábamos muy en serio —demasiado— nuestras tareas como grumetes y le echábamos una mano para pescar la cena, así que todo me sale con facilidad.

Como es tradición, saludamos al viejo faro vacío que se inclina al borde de un saliente rocoso.

A medida que ganamos velocidad, saco mi cuaderno de dibujo y me siento en la proa.

Frente a Luke, empiezo a esbozar su rostro, sus manos al timón, la forma en que el agua oscura se abre detrás de él con la estela que deja el barco tras de sí.

Termino el boceto justo cuando maniobra para colocarnos sobre un banco de arena claro, donde podamos echar el ancla.

Luke se asegura de que todo esté firme y luego se acerca a sentarse conmigo en la proa con un par de latas de agua con gas en la mano.

—¿Qué estás dibujando? —pregunta, apoyándose contra la parte delantera del timón. Le doy la vuelta al cuaderno y se lo enseño. Se inclina y lo toma entre las manos, con una expresión cuidadosamente neutra.

—Guau, Sera, has mejorado todavía más. ¿Lo has hecho en veinte minutos?

Sonrío, satisfecha, y recupero el cuaderno.

—Gracias. Pero me ha costado dibujar la cara con el parabrisas de por medio. Quédate quieto.

Él sonríe con picardía.

—No recuerdo haber aceptado ser tu modelo.

—Pues te aguantas.

—Fijo que me vas a sacar en mis peores ángulos, ¿a que sí?

Suelto una risita.

—Sí, claro. Como si tuvieras alguno —se me escapa sin pensar, y noto cómo me arden las mejillas, pero Luke se limita a sonreír, con los ojos entrecerrados, y se recuesta.

—Vale, hazlo lo peor que sepas, Watkins.

Paso la página y empiezo a trazar la forma de sus ojos, su nariz y sus labios. No se está quieto. Saca el móvil y me pregunta qué música quiero. Me encojo de hombros.

—¿Y si ponemos un episodio del pódcast Druid Detox ? —propone—. No he escuchado el último.

—Mira, ni yo —respondo.

Luke le da a reproducir y deja el móvil a la sombra, a su lado. El pódcast habla de todo lo que se sabe, o se sospecha, sobre Las crónicas del druida del alma , y el tema del día es la nueva precuela.

—Alucino con que no les gusten las historias entrelazadas —dice Luke, negando con la cabeza cuando empieza la pausa publicitaria.

Levanto la vista del cuaderno para asentir.

—Ya ves. A mí me pareció una genialidad. Siempre nos lo habíamos preguntado, ¿no?

—Exacto. Como en el libro siete de la primera saga, cuando…

—¡Icari tiene el sueño febril y se despierta…!

—¡Y no se acuerda de Thepha! ¿Thepha?

—Pero ¡reconoce su cara!

—Y ya sabíamos que él era una reencarnación, así que ella tenía que serlo también…

—¡¿Pero que ella sea la reencarnación de Aetha…?!

—Una pasada —dice Luke, asintiendo—. Oye, ¿cómo va mi cara? —Alarga la mano y me quita el cuaderno.

—Solo es un boceto —respondo, aunque en realidad me encanta cómo está quedando.

—Es una pasada —repite, más suave, pasando el pulgar por la línea de su pelo oscuro en el dibujo—. Fijo que te darán la beca. Te voy a echar de menos otra vez el próximo verano.

Me devuelve el cuaderno y se pone de pie. Luego se quita la camiseta y la lanza sobre el asiento del timón.

—¿Y tú? ¿No has hecho nada nuevo últimamente? —pregunto mientras empiezo a bajarme los pantalones. Me da algo de apuro quedarme en bañador. Es nuevo; un bañador rojo intenso que Abbi dijo que hacía que mi culo pareciera un melocotón.

—Pues la verdad es que no —reconoce Luke, girándose para dejar que las piernas le cuelguen por el borde del barco y meter los pies en el agua.

Yo me acerco y hago lo mismo, esperando que no esté demasiado fría—.

He hecho unos cuantos carteles para el ayuntamiento, y la junta de eventos me pagó un viaje a la International Poster Gallery de Boston el verano pasado, antes de que cerrara.

—¿Ha cerrado?

—Sí, el dueño se jubiló o algo así. Aún se pueden ver las cosas en internet.

—Ya, pero no es lo mismo —digo, entendiendo perfectamente esa sensación de pérdida—. ¿Qué tal estuvo?

—Increíble. —Se ríe—. Estuve en plan superfán con la exposición de los años cuarenta. —Me lanza una mirada rápida, algo in­­segura—. Pensé en pasarme por tu casa para ver si querías venir conmigo —confiesa.

—Mmm —digo. No sé cómo habría reaccionado a una visita sorpresa suya—. Parece que me perdí algo muy chulo.

—Pues sí —responde, poniéndose de pie y tambaleándose un poco mientras el barco se mueve con su peso repentino.

—¡Cuidado! —grito, agarrándome al borde para no caerme.

—¡Al agua va! —Luke se lanza en bomba.

El chapuzón me deja las piernas empapadas. Me levanto y salto detrás de él. El agua es un bálsamo fresco bajo el sol abrasador, y acabamos jugando a una especie de pillapilla hasta que por fin consigo atraparlo. Tiene los hombros calientes y firmes al tacto.

—¿Una carrera hasta el barco? —me reta, con una chispa traviesa en la mirada.

—El primero se queda con todo el paquete de gominolas ácidas.

—Trato hecho. Tres, dos, uno…

Luke sale disparado antes de decir «ya», y yo me lanzo detrás de él desde el banco de arena. Al final gano yo, pero porque llego por el lado donde está la escalera. Luke me agarra del tobillo, y los dos acabamos jadeando y riéndonos mientras gateamos hacia la nevera.

—Vale, vale, las compartiré —digo, solo para que me suelte. Me deja libre al cabo de un segundo, y la piel de mi pierna hormiguea allí donde me ha tocado.

Cogemos las gominolas y extendemos las toallas al sol para seguir escuchando el pódcast. Yo continúo con mi dibujo, y Luke me cuenta que tiene pensado ir al centro de estudios superiores y ayudar en el negocio de su madre, ahora que su padre no está en escena.

—Lo más lógico es que me quede por aquí y eche una mano en la tienda —dice con un tono algo a la defensiva, como si respondiera a una crítica que yo ni siquiera he hecho.

—¿Y eso es lo que quieres hacer? —pregunto, mirándolo de reojo. Tiene los ojos cerrados y el ceño ligeramente fruncido. Me entran ganas de estirarle las arruguitas con el dedo para borrárselas.

—Sí —responde. Abre los ojos y me mira—. De momento.

Esboza una sonrisa pequeña, pero sus ojos no acompañan el gesto. Antes de que pueda decir nada más, se pone en pie.

—¿Tienes hambre? ¿Vamos a por una pizza al Dockside?

—Vale —respondo.

Arranca el motor y ponemos rumbo de vuelta a Northport. Aumenta la velocidad, y suelto un chillido mientras el viento me revuelve el pelo.

—¡Más despacio! —grito entre risas.

—¡Serás gallina! —dice él, pero afloja el acelerador.

En el muelle, Luke amarra el barco con destreza al viejo poste de madera.

Caminamos juntos hasta la ventanilla para llevar del Dockside.

El dueño siempre dona pizzas al banco de sangre, así que procuro dejarle una buena propina.

Con las porciones en mano, encabezo la marcha hacia el final del embarcadero y salto por encima de la cuerda que sujeta un viejo cartel de «Solo residentes» que solo sirve para disuadir a los turistas.

Encontramos un hueco libre y nos sentamos con los pies colgando sobre el agua. Luke está callado, observando los barcos que entran y salen del puerto. Yo me termino mi primer trozo y dejo el plato a un lado.

—Ha sido muy divertido. Gracias por invitarme.

—De nada —dice, mirándome a los ojos—. Yo también me lo he pasado bien, aunque seas una cagona con la velocidad.

Suelto una risita y le doy un manotazo en el brazo.