8. Sera #2
No se equivoca. A veces sí parece que, hace dos veranos, Luke y yo dejamos pasar algo que podría haber sido increíble.
En julio ya estaba convencida de que íbamos a acabar juntos, pero la cosa no terminaba de cuajar.
A finales de agosto, el campamento organiza un baile en el instituto, y yo estaba convencida de que Luke me iba a invitar como acompañante.
Había habido muchos momentos a lo largo del verano en los que parecía que algo iba a pasar…
y siempre lo interrumpían nuestros amigos, nuestros hermanos o, directamente, mis propios nervios.
Y, entonces, una semana antes del baile, me hizo parar durante el trayecto en bici de vuelta a casa y me llevó hacia la hierba en la esquina de Beach Rose Lane.
—¿Qué pasa? —pregunté—. Vas a llegar tarde.
Tenía que ir a la tienda a ayudar a su padre con unos repartos.
—Da igual. —Se apartó el pelo de los ojos y me sonrió con esa expresión traviesa que le arrugaba los ojillos y desataba mis mariposas desde el pecho hasta los pies—. Ven a buscarme mañana por la noche a la playa. A las diez. Después del torneo.
—Vale —dije, con el corazón desbocado. Tenía la sensación de que ese era el momento; que me iba a invitar al baile, que me diría que le gustaba, más que como amiga—. ¿Por qué? —susurré casi sin voz.
—Mañana te lo digo, Watkins —me respondió con una mirada juguetona.
Como el torneo iba a durar todo el día, ya tenía preparado el conjunto que quería ponerme para quedar con él: una falda y un top de tirantes.
Los dejé junto a los zapatos, lista para salir pitando en cuanto llegara a casa.
Todo mi equipo se había esforzado muchísimo para llegar a la fase regional, pero aquella mañana estaba casi más emocionada por que terminara el día y poder descubrir, por fin, si Luke sentía lo mismo que yo.
Estuve cansada durante los primeros partidos, algo lenta, pero íbamos ganando, así que daba igual.
Empezó a dolerme la cabeza cuando empezó el último y estábamos cinco puntos por detrás con muy poco tiempo de margen.
El otro equipo lanzó un saque por encima de la red; me lancé a por él, aunque estaba en la zona de mi compañera, y choqué con ella.
Se enfadó durante un par de segundos, hasta que se dio cuenta de que algo iba mal y gritó para llamar al entrenador.
Yo estaba demasiado mareada para ponerme en pie.
La arena que tenía debajo parecía hundirme, el cielo se retorcía encima de mí y el dolor de cabeza me bajaba por el cuello. Luego perdí el conocimiento.
Recuperé la conciencia en la ambulancia.
Mientras Luke me esperaba en la playa, un técnico de rostro impasible me estaba haciendo el tercer ecocardiograma.
En ese momento sentí una gran pesadez y malestar en el corazón.
Algo iba mal y, aunque aún faltaba una semana para que la doctora Lee confirmara lo grave que era, no me imaginaba contándole que uno de nuestros mayores miedos se estaba haciendo realidad.
Siempre había pensado que eso sería algo que afrontaríamos juntos, pero me sentía muy sola y quería a Luke, a mi amigo, no al chico ligón que podía romperme el corazón.
Así pues, le mandé un mensaje diciéndole que no podía hacerlo.
No quería que me mirara de un modo distinto.
Como me estuvo mirando toda mi familia aquella noche.
Ya en casa, mis padres empezaron a hacer las maletas para irnos del cabo un par de días antes. Yo solo quería quedarme sola y regodearme un poco en mi miseria, pero Abbi no me dejaba en paz.
—¿Qué pasa, Sera? —susurró, metiéndose en mi cama mucho después de la hora en que se suponía que debíamos estar dormidas—. Aparte de lo evidente —añadió cuando me vio secarme las lágrimas—. Venga, desembucha.
—Iba a quedar con Luke esta noche —balbuceé, tragándome las lágrimas mientras me hacía un ovillito—. Me gusta —susurré contra mis rodillas—, y creo que él iba a decirme que yo también le gusto, pero ¿ahora qué más da? Me voy a morir y no hay tiempo.
Abbi, tan directa como siempre, me dijo que estaba siendo una tonta, que aún no sabíamos nada y que, si alguien lo entendería, sería Luke.
Me dijo que no me rindiera antes de haberlo intentado de verdad.
Así que, bajo la estricta condición de no tardar más de una hora, me cubrió mientras yo salía de casa a hurtadillas.
Pasaba de medianoche, pero fui primero a la Playa del Fin del Universo. Como vi que Luke no estaba allí y no respondía a mis mensajes, le pregunté a Maddy dónde estaba todo el mundo, y me mandó la dirección de una fiesta en casa de Dennis.
Cuando llegué, la casa estaba hasta los topes, con música distinta en cada piso, barriles de cerveza en la diminuta cocina y beer pong en el porche.
El jardín trasero, alrededor del fuego, era un hervidero de gente, pero lo vi enseguida: el mechón rebelde de su pelo que sobresalía a la izquierda, como siempre.
Por un instante sentí una alegría pura, una expectación luminosa, como si todo fuera a ir bien al final.
Quizá por eso no vi a Izzy al principio.
Pero fue imposible no verla en cuanto Luke se inclinó para besarla.
Me quedé helada. De pronto empecé a dudar de todo: de cada mirada, de cada roce desde el principio del verano. Nada había significado nada. Conteniendo las lágrimas, crucé la casa a toda prisa y salí por la puerta principal antes de que Luke me viera.
Mi familia y yo nos fuimos del cabo dos días después. Pensé en hablar con él, preguntarle si alguna vez le había gustado de verdad. Pero no fui capaz. Necesitaba —y todavía necesito— proteger mi corazón.
Maddy interrumpe mis pensamientos cuando me planta la hamburguesa de pavo delante, y le doy las gracias antes de que se aleje para atender dos mesas que acaban de llegar.
Me quedo hasta la hora de cierre, decidida a hacer tres autorretratos y redactando algunos párrafos para el ensayo.
También creo un documento compartido con Maddy para planificar nuestro verano por Europa.
Veo que la chica del rincón garabatea algo en la cuenta antes de subirse la capucha y salir bajo la lluvia.
Cuando Maddy cierra la puerta con llave, me bajo del taburete para ayudarla a limpiar las mesas y poner las sillas encima.
Ella alinea los botes de kétchup en la barra y me hace mezclar los que están medio vacíos mientras friega el suelo, con la nueva canción de Chappell Roan a tope; hasta donde aguantan los viejos altavoces, vaya.
Cuando todo está recogido y el personal de cocina se ha ido, apaga las luces y salgo a esperarla a las escaleras de la entrada mientras pone la alarma. La lluvia por fin ha parado, pero el aire sigue húmedo y la calle empapada, como si todo Northport estuviera metido dentro de una nube gigante.
Maddy se aparta el flequillo mojado de la frente y suspira.
—Lo siento —dice mientras toquetea las llaves—. Por haberte insistido con lo de Luke. Es que os quiero mucho a los dos y me chiflan las buenas historias…, y vosotros podríais tener una muy muy buena.
—No todas las buenas historias funcionan en la vida real —respondo.
Asiente.
—Como la de sus padres.
—Ah, ya. ¿Qué les ha pasado?
Niega con la cabeza.
—Pues no lo sé del todo. Creo que el señor Tisdale le fue infiel, pero lo único seguro es que se fue de casa, y Luke estaba… furioso, pero también muy triste. Deberías preguntárselo. Siempre se ha abierto más contigo.
—No creo que quiera contármelo —reconozco.
—Han cambiado muchas cosas, ¿eh? —dice Maddy, echándome un brazo por los hombros y apretándome contra ella mientras rodeamos la parte trasera del local hacia su coche—. Me alegra que tú no hayas cambiado.
—Jamás.
—Vale, no me grites…, pero si este verano, o los próximos años, van de aprovechar lo que quieres mientras puedas, ¿seguro que no quieres darle una oportunidad a Luke? Creo que lo que pasa es que estás cagada —añade mientas abre el viejo Toyota y nos subimos.
—No estoy cagada, estoy siendo práctica.
—Hago una mueca al recordar a Luke diciendo exactamente lo mismo sobre la situación de su familia y cómo me mordí la lengua para no discutir con él.
Pero esto no es lo mismo. No quiero quedarme atascada y languidecer.
Quiero darlo todo—. Y quiero un nuevo comienzo.
Puede que con Jackson pase algo, o puede que no, pero al menos será distinto.
—Vale, está bien. Lo pillo. Lo dejo correr. Se acabó lamentarse por el pasado. Ve a vivir tu romance con Jackson, y yo empezaré a mirar ese mapa en el que sé que te mueres de ganas de que apunte cosas.
—¿En serio? —Mi amiga asiente y yo hago un bailecito en el asiento del copiloto—. Vale, y ahora suelta… ¿Qué te ha escrito Sienna en la cuenta?
Maddy duda un segundo, luego mete la mano en el bolsillo y saca el papel. Se lo arrebato al vuelo.
—¿¡Su número!?
—Su número. —Maddy sonríe de oreja a oreja. Le doy un toque en el hombro para que le escriba, hasta que por fin lo hace—. Listo —dice, metiendo la marcha atrás—. Ahora las dos tendremos a unos veraneantes guapísimos llenándonos el móvil de mensajes.
*
Al llegar a casa, encuentro a mamá en el porche trasero, leyendo y bebiendo vino.
Papá está en el salón viendo el partido de los Sox, y Abbi anda en la cocina preparando sundaes con Cam.
La casa está tranquila, pero no en silencio.
Vivida y quieta a la vez, como una fotografía detenida en el tiempo.
Después de toda la lluvia de hoy, el aire huele a limpio y a fresco.
Antes me encantaban las noches tranquilas en el cabo, pero a esta le falta algo.
Las preguntas de Maddy me han dejado pensando en Luke.
En los días de lluvia, cuando éramos pequeños, él venía a casa y acampábamos en el hueco de la escalera.
Imaginábamos que nos escondíamos de dragones o que estábamos atrapados en una escalera infinita.
Hace dos veranos pasábamos muchos de esos días viendo películas antiguas, con un espacio entre nosotros en el sofá que se hacía cada vez más pequeño, mientras yo esperaba a que desapareciera del todo.
Intento pensar en él solo como un amigo, pero no consigo separar esa amistad de los sentimientos más profundos, más cálidos y dolorosos, que siguen mezclándose con ella.
Me dejo caer en el sofá junto a mamá.
—¿Qué lees? —pregunto.
Me rodea con un brazo, como cuando tenía cinco años, y me cuenta de qué va el libro: algo histórico sobre unos hermanos que sobreviven a una guerra.
—Suena triste —digo, alargando la mano hacia su copa. Me deja, y le doy un sorbito. El líquido está frío, tiene un sabor ácido, a zumo de limón con uvas—. Puaj —me quejo mientras le devuelvo la copa.
Se ríe por lo bajo.
—Al final te acaba gustando —dice, dando un trago largo y dejando la copa sobre un posavasos que hice en el campamento cuando tenía ocho años—. Tendrás que acostumbrarte si vas a ir a París. Y sí, el libro es triste, pero a veces está bien sentirse triste.
—¿Te ha dicho tu psicóloga que me digas eso?
—No —responde, pasándome los dedos por el pelo—, solo es una observación.
No hace falta que diga más. Las dos sabemos en qué está pensando. Me acurruco un poco más contra ella y me dejo mimar unos minutos. Huele a ropa limpia y a crema de manos. El roce constante de sus uñas en mi cuero cabelludo me adormece.
—Los niños son agotadores —murmuro, cerrando los ojos.
Ella se ríe en silencio, y su vientre hace que me rebote un poco la cabeza.
—Ah, hablando de niños, mañana vienen Paula y los chicos a hacer una barbacoa.
Tiro de la mantita que hay al lado del sofá y me cubro con ella. No puedo pedirles que la cancelen. Paula es amiga de mamá y, además, es la vecina de al lado. Sería raro que le pusiera pegas a una barbacoa.
—Vale.
—Sé que algo ha cambiado. Que tú y Luke ya no sois uña y carne. ¿Fue por tu salud? Sé que nos pediste que no dijéramos nada, y lo hemos respetado, pero ¿es otra cosa? Sabes que puedes contármelo, cariño.
—Es otra cosa, sí. Él todavía no sabe lo del corazón, y no quiero que lo sepa. Todavía.
—De acuerdo, cielo, pero estoy segura de que lo entendería. Compartís la misma historia.
—Puede, pero ¿podemos no sacar el tema?
—Descuida.
Nos quedamos en silencio un rato, mientras el jardín pasa del morado al azul oscuro y luego al negro. Mamá vuelve a su libro, cuyas páginas rompen el silencio junto con las ranitas que se esconden en el bosque. Cuando me vence el sueño, mamá me sacude con suavidad.
—Venga, a la cama —dice.
Entro en casa y paso por el salón para darle las buenas noches a papá.
Subo las escaleras sintiendo el peso de toda la semana filtrándose en mis huesos.
A mitad de camino me detengo frente a las fotos de Luke y mías: estamos en el campamento, presumiendo de nuestros músculos enclenques en bañador.
Nos pintamos las cicatrices de rojo brillante para demostrarles a los niños que se metían con nosotros que no nos importaba un pimiento lo que dijeran.
Nuestras cicatrices eran especiales; significaban que habíamos sobrevivido.
Suspiro. Ojalá existiera un camino fácil de vuelta a esos niños, o al menos a lo que había entre ellos. Un amor feroz y protector.
Después de ducharme, me siento en el taburete frente al tocador y me cepillo el pelo, aplicándome el acondicionador sin aclarado que me regaló Abbi cuando enfermé hace dos años. Casi no queda.
La chica del espejo parece sana. Tengo la piel ligeramente bronceada por los días al sol.
Mientras sigo con la rutina facial, trato de imaginarme más mayor: con veinte años, antes de recibir el nuevo corazón; luego con treinta, cuarenta y cinco.
Le doy al botón de avance rápido, imaginando las arrugas y la piel de un rostro que va cediendo a la flacidez, y, al entrecerrar los ojos, la veo: soy yo, pero vieja, viejísima, al menos con cien años.
Es hermosa. Tiene el pelo gris, revuelto, y las gafas gruesas sujetas por una cadena de cuentas hecha por algún nieto.
¿Qué me diría ella sobre cómo vivir el presente?