6. Sera
CAPÍTULO SEIS
Sera
U n par de días después, pedaleo tres kilómetros al oeste hasta llegar al complejo artístico Abeja Azul, donde he quedado con la señorita Iris.
Northport solía ser un refugio para los artistas.
Por eso, en los setenta unos pocos escultores y artistas de técnica mixta conocidos construyeron el edificio, que se encuentra en un terreno elevado con un acceso propio a la playa.
El camino de acceso te lleva por la antigua granja roja que ahora funciona de oficina, aunque lo más importante es que pasa junto a la Abeja Azul.
Es una escultura metálica de tres metros de alto que representa a una abeja posada en los pétalos de un narciso.
Aunque no está pintada, el metal está trabajado de tal forma que brilla de un azul oscuro dependiendo del tiempo que haga.
Hoy el cielo está despejado y hace frío, pero el sol calienta el metal, por lo que desde la distancia resplandece como el agua del mar hecha cristal.
Cada año nuestra primera tarea consistía en rendir tributo al homónimo del complejo.
Podías pintar, esculpir o reinventar la abeja de la forma que quisieras.
Una vez un chaval hizo una danza interpretativa y se convirtió en una leyenda, así que el listón estaba muy alto.
Durante los meses que no había campamento, Luke y yo nos mandábamos mensajes con ideas de proyectos.
Cuando quedaba solo una semana para ir, no hablábamos hasta que llegaba el día de la presentación para sorprendernos el uno al otro y recibir una opinión sincera de la obra final.
Me detengo a los pies de la escultura y poso la mano en el cálido tallo de la flor, aunque la quito antes de quemarme.
El campamento siempre ha presentado el arte como algo significativo y extraordinario, serio, pero a la vez divertido.
Como mi futuro es algo incierto, lo único que tuve el año pasado fueron mis cuadros, así que estar aquí es como volver a casa.
Aparco la bici junto a la granja y camino hacia el taller de los niños, donde he quedado con la señorita Iris.
Sigo la ruta que pasa por el despacho, la cafetería y el teatro, y me dirijo al primero de los tres graneros que han sido reconvertidos en talleres.
Han podado las pequeñas zonas de hierba que hay entre los edificios, de modo que el aire tiene un aroma verde, intenso y agrio.
Desde aquí no se puede ver el océano por las irregularidades del terreno, pero se distinguen las velas de los barcos pesqueros dispersos en el horizonte.
Un jardinero está esparciendo virutas de mantillo a lo largo de los caminos, así que cruzo el césped, que todavía está mojado por el rocío.
Sigo el camino de siempre hasta el lateral del primer granero, donde las puertas del garaje están abiertas de par en par.
Los graneros son casi idénticos, aunque el de los niños es un poco más pequeño.
La luz entra a raudales desde fuera y por los tragaluces, ilumina el lugar y le da una sensación de amplitud y frescura.
El taller está dividido en secciones, pero no de una manera tan rigurosa que impida que se puedan combinar cuando sea necesario.
Paseo por la sección de pinturas, observando los lienzos disponibles y pensando en la última vez que estuve aquí.
Fue el verano en el que todo cambió. Ese día, Luke y yo nos quedamos solos en el taller cuando el resto se fue a almorzar.
Yo me burlaba por el poco color que había usado, en parte celosa de su talento y en parte porque me gustaba verlo defender su pasión por la escala de grises.
Con un pincel en mano, me acerqué y le manché la mejilla de violeta brillante.
Él agarró su pincel, empapado de pintura negra, y lo apuntó a mi frente.
—Será mejor que corras, Watkins.
Solté un chillido y empecé a correr a toda velocidad por la sala.
Luke me persiguió y me alcanzó con un oscuro pegote negro.
Luego dimos varias vueltas por el taller mientras nos lanzábamos pintura y nos reíamos.
En un momento dado, Luke me agarró por la cintura y los dos caímos al suelo.
Forcejeé por ponerme encima de él, sujetándole las caderas con las mías.
Nuestras miradas se encontraron y, sin previo aviso, dejamos de reírnos.
Él permaneció inmóvil, mirándome fijamente con una sonrisa mientras el rubor se extendía por mis mejillas. Recuerdo haber pensado lo guapo que estaba cuando alzó la mano y jugueteó con las puntas de mi pelo.
—Eres preciosa, Sera.
Y me derretí, cautivada por su voz. Todo mi alrededor dejó de existir y comencé a inclinarme hacia él. Sin embargo, en el momento en que lo hice, la puerta se abrió a nuestras espaldas. La señorita Iris irrumpió en el taller cargada de suministros y nos levantamos con rapidez para ayudarla.
De un parpadeo, alejo el recuerdo y la esperanza que sentí en aquel entonces.
Acaricio con delicadeza las suaves puntas de los pinceles, preguntándome si podría mandar a mi clase pintar sobre conchas recogidas en la playa, cuando oigo unos pasos detrás de mí.
—¿Hola? —pregunto mientras me abro camino entre los caballetes hacia la entrada del granero justo cuando una mujer sale del baño.
—¿Sera?
—¡Señorita Iris! ¡Hola!
La señorita Iris siempre fue mi maestra preferida; la más comprensiva e inspiradora de todas.
La vi en una exposición en Boston en febrero, tras haber leído en el boletín del campamento que iba a exhibir algunas obras.
Era mi primera salida por mi cuenta desde que en enero me consideraron estable, y cuando ella me propuso el trabajo de verano acepté sin dudarlo.
Está igual que siempre, con sus pendientes enormes y sus pantalones de lino combinados con un jersey de punto extragrande.
Lleva el pelo oscuro recogido en un moño alto.
—Ahora solo Iris, que ya eres oficialmente mi compañera de trabajo. —Se abalanza a darme un abrazo rápido y dos besos al aire, uno a cada lado de mi cara. Luego se aparta y hace eso que hacen los adultos: exclamar lo mucho que he crecido y lo guapa que estoy, y yo finjo que no le doy importancia.
—Bueno, ¿por dónde empezamos? —pregunto—. Me interesa mucho aprender a controlar a los peques.
Iris se ríe y veo cómo le brillan los ojos azules.
—Ah, es imposible controlarlos. Ni lo intentes. Estamos aquí para guiar, inspirar y apoyar.
—Cierto —digo tras una pausa—. ¿Y cómo se hace eso?
Vuelve a reírse.
—Simple: mantenlos ocupados. —Hace un ademán para que la siga a la zona de pintura—. Me alegra muchísimo que hayas vuelto. Te echamos de menos el año pasado. Luke también. No fue lo mismo sin vosotros dos aquí armando jaleo —bromea, y me ruborizo.
—Yo también me alegro de volver.
—Ahora estás de año sabático, ¿verdad? —Abre la puerta de uno de los armarios de materiales y la sigo al estrecho y abarrotado interior.
—Sip.
—Te vendrá bien —dice mientras revisa las estanterías en busca de algo—. No hace falta decidir demasiado rápido si no lo tienes claro.
—Exacto —confirmo—. No tengo prisa por volver a clase.
—Creo que serás una profesora estupenda. —Me da una bandeja con botes de pintura vacíos y las respectivas tapas manchadas de colores tras años de uso—. Siempre has sido muy organizada y te encantaba estar aquí, ayudando en los proyectos en grupo.
—Gracias —me limito a contestar mientras apila dos bandejas más encima de la que ya tengo en las manos. Luego coge un par de cubos grandes de pintura y me señala con la barbilla una de las mesas anchas del taller.
Repetimos el proceso hasta que la mesa está llena de bandejas.
Después, vertemos la misma cantidad de color de cada cubo en los botes vacíos.
Cada niño dispondrá de un lote con los colores primarios que guardará en su casillero.
Yo siempre me quedaba sin amarillo primero y Luke siempre me robaba el negro.
Mientras trabajamos, Iris me explica su plan de clases. Parece que tendré bastante libertad para hacer prácticamente lo que quiera con mi grupo de niños de entre siete y nueve años, aunque me da algunos ejemplos de proyectos por los que empezar.
—¿Y de qué se trata la beca que te han dado? —pregunto a la vez que terminamos de poner las tapas a los botes.
—Ay, estoy tan emocionada… —Se sopla un mechón de los ojos y estira la espalda tras dejar el pesado cubo de pintura azul en el suelo—.
Son seis semanas en París. Es un grupo reducido; solo hay cinco artistas más y cada semana uno de nosotros se encargará de dirigir un taller grupal sobre su especialidad mientras trabajamos en nuestros proyectos individuales en nuestro tiempo libre.
Lo financia una galería pequeña y antes de que nos vayamos organizan una exposición.
Es la Galería Jeanne Fontaine. Además, tenemos acceso gratuito a todos los museos de la ciudad, clases de francés si las necesitamos e incluso un curso de cocina que me tiene entusiasmada.
Vivimos en apartamentos dentro de una casa antigua preciosa, con un jardín espectacular, y tenemos los estudios en una cooperativa de artistas, así que también conocemos a creadores de la zona.
—Hace una pausa para coger aire y se lleva una mano a la frente—.
Ay, perdóname, me pongo a hablar y no hay quien me pare.
Parece que incluso a los cincuenta y seis puede una ponerse nerviosa por las cosas que le apasionan —termina con una risita.
—Guau. —Estoy algo aturdida por lo bien que suena la experiencia—. Es una pasada.
—¿Y sabes qué es lo mejor? No te hace falta ningún título para pedirla —comenta—. Reservan algunas plazas para artistas menores de veinticinco años. Deberías solicitarla para el año que viene. Seguro que incluso podrías convalidarla si más tarde entras en la universidad.
—¿En serio? —La idea de marcharme a París en lugar de ir a clases de verano para «ponerme al día» antes de empezar la carrera me parece descabellada.