13. Sera
CAPÍTULO TRECE
Sera
E l martes tengo la casa para mí sola. Mamá y papá han salido a comprar un lavavajillas nuevo, porque el nuestro anunció su jubilación anoche, y Abbi se ha ido a la playa con Cam.
Empiezo por una esquina en la que solo hay agua del mar, probando con distintos niveles de saturación y secando con papel.
Experimento con varios colores para la base debajo del azul hasta que me decido por el amarillo: crea un efecto de brillo muy interesante.
Aunque… se me ocurre una idea, de esas que te golpean por detrás como si te diera el sol.
Podría usar un color diferente para cada una de las tres piezas.
Así tendría un estado de ánimo distinto: amarillo dorado para la infancia, violeta oscuro para el presente y quizá un verde claro para el futuro.
Me acomodo lo mejor que puedo en el taburete y empiezo a trabajar con una de las brochas grandes.
Estoy tan inmersa en lo que hago que no oigo a Maddy entrar hasta que la tengo justo detrás.
—¡Tierra llamando a Sera! —canturrea. Pego un salto y casi me caigo del taburete—. Ups, perdón —dice riendo mientras yo la salpico con el pincel.
—Deberías añadir «ser espía» a tu lista de posibles profesiones.
—Nah. —Se quita las gafas y las agita delante de mí—. Mi cara es difícil de olvidar.
—Ya. —El corazón deja de martillear por fin. Empiezo a recoger los pinceles para limpiarlos—. ¿Qué pasa?
—He salido antes del curro y tengo ganas de gastarme algo de estas propinas —dice, enseñándome un fajo de billetes pequeños de aspecto pegajoso—. ¿Tarde de comida y compras?
—Venga. Espera que me cambio.
—No, no, no. —Maddy me agarra del codo y me arrastra dentro de casa—.
Vas perfecta. Cómoda y con ropa fácil de quitar.
Ideal para probarte cosas. —Se señala a sí misma: lleva unas mallas negras y una camiseta blanca que ha visto días mejores.
Si se pusiera el delantal de la cafetería encima, le pediría un batido.
Me fijo en mis pantalones cortos playeros y mi camiseta de rayas descolorida.
—Vale, si estás segura de que salir así no es un delito…
—Segurísima —dice ella.
Dejo los pinceles en el fregadero, me calzo unas chanclas y cojo el bolso que tengo junto a la puerta.
Saludamos a Paula, que también sale de su casa, empujando a Oliver y Adam hacia la parte de atrás de su coche azul.
No hay ni rastro de Luke ni de su camioneta; debe de estar en Nyeman’s o trabajando en el puerto.
Mientras caminamos por el barrio, Maddy señala la nueva piscina desmontable que han puesto los vecinos en la esquina.
—Ya sé que tenemos la playa cerca, pero me encantaría tener una piscina.
—Yo la prefiero de obra —digo al pasar.
—¿Como la de Ryan O’Rourke? Fue la fiesta de graduación más épica de la historia —dice Maddy.
Sonrío. Sí que lo fue, sí. También fue uno de esos días confusos en los que casi pasó algo con Luke.
Había convencido a mi madre para que me comprara el vestido del baile de fin de curso con antelación, y quedé con él allí.
—Anda, vas de azul, como la abeja —me dijo Luke, sonriendo al verme junto a la mesa de los postres.
Di una vuelta, encantada con mi vestido de seda.
—Gracias. ¡Tú también estás guapísimo! —le dije, sorprendida de lo mayor que parecía con traje.
—Es el traje de Navidad de la iglesia —protestó Luke, mirando alrededor del jardín lleno de gente como si le preocupara no terminar de encajar.
Había una multitud de adultos adinerados, todos de punta en blanco, con copas de champán en la mano.
Las bandejas de gambas, carne a la parrilla y rollitos de langosta parecían multiplicarse por arte de magia.
Estábamos en la pista de baile junto a la piscina cuando Ryan llegó corriendo y se lanzó de cabeza al agua. Un montón de niños lo siguieron.
Enarqué una ceja mirando a Luke.
—Ay, no —dijo.
—Ay, sí —repuse yo—. ¡A ver si me pillas!
Me aparté de él y me lancé en bomba a la piscina. Él saltó justo detrás. Salimos a la superficie riendo, empapaditos. A Luke se le pegaba la camisa blanca al pecho y sus labios tenían un tono azulado.
—¿Tienes frío? —le pregunté, dándome cuenta de que yo también estaba tiritando a pesar de la calidez de la noche.
—Un poco —dijo Luke, algo más cerca—. Tú también. Se te nota.
—Estoy genial —respondí, aunque me delató el castañeteo de los dientes.
Luke me agarró de los brazos y empezó a frotarlos para darme calor.
—Estás helada —comentó, rodeándome por completo hasta que nuestras narices casi se rozaron.
Todo se detuvo entonces. El agua dejó de moverse, la música se apagó en la distancia y las voces del gentío se volvieron un murmullo lejano.
Solo tenía que inclinarme un poco y besarlo, sin pensar en las consecuencias.
Di un paso más hacia él, con la falda flotando a nuestro alrededor como una nube.
Y, justo en ese instante, Ryan salió del agua a nuestro lado.
—¡Se acabó, tortolitos! —gritó—. Mis padres están cabreados. ¡Fuera del agua!
«Otro momento que interpreté mal», me digo ahora, mientras Maddy y yo doblamos la esquina por Main.
—Hace siglos que no me compro ropa nueva —le cuento mientras cruzamos la calle—. Me parecía una tontería cuando todo era tan… incierto.
—Ya imagino —dice Maddy—, pero no te lo tomes a mal: tú estás hecha para un estilo mucho más mono que los modelitos en blanco y negro heredados de Abbi y la ropa playera gigante de tu madre. Y, ahora que tienes que prepararte para París, toca renovarse un poco. ¿Me dejas ser tu estilista personal?
—Trato hecho —digo, sonriendo.
En las primeras boutiques de ropa nos miramos con los ojos como platos al ver las etiquetas de los precios.
Aun así, es divertido curiosear. Seguimos por Main hasta que llegamos a una tienda de segunda mano enorme.
Me dejo caer en un sillón antiguo y elegante alegando que necesito un descansito, pero Maddy no está por la labor.
—Va, estás perfectamente. Venga, levántate. Esto te va a encantar, ya verás.
Al fondo de la tienda hay una pared llena de cuadros y pósteres.
Un cartel explica que los artistas de la zona han donado las obras y que lo recaudado servirá para reparar el paseo marítimo.
Hay un enorme óleo de Northport Beach, una serie de cuadritos de barcos en el puerto e incluso algunas acuarelas de atardeceres en la playa de Thirds y del faro.
También hay una veleta gigante con forma de ballena hecha con hueso y madera a la deriva que me recuerda a las piezas del abuelo de Luke.
—Vale, esto sí que mola —digo. Pierdo la noción del tiempo mientras decido si llevarme o no un cuadro de una yubarta nadando por el canal. Maddy grita mi nombre desde otro pasillo y me saca del trance; dejo el cuadro a regañadientes y voy a buscarla.
—¿Dónde estás? —pregunto, cruzando el pasillo de menaje de cocina y girando por una esquina llena de lámparas.
—¡Aquí! —Sigo su voz y la encuentro en la sección de ropa, con un carrito cargado hasta arriba—.
¿Ves? No es nada nuevo ni caro, pero hay cosas muy chulas —dice, pasando un puñado de perchas por el gancho con destreza—.
La gente rica que tiene casas de verano aquí suele deshacerse de medio armario cada año y se lo compra todo nuevo.
Algunas prendas todavía llevan la etiqueta puesta.
Me uno a ella y empezamos a buscar los vestidos más estrafalarios que encontramos, hasta que acabamos cargando con una montaña de ropa rumbo a los probadores. Justo antes de entrar, Maddy echa un vestido amarillo encima de mi montón.
—Tienes que probarte este —dice Maddy, tajante—. Es obligatorio.
Suelto una carcajada.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso?
—Pues porque es el vestido perfecto para una cita. —Le brillan los ojos y esboza una sonrisa cómplice—. ¿Cuándo vuelves a ver a Jackson?
—Eh…, no lo sé —balbuceo—. Sigue en Nantucket.
—Ha estado subiendo muchas fotos, pero no me ha escrito casi desde que se fue—.
Pero, vale, me lo pruebo. ¿Y tú? ¿No necesitas uno para alguna…
cita? —pregunto, enarcando una ceja—. A todo esto, aún no me has contado qué pasa con Sienna.
La he visto como tres veces ya por el restaurante.
Maddy se pone colorada.
—Bueno, no sabía si era algo serio…
—Pero… —la animo, inclinándome hacia ella.
—Pero… hemos salido un par de veces, y ha estado bien. Su familia se acaba de mudar, va a empezar segundo en Berklee, le gusta pinchar música y, al parecer…, también le gusto… yo.
—¡Maddy! —chillo, incapaz de contenerme—. ¡Eso es genial!
Ella sigue avergonzada y se le encienden las mejillas.
—Es pronto, pero me gusta mucho.
Tomo nota mental de buscarle algo que sirva para una cita también.
En los probadores nos reímos de lo cortas que son las cortinas mientras nos probamos unos caftanes enormes y más prendas con rayas azul y blanco de las que puedo contar.
Por fin cojo el vestido amarillo de algodón suave. Lleva un estampado de florecillas blancas. Me lo paso por la cabeza y subo la cremallera. Me sienta como un guante.
Salgo frente al gran espejo del pasillo y me quedo mirándome.
El vestido me llega un poco más abajo de las puntas de los dedos y se abre desde un corpiño ajustado tipo corsé.
El escote en forma de corazón se ata con un lazo en el centro y cubre toda la cicatriz, salvo la parte superior.
Los tirantes son de esos caídos sobre los hombros que no sirven para nada, pero hacen que mis brazos parezcan fuertes.
Maddy sale del probador y suelta un grito ahogado al verme.
—Sera, te lo tienes que comprar.
Suspiro.
—La verdad es que es precioso. —Doy una vuelta rápida y la falda se abre en un círculo antes de volver a caer con suavidad.
Busco la etiqueta: solo cuesta veinte dólares—.
Me lo llevo —digo, y luego la fulmino con la mirada—.
Pero que conste que no es para citas. Es un vestido bonito y me merezco cosas bonitas.
—Hmm —murmura Maddy, girándome de un lado a otro para verme mejor—. En ese caso, deberías estrenarlo hoy mismo, porque antes te he dicho una mentirijilla: esos pantalones cortos solo deberían salir de casa para ir a la playa.
—¡Qué cabrona! —Finjo que me indigno—. ¿Y ahora cómo voy a confiar en ti, eh?
Maddy se encoge de hombros y vuelve a su probador dando saltitos. Sale un momento después con un caftán naranja y verde.
—¿Crees que esto quedaría bien en París?
—Quizá si tuvieras ochenta años —respondo, pasando los brazos por encima de sus hombros mientras ella se coloca un sombrero de fieltro verde y se mira al espejo—. Y estuvieras forrada.
—Entonces es perfecto.
Suelto una carcajada y Maddy vuelve dentro a probarse el resto de la montaña de ropa que ha cogido. No me molesto en quitarme el vestido y no puedo dejar de mirarme en el espejo, imaginando la ocasión perfecta para ponérmelo.
*
Cuando llego a casa, Luke está en el jardín de delante con su madre y carga un enorme saco de tierra desde su camioneta como si no pesara nada.
Le asoma el pelo oscuro por debajo de una gorra de béisbol puesta al revés y se le ha subido un poco el borde de la camiseta, con lo que deja ver una franja de vientre tonificado.
Con mi bolsa de ropa nueva en la mano, me acerco a saludar.
Porque eso es lo que haría una amiga, ¿no?
—Hola —digo, alzando la mano para protegerme del sol—. ¿Necesitáis ayuda? Aunque no tengo ni idea de jardinería.
—Ah, no, no te preocupes, Sera, pero gracias.
Estamos acabando ya —responde Paula con una sonrisa, pasándose el antebrazo por la frente.
Luke deja caer el saco, y no se me escapa la forma en que me mira el vestido.
Un escalofrío me recorre la espalda. Se le enrojecen las mejillas antes de girarse bruscamente y volver a la camioneta a por otro saco de tierra.
—Vale. —Intento pensar en una excusa para quedarme.
Otros años, simplemente me lo llevaba cuando terminaba con el recado que estuviera haciendo.
Subíamos a la casa del árbol o nos íbamos a la playa y nos quedábamos hasta que se ponía el sol.
A veces cogíamos las bicis para ir a la tienda de chucherías o al Frappie’s a por un helado.
Vuelve y deja otro saco más abajo, junto al arriate.
—Ahora que lo pienso, podrías echarme una mano el jueves. Si estás libre —dice, levantándose la camiseta para secarse la frente. Le miro el codo para no fijarme en sus abdominales—. Quiero llevar a Oliver y a Adam de paseo en barco y no dejan de insistir en que te vengas tú también.
—¿Yo? ¿En serio? Bueno… —Me sorprende que me lo pida después de aquel momento raro en los fuegos artificiales. Trato de pensar en una excusa, pero me doy cuenta de que me apetece ir—. Venga, seguro que será divertido. Me apunto.
—Guay —dice Luke.
—Mándame un mensaje cuando sepas a qué hora salimos —respondo, y paso junto a los rosales hacia mi jardín trasero.
Dentro, mis padres están discutiendo junto al lavavajillas viejo, que han arrastrado hasta la mitad de la pequeña cocina, mientras el nuevo espera a un lado.
—Primero hay que cortar el agua —dice mi padre.
—¿No lo has hecho ya? —responde mi madre, exasperada.
—No, ¡me has dicho que esperara!
—¿Cuándo?
—Antes.
—Bueno, si hay que cortarla, hay que cortarla —dice ella, poniéndose en pie—. Ya lo hago yo.
Papá también se levanta y la sigue escaleras abajo, recordándole que tenga cuidado.
Niego con la cabeza y subo al cuarto de Abbi a ver si está en casa.
Necesito que me ayude a elegir un conjunto para el paseo en barco.
Me pondría el vestido, pero no es nada práctico.
Empujo la puerta y me la encuentro tirada en la cama.
Le lanzo la bolsa con la ropa y me dejo caer en la butaca junto a la puerta.
—Anda, ¿te has ido de compras sin mí?
—Ha sido idea de Maddy —respondo, de pronto agotada, como si necesitara recuperar el aliento.
—¿Cansada? —Parece preocupada.
Me incorporo, sacudiéndome la sensación de encima. Miro el reloj para comprobar el ritmo cardiaco, pero está bien.
—Sí, nos hemos ido antes de comer.
Abbi silba.
—Un día largo —dice, le da la vuelta a la bolsa con la ropa y suelta un gritito de sorpresa.
—¿He elegido bien? —pregunto, acercándome a la cama y rebuscando entre lo que he comprado: un puñado de camisetas, unos pantalones cortos, dos faldas y un par de rebecas, además del vestido que llevo puesto.
—¿Me prestas esta? —pregunta, levantando una camiseta de cuadros blancos y negros que había comprado pensando precisamente en ella. No puedo evitar sentirme un poco orgullosa.
—Es para ti —le digo—. Pero me la tendrás que dejar para París, el año que viene.
—París —repite, vacilante, mirándome de arriba abajo—. París. —La segunda vez lo dice como si me lanzara un hechizo de buena suerte. Cruzo los dedos y me siento a su lado en la cama.
—París —repito.