El último beso del verano 7. Sera
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7. Sera

CAPÍTULO SIETE

Sera

L levamos un par de semanas en Northport y ya nos hemos instalado en un ritmo particular.

Papá y Abbi se levantan temprano y salen a correr, mientras que yo duermo todo lo que puedo —nunca pasadas las ocho— y luego empiezo a hacer el crucigrama con papá cuando vuelve.

Lo terminamos antes de que cada uno se vaya a hacer lo suyo, aunque mamá, Abbi y yo también hemos disfrutado de algunos días enteros en la playa, juntas.

Ahora que he empezado a trabajar, las cosas cambiarán un poco los lunes, miércoles y viernes.

Los miércoles, papá ha quedado para jugar al golf con otro profesor que pasa el verano en Cabo Cod, así que se ha ofrecido a llevarme al trabajo en coche.

Me deja en el campamento con un chai helado y un sándwich de huevo del Lorell’s después de hacer una paradita para mis analíticas.

—¿Tienes todo lo que necesitas? —me pregunta mientras salgo del coche con mi bolso.

—Sí.

Me aliso la blusa blanca de lino de manga larga que le he sustraído a mamá de su colección de ropa de playa y me recoloco el collar de cuentas.

El primer día, Iris y yo dimos clase juntas y, después de que los niños presentaran sus proyectos sobre las abejas, hicimos manualidades con cuentas.

Ahora tengo una decena de collares enormes y asombrosamente bonitos entre los que elegir.

He etiquetado con esmero cada uno de los que me han regalado para que no se me olvide quién es el dueño de cada creación.

Tengo pensado ponerme uno cada día que dé clase.

—¿Y Abbi te recogerá a las cuatro?

Me resisto a decirle que ya lo hemos hablado tres veces. Aunque llevo medio año estable, cualquier prueba médica o visita a la farmacia incomoda a mi padre.

—Correcto.

—De acuerdo. —Se gira hacia el volante, pero no arranca.

—Estoy bien, papá. Gracias por llevarme. Y cuidado con los swings salvajes del señor Price.

Se ríe, y se le borra la preocupación del rostro.

—Que pases un buen día, Sera.

—Te quiero, papá.

—¡Yo también te quiero! —responde, pone la marcha y se aleja.

Es curioso lo rápido que me he acostumbrado a dar clase.

Ni siquiera estoy nerviosa en mi primer día sola.

Ayuda que los niños de mi grupo sean unos soles.

Y hay unos cuantos que me recuerdan a Luke y a mí: un poco más centrados, un poco más intensos para su edad.

Quiero que sientan lo especial que es este lugar, lo especiales que son ellos mismos.

Quiero que me recuerden, que recuerden este breve tiempo que compartimos.

Y, por el entusiasmo que demuestran, parece que vamos por buen camino.

Llegan con abrazos y un barullo de historias sobre todo lo que ha pasado desde que los vi hace dos días y llenan el taller de energía.

Hoy trabajamos en la mezcla de colores. Los niños reaccionan como si fuera magia cuando creamos el morado, el verde y el naranja.

Les pido que pinten pequeñas escenas utilizando los colores mezclados en piedras planas recogidas en la playa.

El día pasa tan rápido que no tengo tiempo para preguntarme si lo he hecho bien.

De repente, llega la hora de recoger y me encuentro con diez nuevos dibujos que los niños han hecho para mí.

Tres madres me dicen lo mucho que se están divirtiendo sus peques, así que la cosa debe de estar yendo bien.

Abbi me recoge un poco tarde; llega al aparcamiento de tierra con las ventanillas bajadas y uno de los EP de la banda de Cam a todo trapo.

—¿Puedes bajar el volumen, porfa?

Abbi suspira, pero baja el volumen hasta que el coche deja de temblar.

—Cenamos en casa primero, ¿no? —Esta noche es la proyección benéfica anual en el autocine del puerto, y pienso comerme el equivalente a mi peso en chucherías y palomitas, pero antes necesito algo de comida de verdad.

—Sí. Oye, ¿te parece bien que se venga Cam? Le han cancelado el concierto y está de bajón.

—Pues claro. Maddy ya tiene pensado dónde aparcar. Me aseguraré de que quepa uno más. Pero, como empecéis a enrollaros, os echo del coche.

Abbi pone los ojos en blanco, pero se muestra tranquila.

—Es una recaudación de fondos para el puente roto de la playa de Thirds. No nos vamos a enrollar.

—Ya, me lo creeré cuando lo vea —digo. Abbi me mira con ojillos de cordero degollado, fingiendo inocencia.

—¿Va a ir el pijo ese con el que has estado hablando? ¿Cómo se llama? ¿Theodore? ¿Robert? ¿John?

—Jackson —digo.

—Eso he dicho.

—Sí, va a venir.

—Oooh —dice Abbi, poniéndome morritos y haciendo ruiditos de besuqueo.

No le doy el gusto de picarme y cambio la canción por una balada cursi que tengo en su lista.

—Sera, tía… Tienes un gusto musical nefasto. Y, por cierto, ¿qué es ese horror que llevas al cuello?

Finjo un jadeo escandalizado.

—Para tu información, esto lo ha hecho un niño de ocho años con más talento en el meñique que tú en todo tu cuerpo. Y mi gusto musical es excelente. Épico. Inigualable.

—Mira, no reconocerías buena música ni aunque te mordiera en la cara. —Intenta mantener la seriedad, pero veo que está a punto de partirse de risa.

—Ya, y tú en eso eres una experta —replico—. Te mordió en la cara una… —busco algo ingenioso, pero me quedo en blanco—… una máquina fealdizadora .

Abbi estalla en carcajadas.

—¡Eso me ha dolido! —dice entre risas—. ¡Retíralo! —Y me pellizca por las costillas, haciéndome reír todavía más.

—¡Jamás! —grito entre risitas.

Cuando accedemos al camino de entrada de casa, las dos nos estamos riendo tan fuerte que nos duele la tripa.

*

Abbi, siendo como es, se arregla un poco para la noche de cine en la que, según ella, no va a enrollarse con Cam, así que decido esmerarme un poquito yo también.

Me pongo una falda larga blanca, ligera, y una camiseta corta.

Incluso me doy un toquecito de sombra de ojos brillante.

Abbi lleva los rizos sueltos y perfectos, y me ayuda con mi desastre de pelo —medio liso, medio ondulado— haciéndome una trenza de raíz que lo hace parecer mucho más espeso de lo que es.

Para el autocine benéfico, el pueblo despeja el aparcamiento del astillero y proyecta las películas sobre la pared lateral de un enorme garaje.

Si tienes un amarre, puedes verlas desde tu barco.

Antes lo hacíamos así con el padre de Luke, pero, por lo que sé, se mudó cabo arriba y ya casi no se prodiga por aquí.

Me resulta raro, porque era de Northport, igual que Paula, y siempre hacía alarde de «contribuir a su comunidad».

El lugar ya está lleno, así que tenemos que aparcar en Main Street, bastante lejos de la entrada del puerto.

Tomamos el callejón entre la librería y el taller de cerámica y salimos a Harborside, girando a la derecha para seguir a la multitud, que busca sitio delante de los coches.

Abbi localiza a Cam en la carpa de donaciones; ha venido en su motillo.

En cuanto se ven, empiezan los besos, y yo pongo cara de fastidio, pero les doy un minuto antes de carraspear.

— Strike one —canturreo.

—¡Vale! Se acabaron las demostraciones de afecto —me pro­mete.

—Tengo una manta y unos aperitivos por aquí —anuncia Cam, dándole una palmadita a su mochila—, por si queremos sentarnos delante.

—Los amigos de Sera tienen sitio —dice Abbi, acercándose a su chico y enganchándose del brazo.

Le mando un mensaje a Maddy para decirle que ya hemos llegado y me responde que está en la tercera fila de coches.

Mientras serpenteamos entre los vehículos, veo adónde vamos y me da un vuelco el estómago: la camioneta de Luke.

Lo veo sentado junto a Maddy en la parte trasera, charlando con unos chicos del equipo de béisbol.

Todos menos dos se dispersan justo cuando en la pantalla aparece la cuenta atrás de cinco minutos y el aviso de la emisora de radio donde hay que sintonizar el sonido.

—Subid, hay sitio de sobra —dice Maddy, apartando mantas mientras Abbi y Cam se acomodan y los amigos de Luke se suben también. Ella me ayuda a subir, y Luke se mueve un poco de lado, como si fuera a sentarse junto a mí. Por suerte, Maddy se aposenta en ese hueco y él se queda al otro lado.

—Hay más mantas y cosas en la cabina, si las necesitáis —ofrece Luke.

—Estoy bien —respondo.

—Sera es mi mantita —dice Maddy, rodeándome los hombros con los brazos y dándome un buen apretón.

Me río, aliviada de que haya un poco de espacio entre Luke y yo. En ese momento me llega un mensaje de Jackson, justo cuando empieza la película:

Jackson

Llego tarde, pero ya voy!

Intento no pensar en los nervios que se me arremolinan en el estómago, le escribo dónde estamos y guardo el móvil.

No había mirado qué película iban a poner, así que, cuando aparece una pequeña imagen azul de delfines y una voz británica crepita por los altavoces de los coches, suelto un gritito de sorpresa y miro hacia Luke.

Él también me está mirando, con una sonrisa encantada, mientras mueve los labios al compás del diálogo de la película.

«Hasta luego, y gracias por el pescado».

Están poniendo «nuestra» película. Abbi me lanza una miradita sospechosa mientras Luke y yo cantamos toda la canción del principio y nos movemos siguiendo el ritmo, pero es algo inofensivo. Solo somos dos amigos pasándolo bien.

A los diez minutos me muero por picar algo.

—Voy a por algo de comer —digo en voz baja, deslizándome hasta el borde de la parte trasera y saltando al suelo—. ¿Alguien quiere algo?

—Voy contigo —dice Luke, saltando por el lateral y aterrizando a mi lado.

—Palomitas para mí —pide Maddy, sin apartar los ojos de la pantalla, mientras Ford y Arthur discuten.

—Ositos de goma, porfa —dice Abbi, lanzándole a Luke una mirada de reojo y enarcando las cejas hacia mí. Cam le aprieta la rodilla, y ella añade—: Y caramelos mentolados —antes de darle un beso.

Le dedico una sonrisa burlona a mi hermana cuando por fin se separan y articulo con los labios: « strike two ». Ella me saca la lengua, y yo me doy media vuelta dando saltitos, riéndome.