El último beso del verano 3. Sera #2
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3. Sera #2

—¿Quién es esa gente? —me quejo, intentando que parezca que no me molesta nada. Maddy le echa un vistazo al grupo.

—El equipo de béisbol. Han arrasado este año. Llegaron al torneo estatal y acabaron ganando. Son como las nuevas estrellas de fútbol.

Antes de que pueda controlarlo, siento una chispa de orgullo.

—¿Northport tiene estrellas de fútbol?

—Auch, touché! —Maddy se levanta y se estira—. Me tengo que ir. Mañana me toca abrir la cafetería. Sigue en pie la playa por la tarde, ¿verdad?

—Por supuesto.

—Genial. ¡Traeré comida!

—¿Algo comestible? —bromeo. Maddy es consciente de que sus inventos no siempre salen bien.

—Trae algo de picar si te preocupa, pero no mucho, que si no herirás mis sentimientos.

—¡Oído, cocina!

Cuando Maddy se ha ido, me disculpo y camino hacia el agua.

Necesito un descanso de escuchar los grandes planes de futuro de todo el mundo.

El mar en Thirds suele estar en calma, y hoy no es una excepción.

Las olas son pequeñas y silenciosas en la orilla.

Dejo las sandalias donde todavía está seco y me acerco al agua con cuidado.

Hoy la luna está llena y brillante y me ilumina el camino.

El agua está helada, pero, tras un par de minutos, se está bien.

Miro a mi alrededor en busca de piedras interesantes y cojo algunas planas y pulidas.

Una me llama la atención: está agrietada y tiene forma de corazón.

Me agacho a cogerla. Cuando me levanto, veo que Luke está caminando hacia mí, cogiendo sus propias piedras.

Se me acelera el pulso, nerviosa, feliz de verlo y molesta al mismo tiempo.

Me meto la piedra en forma de corazón en el bolsillo y le doy la espalda mientras miro de refilón cómo se acerca a mí.

Entreveo la marca del moreno que le empieza a la mitad de los gemelos.

Cualquier otro verano me habría burlado de él sin parar por eso.

Pero ya no es —no somos— así. Cojo una de las piedras planas, echo el brazo hacia atrás y la lanzo al agua.

Da tres saltos de rana antes de hundirse y desaparecer.

—No está mal —dice Luke.

Fuerzo una media sonrisa y me giro para buscar más piedras.

Lanzo dos más, pero ninguna llega muy lejos, y Luke lanza una de las suyas, que da una decena de saltitos hacia la oscuridad y, por lo que sabemos, sigue saltando varios kilómetros más hasta chocar con el casco de un barco.

Es irritante lo impresionante que es. Quiero hablar.

Es como un picor constante en el pecho, una reacción natural al estar cerca de él, pero ni siquiera sé por dónde empezar para que no me deje en el mismo lugar en el que estaba.

Al final, es él quien dice algo antes de que pueda interrumpirle otra vez.

—¿Por qué no me dijiste que venías este verano?

Varias respuestas me dan vueltas por la cabeza: «Porque no quería hablar contigo para nada». «Porque te ibas a enterar de todas formas». «Porque pensé que te gustaba y todavía me da vergüenza y me duele que no sea así».

Me encojo de hombros.

—He estado ocupada.

—Ya. —Suena un pelín enfadado y eso me pone aún más a la defensiva.

—Puedo estar ocupada, ¿no?

—Sí, sí, todos estamos ocupados, Sera. Da igual…, pensaba que…

La voz se le va apagando. ¿Está enfadado conmigo?

El escandaloso grupo de detrás de nosotros empieza a gritar su nombre y Luke se gira y les hace un gesto como para decirles que se esperen un momento.

La voz de una chica que no reconozco se oye por encima de las demás, y juraría que le hace sonrojar.

Pienso en el comentario de Maddy —que Luke nunca va muy en serio con las chicas— y en lo mucho que eso choca con lo que sé de él.

O sabía. Ya no queda casi nada del friki con el que pasaba medio verano en el campamento de arte año tras año.

El chico al que le encantaba ver pelis raras, rebuscar entre la sección de ciencia ficción de la librería y escapar conmigo del mundo real.

El que siempre respondía a mis llamadas de socorro cuando necesitaba alejarme de Abbi.

A quien le he contado mis mayores miedos: que unas langostas me mordisqueen los dedos del pie, que nos falle el corazón otra vez.

Y también mis mayores sueños: que consiga pintar algo tan bonito que la gente siga hablando de ello mucho tiempo después de mi muerte, que pueda viajar a lugares lejanos, donde el mundo sea tan distinto que parezca otro planeta.

—Has cambiado mucho —digo mientras me doy la vuelta para volver a la playa con la esperanza de que se lo tome como la respuesta a su pregunta. Se da la vuelta conmigo, atrapa mi mirada con sus ojos y la sostiene mientras caminamos.

—Han cambiado muchas cosas —me responde algo tenso.

Estoy a punto de preguntarle qué narices significa eso cuando una pelota de voleibol se acerca volando hacia nosotros. Por instinto, me inclino y la golpeo en la dirección de la que venía.

—Perdón, culpa mía. —Un chaval que me suena viene corriendo a cogerla. Luke se pone tenso cuando se acerca—. Un momento…, ¿Sera Watkins?

Me sonrojo, avergonzada por no saber quién es, pero encantada de que me recuerde.

Es mono, aunque va más arreglado de lo que normalmente me atrae.

Se acerca un poco más, con la pelota apoyada en la cadera.

Es alto y sus ojos azules brillan un poco en la oscuridad.

Evito el impulso de mirar hacia Luke y compartir una de nuestras miradas de «Ya están aquí los niños ricos».

—Sí —digo, con un poco más de seguridad de la que siento mientras intento canalizar algo del ADN que comparto con mi hermana—. La única e inigualable.

—Con un pase así, no podía ser nadie más. —Sonríe—. Me llamo Jackson.

—Sera —digo—, pero eso ya lo sabías…

Jackson se ríe.

—Sí, jugaste un partido contra mi insti, el Boston Latin. Hace ya un par de años, pero jugadas así no se olvidan.

—Gracias —respondo con una sonrisa tonta en los labios—. Fue un partido divertido.

De reojo, veo que Luke se ha alejado y ha vuelto a la hoguera. Pone el brazo alrededor de la chica que lo llamaba antes, pero noto que sigue mirándome. Pues que mire. Me centro en Jackson.

—¿Vives en Northport?

—En Harwich Port, pero jugamos algunos partidillos en Dennis, si quieres venirte algún día.

—Ah, guay.

—¿Quieres jugar? —Señala al resto del grupo que lo espera.

Dudo un segundo y vuelvo a mirar a Luke. Sigue con el brazo alrededor de la chica. Solo quedan ellos dos y algunos de su equipo alrededor del fuego. La fiesta ya se está acabando.

—En realidad, me he jubilado —bromeo, y espero que no me haga más preguntas al respecto. Una cosa es hacer pesas, pero, desde mi diagnóstico, jugar al voleibol me aterra.

—Ah, no pasa nada. Pues, no sé, quizá podemos… ¿quedar algún día? —pregunta con esos ojos azules llenos de esperanza.

Y a mí me da un vuelco el corazón.

—Vale —consigo decir—, suena bien.

Le paso mi móvil. Guarda su número, se manda un emoji de un balón de voleibol y me lo devuelve.

—Bueno, Sera Watkins, pues nos vemos pronto. —Sonríe y le aparece un hoyuelo en cada mejilla. Se pasa la mano por el pelo y les echo un buen vistazo a los músculos del brazo. No puedo evitar sentir un cosquilleo mientras vuelvo a la playa para buscar a Abbi. «Algo nuevo», pienso. «Hecho».

Encuentro a Abbi y a Cam acurrucados junto a la primera hoguera, que apenas arde y en la que la madera resplandece con un naranja brillante.

—¿Nos vamos ya? —pregunto mientras saludo a Cam con la mano. El moño le rebota cuando me devuelve el saludo.

—Sí, estoy muerta. —Abbi se gira, le da un pico rápido a Cam y se levanta con gracia de un salto.

—¿No quieres ir a casa de Cam? —le pregunto mientras subimos por la duna.

Sus tíos tienen una casa en Barnstable con un piso encima del garaje que, durante los próximos dos meses, será todo suyo.

Es guay y eso, pero sus padres se han ido a ver a la familia de su madre a Japón este verano, y alucino con que no haya querido ir.

—Esta noche, no —me dice, y enlaza los brazos con los míos—. Hay que dejarlos siempre con ganas de más.

«A menos que seas Luke», pienso. «Entonces las dejas sin más y te vas con otra».

—¿Te lo has pasado bien? ¿Has conseguido tus objetivos? —me pregunta Abbi.

Levanto la vista al cielo, iluminado por la luna y cuajado de estrellas, ahora que las nubes hace rato que se han ido.

Me suena el móvil en el bolsillo en cuanto llegamos a la cresta de la duna y empezamos a bajarla por el otro lado.

Es Jackson, que me saluda y me manda la localización de su partido de voleibol del martes. Sonrío.

—Pues sí. La verdad es que sí.