10. Sera
CAPÍTULO DIEZ
Sera
E l lunes, inspirada por los piratas de Oliver y Adam, que todavía decoran nuestro jardín, hago que los niños pasen la mañana pensando en ideas para un autorretrato.
Les pido que escriban una lista con todo lo que se les ocurra sobre sí mismos.
Cosas físicas, pero también emocionales y de carácter.
Las mismas en las que estoy pensando yo para la solicitud de la beca.
Intento mantenerme concentrada, aunque un par de veces miro hacia la puerta de reojo, esperando que Luke haya aceptado mi invitación y aparezca.
Pero la mañana pasa y no hay ni rastro de él.
Después de comer, tenemos programada una excursión a la playa.
Jayda, la socorrista, es una vieja amiga de Abbi.
Me saluda a gritos mientras llevo al grupo de niños por la arena caliente hasta su puesto.
Para los que no quieran nadar, tenemos caballetes desgastados por la sal escondidos bajo la caseta de la socorrista, y yo arrastro una bolsa llena de material, además de frisbees y otros juegos de playa.
Solo estamos allí una hora, pero al final acabo molida.
Cuando volvemos al taller, les pido a los niños que preparen sus puestos con los materiales que quieran usar para hacer los bocetos.
—Recordad: no hace falta que terminéis hoy.
Este será nuestro proyecto de la semana, ¿vale?
Así que podéis ir añadiendo cosas hasta el viernes, y ese día haremos la presentación —les explico, acomodándome en el taburete y esperando a que las manos se disparen al aire con todo tipo de dudas.
Luego voy moviéndome entre ellos con cuidado, sentándome en el suelo a su lado, escuchando cómo las ideas les brotan a borbotones.
Tienen tanta energía que parece que irradien imaginación.
De pronto, llaman a la puerta, y me giro, esperanzada. Pero solo es uno de los padres, que ha venido un poco antes a recoger a su hijo. Les pido a todos que empiecen a recoger y los ayudo a colgar o a dejar sus obras a secar hasta el miércoles.
Mi móvil vibra en el bolsillo y lo miro mientras los niños limpian sus mesas.
Jackson
¿No estarás libre para cenar esta noche?
Quizá sea buena señal que Luke no se haya presentado hoy. No necesito más confusión, gracias. Me gusta Jackson, y hacía mucho que nadie que no fuera Luke me gustaba de verdad.
Sera
Claro! A qué hora?
Jackson
A las 7 en mi casa. Te mando la dirección
Glups. ¿Cenaremos en su casa? «Nuevo comienzo. Nuevo comienzo», me recuerdo.
Sera
¡Perfecto! Nos vemos luego.
Mientras estamos terminando de recoger, una de las alumnas, a la que solía hacer de canguro, se me acerca con un papel en la mano.
—¿Señorita Sera?
Todavía no puedo evitar sonreír cada vez que me llaman «señorita».
—¿Qué pasa, Rose?
Me tiende el papel.
—¿Quieres venir a mi partido de sóftbol este jueves?
El folleto anuncia el partido inaugural de la temporada, el 1 de julio, en los campos de la escuela.
Rose se mira las zapatillas, salpicadas de pintura, mientras aguarda mi respuesta.
Recuerdo perfectamente el año en que tuve por primera vez a la señorita Iris y lo nerviosa que estaba por ganarme su atención y su aprobación. Me agacho y cojo el folleto.
—Me encantaría, Rose. Gracias por invitarme.
Se le ilumina la cara con una sonrisa radiante y sale dando saltitos hacia la puerta, donde la espera su padre.
Echo un vistazo alrededor para asegurarme de que no queda nadie y decido que no quiero irme a casa todavía.
Llevo mis cosas al taller abierto, donde he estado trabajando en unos paisajes en lugar de en las piezas para la beca.
Dejo el bolso en el rincón que ya he reclamado como propio y lo preparo todo.
Despliego la solicitud impresa que llevo encima desde hace días y la coloco al lado de una hoja en blanco.
Aunque ya me decanté por los autorretratos, sigo atascada con el tema. El ensayo tiene que responder a varias preguntas sobre el proyecto que quieres desarrollar si te aceptan, y la primera es: «¿Por qué es importante esta obra para ti? ¿Qué le dice al mundo sobre quién eres?».
Suspiro y paso las páginas del cuaderno hasta llegar a un autorretrato que hice el año pasado, cuando todo iba tan horriblemente mal.
Nunca había hecho uno, y me siento orgullosa, pero fue durísimo.
Sentía que todo lo que quería gritarle al universo se me escapaba por la punta del lápiz y se quedaba atrapado en el papel.
No es bonito ni reconfortante, como mis paisajes.
Hacer más dibujos así significa enfrentarme al hecho de que, aunque la operación y la nueva medicación me han dado más tiempo antes del próximo trasplante, eso sigue ahí, al acecho, impidiéndome ver más allá en el futuro.
Repaso con el dedo el contorno de mi cara en la hoja, agradecida por no ser ya aquella chica enferma, pero aún con miedo de volver a serlo demasiado pronto.
Ojalá pudiera dibujarle un futuro mejor.
Apunto esa idea. Mastico el lápiz mientras pienso en las piezas que podría crear.
Tal vez una de cuando era pequeña y estaba orgullosa de ser una superviviente, en lugar de estar cansada de serlo.
El tema podría girar en torno a aceptar todas las vertientes de mi enfermedad: las buenas, las malas y las posibles.
La idea aún está a medio cocinar, pero creo que puede funcionar.
Como si supiera que estoy atascada, Iris me escribe justo en ese momento. Me manda una foto de sus vistas en algún punto de la campiña francesa.
Señorita Iris
No es la playa, pero ¡es una preciosidad! Espero que los niños se estén portando bien. Avísame si tienes algún problema.
Le contesto con una foto del tinglado que tengo aquí montado y le digo que los niños son unos angelitos, aunque hoy he encontrado una huella rebelde en mi espalda.
Señorita Iris
La hoja en blanco contiene el universo.
Inspiro hondo. Tiene razón. Empiezo a escribir las ideas para las tres obras principales: yo a los ocho, yo ahora y yo dentro de diez años.
Tres décadas, tres actitudes hacia mi corazón.
Pero las tres bajo el agua, bajo la presión del tiempo.
Empiezo con la de ahora y hago una lista de descriptores en el margen derecho.
Quiero pintarme mirando hacia adelante. Que mi mirada quede casi por encima de la cabeza del espectador.
Oigo el océano al otro lado de la puerta, el eco rebota entre las dunas de arena.
Respiro al compás de la marea, dejo ir las preocupaciones y dibujo sin más, sumiéndome en las líneas finas que van apareciendo bajo el lápiz.
He perdido la noción del tiempo, lo que es buena señal porque siempre significa que la cosa va bien, cuando oigo que se abre la puerta del granero con un chirrido.
Dejo el lápiz, me aparto del cuaderno y giro el cuello, dolorido.
Luke se acerca hasta donde estoy. «Ha venido», pienso, y se me escapa una sonrisa.
—¿Puedo colocarme aquí? —pregunta, señalando el puesto junto al mío.
Asiento, todavía un poco sorprendida, aunque llevaba toda la tarde deseando que viniera.
Me alegra ver que trae su viejo maletín de arte, con las pegatinas de la TARDIS intactas, además de una bolsa de lona. La abre y saca un lienzo.
—No hay nada de negro ahí. —Me río, apreciando los detalles de la turbulenta escena marina. Ha utilizado tonos oscuros de muchos colores, pero nada de negro. Intenta disimular una sonrisa.
—Esa era la consigna. —Se encoge de hombros mientras abre el maletín y rebusca hasta sacar una decena de piedras lisas y negras que empieza a alinear en la base—.
Técnica mixta, pero fuera de nuestro medio habitual.
Así que nada digital y nada de negro, en mi caso.
—Echa un vistazo a mi cuaderno y luego a mí, de una manera que me hace preguntarme si los críos me han manchado la cara de pintura—.
¿Sabes? En realidad estaba pensando en aquel proyecto que hiciste hace años, cuando pegaste piedras y conchas en un lienzo.
Pensé que le daría dimensión si pegaba algunas en primer plano.
Y no estoy muy contento con la esquina superior izquierda —dice, mordiéndose el labio antes de dar un paso atrás.
Y yo tengo que obligarme a no mirarlo con intensidad.
«A los amigos no se les come con los ojos».
—Está muy bien, Luke —digo, volviendo a coger el lápiz.
Él se encoge de hombros, ya metido de lleno en su obra.
Yo también me enfrasco en la mía, y pronto es como antes, como en los viejos tiempos.
Trabajamos codo con codo, y de vez en cuando uno se gira para mirar lo que hace el otro y hacer algún comentario.
Luke dice que mi nariz se ve un poco chata; le doy las gracias y le sugiero que deje de obsesionarse con que la base rocosa de su cuadro sea perfecta.
Le digo que si la línea de la costa queda un poco irregular, parecerá más natural.
Al cabo de una hora, ya no aguanto más de pie, así que empiezo a recoger, guardo el caballete y meto el cuaderno en la bolsa. Luke apoya su cuadro en el estante de secado y luego me pregunta cómo voy a volver a casa.
—En bici —digo, señalando el aparcamiento donde la dejé esta mañana.
Sale detrás de mí del granero y me alcanza por el sendero.
—¿Para qué es la obra en la que estás trabajando? —pregunta.
—Para una beca. La misma que le han concedido a la señorita Iris, para el verano que viene —respondo, sintiendo una oleada de emoción solo de pensar en París—.
Las probabilidades de que me la den son mínimas —reconozco—, pero, si lo consigo, Maddy va a venir a verme. Queremos ir de mochileras después.
—Maddy sueña con ir a París desde hace años. —Se ríe—. Suena genial. Pero ¿tus padres no querían que fueras a la universidad?