4. Sera
CAPÍTULO CUATRO
Sera
A unque soy de las que madrugan, duermo hasta que la alarma suena a las nueve.
La apago y dedico unos minutos a navegar por Instagram.
Jackson me mandó una solicitud de seguimiento anoche y ya le ha dado me gusta a un par de cuadros que tengo publicados.
Lo sigo yo también y le cotilleo el perfil.
Juega al lacrosse y parece que va a ir a Harvard.
Trato de no dar me gusta a nada, pero miro sus historias, en las que se ve que ya ha salido a navegar en velero esta mañana vestido con una impecable camisa blanca y unas gafas de sol de aspecto caro que harían que a Abbi se le cayera la baba.
Nunca he practicado vela, aunque sí que he hecho incursiones en el mar con Luke y su padre.
La brisa empuja las cortinas transparentes hacia el interior de la habitación.
Una capa de niebla oculta las copas de los árboles, y espero que se despeje antes de que Maddy y yo vayamos a la playa dentro de un rato.
Vuelvo a prestarle atención al teléfono y le doy me gusta a un vídeo en cámara rápida de une artista que conocí en una galería de Boston hace unos meses.
Su trabajo me motivó a empezar a pintar retratos, ya que siempre me han gustado los paisajes, y tomo nota de que expondrá algunas de sus obras en Provincetown este verano.
De repente me entra antojo de tortitas. Me pongo unas mallas y una de las sudaderas anchas y viejas de cuando mamá estudiaba Derecho. Bajo descalza por las escaleras secretas hasta la cocina pisando muy ligeramente los escalones para que no crujan demasiado, pues no sé si alguien seguirá durmiendo.
La cocina forma parte de la casa original, así que el techo es un poco bajo, pero es acogedora y familiar. Saco la pesada plancha de hierro guardada bajo los fuegos y la pongo a calentar. Luego cojo la masa de tortitas de la despensa y miro en el congelador para ver si mamá trajo arándanos ayer.
—Premio. —Saco la gigantesca bolsa y, mientras me dispongo a esparcir la primera cucharada de masa en la plancha con extra de mantequilla, mamá entra en la cocina—.
Buenos días —saludo por encima del hombro mientras ella se pelea con la cafetera y yo echo arándanos congelados en las tortitas hasta que me quedo satisfecha con la cantidad que tiene cada una—. ¿Papá también se ha quedado dormido?
—Qué va. Ha salido a correr. —Pone el café a calentar y se acerca para echar un vistazo a lo que hago—. ¿Crees que son suficientes arándanos? —bromea mientras echo otro puñado.
—Nunca son suficientes. —Me río, y ella está de acuerdo conmigo.
Le suena el móvil.
—Vaya, tienes una llamada con la doctora Lee a las diez —me recuerda mientras observa cómo saco beicon de pavo del paquete y lo estiro en una sartén fría, tal y como me enseñó Maddy.
—Sip, ya lo sé. Solo es un control. —Ahora que tengo dieciocho, mis padres no necesitan estar enterados de mis citas, pero se siguen poniendo recordatorios en el calendario.
—¿Y te encuentras bien?
—Sí. —Me mira durante lo que se me antoja un minuto, como si quisiera pillarme en una mentira—. En serio, mamá, me encuentro genial. Incluso después de beber tanta cerveza anoche —bromeo.
Me mira con los ojos entrecerrados y luego resopla, sabiendo que no me atrevería. El café ya está listo y le lleno la taza.
Me da un golpecito en la mano en señal de agradecimiento y se sumerge en su rutina matutina de café y periódico.
Abbi aparece vestida con un pijama de dos piezas mientras dejo la segunda tanda de tortitas en el horno para mantenerlas calientes.
Coge una taza y se sirve algo de café, le pido que me ponga uno a mí también.
—¿A qué hora es tu cita con la doctora Lee? ¿Y no deberías ceñirte al té? —me pregunta, mientras retiene mi taza de Black Dog como rehén.
—Es a las diez, y no hay ningún problema con que tome un poco de café.
Le quito la taza y me la lleno hasta la mitad. Puede que Abbi volviera a la universidad en primavera, pero a veces sigue comportándose así, preocupándose por nada. No quiero que vuelva a esa versión de sí misma en la que mi salud es el centro de su vida. Ahora mismo quiero que disfrutemos todos.
—Vale, vale. Lo siento —se disculpa. Empieza a poner la mesa mientras acabo la última tanda de tortitas y pongo el beicon sobre el fuego.
Papá es el siguiente en aparecer por la cocina, recién salido de la ducha, y le quita a mamá de las manos las páginas del periódico que le interesan. Coloco las tortitas en el centro de la mesa con un gesto ostentoso.
—Guau, menudo servicio. —Papá se sirve dos y agita la taza hasta que cojo la cafetera y la llevo a la mesa—. Oye, ¿tú no tenías una cita dentro de poco?
—James —le advierte mamá para que deje el tema, aunque ella y Abbi hayan hecho exactamente lo mismo. No puedo evitar reírme. Que nos acostumbremos a que nuestras vidas no giren en torno a mis citas médicas es algo que me encantaría que pasara cuanto antes.
—Sí. —Me meto un trocito caliente en la boca y suspiro con deleite—. La leche, qué buena soy.
—Bueno, siempre puedes trabajar para los Waterse si lo de monitora de campamento no te convence —propone papá.
—No creo que Maddy me deje entrar en la cocina —admito.
—No después de aquella que liaste con las empanadillas dulces en la feria del pueblo hace dos años —añade Abbi.
—No es culpa mía que la sal y el azúcar sean idénticos —me quejo.
Mamá se ríe y le da otro bocado a la tortita.
—Bueno, al menos esta receta te ha salido bien.
—Me va a encantar dar clases —declaro, aunque nunca lo haya hecho antes—. No voy a necesitar otro trabajo.
—¿Y tú qué, Abbi? ¿Ya te has decidido sobre aquella oferta de entrenadora de voleibol? —pregunta papá.
—Sí —responde esta, tras soplar sobre el café solo—. Es muy de última hora, tengo que investigar para el trabajo de la beca y Cam y yo tenemos el viaje a Maine en agosto, así que les he dicho que no.
—Muy bien. Sé joven, no tengas responsabilidades, pero recuerda que el pago del coche es cosa tuya.
—Papá, he ahorrado bastante de lo de las prácticas en el Boston Globe .
—Vale, vale —refunfuña papá, dejando el tema.
Escondo mi sonrisa de Abbi y mamá, sin ser capaz de evitar disfrutar de que a Abbi le echen la bronca, y sigo comiendo hasta dejar el plato limpio.
Cuando acabamos, papá se dispone a recoger y yo llevo el iPad hasta el porche con mosquitero para iniciar sesión en la plataforma médica en línea.
Mientras pulso el enlace de vídeo para conectarme a la cita con la doctora Lee, me percato de un pequeño movimiento a través de los arbustos entre nuestra casa y la de los Tisdale.
Siempre me dio envidia que los padres de Luke no fueran sobreprotectores, ya que mis problemas de salud hicieron que los míos me vigilaran como si fuera de cristal, pero Luke ha estado perfectamente sano desde la operación.
Además, su madre ya tenía a sus dos hermanos pequeños para ir detrás de ellos; dos monstruitos de seis y ocho años la última vez que los vi.
Suena una notificación cuando se conecta la doctora Lee.
—Buenas, Sera.
—Buenas, doctora Lee. ¿Cómo va el lunes?
—De momento bien, gracias. ¿Tú qué tal estás?
Mamá se sienta junto a mí en el sofá de mimbre y Abbi y papá se acercan por detrás. Según aparece en la cámara, solo veo los brazos cruzados de mi padre, pero Abbi se inclina de tal forma que sus rizos me rozan la oreja. Da la sensación de que todos tenemos cardiopatías.
—También bien. Me encuentro de maravilla, de hecho.
—¿Has sentido algún efecto secundario?
—Nop.
—¿Cansancio? ¿Mareos?
—Nada de nada.
—Bien, bien. —La doctora Lee le echa un rápido vistazo a algo sobre el escritorio y luego levanta de nuevo la mirada—.
Los escáneres del jueves pasado muestran que la intervención que hicimos en octubre ha reducido algo más el agrandamiento del músculo del ventrículo izquierdo, así que estoy satisfecha con la mejoría.
La fracción de eyección podría ser mejor, así que me gustaría que te hicieras unos análisis antes del control del próximo mes para ver cómo te sienta la medicación antes de subirla.
El enfermero te va a mandar las ubicaciones de algunos laboratorios a la plataforma para que elijas el que tengas más cerca.
Si los resultados son buenos, puede que no tengamos que volver a vernos hasta diciembre.
—Hace una pausa y mueve los papeles del escritorio—.
Y la organización de trasplantes de órganos nos ha confirmado que sigues en la lista de trasplantes, en el nivel cinco, a menos que tu estado empeore.
Asiento; es lo que esperábamos. Que necesite un corazón nuevo en el futuro me mantiene en la lista de trasplantes, pero hay muchísimas personas que los necesitan antes, como la gente en los niveles entre el uno y el cuatro. No me importa esperar.
—Ah, procura tener el reloj cargado siempre y recuerda llevar puesta la pulsera de identificación médica en todo momento, incluso cuando vayas a nadar.
—Gracias, doctora Lee —interrumpe mamá, sacando la cabeza por la pantalla—. ¿Debería cuidar la dieta?
—Tras seis meses de estabilidad, si te encuentras bien, no veo la necesidad.
Sé que por ahí hay muy buenos helados y pescado frito, así que no te cortes, pero no te excedas con la cafeína y la sal.
Tenemos que estar atentas a tu presión arterial; que esté baja, pero no demasiado.
Con estos resultados, no deberían subirte en la lista de trasplantes hasta dentro de unos años.
Una de las cosas que más me gusta de la doctora Lee es que siempre me habla a mí, aunque no sea yo quien haga la pregunta.
—Gracias, doctora Lee. —La mujer asiente y esboza una pequeña sonrisa. Se asegura de que llegue a todos nosotros, incluso al torso de papá.
—Tengo muchas ganas de ver tu mejoría en el próximo control. Hablamos entonces.
Me desconecto antes de que mamá o Abbi tengan tiempo de lanzarse y añadir algo más.
—¿Todo bien? —les pregunto, esperando a que se opongan a los consejos de la doctora Lee, pero todos asienten.
Papá me da una palmadita en el hombro y comenta que se va a jugar al golf, y Abbi dice que quiere leer y hacer algo de yoga, y sube a su cuarto.
Mamá y yo nos quedamos ahí sentadas un rato mientras miramos cómo se va disipando la niebla del patio.
Le apoyo la cabeza en el hombro, disfrutando de la calma.
—¿Quieres venir a la playa con Maddy y conmigo? —le ofrezco, y la verdad es que no me importaría que dijese que sí. Podría estar bien pasar un rato juntas sin que todo gire en torno a mis citas médicas.
—No, tranquila. No quiero cortarte el rollo y, de todos modos, he quedado con Paula para comer. Tenemos que acabar de organizar la donación de sangre anual, y últimamente ha pasado por un mal momento. No he sido muy buena amiga con todo lo que ha ocurrido… por aquí. No hemos estado muy en contacto.
—¿Te refieres a la señora Tisdale? ¿Qué ha pasado? —Me levanto y miro hacia su jardín. Fijo que los hermanos de Luke están jugando por allí, pero de él no hay ni rastro.
—De hecho, ahora usa su apellido de soltera. Así que cuando la veas llámala solo Paula o señora Nyeman.
Me estremezco al oír ese apellido. Ni siquiera la abuela de Luke se hace llamar Nyeman.
—¿Por qué?
—Vaya, ¿Luke no te lo ha contado? Bueno, tuvieron un divorcio complicado el año pasado. Fue desagradable, también para los niños, creo, y la pobre Paula estuvo a punto de perder la casa.
Mamá era una abogada especialista en divorcios de renombre antes de que yo naciera y lo dejara para ser consultora a tiempo parcial en su antiguo bufete.
Siempre le están suplicando que vuelva, pero ella dice que ya gana suficiente y que trabajar más le partiría el alma, así que no creo que esté exagerando en cuanto a lo complicado del divorcio de Paula.
Me he quedado de piedra; los Tisdale siempre me habían parecido perfectos.
Nunca discutían como lo hacen mis padres a veces y siempre fueron cariñosos el uno con el otro.
Me reconcome la culpa por no haberme enterado, y entonces caigo en la cuenta: por eso debió de escribirme Luke el año pasado, y yo fui demasiado egoísta para darme cuenta de que me necesitaba.
—Un momento, ¿esto fue el año pasado? ¿Lo saben papá y Abbi? —Un ramalazo de rabia en el estómago acompaña a la culpa.
Mamá se toquetea la alianza.
—Sí. Lo siento, cariño. Con tus complicaciones de salud no quería estresarte más. Nos pareció que sería mejor esperar a que te estabilizaras, aunque te lo tendría que haber contado antes de venir. Estaba segura de que Luke te lo habría contado. ¿No te dijo nada?
—No. —Mamá sabe que algo no va bien entre nosotros, pero no ha preguntado y a mí no me apetece contárselo.
—Ah, vaya. Bueno, ahora ya lo sabes. —Mamá suspira—. Con un poco de suerte este verano nos irá mejor a todos, ¿eh?
Asiento y me deja a solas en el porche mientras miro hacia la casa de Luke, esperando que tenga razón. Entonces me suena el teléfono.
Maddy
Lo siento tía no puedo quedar.
La camarera de la tarde está mala
Sera
Nooo! Se suponía que íbamos a pasar UN BUEN RATO
Maddy
Lo sé! Quedamos por la noche?
Sera
OBVIO . Yo te recojo. Siento que tengas que currar!
Maddy
Te veo a las 8 en punto! Siento de antemano si huelo a fritanga
Tiro el móvil al cojín y suelto un quejido.
Estoy inquieta. Quiero hacer algo, pero sin Maddy lo primero que se me pasa por la cabeza es buscar a Luke y preguntarle si quiere meterse en algún follón.
Antes, los días aburridos solíamos organizar juegos de capturar la bandera por el vecindario o ayudábamos a la gente con tareas cotidianas en las que estaban enfrascados, incluso aunque no aportásemos demasiado.
La valla de la casa de los Waterse sigue teniendo tres tonos distintos de blanco si le prestas atención.
Ya no puedo cruzar al jardín de al lado como si no hubiera pasado nada, pero tampoco quiero quedarme encerrada en casa cuando es evidente que va a hacer un tiempo buenísimo.
Me levanto del sofá de un salto y subo a preparar la bolsa para la playa.