El último beso del verano 12. Sera
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12. Sera

CAPÍTULO DOCE

Sera

U na de las mejores cosas de Northport es su celebración del Cuatro de Julio.

Aunque el pueblo no tiene desfile propio, su feria y sus fuegos artificiales son, con diferencia, los mejores.

Jackson me había invitado a pasar el fin de semana con sus amigos en Nantucket, pero yo quería estar aquí para las fiestas.

Mi familia bajó a la feria del puerto con Paula, Oliver y Adam.

Maddy quedó segunda en el concurso de tartas, detrás de la señora Stone.

Luke estaba de voluntario otra vez, pero aparecía cada dos horas para comer perritos calientes o churros, retarme a algún juego o llevar a sus hermanos a las atracciones más destartaladas.

Casi parecía como antes. Papá, pobre, tiene migraña cuando llegamos a casa para preparar la cena y se retira para el resto de la noche.

—Los fuegos pueden estallar sin mí —dice, sacando del frigorífico una máscara fría para los ojos—.

¿Os parece bien? —Se gira hacia mí mientras lo abrazo fuerte.

Mamá y Abbi andan de aquí para acá en la cocina, le dan una aspirina y un vaso de agua.

Me da pena que se no se encuentre bien, pero está genial poder cuidar de otra persona por una vez.

—¿Pizza? —propone Abbi, de pie frente al frigorífico vacío en cuanto papá se ha ido a la cama—. Es fácil de llevar.

—Perfecto —digo, sentándome a la mesa y sacando mis premios de la bolsa: una ballenita de peluche, una baraja nueva con diferentes tipos de veleros, que meto en el servilletero, y unas sandalias de goma rosa chillón que le daré a Maddy porque me quedan pequeñas—.

Pero pasando de las cardiosaludables, porfa.

Me muero por una con pepperoni de verdad.

Abbi se encoge de hombros y mira a mamá, que está demasiado cansada para discutir. La última revisión ha ido muy bien; la doctora Lee está encantada con los resultados y con cómo me está yendo la nueva medicación.

Preparo una ensalada de bolsa en un táper con tapa mientras Abbi enciende el horno.

Mamá confiesa que tiene Oreos escondidas en la despensa, y las meto también en la bolsa del pícnic, junto con los cubiertos, las botellas de agua mineral y con gas, y un par de botellitas de vino de mamá.

Mientras se calienta la pizza, Abbi y yo nos cambiamos de ropa; nos probamos mil combinaciones que equilibren lo mono con lo práctico, por si hace frío o hay humedad.

Al final me decanto por unos vaqueros sencillos y un top blanco con escote —más pronunciado de lo que suele hacerle gracia a mamá— y me ato una sudadera azul marino a la cintura.

Me pongo un poco de purpurina en los párpados y unos pendientes en forma de estrella antes de pegarme como ocho pegatinas antimosquitos a lo largo del bajo de los pantalones.

Cojo la comida, Abbi carga con las sillas de playa y una manta, y nos metemos en el coche.

Cuando llegamos a Northport Beach, ya está más que medio llena, pero mamá le ha escrito a Paula y la vecina nos ha guardado sitio.

Se lo ha montado de lujo para su pícnic, y Oliver y Adam están sentados tan tranquilos devorando huevos rellenos, salchichas envueltas en hojaldre y sus míticos brownies .

—Hola, Sera —me saluda Adam cuando me siento—. ¿Quieres un brownie ?

—¿Qué clase de pregunta es esa? —respondo, y al ver su cara de desconcierto me río—. Pues claro. Jamás diría que no a un brownie de tu madre.

—Pues claro… —Él se ríe también. Corta un trozo y me lo pasa con cuidado sobre una servilleta azul. Yo lo recibo con toda la solemnidad que puedo.

—Gracias, caballero.

—De nada…, señorita —contesta, inclinándose y fingiendo que se quita un sombrero invisible. Me echo a reír y le revuelvo el pelo. Por un segundo se parece tanto a Luke de pequeño que me invade un ramalazo de nostalgia en el pecho.

En poco rato la playa se llena; parece que ha venido todo el pueblo, aunque el cielo aún no ha terminado de oscurecer. Intento no impacientarme, pero me inquieta que Luke no esté con su familia.

—Paula —pregunto—, ¿está Luke por aquí?

—Por algún lado andará —responde, señalando a la multitud—. Han venido sus amigos y se lo han llevado hace un rato, cuando ha terminado de ayudarme con las cosas. Ve con ellos.

Lo que necesito es dar con Maddy, me justifico mientras me levanto. Me prometió que traería sus nuevas galletas para probarlas antes del maratón de donación de sangre del próximo finde.

—¿Te parece bien, mamá? —pregunto.

—Claro, cielo, pero llévate el móvil para que sepas volver luego, cuando anochezca.

Le enseño el teléfono, agitándolo en el aire, y echo a andar hacia un grupo de chavales que reconozco de la hoguera, buscando entre la multitud la melena rubia de Maddy o la silueta altísima de Luke.

«Me alegro de estar aquí», pienso mientras esquivo familias por la arena.

Ir con los amigos de Jackson a Nantucket habría sido divertido, seguro, pero echaba de menos esta tradición.

Oigo que me llaman y me giro.

—¡Sera! —Es Izzy, a pocos metros, sentada sobre una manta al lado de Luke.

—Hola —digo—. Feliz Cuatro de Julio.

—¿Quieres sentarte? —me ofrece, señalando un sitio a su lado y apartando una neverita para hacer sitio. Abre la tapa y saca un par de cervezas. Miro la escena, ella tan acurrucada junto a Luke, y niego con la cabeza. Luke abre la boca para decir algo, pero lo corto antes de que pueda hablar.

—Voy a ver si encuentro a Maddy, pero gracias —respondo, y me doy la vuelta mientras me trago el nudo que se me forma en la garganta.

Verlos juntos abre una grieta en el muro donde guardaba los recuerdos de hace dos veranos, y ese Cuatro de Julio vuelve de golpe a mi mente.

Aquel verano, Luke y yo habíamos quedado para ver los fuegos artificiales desde «nuestra» playa. Llevé comida y mantas, y fui a buscarlo al jardín de atrás de su casa.

—¡Hola! —me saludó, sonriendo de medio lado mientras abría la puerta—. Mira qué he pillado. —Levantó dos paquetes de bengalas y un par de cervezas.

Se me encogió un pelín el corazón. No me apetecía beber.

En teoría no podíamos. Sabía que sus médicos le habían dicho casi lo mismo que los míos, aunque él no tuviera que tomar inmunosupresores como yo.

Pero me pareció mal cortarle el rollo, y tampoco tenía por qué beber yo.

Además, parecía más animado que en los últimos días, cuando algo lo había estado carcomiendo por dentro y no me contaba qué, por mucho que se lo preguntara.

—Ah —dije, tratando de sonar de lo más normal—. Vale. ¿Nos vamos?

En la playa extendimos las mantas sobre la roca, y él se bebió una de las cervezas mientras yo picaba algo.

—¿Qué te pasa? —le acabé preguntando cuando aplastó la lata bajo el talón.

Bajó la cabeza y se encogió de hombros.

—Nada.

—Nada no hace que te dé por beber cerveza cuando nunca lo haces —dije, más molesta de lo que pretendía en realidad.

—Sí he bebido cerveza antes, Sera —respondió, a la defensiva.

Quise preguntarle cuándo y con quién, pero me sentí tonta y celosa, así que opté por acercarme un poco más a él. El cielo estaba oscuro y despejado; la luna baja, las estrellas encendidas.

—¿Me enseñas las constelaciones? —le pedí.

Para mi alivio, él se inclinó hacia mí, con una cálida presión que mi cuerpo absorbió intensamente.

Nuestras manos se rozaban por el dorso. Luke bajó la mirada y entrelazó los dedos con los míos.

Nuestras miradas se encontraron. Me apretó la mano con fuerza y sentí cómo ambos corazones latían al unísono en mi palma.

Me incliné un poco más hacia él. Le olía el aliento a agrio, a pan y a cerveza, y eso disipó de golpe la ilusión que había albergado de que quizá podría besarlo.

Arrugué la nariz y giré la cara, agradecida de no haber hecho ninguna tontería.

—Las constelaciones están allá arriba —bromeé, soltándole la mano y señalando el cielo sobre nosotros. Pero Luke no apartó la vista de mí.

—No quiero mirar las constelaciones, Sera —repuso, volviendo a tomarme la mano. El corazón me empezó a latir tan deprisa que sentía que cada latido me subía hasta la garganta.

—¿Y qué vamos a hacer mientras esperamos los fuegos artificiales? —dije, preguntándome si él estaría pensando lo mismo que yo había pensado antes. Que era romántico estar aquí, en nuestra roca espacial, sin nadie más alrededor.

Luke se encogió de hombros y alargó la mano hacia la segunda cerveza, lo que rompió el hechizo.

Me aparté un poco justo cuando empezaron a estallar los primeros fuegos a un kilómetro de la costa, haciendo vibrar el aire que nos rodeaba.

De repente me sentí ligera, un pelín mareada.

Apoyé la cabeza sobre las rodillas y cerré los ojos un instante.

—Eh, ¿estás bien? —preguntó Luke, mirándome con ojos cansados.

—Sí, sí, solo es que… —Seguía notando la cabeza embotada, y no lo sabría hasta más de un mes después, pero mi corazón ya estaba fallando en ese momento, sin que yo me diera cuenta—. No me gusta el olor de la cerveza.

Luke se apartó un poco. Nos quedamos en silencio mientras los fuegos seguían estallando. Cuando terminó el espectáculo, me zumbaban los oídos. El resplandor y el crepitar del último estallido se deshacían sobre el agua, pero el silencio seguía ahí, entre nosotros. Y no hacía más que crecer.

Ahora, mientras intento encontrar a Maddy entre la multitud, me cuesta controlar lo que siento.

No puedo dejar de analizarlo todo. Miro mi ropa.

¿He querido llamar la atención de Luke esta noche, con la cicatriz asomando y el sujetador rojo visible bajo la camiseta blanca? Puede que sí. Uf. No lo sé.

—¡Anda, si estás aquí! —exclama Maddy, sacándome de mis pensamientos y tirando de mí hacia su manta de playa. Me sorprende un poco cuando se nos unen Luke e Izzy; parecían tan contentos a solas… Sin embargo, Maddy les hace hueco justo a nuestro lado, aunque desearía que no lo hiciera.

—Hola —saluda Luke, con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. Está relajado, contento, y me pregunto cuánto habrá bebido.

—Hola —murmuro, apartando la mirada de él y fijándome en Izzy, que lleva al hombro un enorme pulpo de peluche que antes había tomado por una almohada. Lo lleva colgado como si fuera parte de su atuendo.

—Bonito bicho marino —dice Maddy, apretando uno de los tentáculos naranjas.

—Me lo ha conseguido Luke —responde Izzy, radiante, mientras Maddy la ayuda a recolocarlo un poco.

Les ordeno a mis celos que se calmen un poco, aunque lo que me gustaría sería gritar.

—Voy a por un polo —digo, dándome media vuelta antes de ofrecerme a traerles algo.

Mientras camino, me recojo el pelo —un pelo alisado a conciencia— en un moño informal y me pongo la sudadera, aunque aún no hace frío.

Quiero borrar cualquier rastro de mis intentos por verme bien.

Ojalá hubiera venido en pijama, o con una bolsa de papel en la cabeza.

La cola para los polos es larga, pero me viene bien enfriarme un poco, así que me pongo al final y empiezo a pasar fotos en el móvil.

Busco una de Maddy en el restaurante de hace unas semanas, pero encuentro la foto que le hice al dibujo de Luke la noche de la barbacoa.

Me detengo y amplío la imagen, admirando cómo consigue tanto movimiento con tan pocas líneas.

Se la envío a Iris, preguntándole qué le parece.

—Eh —dice Luke de pronto, detrás de mí, y casi se me cae el teléfono.

—Joder —respondo, molesta—. Hola otra vez. ¿Me estás siguiendo o qué? —Suena más borde de lo que pretendía.

—No, es que no puedo resistirme a un polito —dice con una sonrisa.

Le devuelvo una forzada y sigo mirando el móvil. Verano, verano, graduación, el baile, la exposición de Iris en Boston…; mi año pasa volando por la pantalla del teléfono mientras Luke sigue ahí delante.

—¿Estás enfadada conmigo o algo? —pregunta.

—No —digo en un intento de parecer indiferente, pero hasta yo capto la amargura que se filtra en mi voz. Me guardo el móvil en el bolsillo trasero.

—Sí lo estás, Sera. Se te nota. ¿Por qué?

Está intentando ser amable, y por eso me odio un poco cuando lo único que consigo decir es:

—¿Estás saliendo con Izzy?

—No —contesta, genuinamente confundido—. Izzy y yo no estamos saliendo. Somos amigos. Como nosotros dos. O como se supone que deberíamos ser. ¿Ya no quieres ser mi amiga? —Da un paso hacia mí, y yo retrocedo instintivamente.

—Sois amigos con… derecho a roce, ¿no? —digo.

Suspira y vuelve a apartarse.

—¿Y por qué te importa? ¿No estás haciendo tú lo mismo con ese niño pijo? ¿Jackson?

—No —titubeo—, lo nuestro no es nada serio. Él lo sabe.

—Ajá. Pues lo mío con Izzy es tres cuartos de lo mismo.

—Está clarísimo que te gusta —le suelto—. ¿Por qué fingir que no es serio?

—Qué va —dice Luke, metiendo las manos en los bolsillos.

—Ya, pues será que me has engañado. ¿Te has parado a pensar que quizá la estés engañando a ella también?

Luke me mira, y me entran unas ganas tremendas de empujarlo, como cuando teníamos diez años y me desmontó el Halcón Milenario de Lego pieza por pieza.

—Mira, solo quiero que volvamos a ser amigos —dice con voz tranquila, baja. Una voz en la que me gustaría poder esconderme—. Pensaba que tú también querías eso.

Bajo la vista hacia mis zapatillas. Si hubiera sabido comportarme como una amiga de verdad en vez de como una cría celosa, no estaríamos en esta situación.

—Y es lo que quiero. —Suspiro—. ¿Podemos olvidar esto y ya? —pregunto, levantando la mirada.

—¿Olvidar qué? —responde Luke, con una media sonrisa.

La tensión se disuelve un poco, y señalo la cola, que avanza.

—Querías uno, ¿no?

Luke me observa un momento más, como si intentara leer entre líneas, y lo cierto es que hay mucho que no estoy diciendo. Pero no ahora.

—No, estoy bien. Debería volver ya. Fijo que mi madre se está peleando con Oliver, que se habrá olvidado la pastilla de la lactosa… otra vez. ¿Hablamos luego?

—Claro. —Como no se mueve, y esa mirada suya me atraviesa el pecho, añado—: Me encantaría.

Y eso parece bastar. Se inclina un poco, como si fuera a abrazarme, pero se arrepiente a medio camino y me da una palmada torpe en el hombro, como a uno de sus compañeros de equipo, antes de perderse entre la multitud.

Entonces estalla el primer cohete, aviso de que el espectáculo empieza dentro de cinco minutos.

Me alejo hasta el final de la playa, lo más cerca posible de las dunas, mientras se me derrite el polo y gotea en la arena entre mis pies.

Las chispas de esa única explosión se disuelven en el cielo azul oscuro, y siento que soy yo la que acaba de hacerse añicos en mil destellos de luz.

Pero no tengo ni idea de cómo recomponerme.