5. Luke
CAPÍTULO CINCO
Luke
A l salir de casa me tropiezo con el monopatín de Oliver, y la culpa de abandonar a mi madre mientras mis hermanos están en modo pelea me empuja a volver a la cocina.
—¿Seguro que estás bien?
Mamá tiene el día libre, ya que la tienda cierra todos los lunes.
Sigue con el albornoz puesto, bebiendo sorbitos de café de su taza favorita.
Tiene un ojo en el libro que está leyendo y otro en la puerta que da al jardín de atrás, donde se entretienen mis hermanos, un destello de piel bronceada y bañadores fosforito.
—Sí. Estoy dejando que descarguen algo de energía y luego me los llevo a la pista de skate . Disfruta de tu día libre. Ve a la playa. Diviértete. —Dice esto último como si yo no entendiera el significado.
Suspiro con fingida derrota solo para hacerla sonreír, pero la verdad es que estoy algo desanimado.
Las dos últimas semanas se me han hecho muy pesadas.
No pensé que fuera a echar tanto de menos el béisbol, pero no tener ese desahogo físico ni las clases hace que esté todo el rato pensando en mis cosas.
Es imposible no pensar en las facturas de casa o de la tienda, ni en los pagos del centro de estudios superiores, ni en las reparaciones que necesita el coche de mamá.
Y ahora Sera ha vuelto y sigue enfadada por algún estúpido motivo que nunca me ha llegado a explicar.
No dejo de pensar en cómo me miraba anoche, como si no nos conociéramos de nada.
A una parte de mí le gustaría trabajar hoy en el puerto o diseñar un póster para alguna actividad que se haga en el pueblo y así despejar la mente, pero me tendré que conformar con ir a la playa.
Dejo el coche en la entrada y camino por Beach Rose Lane hasta el carril bici, donde piso con cuidado por el suelo arenoso.
Bajo la velocidad mientras me acerco a Northport Beach.
La niebla se ha despejado y ha salido el sol.
El sitio se llenará de lugareños que llegan a la playa antes de que aparezcan los veraneantes y se adueñen de todo.
Me cambio de lado la mochila en la que he metido una toalla y un libro de bolsillo bastante machacado.
La verdad es que no quiero encontrarme con mis amigos.
A plena luz del día sería demasiado real; terminar el instituto, que todos se vayan a la universidad o en busca de nuevas aventuras…
y yo aquí. «Porque quiero», me recuerdo.
Aun así, decido cambiar de rumbo cuando veo a unos metros un claro en el bosque marcado por una cinta roja descolorida en un pequeño árbol.
Me abro paso entre los árboles para llegar al camino casi invisible; hace mucho que no lo han podado.
No me he pasado mucho por aquí en los últimos dos años.
Robles jóvenes, hojas de sasafrás y helechos me rozan brazos y piernas mientras me dirijo al mar.
El sonido del agua se hace más notable a medida que me voy acercando y aleja a la vez la tensión y la preocupación de mi pecho.
Diez minutos después, se abre el camino y veo mi lugar favorito de Northport: la Playa del Fin del Universo.
El tramo de arena ocupa un poco más que nuestra casa; linda con un bosque descuidado por el oeste y con un enorme saliente rocoso por el este.
La roca del final de la playa sobresale tanto que, si te pegas una buena carrera, puedes saltar sin problema al agua.
Sera y yo la descubrimos cuando teníamos diez años, justo después de obsesionarnos con las novelas de Guía del autoestopista galáctico.
Era el escondite perfecto, con normas sencillas: «No te olvides la toalla» y «Que no cunda el pánico».
Nos pasábamos horas en esa playa, haciendo como que viajábamos en el tiempo, inventándonos nuestras propias historias de ciencia ficción e ignorando el mundo real, donde nos miraban raro por nuestros queloides o donde se reían de nosotros por estar siempre juntos.
Pero éramos los más felices del mundo cuando estábamos los dos, sin hermanas mayores mandonas ni hermanos pequeños petardos.
Cuando estábamos en nuestra playa, solo nos preocupábamos de ser más listos que los alienígenas que podrían venir y secuestrarnos para estudiarnos y torturarnos; y nunca nos atraparon porque se nos daba demasiado bien viajar entre universos como para pillarnos desprevenidos.
Para viajar entre universos, teníamos que correr a toda velocidad hasta el final de la roca-nave espacial, saltar lo más lejos posible y gritar un número antes de tocar el agua.
Si el número coincidía con el tiempo que tardábamos en nadar hasta la orilla, entonces habíamos acertado y ya no estábamos en la Tierra.
No podía pasarnos nada grave. Aquí estábamos a salvo.
Tendría que haberme olido que no sería el único en venir a buscar seguridad.
Sera ya está aquí. Se ha montado una pequeña carpa de playa en la parte oeste, cerca del bosque, y está a medio camino de la roca-nave espacial mirando hacia el suelo, buscando algún tesoro.
Como nadie viene nunca a esta playa, es el mejor sitio para encontrar cristales marinos únicos y conchas intactas.
Técnicamente, yo he venido a buscar algunos cantos, ya que dejé el trabajo final de arte sin terminar y me mosquea no haberlo acabado, aunque el profesor haya hecho la vista gorda.
Podría irme. Sera no me ha visto todavía.
En Northport Beach también hay muchas piedras.
Sin embargo, hace mucho que no la veo y echo de menos pasar tiempo con ella.
Sera se agacha y el viento le levanta la camisola, lo que deja ver un pedazo de su bikini negro.
La miro mientras se incorpora y el pelo le acaricia la espalda.
Mi corazón se salta varios latidos. «Han pasado dos años.
No te quiere, idiota», me digo antes de que se me acumule la tristeza en el corazón.
Debe de notar que estoy ahí, porque se da la vuelta de repente y me mira con sus ojos color ámbar.
Me pregunto si me pedirá que me largue y me empiezan a temblar las manos.
Entonces levanta la mano que tiene libre y me saluda.
Es como una tregua. Me lo tomo como una invitación para acercarme y me quito los zapatos junto a su tienda, donde dejo también el móvil, el libro y la toalla.
Intento no mirarla muy fijamente mientras se acerca a mí.
Deja en la arena una pila de conchas, se quita la camisola, se pone de pie y estira la espalda.
Me obligo a mantener la vista en la orilla.
—Buenas —dice en voz baja, pero con menos desprecio que ayer—. ¿Qué tal?
—Necesitaba salir un poco de casa —digo con una mueca—. Mis hermanos estaban en plena recreación de Super Smash Bros. Melee.
—Uf. —Sera curva los labios en una sonrisa que se esfuma al instante. Pagaría el sueldo de un mes para volver a verla—. Suena peligroso.
—Ya ves. La última vez que me arrearon tan fuerte con un churro de piscina tenía diez años.
Sera se ríe, y parece que una pizca de la incomodidad de anoche se ha desvanecido.
Si todo fuera como antes, podría darle un abrazo o jugar con su larga melena castaña, que empieza a enredarse con el viento.
Si todo fuera como antes, me pediría que le hiciera una trenza de raíz —se me dan muy bien los nudos gracias a mis curros en el puerto— y ella se pondría a leer alguno de los libros que tomó prestados de la biblioteca o me contaría la última locura divertida y exasperante que habría hecho Abbi.
Lo echo de menos. La echo de menos a ella.
Estoy dispuesto a olvidar esa terrible noche que sigo sin entender si ella también está dispuesta.
Intento que se me ocurra algo normal que decir.
—Espero que no te hayas llevado todas las piedras buenas. Quería recoger algunas para terminar mi proyecto final de arte.
—¿No han acabado ya las clases? —pregunta Sera con sorna.
Hacemos contacto visual y me encojo de hombros.
—Sí, pero me repatea dejar las cosas sin terminar.
—Veo que se le tensan los hombros cuando vuelve a la orilla.
Pasamos de la playa pedregosa al agua los dos a la vez—.
Simplemente no estaba acabado —me apresuro a decir.
Tengo que relajarme. Fuimos mejores amigos durante años.
Deberíamos ser capaces de tener una conversación normal aunque ya no lo seamos.
Sera carraspea.
—Me alegro de que sigas creando arte, aunque ahora también seas la estrella del equipo —dice con voz nerviosa, en tono de broma, como si no supiera muy bien cómo me lo voy a tomar.
Siento que se me relajan los hombros. En parte me alegra saber que ambos nos sentimos un poco fuera de lugar.
—Bueno, no le chives a nadie que hago cosas de críos —bromeo yo también, agachándome para recoger algunas piedras planas.
Después de dar unos cuantos pasos me doy cuenta de que no está a mi lado.
Me giro hacia ella. Parece molesta. ¿Por qué no dejo de cagarla?
—. Eh, que no lo decía en serio. —Me acerco a ella y le doy un empujoncito en el hombro, arriesgándome a hacer un gesto casi normal—.
Es que tienes mucho más talento del que yo tendré nunca.
Esto es…, no sé, como un pasatiempo para mí.
Sera asiente, pero no me mira a los ojos.
—Talento. Ya.
A plena luz del día y así de cerca veo lo mucho que ha cambiado en estos dos años.
Es un poco más alta y está un poco más delgada, pero también más definida, con más curvas en lugares nuevos.
Intento por todos los medios no mirarle el pecho, aun cuando el queloide de entre sus senos me invita a ello.
Tiene una serie de pecas que dibujan una línea hacia su vientre, pero detengo mi mirada ahí, aunque mi cuerpo no pille el mensaje.
—Tú también tienes talento. —Su voz es tan suave que escuece—. Vi los dibujos en el escaparate de la tienda. ¿Qué pasó con la New School? ¿No presentaste la solicitud?