El último beso del verano 6. Sera #2
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6. Sera #2

—¡Y tan en serio! Yo te ayudo a pedirla. ¿En qué has estado trabajando últimamente? ¿En paisajes de acuarela?

—La verdad es que sí. Aunque también he estado experimentando un poco con retratos.

—Me encanta. ¡Enséñamelos!

Saco el móvil y le enseño las obras que he subido a Instagram.

Iris es demasiado amable y admira con asombro el cuadro de Abbi en el que he estado trabajando; aun así, es alentador.

Charlamos un poco más sobre el trabajo que hará en París y sobre lo que hicieron mis compañeros el año pasado mientras la ayudo con otras tareas del taller.

Para cuando terminamos de organizarlo todo, me siento a gusto en el taller y ya tengo claro el plan para la primera semana, cuando me toque sustituir a Iris.

—Piénsate lo de la beca. —Me da un codazo mientras cierra la puerta y me lanza las llaves de repuesto—. Podrías presentar una serie de retratos; solo tienen que seguir un tema concreto.

—Lo haré —le prometo.

Caminamos juntas por el camino hasta la entrada.

Iris se despide de mí donde he aparcado la bici.

Se acerca la hora de cenar, pero aún tengo un rato antes de que me necesiten en casa.

Me giro y saco una foto del silencioso campamento que aguarda la llegada de los estudiantes.

Quiero enviársela a Luke: él entendería lo raro que es ver este lugar tan vacío.

En lugar de eso, la subo a una historia de Insta.

Antes de que pueda guardar el móvil, me llega una notificación.

No es Luke; es Jackson. Le ha dado un «me gusta» a la historia y me ha enviado un pulgar hacia arriba. Ahora veo que está escribiendo.

Jackson

Voy al autocine de Northport el miércoles por la noche. ¿Vienes?

Se me revuelve el estómago. Ayer me salté su partido de voleibol por ir a la playa con Maddy porque no estaba segura de que él estuviera interesado.

Pero entonces recuerdo la forma en que Jack­son esbozó una sonrisa al mirarme y me prometo que estaré abierta a algo nuevo.

Al menos no es confuso. Quiere pasar tiempo conmigo.

Además, está bueno y me apetece volver a verlo. Le respondo antes de que me arrepienta.

Sera

Sí! Allí estaré .

*

Esa noche, con las yemas de los dedos manchadas de pintura, le comento a mi familia lo de la beca. Estamos recogiendo la cocina después de cenar y parece que todos están lo bastante relajados como para tener esta conversación.

—Puedo trabajar en las piezas para la solicitud después del campamento —empiezo—.

E Iris me ha dicho que me puede escribir una carta de recomendación.

Y, en el supuesto de que me acepten, puede que tenga que esperar un poco más antes de solicitar plaza a la universidad, no sé…

, ¿un año más? Así puedo centrarme solo en el arte y en seguir cuidándome.

Siento cómo se miran entre ellos y finjo que no me doy cuenta mientras cojo otro plato mojado de las manos de Abbi y lo seco.

La universidad es importante para mis padres.

Cuando Abbi se tomó un semestre libre el otoño pasado, fue casi un drama familiar.

Y lo de tomarme un año sabático fue idea de la doctora Lee, idea que mi terapeuta y el orientador del instituto respaldaron.

No he sido capaz de encontrar la forma de decirles que la idea de regresar a un aula me da pavor.

A diferencia de otras personas de mi edad, lo más seguro es que en cuatro años no esté buscando un trabajo.

Podría estar preparándome para un trasplante de corazón y toda la incertidumbre y recuperación que conlleva.

No sé cuánto tiempo me queda para hacer lo que quiero, y no quiero malgas­tarlo.

Echo un vistazo a mamá, que está junto a la isla de la cocina. Le da vueltas a la copa de vino, pensativa. Papá está pasando un trapo por la mesa de la cocina. Intercambian una mirada, como diciéndose algo sin palabras.

—Está bien —dice mamá al final—. Me gusta que pienses en tu futuro, Sera. Parece un buen plan para empezar, pero no descartes del todo las solicitudes universitarias, ¿vale?

Papá asiente. Dejo el paño de cocina y les doy un abrazo rápido a los dos. Subo corriendo a mi cuarto antes de que cambien de opinión.

Me dejo caer en la cama con el portátil y busco la beca.

Mientras ojeo las fotos de la casa, el taller y un grupo de artistas pintando en caballetes junto al Sena, siento que algo brota en mi pecho, algo que no tiene nada que ver con mi corazón, ni físico ni emocionalmente.

Esperanza. Propósito. Abro la solicitud, leo los requisitos y apunto la fecha límite para el año que viene: 11 de agosto.

Programo un recordatorio en el móvil para el 1 de agosto.

Nunca he salido del país y me pregunto cómo será París.

Desayunar en cafeterías y hacer pícnics a los pies de la Torre Eiffel para almorzar.

Podría conocer a un chico francés encantador y recorreríamos la ciudad en su moto, beberíamos vino y hablaríamos de arte y libros.

Abro un mapa de la ciudad buscando la galería que mencionó Iris.

Estoy pensando en croissants y pains au chocolat mientras me descargo una aplicación para aprender idiomas, cuando me llega un mensaje de Luke. Borré su contacto hace dos años, pero todavía me sé su número de memoria.

Luke

Hoy he saltado de universo sin ti. No ha sido lo mismo!

Me zumban los oídos y me invade una sensación de emoción y anticipación que creía haber olvidado.

Recuerdo cómo le daba el sol en la cara; prácticamente brillaba.

Recuerdo lo difícil que era apartar la vista de los lugares de su piel que quería tocar.

Dejo el dedo suspendido sobre el mensaje.

Pero entonces me viene a la mente lo que pasó hace dos veranos, y el dolor es tan punzante que me corta la respiración.

Puede que volvamos a ser amigos, pero necesito mantener las distancias.

Cierro el mensaje con rapidez y me centro de nuevo en la página de la beca.

Vuelvo a pasar las fotos, deteniéndome en los artistas de técnicas mixtas que presentaron sus obras el año pasado.

Imagino lo que pintaría yo en París y me pregunto si es de verdad la ciudad de la luz.