El último beso del verano 11. Sera
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11. Sera

CAPÍTULO ONCE

Sera

E l jueves, mamá y Abbi me dejan en los campos de sóftbol del instituto antes de ir a hacerse la manicura y la pedicura.

Hemos tenido que pasar primero por la farmacia, porque los resultados de los análisis adicionales que había pedido la doctora Lee la semana pasada habían llegado ya, y quería ajustarme un poco la medicación.

Aunque la dosis es solo un pelín más alta, mi familia anda algo más apegada que de costumbre, como siempre que nos recuerdan lo mal que estaba todo el año pasado.

Lo que no saben es que he llamado al salón de uñas y he pagado por adelantado, ahora que me gano un sueldo.

Me muero de ganas de verles la cara cuando vuelvan picadas porque las he invitado yo, en lugar de al revés.

Maddy llega justo al mismo tiempo, tarde como siempre, con su hermana pequeña, que le grita un airado «¡Te lo he dicho!» antes de salir corriendo hacia el campo.

—¡Eh! —Maddy sale del coche y viene a abrazarme—. Hola, señora Watkins. Hola, Abbi.

—Hola, cariño —responde mamá—. ¿Qué tal tus padres? ¿Ya no hay problemas con el casero?

—Están bien…, y cero problemas. No hemos vuelto a saber del casero desde que hablaste con él. —Maddy se cambia las gafas normales por unas de sol igual de grandes, pero mucho más molonas, con una montura naranja chillón—. ¿Os quedáis?

Abbi niega con la cabeza.

—No, solo venimos a dejar a Sera —dice, y le oigo ese tonillo de ansiedad «posfarmacia» en la voz.

—¡Muy bien! —exclama Maddy, enganchándose de mi brazo—. Yo cuidaré de nuestra chica. Que paséis una buena tarde.

Y, sin esperar respuesta, me arrastra con ella. Le estoy tan agradecida que le prometo todo el surtido de chucherías del puesto de comida que pueda zamparse.

—¿Con tu sueldo de profesora de arte a tiempo parcial? ¿Para mí? Vaya, qué mimada me tienes… —bromea.

—Por favor, es lo mínimo. Llevo toda la mañana con esas dos encima.

—¿Por qué? —pregunta Maddy, frunciendo el ceño.

Lo de la medicación en realidad es una buena noticia: esta es la dosis a la que la doctora Lee quería llegar; solo teníamos que hacerlo poco a poco.

—Les gusta preocuparse. —Me encojo de hombros—. Vale, tengo que encontrar al equipo de… —Saco el folleto de Rose y señalo el nombre que había rodeado—. Las Zancudas.

—¡Es el equipo de Marissa! Perfecto. Creo que están en el campo de atrás.

Pasamos por delante del puesto de comida, donde saludamos a los Stone, los dueños del Lorell’s. Compro unas gominolas ácidas para mí y un Snickers para Maddy, mientras intento convencerla de que le lleve a la señora Stone una tanda de sus últimas galletas.

—Galletas de cardamomo con chips de yogur —le digo.

A la señora Stone se le iluminan los ojos, pero Maddy insiste en que aún no están listas.

—Cuando lo estén, me las traes, ¿vale? —dice la mujer.

—Hecho.

Llenamos las botellas de agua y metemos las chucherías en la neverita de rodajas de naranja que ha traído Maddy para que no se derritan.

Luego localizamos a las Zancudas al ver la larga coleta castaña de Marissa en el campo más cercano.

Está haciendo estiramientos con Rose, que se detiene y grita en cuanto me ve.

—¡Hola, señorita Sera!

Le devuelvo el saludo mientras Maddy y yo buscamos sitio en las gradas, un par de filas más arriba.

Pero casi me tropiezo cuando el entrenador se levanta del banquillo y mira a su alrededor para ver a quién saluda Rose con tanto entusiasmo.

Maddy me baja el brazo, que se ha quedado tieso en el aire, y me tira suavemente hacia el asiento. Es Luke. Cómo no.

Me dedica una sonrisa algo confundida y llama a las chicas para formar un corrillo.

—Uf, va a pensar que lo estoy acosando. El lunes pasamos un rato juntos, pero fue rarísimo. Me preguntó si quería salir a cenar, pero ya tenía planes con Jackson.

—Oooh, conque planes, ¿eh? ¿Así se llaman ahora? —pregunta Maddy, ahogando una risita.

Noto cómo me arden las mejillas.

—En fin, Luke y yo estamos intentando ser amigos, pero está siendo… raro.

—Tú actúa con naturalidad —me aconseja Maddy—. Estamos aquí para ver jugar a mi hermana, y punto.

—Ya, ya —digo, cruzando las piernas y enderezándome en el asiento.

Maddy me mira de reojo y esboza una sonrisilla.

—Eso no es actuar con naturalidad.

—Pues vale —respondo, encogiéndome otra vez y echándome la coleta por encima del hombro.

Luke vuelve a mirarnos un segundo antes de centrarse otra vez en el equipo para hacer el grito grupal de ánimo.

Noto cómo se me calientan las mejillas. Lleva puesto el uniforme de béisbol, y entonces recuerdo vagamente que en el folleto ponía que el equipo del instituto jugaría un partido amistoso después contra los bomberos y los servicios de emergencia locales.

No sé cómo no me había preparado para verlo.

Me permito mirarlo otra vez, solo un instante.

Luke ya es guapo de por sí, pero con el uniforme está que lo rompe.

No hay manera de ignorarlo ni de fingir que sigue siendo el vecino friki que, casualmente, lleva en su pecho fragmentos del mío.

El conjunto le queda ajustado y deja claro cuánto ha cambiado en los últimos años.

Los bíceps se le marcan bajo las mangas cortas de la camiseta, donde lleva su apellido bordado en granate. Entonces me fijo en el número.

El 42.

«La respuesta a la pregunta definitiva sobre la vida, el universo y todo lo demás, de Guía del autoestopista galáctico ».

Y del bolsillo trasero asoma una pequeña toalla lila.

—¿Le estás mirando el culo? —me susurra Maddy—. Porque, a ver, lo entendería perfectamente. —Se inclina un poco para verlo mejor.

—¡No! —le respondo en algo a medio camino entre un susurro y un grito.

—Oye, que a todas nos gusta ver un buen culo.

Por fin las Zancudas salen al campo para empezar el partido.

Me abruma ver a Luke así y también me siento un poco culpable, porque, aunque he salido varias veces con Jackson, nunca me sorprendo pensando en sus pantorrillas.

Quizá debería esforzarme más en eso. Saco el móvil y le escribo a Jackson para preguntarle si quiere venir al amistoso más tarde.

Cuando vuelvo a levantar la vista hacia el campo, me repito que Luke no es más que otro tío bueno: hay muchos como él. Fui al baile de graduación con uno hace dos meses, estoy saliendo con otro ahora… y en París fijo que habrá a montones.

Las Zancudas juegan contra las Lubinas, un grupo de niñas igual de adorables. Animamos a Rose, a Marissa y al resto del equipo mientras mantienen el marcador a cero hasta la tercera entrada, cuando Marissa golpea la bola con tanta fuerza que hasta ella se queda boquiabierta.

—¡Corre! —grita Luke, y ella sale disparada y llega hasta la tercera base antes de que el otro equipo consiga devolver la pelota.

Le toca a Rose, y yo me uno a los vítores del público mientras se concentra.

Un murmullo alegre recorre la multitud, aunque solo sea un partido infantil, y se me calienta el corazoncito al estar otra vez en Northport, entre personas que disfrutan de las pequeñas cosas: que bajan el ritmo para ir a los partidos de los críos, que organizan rifas para arreglar pasarelas y, encima, consiguen que sean divertidas y unan a todo el mundo.

Rose lanza la bola por encima de la primera base, lo bastante lejos para que Marissa llegue corriendo hasta el home plate . Rose hace un pequeño baile en la segunda base, y yo doy un grito de emoción por ella. La siguiente bateadora falla y la entrada termina.

Maddy se pone de pie y se estira, agarrando la neverita.

—Voy a ver si quieren algo antes de que empiece la siguiente. Hace calor. ¿Te vienes? —Inclina la cabeza hacia donde está Luke, y estoy a punto de decir que sí cuando veo a Izzy aparecer en el campo dando saltitos.

Luke le pasa un brazo por los hombros mientras ella se saca una botella de agua del bolso y se la tiende.

Él se la bebe entera y, al devolverle la botella vacía, le da un golpecito en la nariz.

Hacen una pareja monísima. Izzy lleva gafas de sol, pero ni siquiera eso puede ocultar cómo se le ilumina la cara cuando habla con él.

Algunas de las niñas se le acercan, tímidas pero emocionadas, para saludarla también.

Es evidente que la conocen. Debe de venir a menudo cuando no está en la universidad.

Vayan en serio o no, Izzy es importante para Luke. Se me cae el alma a los pies y me recuerdo a mí misma que no soy de aquí. Para la gente de Northport, ser lugareño tiene mucho valor. En ese sentido, Izzy y Luke son perfectos el uno para el otro.

*

Cuando termina el partido, cogemos más comida y seguimos a la multitud hacia el campo principal, donde va a empezar el amistoso. Marissa está eufórica por la victoria, y me sorprende que hasta Maddy, que normalmente pasa de los deportes, esté tan metida en el ambiente.

—Es que los chicos de Northport lo están petando. Cuando Luke y los demás del último curso se vayan, el equipo ya no volverá a tener la misma racha de victorias.

—Eso no es justo —protesta Marissa—. Es un deporte de equipo, y él es solo uno.

Nos abrimos paso entre la gente hasta encontrar sitio en las gradas, que están a reventar, y le mando a Jackson un mensaje con nuestra ubicación para que pueda encontrarnos.

Al final conseguimos un hueco justo detrás de Izzy y de algunos amigos de Luke y Maddy.

La madre de Luke y sus hermanos también están allí, en primera fila, y Adam se sube al banco para saludarme agitando los brazos.

Paula gira la cabeza y me hace un gesto con la mano.

Entonces aparece Luke junto a ellos, y Adam le rodea la cintura, mirándolo como si su hermano hubiera inventado el mismísimo sol.

Luke se ríe y levanta la vista. Sus ojos se clavan directamente en los míos, y se me corta la respiración.

Sin embargo, justo en ese momento llega Jackson, se cuela en nuestra fila y me pasa el brazo por los hombros. Yo me apoyo en él mientras Maddy recita la alineación y el equipo del instituto sale al campo.

Reconozco a casi todos los chicos del equipo de Luke; todos han crecido más o menos como él, aunque ninguno tiene su carisma. Él se detiene a hablar con al menos cinco o seis personas antes de volver al campo. Jackson me pregunta si voy con un equipo o con el otro.

—Hummm. —Pienso un segundo—. Con los chicos.

—Yo apuesto por los veteranos —dice él.

Suelto una risa.

—Tú mismo.

La jefa de bomberos es la primera en batear, y monta todo un espectáculo intentando que el árbitro le dé el pase a base, hasta que por fin lo consigue, para deleite del público.

—Entonces ¿no es un partido de verdad? —le pregunto a Maddy mientras rebusco en la neverita algunas golosinas.

Ella se encoge de hombros.

—Ni idea, no presto mucha atención. —Toca el hombro de Izzy para preguntarle lo mismo.

—Seguro que se animará —responde Izzy, señalando a los de primeros auxilios, que, a diferencia de la jefa, parecen jóvenes y con ganas de jugar—. No te preocupes, ya verás a Luke en acción. No es de los que hace las cosas a medio gas.

—Era solo curiosidad… —digo demasiado rápido, y enseguida me giro para ofrecerle a Jackson unos gusanitos de gominola para disimular.

Pero tiene razón. Los dos siguientes bateadores logran llegar a base, y el público se queda en silencio mientras el lanzador tira la pelota hacia uno de los técnicos de emergencias.

Las dos primeras son strikes , pero acierta a la tercera.

La pelota sale disparada hacia el tercera base y hacia Luke, que juega en el centro.

Parece imposible que alguno llegue a tiempo…

hasta que Luke lo consigue. Se lanza al suelo y atrapa la bola con la mano extendida.

Me sobresalto al verlo caer de costado, pero se levanta al instante y lanza la pelota hacia el home para eliminar también al corredor.

El público enloquece. Izzy salta y grita con los demás mientras Maddy aplaude y Marissa grita:

—¡Vamos, entrenador Luke!

—Vale, creo que has elegido bien a tu equipo —admite Jackson riendo.

Luke se sacude el polvo del uniforme y se quita la gorra para saludar al público.

Me impresiona ver lo mucho que ha cambiado su vida: los chicos que antes se burlaban de él ahora son sus compañeros, las chicas que nunca lo miraban lo adoran y los vecinos lo aclaman como si ellos mismos lo hubieran criado, en vez de haberlo despreciado por preferir el campamento de arte a pescar en el muelle.

Me siento como una extra en una de esas películas romanticonas de Hallmark, en la periferia de la historia.

En la tercera entrada le digo a Maddy que estoy cansada y le pido a Jackson que me lleve a casa. Nos escabullimos entre la gente y espero en el aparcamiento mientras él acerca su BMW . Le doy la espalda al campo, pero oigo la voz del locutor amplificada por una oleada de vítores:

—¡Y home run de nuestro Luke Tisdale, número cuarenta y dos, el orgullo de Northport; así se hace!

Bajo la tristeza, siento una punzada de orgullo. Luke ya no es mi Luke. Ha encontrado su sitio, lo ha hecho suyo, y que yo ya no encaje en él debe de ser simplemente lo que tenía que pasar.