10. Sera #2
—Sí, claro, pero… —Ahora es cuando debería contarle lo que le pasó a mi corazón hace dos años, cuando podría apoyarme en nuestra historia, en esa idea que compartimos de que el universo no nos debe nada, y menos aún tiempo.
Ahora es cuando debería decirle lo asustada que estaba, y lo mucho que no quiero volver a estarlo.
Pero entonces vendrían más preguntas, y no sé si estoy lista para responderlas—.
Les he pedido que me den margen para decidir qué quiero hacer.
Y, como tú mismo dijiste, lo de ir a una escuela de arte no es precisamente lo más práctico…
—Pero podrías ir —dice Luke, un pelín brusco.
—Supongo, pero… ¿para qué? —Lo miro mientras pasamos junto al cobertizo.
—¿Cómo que para qué? —Suena frustrado, y yo me pongo un poco a la defensiva.
—Sí, quiero decir, al menos con la beca puedo centrarme en algo que sé que me gusta de verdad.
No tendría que decidir lo que quiero estudiar durante cuatro años ni lo que quiero hacer con el resto de mi vida.
—Trago saliva, intentando calmar la ansiedad—.
Y el compromiso es corto, así que, si, no sé, no funciona, o mi trabajo no es lo bastante bueno o lo que sea, no habré hecho perder el tiempo a nadie.
—Tu arte no es una pérdida de tiempo para nadie, Sera.
—El tuyo tampoco, Luke.
Ambos nos quedamos en silencio. Entre los dos flota el inicio de una discusión que ninguno quiere continuar. Luke carraspea y cambia de tema.
—¿Te acuerdas de la fiesta de pijamas antes de empezar séptimo? Cuando nos quedamos a dormir en el campamento, vaya —pregunta Luke mientras nos acercamos al edificio de teatro. Los críos del grupo de teatro nos miran desde la puerta abierta y suben el volumen de la música.
Sonrío al recordarlo. Teníamos trece años y éramos un desastre.
—Sigo pensando que no fue mala idea dormir en la playa —digo.
—¡Ojalá hubiéramos tenido en cuenta la marea! —Luke se ríe y niega con la cabeza—. Aunque, en nuestra defensa, diré que en la Playa del Fin del Universo no cambia tanto, así que no estábamos acostumbrados a eso.
—Sí, y a eso de las cuatro de la mañana, sin luna, me desperté con tus gritos diciendo que el kraken te había atrapado. —No puedo evitar soltar una carcajada.
—¡Yo estaba más cerca del agua que tú! Y te juro que eso era exactamente lo que notaba: unos tentáculos fríos y viscosos enrollándose a mi alrededor —dice entre risas, con sus ojos verdes brillando como las estrellas.
—Creo que decidieron cancelar las noches de pijamas después de aquello.
—¿En serio? Qué faena.
—A ver, despertamos a todo el campamento y asustamos a los peques. No volvieron a meterse en el agua en semanas.
La risa de Luke se va apagando poco a poco.
—Qué bien lo pasábamos… —dice aún sonriendo.
La forma en que me mira me calienta por dentro, como si no hubiera sabido que tenía frío hasta ahora.
Luego me agarra del brazo y me aparta del camino, y el corazón me da un vuelco—.
Cuidado —avisa mientras un grupo de niños pasa corriendo entre nosotros, gritando «¡Perdón!
» y esquivando globos de agua. Claro…, solo estaba siendo amable.
No me ha tocado por ningún otro motivo. Me suelta, y el dorso de su mano roza el mío cuando volvemos al sendero.
Respiro un poco más tranquila en cuanto nos ponemos de nuevo a andar, con más espacio entre los dos.
En el aparcamiento, saco la bici y quito el casco del manillar.
—Gracias por venir —digo—. Ha sido guay no trabajar sola.
Él asiente y se mete las manos en los bolsillos.
—Gracias por invitarme.
Vuelve a instalarse ese silencio incómodo entre nosotros. Quiero decirle muchas cosas, pero no parece el momento adecuado. No estoy segura de que alguna vez lo sea.
—¿Quieres ir a cenar algo pronto en el restaurante? Tengo a Maddy enfurruñada porque aún no he ido a probar su nueva tarta.
—Oh. —La propuesta me pilla por sorpresa, y una parte de mí quiere decir que sí, volver a esa rutina familiar con él, pero no puedo, claro—. Tengo planes esta noche.
—¿Una cita? —bromea.
—Pues sí. ¿Te suenan de algo? —le sigo la broma.
Me da la impresión de que se le apaga la sonrisa un segundo, pero enseguida vuelve a aparecer.
—Genial. Pues pásalo bien, Watkins —dice.
*
Abbi me deja su coche para que pueda conducir hasta Harwich Port esta noche.
Solo está a media hora, pero llego tarde porque me ha costado horrores decidir qué ponerme.
Cuando accedo al camino de entrada de Jackson, me alegro de haber optado por el vestido y las sandalias, y no por la camiseta y los pantalones cortos que también estaban en la lista.
La casa es enorme, completamente blanca, con dos columnas que enmarcan la puerta principal y un balcón que sobresale del segundo piso.
Mientras subo los escalones de la entrada, me echo un vistazo por la cámara del móvil para asegurarme de que estoy bien.
Me arreglo un poco el pelo y pulso el timbre.
El sonido resuena en lo más profundo de la casa.
Una mujer blanca con uniforme de sirvienta me abre la puerta y me hace pasar.
Intento no quedarme boquiabierta mientras la sigo por el largo pasillo a la derecha de la gran escalera.
Pasamos frente a una biblioteca, una sala con una mesa de billar y una gran sala de estar.
Me estremezco por el aire acondicionado, que papá todavía no nos deja encender en casa.
En la cocina, Jackson está sentado ante una larga isla de mármol blanco hablando con una joven asiática que lleva una chaquetilla blanca de chef.
La asistenta sale de la habitación y confío en que no se me salgan los ojos de las órbitas.
—Hola, Sera —dice Jackson, con una amplia sonrisa en la cara. Se levanta y me da un rápido abrazo. Mi mejilla se apoya en su pecho: me saca una cabeza—. Llegas justo a tiempo. ¿Te gustan los raviolis?
Me río, nerviosa.
—¿Y a quién no?
—Genial. Mis padres van a salir, así que estaremos solos. —Se le ensancha la sonrisa y se le iluminan los ojos. Se aparta el pelo rubio de la cara, como si acabara de cortárselo.
—Muy bien. —Me giro hacia la cocinera y le digo hola. Ella se limita a saludarme con la mano y vuelve a despiezar la langosta que tiene sobre la encimera.
Jackson me acompaña hasta un enorme patio de piedra blanca donde hay unos sofás muy acogedores alrededor de una chimenea y una bandeja con limonada y té helado.
Observo el jardín. El césped, perfectamente recortado y de un verde esmeralda, se extiende hasta el borde que cae hacia el mar. El agua aquí, del lado del océano, está más agitada; las olas suenan un poco más fuerte que en Northport.
—Es precioso —digo, asombrada. El sol empieza a ponerse, y las pocas nubes sobre el mar se tiñen de rosa. Jackson me acerca un vaso de limonada y señala la pasarela de madera que lleva hasta la orilla.
—¿Quieres dar un paseo por la playa?
—Venga.
Caminamos por su tramo de playa privada mientras le pregunto por sus planes para el verano.
Jackson, entusiasmado, empieza a hablarme de vela y de algo llamado regata.
Asiento fingiendo que entiendo lo que me cuenta, aunque me pierdo un poco, la verdad.
Aun así, me gusta verlo tan ilusionado, y me apunto mentalmente buscar qué narices es una regata en cuanto llegue a casa.
Cuando el cielo empieza a oscurecer, volvemos. Cenamos en la cocina, con el servicio ya preparado en la esquina de la isla. Intento relajarme, pero los raviolis de langosta están tan buenos que no puedo mantener la compostura.
—A mi amiga Maddy le encantarían —digo, acabándome otros dos que Jackson acaba de servirme directamente de la sartén.
—Pues llévale un poco —responde—. Te prepararé una caja para llevar.
—¡Si no me los termino antes! —bromeo, y él sonríe satisfecho mientras se sienta otra vez a mi lado y acerca un poco la silla.
—¿Has estado en Italia? —pregunta.
—No —respondo con un suspiro, pasando el tenedor por el plato para rebañar la salsa mientras le rozo la rodilla con la mía—. Algún día, quizá. ¿Y tú?
—Un par de veces. Te encantaría. En verano hace calor y muchísimo más bochorno que aquí, pero hay tanto que hacer…
—Y que comer —añado, dando buena cuenta de la pasta que me queda en el plato.
Cuando terminamos, sacamos unos cuencos de helado y salimos al patio.
Jackson enciende la hoguera y le pido que me cuente a qué otros lugares ha viajado.
Cuando le hablo de la beca en París, me pide ver algunas de mis pinturas.
Se me encoge el pecho un instante, pero lo disimulo bien y le enseño los primeros bocetos de mis autorretratos para la solicitud.
Le cuento que espero poder viajar por Europa el próximo verano con Maddy.
—¡Vaya! —exclama, inclinándose un poco hacia mí y apoyándome una mano en la rodilla—. Son muy buenos, Sera.
—Solo son bocetos —repongo.
—Buenos bocetos, entonces —susurra, mirándome a los ojos y apartándome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Se parecen mucho a ti. Seguro que te aceptan.
Un escalofrío me recorre la piel al sentir su contacto, y me acerco un poco más.
—¿Tú crees?
Él sonríe.
—No lo creo; lo sé.
Le paso un dedo por el labio inferior, sonriendo al ver cómo le brillan los ojos azules con la luz del fuego.
—¿Puedo…? —empieza Jackson, mirándome los labios.
Asiento una vez.
Él me toma la cara con suavidad entre las manos. El beso es dulce, pero, cuando se separa, tengo la sensación de que sigo esperando algo. Como si el beso fuera una pregunta y yo aún no conociera la respuesta.
Sigo pensando en los labios de Jackson cuando me dejo caer en la cama al llegar a casa.
La casa de al lado está a oscuras y en silencio, pero desde mi ventana veo que en la habitación de Luke hay luz.
La cortina está corrida, salvo por una esquinita, y me doy cuenta de que ha vuelto a colgar su viejo teléfono hecho con latas.
Ya no está conectado al mío —no lo está desde antes de cumplir los diez—, pero la señal es inconfundible: está despierto y preparado para que hablemos si me apetece.
Se me cierra la garganta y, de pronto, me invade una profunda y dolorosa tristeza por todo lo que pudo haber sido.