El último beso del verano 1. Sera
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El último beso del verano

El último beso del verano

Por Jessica Felleman

© inepub.com

1. Sera

CAPÍTULO UNO

Sera

H ay un instante en el puente Sagamore en el que el tiempo se detiene.

Desde aquí arriba se divisa el océano más allá del canal.

Lo veo incluso a través de la niebla de la mañana: una franja azul que me promete un buen verano; uno estupendo, quizá.

Llevaba mucho tiempo esperando este momento.

Han sido dos años dolorosos desde que mi familia se mudó a Cabo Cod y se me han hecho eternos.

Toqueteo la pulsera de cuentas que llevo en la muñeca: me recuerda que no debo desperdiciar el tiempo que me queda.

Nací con un defecto cardiaco y me sometí a un trasplante cuando era bebé.

Mi corazón era de una niña llamada Edith B.

Eichman, EBE para abreviar, y hace dos veranos empezó a fallarme.

Sin embargo, desde enero estoy estable y, tras dos años atrapada en Brookline para estar cerca de mi doctora, por fin volvemos a nuestro lugar feliz.

Mientras cruzamos despacio el puente en coche, empujo suavemente a mi hermana para apartarla y hago una foto.

Se la envío a Maddy con un mensaje para quedar a tomar un café antes de que empiece el turno.

Qué ganas tengo de verla. Hemos planificado pasar todo el verano haciendo lo que más nos gusta: ir de compras a tiendas de segunda mano, relajarnos en la playa de North­port, pasear por senderos naturales, zamparnos los dulces que prepara Maddy y buscar obras de arte. Tengo tiempo que recu­perar.

—A mí no me hagas fotos —se queja Abbi, y se tapa los rizos pelirrojos con la capucha de su sudadera extragrande.

Le ha dejado el coche a su novio, Cam, para que vaya a un concierto en Providence, así que ha tenido que levantarse temprano, como el resto de la familia.

—El sol apenas ha salido y encima está nublado —la chincho, sabiendo que anoche salió con sus amigos de Emerson y llegó a las tantas, como casi todas las noches desde que terminaron los finales.

Que consiga mantener una media de sobresaliente con su doble carrera en Comunicación Política y Periodismo, una mención en Estudios Medioambientales y, además, una vida social tan activa es un prodigio genético que yo no he heredado—. ¿Por qué llevas gafas de sol?

—Porque son vintage —dice Abbi en voz baja, casi a modo de advertencia—. No quería arriesgarme a meterlas en una bolsa de tela.

—¿Porque estás cansada? —Fantaseo con la idea de decirle que está resacosa, pero estoy demasiado emocionada como para abrir el melón y empezar una pelea que seguro que acabaría perdiendo.

Llámalo crecimiento emocional. Terminar el instituto debe de haberme conferido un nuevo grado de madurez.

O tal vez sea solo el instinto de supervivencia.

—Mira. —Señalo más allá de su cara y ella me aparta el dedo de un manotazo.

—Es el mar…, menuda cosa. Lo he visto mil veces.

—Abigail —rezongo un poco. Sé que debería ser más amable con ella después de todo lo que ha hecho por mí en el último par de años: se tomó un semestre libre en la universidad el otoño pasado, cuando me operaron, fue mi muleta emocional cuando las cosas se pusieron feas y mis amigos del insti se esfumaron como quien no quiere la cosa.

Sin ella y Maddy, mi segunda mejor amiga —no, mi mejor amiga—, creo que la habría palmado de puro aburrimiento en lugar de por un fallo cardiaco.

Sin voleibol, sin clases, sin campamento de arte, solo un día tras otro pensando «¿Será hoy el día en el que me muera? ».

—Seraaa —se queja Abbi, pero se adivina una sonrisa en su mejilla pecosa, así que sé que no está enfadada conmigo—. No te olvides de pedir un deseo antes de cruzar el puente —me recuerda, y vuelve a hacerse un ovillito—. Que Luke no se haya vuelto más mono, por ejemplo.

—Luke no es tan mono —murmuro.

Abbi suelta una risita por la nariz; me ha calado, aunque tenga los ojos cerrados.

Suspiro, picada, y vuelvo a mirar por la ventana. El habitual color verde negruzco y turbio del canal me oprime el corazón mientras serpentea hacia el sur, doblando una curva y desapareciendo entre la niebla.

He intentado no pensar en Luke, mi antiguo mejor amigo, y Abbi lo sabe.

Hace dos años, cuando volvíamos a casa para ir a Brookline unos días antes de lo previsto, mi deseo en el puente fue que no le ocurriera nada grave a mi corazón.

Está claro que no funcionó. Tras semanas de citas, pruebas y controles continuos, me diagnosticaron una miocardiopatía hipertrófica en fase tres.

Ni siquiera tuve tiempo de pensar en mi atracción por Luke y en lo equivocada que había estado al creer que yo también le gustaba.

No fue hasta semanas más tarde cuando me di cuenta.

Me había rechazado. Y ni siquiera se había preocupado por saber por qué nos habíamos marchado de Cabo Cod tan de improviso.

Después de un año de ensayo y error, me sometí a una pequeña intervención quirúrgica el pasado mes de octubre y, por fin, dimos con un medicamento que me funciona.

Algún día habrá que sustituir a EBE , pero el médico dice que me quedan unos cinco años antes de que mi salud empiece a empeorar.

Ahora me encuentro bien y quiero hacer todo lo que no he podido hacer en los últimos dos años.

Trabajaré de profesora en mi antiguo campamento de arte y mis padres han accedido a que me tome un año sabático para pensar en qué hacer más adelante.

No sé muy bien qué será, pero sé que quiero más.

Más tiempo para divertirme y viajar y para hacer tantas cosas nuevas como pueda antes de necesitar un corazón nuevo y tener que aflojar el ritmo y someterme a esa importante operación.

Tengo mucho en que pensar y no necesito recordar a Luke y lo mal amigo que ha sido, o lo que podría haber habido entre nosotros si yo no lo hubiera malinterpretado todo.

Cuando salimos del puente y volvemos a coger velocidad, juraría que las nubes se disipan.

Por fin hemos dejado atrás el Massachusetts continental durante los próximos tres meses, y el verano nos acoge con los brazos abiertos.

Aquí todo parece más radiante. Los árboles son de un verde más intenso y el aire es más cálido, incluso con este tiempo húmedo y brumoso.

Es como si todo el lugar estuviera celebrando nuestro regreso.

No pienso dejar que Luke me fastidie el verano.

Vuelvo a ponerme los auriculares y elijo la lista de reproducción que Maddy y yo hemos compilado juntas: El maravilloso verano de Sera y Maddy .

*

Y entonces llegamos. Unos conejitos pequeños de pelaje marrón y canela asoman entre la hierba alta sin cortar de la avenida principal. Todos exclamamos al ver el nuevo cruce de cuatro direcciones que han puesto en nuestra esquina y el letrero flamante de Beach Rose Lane , escrito en cursiva.

—Ya era hora —dice papá mientras un grupo de chavales de mi edad pasa a toda velocidad en bici. Llevan cañas de pescar a la espalda, camino del embarcadero. Todos nos saludan con la mano, son de aquí, y nosotros les devolvemos el saludo aunque no los conozcamos.

Nuestra casa de estilo Cabo Cod, de color cedro grisáceo, se alza junto a un imponente rododendro, que era el sitio ideal para jugar al escondite cuando éramos pequeñas.

Una hilera de rosales silvestres a la izquierda hace de separación con la casa de Luke, de fachada azul.

Las ruedas crujen sobre las conchas blancas trituradas de la entrada.

Antes de que el coche se haya detenido del todo, abro la puerta y salgo para abrir el garaje.

En cuanto tecleo el código y la puerta empieza a abrirse con un chirrido metálico, me alejo por el estrecho caminito que rodea el lado derecho de la casa.

Papá ha venido a hacer limpieza y mantenimiento, pero en el jardín trasero se nota cierto aire de abandono.

La hoguera está oxidada y llena de hojas secas, y el columpio doble que cuelga de la pérgola está roto; un lado descansa torcido sobre la arena.

Sin embargo, al fondo del jardín, el viejo parque infantil y la casita del árbol siguen robustos como siempre.

Quedaría genial plasmado en un cuadro; me muero de ganas de sacar las acuarelas.

Abro con esfuerzo la pesada puerta corredera que da a la cocina justo cuando Abbi y mamá entran desde el garaje con la primera tanda de bolsas.

—Os ayudo —digo mientras me quito las zapatillas de una patada y me deslizo a saltitos por el suelo de madera lisa, solo con los calcetines.

Mamá hace un gesto con la mano.

—No, no, anda, ve a instalarte. Sé que te mueres por ver a Maddy.

Deja las bolsas en la mesa del comedor y echa un vistazo a la cocina, toda de madera oscura.

—Estoy contenta de volver —dice, alargando la mano para acariciarme el pelo castaño claro, del mismo color que el suyo. Yo he salido a su familia judía. En cambio, Abbi ha heredado el pelo rojo y las pecas de la familia irlandesa de papá.

—Yo también —respondo con una sonrisa—. Traeremos muffins , lo prometo.

—Dos para mí —pide papá, dejando las bolsas de la compra en el suelo y girándose hacia el sótano—. Voy a abrir el agua.

Mamá le grita desde la cocina que tenga cuidado con las tuberías.

No necesitamos otro incidente como el que se produjo cuando tenía once años y tuvimos que ir a ducharnos a la casa de al lado durante dos semanas.

Quiero evitar a Luke todo lo posible, y tener que usar la ducha de los Tisdale me complicaría el asunto.

Cojo mi mochila de la mesa donde la ha dejado mamá, que me da un manotazo juguetón cuando intento echar mano a una de las maletas.

—Largo de aquí, va. En serio. —Le quita también una caja de las manos a Abbi—. Y tú también, Abbi. Ventilad los cuartos y luego salid un rato. Seguro que te vendrá bien un café, que te veo aletargada.