Capítulo 46 #2
Yo... fui tan redomadamente estúpido que, ¡joder!
, me condené y a ti conmigo. Ella se marchó con mi.
.. simiente... y, cuando regresó, yo empecé a toser, a enfermar de nuevo, pero a pasos agigantados.
Me dijo que si no era de ella no sería de nadie, y que yo había decidido mi fatal destino, y no.
.. no podía morir ahí como un perro, en un maldito molino derruido sin al menos despedirme de ti, sin volver a verte.
Así que en algún momento del día logré reunir fuerzas y la enfrenté de nuevo.
Conseguí coger a la niña y la amenacé con ella, le pedí que te trajera a mi lado.
Y lo hizo, el resto ya lo sabes. Podría habernos salvado no una vez, sino varias, y eso me persiguió en el más allá.
—Pensaste más en tu hija que en las posibles consecuencias de aquello. Y
eso sólo indica que para ti era importante la sangre. Que lamentabas incluso más que yo no poder tener hijos propios —razoné compungida, vistiéndome con la piel de aquel tiempo.
—No, yo sólo deseaba que esa niña tuviera la mejor madre del mundo. Era mía, sí, y por eso me creí con derecho a decidir sobre su destino.
—¿Cuándo empezaste a sentir ese sentimiento paternal que te llevó a eso?
Fue cuando te visitaba en prisión, ¿verdad?
Por la mirada que me lanzó, tuve la certeza de que su confesión iba a ir más lejos.
—Sí, ella venía y me hablaba de la niña, yo veía su vientre abultado, y un día me tentó a tocarlo, yo lo hice y sentí una patada, y fue tan.
.. especial... En esos momentos creí que me moría, pero que gracias a aquella niña seguiría vivo, y yo.
.., bueno, yo... me alegré de algún modo de que Brianda me hubiera forzado a que. ..
Aquello sí me dolió.
El plomo del aire se electrizó, cargado de emociones intensas y explosivas.
—¿Soportarías esta vez estar conmigo si no te hubiera dado un hijo? —increpé herida.
Gunnar me miró atónito.
—Claro que sí, eres mi vida..., ¿qué clase de pregunta es ésa?
—Una lógica, tras saber que te alegraste de que abusaran de ti, maldita sea.
Su mirada contrita y culpable aguijoneó la herida que habían abierto sus palabras.
—Necesitaba liberar mi conciencia —confesó—, tener en mis brazos a la niña suavizó mi corazón y me alegré de que ella existiera.
Incluso implicando una deslealtad hacia ti.
Me sentí mal por ello, sigo fustigándome por haber sentido eso, y más odiando a Brianda como la odiaba y amándote a ti como te amo.
—¿Tienes idea de lo mucho que lamenté entonces no poder darte un hijo?
¿Tienes idea de cuánto me dolió que otra mujer, una como ella, te lo diera?
—Sabía cuánto lamentabas no poder ser madre, veía cómo te entregabas a Raquel, cómo tu instinto maternal afloraba con ella.
—Mi pena era no tener un hijo tuyo, ¡tuyo! —Mi tono fue más afilado de lo que deseaba.
—Ya lo tenemos —musitó él—, y por fortuna la maldición de Brianda no funcionó.
—Funcionó con ella, o eso espero. Nadie debe abrir ese féretro.
De repente, los días que había pasado allí despertaron todas mis alarmas.
Me incorporé como un resorte y miré en derredor buscando mi teléfono.
Gunnar, que todavía asimilaba mis palabras, vio mi urgencia y abrió el cajón de la mesita auxiliar para mostrármelo.
—¿A quién vas a llamar?
—A Miguel, sólo él puede ayudarme.
Encendí el móvil y busqué su contacto. Pulsé la tecla de llamada y aguardé con el pulso acelerado.
—Cógelo, joder... —susurré nerviosa.
Un tono, dos, tres y saltó el contestador...
—¡Mierda! —exclamé frustrada.
Gunnar me contemplaba preocupado. Se pasó la mano por la cabeza y oprimió los labios conteniendo su impaciencia.
Volví a marcar y esperé.
—¿Victoria? —Su alegre tono cubrió de alivio mi angustia. Activé el altavoz para que Gunnar pudiera oír la conversación.
—Sí, soy yo, escucha, necesito..
—¡Cómo me alegra oírte...!
—Ya, ya —interrumpí—, pero es vital que me escuches.
—Dime, ¿ocurre algo?
—Ocurre que nadie debe abrir el ataúd.
Un silencio me transmitió la turbación de mi interlocutor.
—Mañana se procederá a la apertura —informó titubeante—. Estamos ya en Toledo, Victoria, en el centro de restauración.
—¡Debes impedirlo! —exclamé ansiosa.
—¿Por qué? ¿Qué has descubierto? ¿No sigues en el hospital?
—Sí, sí, sigo aquí, pero ya sé qué pasó y lo que significan las inscripciones de la tablilla.
—Victoria, no tengo argumentos para evitar la apertura, a menos que me los des tú. Y que, por supuesto, no tengan que ver con maldiciones.
Blasfemé entre dientes.
—No sé —balbuceé—, invéntate algo, retrásalo al menos hasta que llegue yo.
La cabeza comenzó a dolerme, como si el pico de un pájaro carpintero estuviera haciéndose un nido en ella.
—Dime al menos qué está pasando.
—Pasa que, si el ataúd se abre, el mal saldrá de él. Ya emergió cuando extrajimos el drakkar del fondo de la poza. Por eso los accidentes, la maldición nos advertía del riesgo que correríamos si abríamos el féretro, llevabas razón, Miguel.
Gunnar me observaba completamente conmocionado.
Un resoplido impresionado sonó al otro lado de la línea.
—No te prometo nada. He de pensar qué mierda me invento, pero no imaginas las ganas que tiene Manuel de abrirlo. Ha convocado a todos los medios para una rueda de prensa a mediodía. Su ansia de popularidad está convirtiendo el hallazgo en un circo.
—Pues te puedo asegurar que no le va a faltar espectáculo, y encima en directo.
Otro bufido, podía imaginar la cara descompuesta de Miguel.
—Me estás acojonando.
—Yo también lo estoy, y mucho más que tú.
—Pues como no vengas con tu gigante vikingo y se líe a hachazos con Manuel, dudo que pueda convencerlo de que cancele la rueda de prensa.
Miré a Gunnar y me encogí de hombros cuando puso los ojos en blanco.
—¿Tienes las llaves del centro?
—Algunas veces las cojo cuando quiero acabar algún trabajo.
—Cógelas hoy —le pedí—, esta noche estaremos allí.
—Victoria —replicó—, dime, por favor, que todo esto es producto de una alucinación por culpa del golpe en la cabeza.
—Créeme que me gustaría, pero no.
—Bueno, pues mira, aunque sea de mal gusto, con que me digas que es una broma adelantada del Día de los Santos Inocentes, yo tan feliz.
Esta vez me hizo sonreír, a pesar de la gravedad de la situación.
—Debes confiar en mí, Miguel, yo sé que crees en esto, que estuviste conmigo en el crómlech, que sentiste la magia del lugar, que viste lo que en realidad me ocurrió allí.
Guardó silencio un breve instante y, tras una profunda inspiración, murmuró:
—Llámame cuando llegues a Toledo, tendremos que poner fin a esta aventura, ¿no?
—Gracias, Miguel, no sabes cuánto te lo agradezco.
—Bueno, en realidad lo hago para no tener que llevar colgado del cuello un pentagrama o un collar de ajos.
—Nos vemos esta noche.
Colgué y me recosté mareada y con el estómago revuelto. Gunnar se acercó a mí y esta vez sí se sentó en la cama. Aunque continuaba envarado.
—¿Estás en condiciones de viajar seiscientos kilómetros en moto?
—¿En moto?
—Sí, vine desde Madrid en una Harley Breakout.
Posó su mano en mi frente y me miró compasivo.
—Dime lo que debo hacer y lo haré yo, estás convaleciente y es una locura ese viaje para ti. Mañana te harán pruebas y debes descansar.
—¿Te parece poco descanso tres días de sueño?
—Tu cabeza se apagó para recuperarse, yo no lo llamaría descanso precisamente.
Me incorporé de nuevo, dispuesta a defender mi postura.
—Debo ir yo. Yo empecé esto, yo lo planeé y yo lo cerraré.
Gunnar entornó los ojos y me evaluó poco convencido de dejarme ir.
—Cariño...
—No, me medicaré y acabaré con esto de una maldita vez. Es nuestro último obstáculo, nuestra última deuda con el pasado, y entonces seremos libres para siempre.
Asintió conforme, pero su ceño se agravó.
—Bueno, si estás fuerte para viajar en moto a Toledo, lo estás para esto...
Lo miré sin entender, y entonces él se abalanzó sobre mí, aferró mi nuca con inusitada vehemencia y me besó.
Su boca fue ruda, ansiosa, voraz. Su lengua fue minuciosa, dura e implacable. Dominó el beso con una pasión arrolladora, dejándome sin aliento, y cuando me soltó ambos jadeábamos.
—Nunca, ¿lo oyes? Nunca vuelvas a cuestionarte que no vivo por ti. ¡Con o sin hijos, eres mi todo!
Entreabrí la boca para decir algo, pero mi mirada se prendó hambrienta en aquella boca que ahora parecía más hinchada.
—Y, aunque ahora estés resentida conmigo, o dolida, por algo que pasó en otra vida, ya te aviso de que no voy a permitir que te alejes de mí, ni siquiera en actitud.
Y si tengo que desarmarte a base de besos, por Dios que lo haré a cada segundo.
Porque todavía recuerdo esa sensación agónica de aquel día que siendo mi esclava lograste escapar y yo corrí tras de ti.
Jamás en toda mi vida he sentido una angustia semejante.
Era como si corriera tras mi propio corazón, como si cada paso que dabas para escapar fuera un paso que yo daba a la tumba.
—La intensidad de su mirada me quemó—. Y, joder, si sigues mirándome así, atrancaré esa jodida puerta y te demostraré lo mucho que te necesito.
La cabeza me seguía martilleando, pero ahora era otro pulso el que predominaba en mí. Me costó no pedirle que atrancara la puerta, pero no me privé de probar otro beso. Lo cogí de la pechera de la camisa y lo atraje hacia mí.
Mi enfado se volatilizó en pos de la acuciante necesidad que imperaba en mí y del irremisible impulso que me empujaba hacia su boca.
Era absolutamente incapaz de resistir la lejanía, el resentimiento y la frialdad, cuando lo tenía tan cerca nublando mis sentidos.
Lo amaba con todas mis fuerzas y mi cuerpo clamaba el suyo con una urgencia dolorosa. Nada más importaba, sólo él y yo.
—Si me necesitas la mitad de lo que yo a ti, vikingo mío, bésame y hazme olvidar dónde estoy, lo que pasó y lo que pasará, hasta que esa condenada puerta se abra.
—Vas a hacer que saque el hacha... —gruñó lascivo.
Reí aviesa y lo miré incitadora.
Sus ojos desprendían un fuego que conocía sobradamente.
Atrapé su boca y la devoré a voluntad, regodeándome en su calor, en su sabor y en todo el amor que brotaba de ella.