El último aullido (Lobo 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Confesiones de alcoba

Tras seis horas de trayecto, con un par de breves descansos, llegábamos a Toledo.

El bronco ronquido de la Harley seguía en mi cabeza aunque no estuviera en marcha.

Aquella moto era la preferida de Gunnar, y verlo sobre ella aguijoneaba los sentidos, pues ofrecía una estampa impresionante.

Su largo cabello rubio asomando bajo el casco destacaba sobre la cazadora de cuero negro, llevaba botas de motero, guantes, y sus ojos verdes refulgían a través de la visera con la excitación por dominarla a golpe de octano.

Como un caballo que domar y que poner a prueba en la batalla, donde las riendas estaban en los puños, y el manejo en su propio cuerpo.

La había alquilado en Madrid y, por la soltura con que la manejaba, daba la impresión de pertenecerle desde hacía años. Parecía una extensión de su propio cuerpo, era fiera y hermosa como él, rugía potente, ronroneaba melosa, era ágil y rápida, pero también elegante y dócil.

—¿Hay algo que no sepas manejar?

—Mi angustia cuando no estás cerca.

Se quitó el casco, yo hice lo propio y lo besé.

—Siempre sabes qué decir, y eso es una ventaja para ti.

—También sé qué hacer, excepto ahora.

Nos habíamos detenido en la Puerta del Cambrón, la entrada a la judería, y aquel lugar nos trajo recuerdos a ambos, a pesar de su distinta apariencia, ya que fue remodelada en el siglo XVI.

Ahora era una formidable fortaleza de estilo renacentista, con un gran patio de armas en el centro y rematada por cuatro torres con chapiteles de pizarra, nada que ver con lo que fue.

Saqué mi teléfono del bolsillo y marqué el número de Miguel.

Eran las ocho de la noche, debíamos buscar alojamiento y cenar algo antes de infiltrarnos en el centro de restauración.

—Ya estamos aquí —fue mi saludo cuando descolgó.

—De acuerdo —respondió Miguel—, esperaremos a la medianoche para entrar. Os espero en la entrada de la cuesta. Espero que tengas un plan.

—Lo tengo.

Gunnar alzó las cejas con gesto incrédulo.

—¿No tendrás por casualidad una furgoneta?

—Lo que tengo es una paciencia de santo y una inconsciencia que estoy nominado a tonto del pueblo.

—Bueno, pero te has ganado unas vacaciones gratis a Noruega, cuando quieras, por santo.

—¿Las noruegas son como tu vikingo?

—Parecidas, sí.

Gunnar volvió a poner los ojos en blanco, pero esta vez sus labios se arquearon con diversión.

—En tal caso, y aunque necesite subirme a unos zancos para ligar, acepto que metas un ataúd en mi furgo.

—Las noruegas nunca sabrán el gran sacrificio que harás por ellas —murmuré con sorna.

—Bueno, tengo intención de contárselo a la que me deje.

Reí divertida.

—Allí estaremos.

Colgué y suspiré repasando mentalmente mi plan.

—Estaría bien que me contaras con detalle ese plan tuyo, yo también estoy dispuesto a regalarte unas vacaciones indefinidas a Noruega.

Sonreí y me colgué de su cuello.

—Acepto, le tengo echado el ojo a un vikingo en particular.

Gunnar me alzó por la cintura estrechándome contra su pecho y me besó.

—Y encima te ahorras los zancos —murmuró contra mi boca.

—Vamos, ya sé dónde nos alojaremos.

—¿Dónde?

—En casa de mi madre.

* * *

Cuando nos abrió la puerta el encargado de los apartamentos turísticos Casa de los Mozárabes, me miró reconocedor y esbozó una sonrisa cordial.

Su gesto pícaro se suavizó al reparar en el imponente hombre que iba conmigo.

—Veo que esta vez vienes acompañada de tu señor Jensen.

—Dado que soy propensa a los desmayos, en lugar de sales me he decidido por mi marido.

El hombre rio y se retiró para dejarnos entrar.

Gunnar admiró el patio con la misma sensación de irrealidad que yo, sumido en otro siglo, atrapado por el pasado y los recuerdos.

Se adelantó unos pasos, completamente fascinado por cuanto veía.

—Espero que él no se desmaye, necesitaría una grúa para levantarlo —me susurró Diego mordaz—. Además, arruinaría mi reputación de donjuán.

Lo miré y, en aquel momento, otra pieza encajó en mi esquema mental.

Era como si ambas vidas, pasado y presente, comenzaran a ensamblarse, adquiriendo todo un sentido providencial.

Sonreí con cierta vaguedad, más atenta a la reacción de Gunnar que a aquel hombre.

En aquel momento se había acercado al brocal del aljibe, que, rodeado de varias macetas donde la exuberante aspidistra crecía bajo la luz de la claraboya, vestía de un verde profundo la piedra que tenía de fondo.

Miró hacia arriba, hacia la galería rematada por la balaustrada de punta de diamante, y admiró embebido los aleros aquillados, los alfarjes grabados con decoración heráldica y la exquisita yesería.

Pero en realidad lo que veía eran escenas pasadas, a sus amigos y aquella vida que había transcurrido entre aquellas paredes.

—Necesitaríamos un apartamento para dos, Diego.

Pareció complacido de que recordara su nombre, aunque no era uno que yo pudiera olvidar fácilmente.

Me condujo hacia la recepción y se puso tras el mostrador.

—¿Para una noche?

—Sí, mañana partimos para Madrid.

Gunnar se acercó al mostrador y se apoyó en él.

—Necesitaría un carnet.

Ya revolvía en mi bolso cuando Gunnar me detuvo con un gesto y una sonrisa. Extrajo su cartera y sacó su documento de identificación.

—Mejor a mi nombre, y pagaré al contado.

El hombre asintió con una sonrisa formal y procedió al registro.

Nos ofreció la llave, indicándonos la ubicación de la habitación en el primer piso.

—Veo que nuestro patio ha llamado poderosamente su atención.

—Es una belleza, como toda la ciudad —respondió Gunnar.

—¿Es la primera vez que viene?

—No, estuve aquí hace ya algunos años para llevarme la mejor joya de la ciudad.

Me miró intencionado y el hombre sonrió captando el cumplido que me hacía.

Ascendimos la escalinata y recorrimos la galería hasta la puerta del apartamento.

Ambos nos miramos asombrados. Aquélla fue nuestra alcoba.

—¿No sientes como si el destino nos diera una segunda oportunidad de hacer las cosas bien? —preguntó solemne—. Es como si hubiéramos regresado.

—Bueno, partiendo de que las casualidades no existen y de que el destino al final sabe devolver lo que quita, estoy segura de que podremos restablecer el equilibrio de las cosas.

Gunnar abrió la puerta y nos adentramos en una salita coqueta, con un sofá de piel marrón oscuro, una mesita y una tele. Al fondo, unas puertas de vidrio esmerilado daban paso a una habitación rectangular, con uno de los muros en mampostería, y una bonita cama junto a una ventana.

—Deberías descansar —sugirió—, aún no me explico cómo te tienes en pie, yo estoy molido.

Se quitó la cazadora y la camisa, quedando sólo con una camiseta blanca de tirantes, y se tumbó en la cama.

—Anda, ven —incitó palmeando el sitio contiguo.

Yo me quité las mallas negras que llevaba y, arropada por mi jersey de lana blanco, me acurruqué a su lado.

—¿Qué tal tu cabeza? —preguntó besándola.

—Sigue pegada al cuerpo.

—Dime algo que no vea.

—Lo mucho que te deseo —musité subiendo la tela de algodón de su camiseta para acariciar la cálida piel de su acerado vientre.

Comencé a puntear de besos su mentón, mientras mis dedos trazaban líneas erráticas sobre su torso.

—Lo voy viendo... —gimió contenido.

Me incorporé de rodillas, me alcé ante él y me quité el jersey de lana con un movimiento lento, calculado y provocador.

Abrí las piernas y me puse a horcajadas sobre sus caderas.

Gunnar llevó las manos a mi espalda y me desabrochó el sostén.

Me lo quitó con la boca y abarcó con sus manos mis senos para devorarlos a voluntad.

Me incliné hacia atrás saboreando el placer que me procuraba.

Posó sus manos en mis caderas y me instó a moverme sobre él.

Comencé a ondularme sobre el prominente bulto que tensaba su ingle y mi propia excitación se descontroló.

Gunnar introdujo su mano entre mis piernas para desabrochar su bragueta con gesto urgente y torpe.

Me alcé ligeramente y él aprovechó para arrancarme la ropa interior de un tirón, penetrándome de una brusca embestida.

Adoraba esos arrebatos bárbaros que emergían imperantes cuando el deseo lo nublaba.

Me moví sobre él, lentamente al principio, gozando de cada sensación, paladeando la fricción, las caricias, los besos, las miradas.

.., pero luego el placer aumentó desbordando mi juicio, enloqueciendo mis sentidos.

Gunnar abarcaba mis nalgas marcando el ritmo, mordía mi cuello, devoraba mis senos, apresaba mi boca con tan desaforada pasión que el clímax llegó catártico, arqueando mi espalda como si me atravesara un rayo.

Me convulsioné sobre él liberando un gemido largo y rasgado.

.. Gunnar se quebró en un gruñido ronco derramándose en mí.

Me incliné laxa sobre él, sintiendo cómo sus brazos me rodeaban, cobijándome en su pecho.

—Freya —susurró jadeante—, siento que se me sale el corazón del cuerpo, que muero y renazco al tiempo, que todo cobra otra dimensión cuando estoy dentro de ti.

Por eso salir de ti, alejarme incluso unos pasos, sentirte lejos o irritada conmigo hace que la realidad me resulte a veces insoportable.

Y esto que siento..., amor mío, ha sido siempre, antes y ahora.

Erguí la cabeza para mirarlo.

—¿Por eso tu temor a que tu confesión cambiara mi actitud contigo?

—Por eso.

Salió de mí y me tumbó en la cama para acomodarse a mi lado. Flexionó el brazo para apoyar la cabeza sobre su mano.

—Eso sucedió en otra vida, Gunnar, y...

—Yo no lo veo así —interrumpió—. Tú acabas de recordar y yo tenía eso guardado en mi interior y me quemaba las entrañas ocultártelo.

Es otra vida, sí, pero en realidad es el preludio de ésta, con lo cual el pasado está presente, siempre lo ha estado desde que nos reencontramos, como si nos persiguiera hasta que resolvamos las cuitas pendientes o paguemos las deudas adquiridas.