El último beso del verano 2. Sera
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2. Sera

CAPÍTULO DOS

Sera

A l intentar salir de allí a toda prisa, acabo chocándome con una mujer y sus dos niños, que entran por la puerta.

Me aparto mientras le pido disculpas, pero eso significa que estoy unos pasos más cerca de Luke.

Todavía me está mirando y no tengo escapatoria.

Se levanta y me saluda con un abrazo incómodo.

Al principio solo puedo pensar en su último mensaje, de hace más o menos un año —«Por favor, no me dejes en visto otra vez, Sera, solo necesito hablar con mi mejor amiga»—, pero entonces me percato de lo grande que es y me quedo paralizada, con los brazos a los lados.

Luke y yo siempre hemos sido de la misma altura.

La prueba forra las paredes de nuestras casas, llenas de fotos desde cuando nacimos, débiles y necesitados.

Por eso nuestras familias tienen una relación tan cercana.

A mí me hicieron un trasplante de corazón y a Luke le pusieron, en un procedimiento dominó, las válvulas sanas de mi corazón original, que para lo demás era inservible.

Los periódicos nos adoraban, publicaron fotos de los dos de la manita en la misma cuna posoperatoria y la historia de cómo nuestras familias se vieron unidas por la misma tragedia.

Cuando a Luke le dieron el alta y su familia volvió al cabo, mi madre convenció a mi padre para que alquilara la casa de al lado de la suya.

Nuestras madres se hicieron inseparables a medida que luchábamos por ser unos críos sanos y, después, unos terremotos.

A mi familia le gustaba tanto Northport y le caían tan bien los Tisdale que nos habríamos mudado aquí definitivamente, pero papá no podía dejar de dar clase en Emerson, así que nos instalábamos aquí por temporadas.

Mis padres compraron la casa y veníamos siempre que podíamos: los fines de semana, la mayoría de las vacaciones y puentes y, por supuesto, todo el verano.

Northport es donde mejor nos sentimos y los Tisdale siempre formaron parte de eso.

Siempre andábamos juntos haciendo barbacoas en familia y paseos en bici a la playa.

Pasábamos días enteros en el barco del padre de Luke y las tardes alrededor del fuego.

Todo era perfecto… hasta que dejó de serlo.

Porque, de repente, hace dos veranos, empecé a ver a Luke de otra manera.

Me pasaba todo el tiempo pensando en cómo sería besarlo, preguntándome si se le daría mejor que a mi exnovio, Ethan, que nunca me hizo sentir mariposas en el estómago con tanta intensidad como Luke.

Cada vez que Luke me cogía la mano para que le hiciera caso o se inclinaba sobre mí para señalar algo que le gustaba del cuadro que estuviera pintando, se me erizaba la piel, electrizada.

Yo ansiaba esos momentos de contacto. Empecé a contar cuántas veces nos encontrábamos con la mirada entre la gente.

El estómago me daba un vuelco cada vez que lo hacía reír.

Parecía que de un momento a otro nos sorprendería un «y entonces…

». Igual no era nada. Quizá la forma en que me miraba cuando estábamos solos, como si pensara que merecía la pena besarme, aunque se pudiera echar a perder nuestra amistad…

, estaba solo en mi cabeza. Aun así, yo habría estado dispuesta a arriesgarme.

«Pero él no sentía lo mismo que yo», me recuerdo a mí misma. Por suerte, ya lo he superado. «Lo he superado. Lo he superado», me repito para pasar el trago del abrazo.

Su olor me es familiar, a crema solar y agua salada, pero también a algo nuevo y ligeramente especiado que no acabo de identificar.

El contacto es demasiado repentino, así que no me da tiempo de levantar los brazos; solo me abraza un instante y se aparta de mí como si estuviera enferma.

Bueno, lo estoy, pero lo que tengo no es contagioso.

El calor de su cuerpo se queda en el mío, el eco de su roce me provoca con el hecho asombroso de que no solo está más «mono» que hace dos años; ahora está «bueno».

Ahora es más alto que yo, que ya es decir, porque con mi metro setenta y ocho no suelo tener que levantar la cabeza para mirar a mucha gente a la cara.

La última vez que estuvimos aquí era tan alta como él.

Eso hacía difícil no quedarme mirando sus labios arqueados, su pelo castaño ondulado y su suave piel morena.

Sacudo la cabeza levemente para deshacerme de ese pensamiento.

Me obligo a mirarlo a los ojos y por fin consigo emitir un chirriante «ey», o un «eh», o un «hola». No estoy segura. No me oigo con la sangre que me late en los oídos.

—¡Ey! —dice Luke, volviendo a meter las manos en el bolsillo delantero de su sudadera granate con capucha—. Dichosos los ojos…

—Sí —consigo decir, e intento sonreír—. Me alegro de verte.

Levanta las dos cejas, retándome, y me encojo de hombros; me ha pillado. No es una alegría verlo, precisamente. Es complicado. Luke sí que me buscó el año pasado, me pidió que habláramos, que retomáramos muestra amistad. Pero, después de lo que pasó y con todo lo de mi salud, no me vi capaz.

—Me voy —murmuro, dándome la vuelta para salir, y siento que mi propósito de vivir cada momento a tope se desvanece. Ahora mismo me vendría bien un buen baño de autocompasión.

—¿No quieres un muffin de arándanos? —Luke me sorprende haciendo un gesto hacia el mostrador en medio de mi pobre intento de acabar la conversación.

Pues claro que quiero un muffin . Lo que no quiero es seguir aquí con él y con la sensación amarga de lo que yo creía que era una herida ya curada.

Antes de contestar, me quedo mirando el logo de su sudadera un instante.

Es la mascota del instituto de Northport, un águila pescadora, pero con un bate de béisbol en las garras en lugar del típico pez, y por fin sumo dos más dos.

Me pregunto si ahora le ha dado por el deporte y no solo se sienta en el banquillo para contentar a su padre.

Seguramente es popular y le cae bien a todo el mundo y no tiene ninguna preocupación, aparte de qué beca aceptar y qué fiestas de despedida honrar con su presencia.

Tiene pinta de que la última vez que le dieron malas noticias era un niño de teta.

—¿No son tus favoritos? —añade mientras me mira con una breve sonrisa que parte el alma, pero que no se refleja en sus ojos verde oscuro.

—El único dulce que merece la pena en todo el cabo —digo, tratando de recuperar la normalidad.

Esta también es mi ciudad. Puedo ser normal.

Me recompongo y, por alguna razón, se queda junto a mí.

Pido todo lo rápido que puedo: seis muffins , un brebaje de café azucarado con hielo para Abbi, café solo para mis padres y Maddy, pedido por ella específicamente, y un chai latte para mí.

Me obligo a hacer como que todo va bien.

Leo la carta escrita a mano en la pizarra una y otra vez mientras me tiembla el pie.

No puedo estarme quieta. Jugueteo con la pulsera de mi reloj inteligente, dando gracias porque la pulsera de identificación médica queda debajo.

Luego toqueteo las cuentas de mi pulsera, EBE , la que me hizo cuando teníamos diez años.

Solo me la he quitado una vez desde entonces, hace dos años, en mi último torneo de voleibol, justo antes de que mi vida implosionara. Me tiro de la manga.

Como todavía no me deja en paz, me alejo un paso y me vuelvo hacia él para darme un poco de espacio.

—¿Y qué? ¿Cómo vas? —Me parece maleducado no preguntarle lo básico.

—Bien. —Me sorprende esa respuesta tan corta cuando está claro que tiene ganas de charlar —. ¿Y tú?

—Bien.

Yo también puedo jugar a ese juego.

—¿Te vas a quedar todo el verano?

—Ese es el plan.

—¿Vas a…? —La cajera lo interrumpe al darme una bolsa rosa de papel.

—Tengo que irme. —Cojo una de las bebidas sin mirarlo a la cara ni su expresión entre dolida y desconcertada que me está acelerando el corazón.

Pero, en realidad, no he pensado bien todo este asunto. No puedo llevarlo todo yo sola. Dejo la bolsa en la barra. Siento que Luke está esperando que le pida ayuda. No, gracias. Por suerte, alguien me llama.

—¡Sera! —Maddy viene a toda prisa y me da un abrazo de esos que te parten las costillas.

—¡Maddy! ¡Has venido! —exclamo mientras me cambia el humor al instante y la abrazo yo también.

—Pues claro. Me has invitado a café antes del trabajo.

Eres un amor. —La familia de Maddy lleva el Waterviews.

Es, básicamente, el típico restaurante cafetería norteamericano, pero, como la madre de Maddy es brasileña, también tienen algunos platos su-damericanos.

Para mí es el mejor restaurante de la ciudad.

—¿Quieres ir al Frappie’s después del curro?

—Cerraron —dice Maddy haciendo pucheros.

—¿En serio? Tenían el mejor helado de todo el cabo.

—Ya encontraremos un nuevo sitio favorito —continúa Maddy mientras se recoloca las enormes gafas de montura metálica—. Pero no puedo salir esta noche. Tengo que cuidar a Marisa —rezonga.

—Tenemos todo el verano —le recuerdo.

—¡Sí, es verdad! —canturrea, y yo me río, aliviada por lo fácil que es ser yo misma otra vez cuando estoy con ella. Maddy coge su café y se vuelve hacia Luke.

—Ey. ¿Hoy estás en el puerto o en la tienda? —le pregunta.

—En el puerto —responde sin quitarme ojo de encima.

—Genial. Recuérdale a Georgie que te deje libre mañana por la noche.

Luke sonríe y comenta que ya se lo recordó. Maddy sonríe y yo siento una ligera punzada al ver lo bien que se entienden.

Maddy se gira de nuevo hacia mí.

—Mañana también trabajo, pero nos pondremos al día en la hoguera. Vas a venir, ¿no?

—¿A la playa de Thirds? Sí —confirmo—. No me lo perdería por nada.

—¿Tú vienes a la hoguera? —Luke gira sobre sus pies y a Maddy se le da fatal esconder la sonrisa que se le escapa al mirarnos.

Ella y Luke son amigos desde la guardería, y Maddy ha estado intentando convencerme de que arregle nuestra amistad para no estar en medio, pero yo no he cambiado de parecer.

—Claro, en el fondo Sera es una más de aquí. No podríamos hacer la hoguera de despedida del insti sin ella.

Luke se queda callado. Está claro que no soy bien recibida.

—A menos que, por alguna razón, no se me permita ir —digo en plan pique, aunque no entiendo por qué hace como si el dolido fuera él.

Luke se pone colorado y tartamudea que por supuesto que puedo ir.

—Es que creía que las cosas de Northport ya no te importaban.

—Cómo no me van a importar —contesto a la defensiva.

—Bueno, yo me voy ya —salta Maddy antes de que nos metamos en harina—. Ya te ayudo con esto. —Coge una bandeja para bebidas de una pila que no había visto y la llena.

—Gracias. Abbi está en la librería —digo, cogiendo la bolsa otra vez y dirigiéndome hacia la puerta.

—Adiós, Luke —se despide Maddy mientras sale delante de mí.

Lo miro rápidamente; no sé bien qué más decir.

Luke sigue ahí de pie, mirándome con fijeza un instante hasta que, por fin, vuelve a su mesa, donde un libro de bolsillo que me suena bastante, con el lomo hacia arriba, lo espera con una batalla que ambos nos sabemos de pe a pa.

Maddy me mira como preguntándome si estoy bien y yo me encojo de hombros antes de salir a la calle.

Nos encontramos a Abbi fuera de la librería dándole un beso volador a Cam en una videollamada por FaceTime. Salta al rescate para coger las bebidas que lleva Maddy y esta nos grita un adiós a las dos y se va corriendo a su coche.

—No quería empezar así el verano —le digo, caminando deprisa de vuelta a casa.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Abbi—. ¡Espera, que tus piernas son más largas que las mías!

Reduzco la velocidad lo justo para que me alcance.

—Luke —contesto dando un sorbito tranquilizador a mi té.

Pillo a Abbi sonriendo.

—Creía que estabas «bien», que lo habías superado, ¿no?

—Bueno. Sí —admito, a la vez que me digo a mí misma que, en realidad, nunca llegó a pasar nada, así que no hay nada de lo que seguir colgada. Se hace un breve silencio mientras nos regodeamos pensando que «no lo he superado ni de lejos».

—Igual conoces a alguien. Cam viene mañana con unos amigos.

—No pienso salir con ningún amigo de Cam. —Qué horror—. No soy ninguna grupi.

—Pues serías una grupi la mar de cuqui —dice dándome un empujón de cadera.

Me tambaleo; sigo pensando en lo de la cafetería. Abbi me toma la mano y me obliga a parar.

—Oye —dice, y tira de mí para que la mire a la cara—, tarde o temprano te lo tenías que encontrar.

Suspiro.

—Ya lo sé, pero ¿tenía que ser nada más llegar?

—Igual es mejor así —replica mientras me acaricia el pelo y me lo echa hacia la espalda—. Ya está. Se acabó. Este verano va de pasarlo bien. No permitas que ningún cuelgue tonto del pasado lo eche a perder.

La miro a sus calmados ojos azules.

—Tienes razón —coincido.

Me pasa un brazo por encima de los hombros.

—Yo siempre tengo razón —declara, y me río.

«Pasarlo bien, ¿eh?», pienso. Para eso es este verano. Basta de estar tristona. Voy a vivir cada minuto de cada día a tope. Puedo hacerlo.