9. Luke
CAPÍTULO NUEVE
Luke
I ntento librarme de la barbacoa en casa de los Watkins diciéndole a mamá que me han llamado para cubrir un turno en el puerto, pero no cuela.
—He llamado a Georgie antes para asegurarme de que no te hubieran puesto en el horario —dice mientras intenta ponerle a Adam una camisa abotonada a la fuerza.
No entiendo por qué los tortura con ropa elegante, si solo son los vecinos.
Estoy casi seguro de que la señora Watkins estaba allí cuando nació Oliver.
Recuerdo que me enseñó a cogerlo bien en brazos.
—Sé que Sera y tú tuvisteis una pequeña pelea, pero tienes dieciocho años, cariño. Aprende a arreglar las cosas.
Me vibra el móvil en el bolsillo por quinta vez en los últimos diez minutos. Izzy quiere quedar, y la he estado evitando. No es que no me alegre de verla, pero ahora que Sera está por aquí es… complicado.
—Me gustaría que vinieras —dice mamá mientras dirige a Adam hacia la puerta de entrada y le arranca una Nerf de las manos a Oliver—. Por favor. Son como de la familia.
Dejamos que lo no dicho flote entre nosotros; que, desde que papá se fue de casa, hemos estado intentando reconstruir lo que significa «familia», con distintos grados de éxito. Asiento e impido que Oliver vuelva a coger la Nerf.
—Oyeee —protesta, haciendo un puchero.
—Allí tendrás cosas que hacer —le prometo—. Vamos, anda.
Le mando un mensaje a Izzy diciéndole que tengo un compromiso familiar, pero que quedaremos pronto.
Como si las camisas nos hubieran impuesto una especie de formalidad extraña, mamá también insiste en que demos la vuelta y llamemos a la puerta principal.
Respiro hondo un par de veces, sacudo las manos y me preparo para mirar a Sera como a cualquiera de mis otros amigos.
Ojalá estuviera más preparado, porque es ella quien abre la puerta.
Lleva una camiseta del Mass Mo CA y unos pantalones cortos vaqueros, y está preciosa. El corazón se me acelera. Me doy cuenta de que también ella parece nerviosa al vernos; su sonrisa es un pelín forzada.
—¡Habéis llamado! —dice, sorprendida, y le lanzo a mamá mi mejor mirada de «¿Qué te había dicho?
»—. Pasad, pasad. Bienvenidos. Os acordáis del camino al jardín de atrás, ¿no?
La casa sigue igual, desde luego. El mismo suelo que cruje…
, y cuidado con el escalón del salón a la cocina.
Pero eso ya lo sabéis. ¡Obvio! —Sera aprieta los labios, como obligándose a dejar de hablar.
Mamá y yo entramos, y Adam y Oliver salen disparados rumbo al jardín. Me estremezco y rezo para que no tiren nada. Abbi aparece al vuelo, esquivando a los niños, y nos da a mamá y a mí un abrazo rápido.
—¡Qué alegría veros! —dice con una sonrisa radiante.
Le coge a mamá la fuente de berenjenas a la parmesana y enseguida empieza a preguntarle por el jardín.
Mamá la sigue, y entonces aparece el señor Watkins.
Es más alto que yo y tiene un gran parecido con Abbi: el pelo rojo oscuro, ahora con algunas canas que antes no tenía.
Me da una palmada en el hombro y me lleva al salón, donde el telediario deportivo repite las jugadas del partido de los Sox de anoche.
—¿Viste el partido? —pregunta, dándole a pausa y retrocediendo con el mando—. ¿Has visto esta jugada? Qué desastre.
Me río, echando un vistazo al salón, que sigue igual. Veo las fotos de Sera y mías todavía en la pared junto a la escalera.
—Sí, casi lo pierden todo en la octava —respondo, tragando saliva. Me sorprende que las fotos sigan ahí, la verdad, teniendo en cuenta lo bien que se las ha arreglado Sera para borrarme de su vida. Me pregunto qué sabrá su familia sobre por qué dejó de hablarme.
El señor Watkins se lanza a una parrafada de estadísticas, y recuerdo que es profesor de matemáticas. Intento seguirle el ritmo, pero miro a Sera por el rabillo del ojo. Articula un «buena suerte» mientras señala a su padre y luego se escabulle por el pasillo hacia la cocina.
Vuelvo a centrarme en el discurso estadístico de su padre y añado mi granito de arena diciendo que, si no hubieran dejado pasar al bateador anterior a propósito, probablemente no habría hecho falta una entrada extra para cerrar el partido. Él asiente.
—Buena observación. A ver, cuéntame ese partido del campeonato estatal que nos perdimos.
Al menos eso es fácil. Le pongo al día mientras cruzamos la casa hasta las puertas correderas que dan al jardín de atrás.
Hablar de béisbol siempre es sencillo. Cuando te saltas lo que se espera de ti, puede ser divertido, hasta emocionante, y siempre da pie a una buena historia.
Un partido es un partido, sin consecuencias duraderas.
Fuera, mamá y la señora Watkins trastean con la parrilla.
Adam y Oliver dan vueltas por el jardín y juegan en el viejo columpio mientras mamá cuenta que su profesor de parkour le hizo prometer que no los dejaría hacer trucos fuera de clase.
Le lanzo una mirada a Oliver cuando lo veo columpiándose demasiado alto.
Mi hermano me hace una mueca y luego salta al suelo.
Cuando toca con los dos pies en el suelo, voy hacia la neverita portátil al final de la mesa de pícnic, donde Sera está sentada en el borde.
Está mirando a mis hermanos con una sonrisa y me pregunto en qué estará pensando.
Me descubro con ganas de preguntárselo, pero no sé si hemos llegado a ese punto todavía.
En nuestra playa parecía que las cosas podían volver a ser como antes, pero desde la noche del autocine ha vuelto a mostrarse esquiva.
Ella está ocupada con sus clases, yo con mis trabajos…
y con Izzy. Además, puede que Sera esté viendo a ese tal Jackson.
No lo sé. Tal vez esto es lo que pasa cuando creces y asumes más responsabilidades: tienes menos tiempo para los amigos, sobre todo para los que te han decepcionado.
—A mí ya hasta el béisbol me da miedo —dice mamá—, después de la lesión de rodilla de Luke.
Sera se gira y me lanza una mirada fugaz justo cuando me agacho para sacar un refresco.
Al incorporarme, le rozo la pierna con el brazo sin querer, y ella da un respingo, pero recupera el equilibrio y consigue no caer del borde de la mesa.
La incomodidad del autocine vuelve de golpe, igual que la expresión de su cara cuando me olvidé de soltarle la mano.
—¿Estás bien? —le pregunto cuando recupera el equilibrio.
Sera asiente. Y entonces me doy cuenta de que todavía lleva la pulsera de cuentas de EBE que le hice cuando teníamos diez años. Se me encoge el corazón. «¿Qué significa eso?», me pregunto, pero enseguida recuerdo lo acaramelada que estaba con Jackson en el autocine.
Quizá me he acercado demasiado, porque salta del borde de la mesa y pasa rozándome justo cuando Abbi pone la música.
Al pasar, me llega el olor a champú cítrico y perfume de vainilla, y se me activa la cabeza como cuando tenía dieciséis años y no sabía captar una indirecta.
Trago saliva, niego con la cabeza y abro la lata de refresco mientras Sera le quita el móvil a su hermana para añadir más canciones a la lista.
Abbi le susurra algo y ella hace un gesto como quitándole importancia y me lanza una mirada rápida antes de apartarla.
Oliver vuelve corriendo al porche, se detiene junto a la neverita y se agencia dos refrescos antes de que pueda decirle que no.
Me acomodo en la mesa y los vigilo. En menos de diez minutos ya están haciendo volteretas en el césped, y Oliver ha perdido un zapato mientras Adam ha decidido colgar su camisa de la casita del árbol como si fuera una bandera pirata.
Por el rabillo del ojo veo que Sera vuelve a entrar en la casa.
La señora Watkins insiste en que no pasa nada, pero noto que todo ese alboroto está poniendo nerviosa a mamá. Estoy a punto de decirles que se calmen o mañana no habrá helado cuando Sera sale otra vez y logra captar la atención de los niños con un par de blocs de dibujo enormes.
—¿Queréis dibujar piratas? —les pregunta.
Los niños se detienen en seco y corren hacia ella, haciéndole mil preguntas a la vez.
Sera les explica el plan: hacer unos dibujos grandes que puedan pegar en la valla del fondo o entre los arbustos para usarlos como blancos.
Oliver se apunta al instante y hace que Adam se tumbe en el suelo para poder calcar su silueta.
—Yo haré el barco enemigo —dice Sera, sentándose en la hierba. Arranca una hoja para que Adam dibuje y ayuda a Oliver a abrir un rotulador marrón, y de pronto me veo arrastrado a un recuerdo de hace dos años.
Estábamos preparando la carroza del campamento para el desfile del Cuatro de Julio en Barnstable.
Sera acababa de volver hacía un par de semanas y todo parecía distinto.
¿Siempre me había mirado con tanta intensidad al hablar?
¿Siempre había tenido esos ojos tan marrones, tan oscuros en el centro?
¿Se había hecho algo en el pelo, que no dejaba de reflejar el sol?
Estábamos solos en un lateral de la carroza, pintando la copia de papier maché de la Abeja Azul.
De repente, me sentí nervioso, incómodo por estar a solas con ella, como si ya no supiera cómo hablarle.
—Eh…, ¿qué pasó con ese chico con el que salías? —le pregunté, alargando el brazo por delante de ella para volver a mojar el pincel en la pintura. Sabía que había roto con Ethan, un chico de su instituto, hacía un mes, pero nunca me había dicho por qué.
—Ah… —Se quedó callada un momento y le recolocó las antenas a la abeja—. No sé. Era majo…, me regaló un libro superchulo de pinturas hiperrealistas de mundos de ciencia ficción. Ya sabes, el que te enseñé.
—¿Pero…? —pregunté, intentando no parecer demasiado interesado.
—No sé…, supongo que no sentía que fuera algo especial —dijo. Entonces se encogió de hombros, se apartó el pelo de la cara y se manchó la mejilla de pintura.
Sonreí.
—Te entiendo —le dije.
—¿Sí? —Me miró y no apartó la vista. Yo tampoco podía dejar de mirarla tampoco.
Fue la primera vez que me pregunté si en algún momento me querría como pareja.
Se me revolucionó el estómago, cuajado de mariposas, solo de pensarlo, pero me pudieron los nervios y aparté la mirada.
Antes de que pudiera añadir nada, Ryan O’Rourke, el monitor del grupo, volvió para echarnos una mano y el momento se esfumó sin más.
Aun así, aquel día, cada pequeño gesto, cada mirada, parecía tener un significado oculto.
Cuando Sera me pasó el cubo de pintura y nuestras manos se rozaron, ¿no se habían quedado quietas un segundo de más?
Cuando se acercó para darme un consejo y apoyó el hombro en el mío para señalar lo que quería que cambiara, con su aliento rozándome el oído…
, ¿no estaba coqueteando? Y cuando por fin le dije que tenía pintura en la cara y fui a limpiársela y se sonrojó…
, ¿no sintió también ese saltito en el estómago?
Contengo un suspiro y voy a ayudarla con mis hermanos. Sera está descalza y tiene las plantas de los pies teñidas de verde. Me siento a su lado.
—¿Te ayudo?
—Venga —dice, apartándose un poco para hacerme sitio y que pueda trabajar en la otra mitad del papel.
Me pasa unos rotuladores y, cuando los cojo, un escalofrío me recorre el brazo al sentir el roce de su piel.
Sin embargo, Sera vuelve enseguida al dibujo, recordándome que fui un idiota al pensar que podía convertir nuestra amistad en algo más.
La dolorosa imagen de la noche en que me dejó plantado vuelve a invadirme.
Los nervios al esperarla que poco a poco se convirtieron en incredulidad, con algo de lagrimeo y todo, y luego en rabia, cuando me dijo que no podía.
Quiero saber por qué, pero, más que eso, quiero que volvamos a ser amigos.
Dibujamos en silencio durante unos minutos; parece que los niños se han calmado por fin.
El sol se cuela a través de los árboles en manchas amarillas que salpican el jardín y nos calientan las mejillas y los hombros.
Me vibra el móvil otra vez y me apresuro a apagarlo, como si me hubieran pillado haciendo algo malo.
Ojalá pudiera dejarme llevar con Izzy, como el verano pasado.
Tal vez debería. Es divertida y sé seguro que no va a ser nada serio, porque ya tiene fecha de caducidad.
Al cabo de unos minutos es el teléfono de Sera el que se enciende con un mensaje. Lo mira y sonríe antes de contestar rápido. Me pregunto si será Jackson, pero no puedo preguntárselo sin que parezca que tengo celos.
—Eso se te da muy bien —digo cuando le da a Adam el visto bueno para colgar su cartel de «Solo piratas» en la casa del árbol.
—¿Sí? Gracias. La verdad es que me encanta enseñar.
—Qué bien —respondo mientras cojo un rotulador marrón y garabateo en el borde del otro dibujo que Adam había dejado tirado por ahí—. Echo de menos el campamento.
Siempre me ha gustado eso de dejarme llevar por el arte, y es verdad que hacer carteles para los eventos del pueblo calma un poco ese ardor, pero el arte siempre va a estar ahí, esperando a que vuelva a tener tiempo.
—Oye, pues pásate algún día —dice Sera, sonriéndome de verdad mientras me observa dibujar.
—Pues no estaría mal.
—Eso sí, que no se den cuenta de que dibujas mejor que yo —añade, mirando mi dibujillo absurdo—. Si no, perderé toda la credibilidad.
—Sí, seguro. Como ya he dicho antes, soy un aficionado. La experta aquí eres tú.
—Y de las cosas del pasado ni mu —me advierte Sera—. Como se enteren de que fue idea nuestra empezar la guerra de pintura del último día de campamento contra los del grupo de teatro, se acabó la autoridad.
Me echo a reír.
—Vale, trato hecho.
—Me alegra que quede claro —dice, divertida.
—Bueno —empiezo mientras dibujo un cañón en la proa del barco—, cuéntame eso del año sabático.