El último beso del verano 8. Sera
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8. Sera

CAPÍTULO OCHO

Sera

E l viernes, en cuanto termina el campamento, voy directa al restaurante de los padres de Maddy. Está a reventar, así que me siento en uno de los taburetes giratorios del extremo de la barra y le hago un gesto a Maddy para que sepa que ya he llegado.

—No hay prisa —le digo, y saco mi cuaderno para seguir con las ideas de la solicitud de la beca.

Tengo que presentar tres piezas relacionadas entre sí y redactar un ensayo.

Llevo tiempo dándole vueltas a hacer por fin algunos autorretratos y escribir sobre mi corazón, que, a fin de cuentas, es lo que mejor conozco.

Le mando un mensaje a Iris para preguntarle qué tal París y me responde con unas fotos de las vistas desde su ventana: un patio adoquinado lleno de macetas y una Vespa de color turquesa apoyada contra un muro cubierto de hiedra.

Me pregunta cómo ha ido la primera semana de campamento y si ya he decidido el tema de mi solicitud.

Le mando el emoji del pulgar hacia arriba en las dos cosas y le digo que estoy trabajando en ello hoy.

Aún no está lista para que le eche un vistazo.

Maddy se acerca con un batido y un plato cubierto con un recipiente de cartón al revés, y se apoya en la barra soltando un suspiro dramático.

Tiene pinta de estar agotada, y siento una punzada de culpa al pensar en lo mucho que trabaja siempre.

Lleva las gafas llenas de huellas y el pelo encrespado.

Ha pasado aquí todo el día y sé que se muere por irse a casa.

En un rincón hay un grupo de preadolescentes contando el cambio antes de pedir, y me recuerdan a nosotras…

, a aquellos tiempos más sencillos. Cinco años parecen una eternidad.

Espero que, esté donde esté dentro de cinco años, siga viniendo a Northport al menos parte del verano.

Y espero también que Maddy tenga su propia pastelería y no siga atada al restaurante.

—¿A qué hora sales? —pregunto, removiendo el batido y llevándome a la boca una cucharada de nata.

—Cerramos a las ocho, aunque sea viernes en el cabo y estemos en pleno verano. Cualquier otro día me parecería una locura que mis padres no quieran aprovechar una o dos horas más para el servicio de cena, pero hoy doy gracias al cielo… Ha sido un locurón.

—El tiempo —digo, asintiendo con complicidad y mirando la lluvia que cae de lado desde hace horas—. Los críos del campamento también estaban revolucionados.

—Pero el fin de semana lo tienes libre, ¿no?

Asiento y doy un sorbo al batido de mantequilla de cacahuete y chocolate.

—Guau, está de vicio.

—¿A que sí? Es mi receta especial. Unos cuantos cientos más como este y podré pagarme la escuela de cocina. Creo. —Se encoge de hombros. Algún cacharro se estrella en la cocina y la prima de Maddy, Kris, la cocinera, grita que está bien. Mi amiga suspira—. Quizá dentro de cinco años.

—¿Y esto qué es? —pregunto, señalando con la cuchara el plato tapado. Maddy se endereza; le brillan los ojos.

—Galletas. Te van a flipar. Son como los sequilhos que hace mi madre, pero les he puesto coco rallado y vainilla. —Empuja el plato hacia mí y cojo una galleta.

Le doy un mordisco; Maddy tiene razón: me flipan. No tienen nada que envidiar a los dulces del Lorell’s, y se lo digo.

—En serio, Mads, diría que es lo mejor que has hecho jamás.

—Siempre dices lo mismo —responde, cogiéndose una. Señala mi cuaderno—. ¿En qué estás trabajando?

Empiezo a contarle lo de la beca y el proceso de solicitud, la casa en la que podría alojarme en París el próximo verano. Se le agrandan los ojos tras las gafas.

—Oye, eso suena genial. ¿Y si…? —empieza Maddy, y yo me incorporo. Sus «¿Y si…?» suelen ir acompañados de ideas espectaculares—. ¿Y si fuera contigo?

—¡Sí! O sea, ¿crees que podrías? —Miro a mi alrededor, consciente de que sus padres dependen mucho de ella.

—Si les aviso con tiempo, creo que sí. Ya les he comentado que hay un curso de repostería en París.

—Ay, Dios, sí. Sería la leche ir a París juntas. Nos hartaríamos de repostería de la buena.

—Podríamos ir de mochileras también y hacer un año sabático por Europa —añade.

—Sí —digo—. Decidido. Hagámoslo.

Maddy se ríe.

—Más vale que empecemos a ahorrar.

Dos platos aparecen en la ventanilla de servicio y Maddy se da la vuelta para llevarlos.

En ese momento, suena la campanilla de la puerta y entra una chica de nuestra edad, de piel morena y pelo negro y liso como una tabla.

Lleva unos auriculares grandes y sujeta un portátil lleno de pegatinas contra el pecho.

Sonrío para mis adentros al verla cruzar una mirada con Maddy; es totalmente su tipo.

Maddy le dice que se siente donde quiera, luego toma el pedido de los preadolescentes y saluda a una familia de seis que acaba de entrar en tropel.

Regresa a la barra, recoge unas patatas fritas de la ventanilla y me las pone delante.

—¿Quién es? —pregunto, inclinando la cabeza hacia el rincón donde la chica se está acomodando.

Maddy se encoge de hombros, pero una sonrisa traviesa se asoma a sus labios.

—Ni idea. Debe de ser una veraneante.

Enarco las cejas, pero Maddy no pica el anzuelo.

—¿Quieres una hamburguesa también?

Se me hace la boca agua. Claro que quiero, pero esas patatas ya llevan más sal de la que debería tomar en un mes. Me meto una en la boca mientras sigue caliente y gimoteo del gusto.

Maddy alza una ceja.

—¿Es que nunca habías comido una patata frita?

—Hace mucho que no probaba una tan buena. —La comida cardiosaludable está bien hasta que es lo único que comes, incluso cuando tienes la regla y te mueres por unos Cheetos. Entonces es una auténtica tortura.

—Ah, ¿por lo del corazón? Pensaba que estabas bien.

—Y lo estoy. Solo tengo que controlar la sal, pero me he portado muy bien durante toda la semana… —digo mientras me zampo otra patata—. Mejor que sea una hamburguesa de pavo, porque ya me voy a pasar con las patatas.

Maddy me roba un par y asiente.

—Entonces, ¿adónde quieres ir para el Euroviaje? —pregunto.

—Mmm…, Ámsterdam, ¿quizá Oslo? ¿Berlín?

Escribo «Berlín, Ámsterdam y Oslo» bien grande al final de la página.

—¡Venga! Empezaré a buscar albergues.

Maddy me dedica una sonrisa y se va a repartir más pedidos. Se detiene un poco más de lo necesario cuando le sirve café a la chica del rincón, pero no alcanzo a oír lo que dicen.

Estoy apuntando otras ideas para la solicitud cuando se ilumina la pantalla del móvil, junto al batido.

Es Jackson, que me pregunta si quiero salir a cenar algún día.

Después del autocine me acompañó a casa —Abbi se había ido a la de Cam—, y descubrí que su madre es artista y lo ha llevado por todo el mundo a visitar algunos de los museos más importantes.

Me muero de ganas de que me cuente más. Sonrío y le respondo que sí.

Maddy vuelve a su puesto al otro lado de la barra.

—¿Era Luke? ¿Qué pasa entre vosotros dos? —pregunta con unos ojos que le brillan de la curiosidad.

Trago con la boca seca, como si tuviera algodón.

—No pasa nada. Era Jackson.

Me mira en silencio, esperando. Aguanto. Maddy suspira.

—Pasó algo en el autocine, antes de que llegara Jackson. ¿Fue solo porque Izzy ha vuelto? Porque no es algo serio, ¿eh? Estuvieron que si sí que si no todo el verano pasado.

—Pues parecía serio —digo con un tono de voz que pretendo que suene despreocupado—.

Y no me importa, de verdad. Luke puede salir con quien le venga en gana.

Solo somos amigos. ¿Le has preguntado cómo se llama?

—Lanzo una miradita hacia la chica del rincón, que ha abierto el portátil y se está echando varios sobres de azúcar en el café.

—Sienna. —Maddy se sopla el flequillo para apartárselo de los ojos—. Y no te me vayas del tema. Entonces, ¿qué? ¿Hablasteis? En plan serio…, o sea, de todo lo que pasó. ¿Y sabe él lo del corazón?

—Serás hipócrita… —Sacudo la cabeza—. Y, a ver, no…, no en detalle. —Me encojo de hombros—. Pero acordamos volver a ser amigos. Lo del corazón se lo contaré pronto, lo juro. Pero estoy bien, y ahora mismo no es importante. —No le cuento lo de ese momento en la oscuridad del autocine.

Maddy esboza una sonrisa ladina.

—Vosotros dos no estáis hechos para ser solo amigos.

—Nadie está «hecho» para nada, Mads. Los dos tomamos una decisión, y la suya fue clara.

Jackson me manda el emoji del pulgar hacia arriba, y le enseño el móvil a Maddy.

—Además, Jackson es nuevo, es majo… y está buenísimo. —Alargo la mano para coger otra patata, pero Maddy me la quita al instante—. ¡Oye!

—Eso, líate con Jackson, haz lo que quieras. Pero sigues evitándolo, ¿a que sí? —dice, señalándome con la patata como si fuera un dedo acusador.

—¿Evitar qué?

—Lo que sientes por Luke.

—No siento nada por Luke.

—¡Mentirosa! —Maddy sube la voz y se oye otro estrépito en la cocina.

La familia del rincón se gira a mirarla con el ceño fruncido.

Sienna también levanta la vista, preocupada, y Maddy se recoge un mechón detrás de la oreja—.

Ups. —Se ríe justo cuando Kris vuelve a gritar desde la cocina que está bien, y luego se inclina hacia mí, bajando la voz—.

Mira, no quise insistir el año pasado, ya sabes por qué, pero, venga, haríais una pareja monísima.

Literalmente, tiene dos trozos de tu corazón.

Dime un inicio de novela romántica más espectacular que ese.

El corazón me da un vuelco a modo de respuesta, y suspiro.

—No quiero hablar de eso, Maddy.

—Pues a lo mejor deberías —responde ella, cortando mis tonterías por lo sano.

—Puede… —reconozco—, pero solo quiero avanzar, no mirar atrás.

—Pero ¿y si lo que dejaste atrás valía la pena? —pregunta. Por suerte, salen más platos por la ventanilla y Maddy me deja sola con mis pensamientos.