1. Sera #2
Abbi se encoge de hombros —la ha pillado—, y yo me burlo con una sonrisilla antes de salir corriendo hacia el rincón junto a la nevera.
Escondida tras lo que parece un armario diminuto, hay una escalera que lleva a mi cuarto, en la parte vieja de la casa.
Mamá y papá añadieron el garaje y su dormitorio encima cuando la compraron, pero las habitaciones de Abbi y la mía están en la planta superior original.
Subo por el estrecho tramo oscuro y piso el primer tablón, que chirría en cuanto entro en mi cuarto.
Abro las tres ventanas, incluida la que da a los rosales junto a la casa de los Tisdale.
Me asomo para ver si están despiertos, pero son las ocho de la mañana y las cortinas azul marino de la habitación frente a la mía siguen echadas.
Distingo un cartel de «¡Enhorabuena, graduados!
» en el jardín, al lado de un par de bicis infantiles y una red de voleibol a medio montar que un gato gris olisquea con recelo, pero no hay movimiento humano.
Siento una oleada de alivio, hasta que veo la vieja camioneta negra de Luke en su camino de entrada.
Está cubierta de rocío, y me recuerdo a mí misma asomada por la ventanilla del copiloto, el viento revolviéndome el pelo, la música a todo trapo, Luke acercándose para susurrarme algo al oído, su aliento erizándome la espalda…
Aparto ese recuerdo de mi mente y dejo caer la mochila en el banco de la ventana. Me dirijo al armario a por unas sábanas, pero Abbi me intercepta en el pasillo.
—¿Estás? Necesito un café, pero ya. —Se ha quitado la sudadera con capucha de Cam y se ha puesto unos vaqueros negros y un top blanco corto.
Lleva varias joyas, lo único con color aparte de su pelo, y sus gafas de sol descansan sobre sus rizos alisados.
Le ha dado tiempo incluso a ponerse rímel.
Miro mis leggins negros y mi vieja sudadera de la liga de voleibol.
—¿Tengo que cambiarme?
El silencio de Abbi es respuesta suficiente, así que vuelvo a mi habitación y me pongo unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta nueva de manga larga. Siento un leve nudo de ansiedad en el pecho. Procuro no hacerle caso mientras me cepillo el pelo y echo un último vistazo por la ventana.
Abbi aparece en mi puerta y mira mi conjunto con desaprobación.
—Vamos. —Cojo la bolsa de tela y hago como que no me percato de su mirada mientras me abro paso con un empujoncillo.
Me alcanza cuando giro a la izquierda al salir de casa; nos alejamos del océano y nos encaminamos hacia el centro.
Le envío un mensaje rápido a Maddy para decirle que vamos al Lorell’s.
Llamarlo «centro» es un pelín generoso. A diferencia de Brookline, el núcleo de Northport se reduce a una sola calle que no llega ni a medio kilómetro.
Sí, también está la zona que da al puerto, pero muchos de esos locales están abandonados.
Northport no es tan finolis como otras ciudades del cabo.
Hay turistas, claro, pero la población que vive ahí todo el año es un tanto intimidante para los forasteros.
Los lugareños se toman muy en serio el hecho de serlo.
Por suerte, aunque solo pasamos aquí unos meses al año, siempre nos han tratado como a vecinos, supongo que por lo unidos que estamos a los Tisdale.
Me preocupa que nuestros dos años fuera y mi distanciamiento con Luke hayan cambiado las cosas.
Como si me leyera la mente, Abbi se me engancha del brazo cuando giramos hacia la calle principal.
—Es genial estar en casa —dice—. Echaba de menos este olor.
Respiro hondo. El aire denso y salado me calma.
—Yo también.
—Anda, mira —dice Abbi, señalando cuando llegamos a la primera de las tiendas del centro.
En los escaparates de las tiendas ya se exhibe el arte temático del verano.
Reconozco algunos de los nombres de los artistas, tanto de exposiciones en galerías a las que he ido como de chavales con los que estuve de campamento aquí.
La escuela de arte está en mi lista de deseos, aunque la idea de pasar más tiempo estudiando, aunque sea en una escuela de arte, me irrita cual quemadura solar.
Solo quiero avanzar, ver mundo…, vivir. Estoy cansada de perder el tiempo.
Cuando llegamos a Nyeman’s Antiques & Interior Design, aminoro el paso.
Los abuelos de Luke son los propietarios, aunque sus padres se hicieron cargo del negocio hace unos años, y ahora traen todos los artículos de decoración y regalos que los visitantes de Cabo Cod esperan encontrar.
Su madre empezó también a ofrecer servicios de consultoría de diseño de interiores, y supongo que se ha convertido en una parte tan importante del negocio que han puesto un letrero nuevo.
Me alegro por ella, pero me detengo por completo cuando veo el arte que ocupa el escaparate.
La ventana pintada es obra de Luke. En blanco y negro, pulcra y profesional.
Los dos puentes se extienden sobre el canal con el nombre de Nyeman’s escrito con una fuente original y nítida entre ambos.
Me recuerda a las cubiertas falsas de libros que se inventaba cuando nuestra escritora favorita no sacaba nada nuevo.
Luke lleva trabajando por turnos después de clase y los fines de semana desde que teníamos trece años. Ahora mismo podría estar ahí preparándolo todo para abrir. No puedo pasar por delante. Me vería.
—Sera. —Abbi ya ha pasado de largo, pero yo la miro con los ojos muy abiertos para que se calle. Entonces suspira, se pone las gafas de sol en el pelo como si fuera una diadema y mira hacia el interior—. Tranquila. Las luces están apagadas, no está ahí. Es demasiado pronto.
—Es verdad —digo, y la alcanzo.
—¿Todavía no has hablado con él? —pregunta mientras esquivamos a una familia con tres niños pequeños que acaparan la estrecha acera de adoquines.
—No.
—¿Y no crees que deberías?
—¿Por qué?
Abbi suspira y niega con la cabeza, pero no dice nada más. Maddy y ella son las únicas que saben lo que pasó con Luke, y con contarlo una vez ya pasé suficiente vergüenza.
Al llegar a la librería, me quedo mirando el escaparate decorado con las novedades, con la esperanza de ver ciencia ficción de la buena y preguntándome si Lori, la dueña, habrá colocado algún tesoro en la sección de segunda mano de arriba.
—Eh, me llama Cam —dice Abbi, mirando la pantalla del móvil—. ¿Pagas tú lo del Lorell’s?
—Sabes que todavía no he empezado el curro de verano —le contesto, enarcando una ceja.
—Bueno, yo soy una estudiante universitaria sin un duro, así que… te toca. —Y se va directa a una de las mecedoras del porche de la librería.
Pongo los ojos en blanco y me encamino a la pastelería, tres locales más allá.
Por suerte, aún no hay cola. Entro y el olor intenso de café mezclado con bollería me arranca una sonrisa.
Sin embargo, en cuanto zigzagueo entre las mesas hacia el mostrador del fondo, lo veo sentado junto a la ventana y el corazón me da un vuelco, pero metafóricamente.
Luke Tisdale me mira como si un monstruo marino acabara de salir del mar.
Todo ese agobio pensando que estaría en la casa de los vecinos o en la tienda de sus padres…
y resulta que está aquí. Es como si supiera que iba a venir.
Como si hubiera estado esperándome para emboscarme y pedirme cuentas de dónde he estado estos dos años.
Empiezo a sudar y noto tensión en las piernas, como si se prepararan para dar media vuelta y salir corriendo.
Porque es Luke. Mi ex mejor amigo y el chico que, literalmente, tiene dos fragmentos de mi corazón.
«Mierda».