El último beso del verano 5. Luke #2
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5. Luke #2

Me encojo de hombros. No le he dedicado mucho tiempo al arte desde que mi padre se fue la primavera pasada, y la opción de irme a una escuela fuera del estado, ya no digamos a una escuela de arte fuera del estado, queda descartada por el precio.

Lo de hacer carteles está bien, pero con eso no pago las facturas.

Necesito estar cerca y echar una mano con mis hermanos y en la tienda.

A lo mejor las clases a tiempo parcial pueden convertirse en clases a tiempo completo dentro de algunos años, pero ir a la universidad no es una prioridad ahora mismo.

Sera no insiste, por suerte. Y no quiero seguir con la conversación porque eso significaría hablar de mi padre, cosa que intento evitar. Perdió la oportunidad de enterarse de todo esto.

Seguimos caminando hacia el saliente rocoso y por fin pasamos a tener una conversación más distendida.

Sera me pregunta sobre el béisbol y le cuento los mejores momentos de las últimas temporadas: cuando ganamos el campeonato estatal o la jugada que hicimos mi compañero y yo para cerrarla.

Veo que juega con un mechón de pelo mientras escucha; lo hace siempre que está concentrada.

Si está lo bastante cómoda para ser ella misma, entonces yo también debería estarlo.

Le pregunto si se ha leído la precuela de nuestra saga favorita, Las crónicas del druida del alma , que justo salió en enero, y se le ilumina la cara.

—¡Pues claro! No me puedo creer que uniera las dos líneas temporales así. Siento que tengo que dar marcha atrás y leérmelo todo otra vez.

—Yo ya lo estoy haciendo. Lori me ha pedido libros nuevos.

—¿En serio? Qué envidia. Todos mis libros están en el sótano, y huelen raro.

—Te puedo dejar los míos —le propongo mientras llegamos a la roca—, si quieres.

—Sé dónde vives. —Sonríe, esta vez de verdad, y sus ojos se detienen lo suficiente como para hacer que me pregunte si sigo equivocado. Se da la vuelta y trepa la roca por delante de mí.

La sigo, ayudándome de los puntos de apoyo que tantísimas veces hemos utilizado.

Una vez arriba, vacila un momento antes de ofrecerme una mano para ayudarme a subir.

Acepto su ayuda, contento por el contacto físico, aunque no la necesito.

Caminamos por el borde de la larga roca.

Sera se sienta y balancea las piernas sobre el agua mientras observa cómo el océano golpea las rocas de abajo.

Me siento a su lado y me recuesto. Siento las finas gotitas de agua de las olas que rompen.

La superficie de la roca está caliente y la brisa es fresca.

Apenas son treinta centímetros los que nos separan, pero parecen cargados, algo peligrosos.

Quiero acercarme, pero en lugar de eso cierro los ojos y dejo que el sol me caliente la piel, intentando ignorar los hilillos que me hacen sentir atado a ella.

—Siento lo de tus padres —suelta Sera de repente—. Me lo ha dicho mi madre esta mañana. No lo sabía.

Me quedo petrificado.

—Debería haber respondido a tu mensaje el año pasado, cuando me escribiste. —Carraspea, sin darse cuenta de que lo del año pasado fue solo el acto final—. Tendría que haber estado ahí, a tu lado…, como amiga, ¿sabes?

—Yo también —admito. Las palabras me saben amargas, pero son verdad.

Sera era la primera persona a la que le contaba todo: las chicas que me gustaban, cualquier idea loca que se me ocurría para un proyecto artístico o las bromas que podríamos gastar.

Pero cuando empecé a enamorarme de ella, bueno, no supe decírselo.

Y entonces mis padres empezaron a discutir y pelear, y me encerré en mí mismo.

En cuanto me guardé una cosa, me fue más sencillo ocultar las demás.

—Bueno, ahora estoy aquí. —Se inclina hacia mí y me da un golpecito en el hombro que hace que se me ponga la piel de gallina—. Y estaré aquí todo el verano, así que…, si quieres ponerme al día de todas las mierdas, yo te escucho sin problema.

Suena un pelín insegura. La miro a los ojos y le sostengo la mirada.

—¿De verdad?

—De la buena —contesta—. ¿Amigos?

Me ofrece la mano y, como si no hubiera pasado el tiempo, hacemos nuestro apretón de manos secreto.

Nos lo inventamos cuando teníamos doce años por si teníamos sospechas de que el otro se había intercambiado el cuerpo con alguien.

Apretón de manos, choque de palmas, choque de dorsos y luego juntamos solo la punta de los índices.

—Amigos.

—Podemos cambiar de universo si lo necesitas. —Estira el brazo hacia el brillante océano frente a nosotros.

—Creo que me quedaré en este por ahora. Ha mejorado mucho en las últimas cuarenta y ocho horas.

Me preparo mentalmente para que se aleje, pero no lo hace.

Me mira un segundo con sus ojos ambarinos y me pierdo en su rostro, en sus jugosos labios, en el camino de pecas que le cruza las mejillas como una constelación.

Me recorre un escalofrío por la espalda cuando se sonroja.

Me vuelve a dar un golpecito en el hombro y se apoya en mí. Me apoyo también en ella.

—Es raro estar en Northport y no ir al campamento contigo. Somos tan viejos… —bromea.

—Ya ves, lo echo de menos. También lo eché de menos el año pasado.

—¿No fuiste?

Niego con la cabeza, pero no digo nada más.

No podíamos permitírnoslo después del divorcio: las facturas del abogado eran una locura.

Sin embargo, pude ayudar a mamá y, de todos modos, me habría dolido demasiado ir al campamento sin Sera.

También ayuda que el trabajo en el puerto es físico, cansado y no hay que pensar mucho.

Entre eso, trabajar en la tienda, el béisbol y las chicas que me han facilitado lo de perderme a mí mismo, he tenido de sobra para mantenerme ocupado.

—De hecho, voy a dar clase allí unos días a la semana mientras la señorita Iris está fuera —me comenta.

—Será divertido. —Intento imaginarme a Sera con una bata de profesora y se me escapa la risa—. Pero no se te va a dar nada bien decirles a los niños que no malgasten el material.

Sera se ríe también y el sonido baila a nuestro alrededor.

—¿Y qué harán los del campamento? ¿Cobrarles los materiales?

Son niños. —Sacude la cabeza como si nosotros no lo fuéramos, cosa que puede ser verdad ahora mismo—.

¿Sabías que el taller está abierto para el personal?

Y puedo llevar a una persona más, así que si necesitas materiales o un espacio para dibujar o lo que sea…

—Me evita la mirada. ¿Me está pidiendo que vaya con ella?

—Ah, gracias. —Y lo dejo ahí. Siento que esta conversación es un regalo único, algo que probablemente no se repetirá ni este verano… ni nunca.

Se recuesta y descansa las manos en la tripa.

Tengo la imperante necesidad de inclinarme hacia ella y olerle el cuello, solo para comprobar si sigue oliendo a azúcar de limón y pintura.

En lugar de eso, me levanto e intento eliminar ese pensamiento.

El mar está más tranquilo y la marea casi ha subido por completo con el sol del mediodía.

Camino hacia la parte de atrás del saliente, me quito la camiseta y salto un poco para relajar brazos y piernas.

Luego, para no acobardarme, corro a toda velocidad por la superficie de la roca y salto al agua.

El océano me absorbe, y el frío hachazo del agua me borra cualquier pensamiento.

Emerjo del agua, me quito el pelo de los ojos y veo que Sera se asoma boquiabierta.

Le hago un gesto con la mano para que salte también.

—¡Ni loca! —me grita—. ¡Fijo que está helada!

—¡Está como una sopa! —le contesto, aunque me castañetean los dientes un poco.

Me doy la vuelta y comienzo a nadar hacia la orilla.

Paso por zonas donde el agua está un poco más caliente, pero luego vuelvo a sentir el frío punzante.

Cuando toco la arena, me doy la vuelta y me dejo llevar hasta la orilla flotando como una foca.

Puedo escuchar la risa de Sera y me siento aturdido y emocionado, riéndome con ella.

Me levanto y corro hacia la carpa para buscar mi toalla.

Me detengo cuando veo que se enciende la pantalla del móvil: es Lila, la chica con la que me lie en la hoguera.

Meto rápido el teléfono en la mochila antes de volver a la roca.

Siento que Sera me mira mientras subo y me da algo de vergüenza, pero luego me siento orgulloso: ya no soy el niño flaco con el que creció.

Entre el béisbol y el trabajo he ganado bastante músculo.

Mis amigos siempre me hacen la coña de que ahora estoy bueno, y varias de las chicas con las que he estado parecen pensar lo mismo; sin embargo, hay algo en la forma en que me mira Sera que me hace pensar que es verdad.

Su mirada se clava en la cicatriz que tengo en la ro­dilla.

—Tu turno, Watkins —le digo para distraerla.

—Ni de coña. —Salta e intenta escabullirse para irse, pero alargo un brazo para cortarle el paso mientras me quito el pelo mojado de los ojos y me río cuando grita.

Intenta esquivarme, pero es demasiado lenta y fácil de atrapar.

Da un gritito cuando la envuelvo con los brazos, la levanto con facilidad y la acerco al borde del saliente.

Es fuerte: se tensa contra mis brazos cuando intenta zafarse de mí mientras se ríe.

—¡Estás helado!

La suelto y me alejo un poco con el corazón a mil por hora.

—Te prometo que no está tan fría —le miento—. Te acostumbras. —Se me vuelven a ir los ojos a la cicatriz de su pecho, esa que es igual a la mía—. Creo que a EBE le encantaría.

Le guiño un ojo y me apresuro a saltar antes de que pueda contestarme, volando sobre el océano antes de meterme en el agua. Sigue estando fría, pero ahora ya no es insoportable. Me quedo ahí, flotando, esperando a que me siga, sintiendo que hay algo que pende de un hilo.

—¡Venga, Sera! ¡Si es la tradición del verano!

—Las olas se llevan mis palabras. Me alejo un poco del saliente para que tenga espacio.

Me giro justo a tiempo para verla saltar desde el borde; su silueta se recorta contra el cielo azul.

Cuando sale a la superficie, lanza un grito ensordecedor que se disuelve en una risa ahogada.

Silbo, imitándola, y veo cómo se acerca a mí.

Tiene una gran sonrisa y le brillan los ojos.

Durante un momento nos quedamos flotando, mirándonos el uno al otro.

Quiero nadar hasta ella, envolverle la cintura con los brazos mientras estamos en el agua, pero ya me ha dado la espalda y nada hacia la orilla.