Capítulo 46
Lagunas que llenar
Algeciras, en la actualidad
Desperté en una cama del hospital de Algeciras.
Gunnar estaba a mi lado.
El alivio que sentí desbordó en un llanto incontrolable. Se inclinó para abrazarme y yo me ceñí a él como se adhiere el musgo a la roca.
Tardé un buen rato en poder permitirme soltarlo.
Luego, un recuerdo insidioso atravesó mi cabeza como un relámpago virulento. Fue un flash repentino que despertó aciagas sensaciones. Mi mente se retrotrajo a un momento similar años atrás y mi primera pregunta brotó ansiosa de mis labios:
—¿Está bien Khaled?
—Está perfectamente, cariño.
Gunnar acarició mi cabello con extrema dulzura, en sus ojos vi que aquel recuerdo también había acudido a su memoria.
La habitación comenzó a darme vueltas y el mareo me provocó náuseas.
Me tumbó en la cama y besó mi frente. Accionó un pulsador que colgaba sobre la cabecera y alzó una ceja reprobador cuando vio que pretendía incorporarme de nuevo. Negó con la cabeza y yo me estuve quieta.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Tres días, has estado todo ese tiempo inconsciente.
Alcé las cejas con asombro.
—¿Qué me pasó?
Su rostro se ensombreció.
—Según Miguel, te desvaneciste y te golpeaste la cabeza con una piedra.
Hemos estado preocupados, porque aunque el tac y la resonancia estaban perfectas, hasta que despertaras no podíamos saber si había algún tipo de lesión. Mi miedo era...
A sus ojos asomó una veta angustiosa que de inmediato se diluyó en un reconfortante alivio.
—Temías que me olvidara de ti...
—A veces estas cosas ocasionan estados de amnesia parcial o total y, de todo lo que podría soportar, que te olvides de mí, aunque sólo fueran unos días, es lo que más me aterraba.
—Todavía temes la maldición de Brianda, ¿no?
Aquella aseveración le hizo agrandar los ojos y me observó fijamente escrutando mi rostro.
—¡Dios santo, recuerdas!
—Así es —corroboré—, aunque hay algunas lagunas que todavía debes llenar.
Su expresión se tensó. Llevaba una camisa arrugada y unos vaqueros desgastados, barba de dos días y tenía aspecto de cansado. Las líneas de sus ojos se acentuaron presas de la preocupación.
—Cuando estés completamente repuesta, te las llenaré —aseguró con gesto serio.
En ese momento se abrió la puerta y entraron en la habitación un médico y una enfermera.
El hombre sonrió complacido, se acercó a la cama y me estrechó la mano.
—Bienvenida, señora Jensen.
Supe que ese «bienvenida» no hacía referencia al hospital, sino a la conciencia.
—Un placer regresar —contesté.
El doctor amplió la sonrisa e inspiró hondo antes de echar una ojeada a mi historial mientras se ajustaba las gafas sobre la nariz y fruncía concentrado el ceño.
Asintió para sí y se acercó a la cama. Gunnar se puso en pie y retrocedió unos pasos.
La enfermera no desaprovechó la oportunidad de repasar visualmente a mi marido con gesto depredador antes de centrarse en sus funciones.
—Soy el doctor Almeida, debo proceder a una primera exploración para evaluarla.
Asentí y el hombre comenzó su examen.
Cuando terminó, se dedicó a apuntar los resultados en el portafolios.
—Aparentemente, todo parece funcionar con normalidad. Aun así, le haremos otro tac y permanecerá en observación al menos cuarenta y ocho horas más. A pesar de no haber fractura, sí hubo conmoción y la zona está todavía inflamada.
Lo miré con extrañeza.
El médico me señaló la cabeza.
Alargué el brazo y palpé la venda que la circundaba.
—También es normal que tenga cefaleas, mareos y náuseas al principio, hasta que la inflamación baje. Le administraremos calmantes para ello y estaremos pendientes de su evolución. Pero, por lo que puedo apreciar, su pronóstico es bastante favorable.
—Gracias, doctor —murmuré acompañando mis palabras de una sonrisa tibia.
El envaramiento de Gunnar me distraía y me preocupaba. Su rostro reflejaba una gravedad que no entendía.
—Cualquier cosa que necesite sólo ha de pedirla. Y si los síntomas se agravan no dude en avisar a las enfermeras. Estas cuarenta y ocho horas son cruciales.
Asentí y el médico me sonrió afable.
—Ahora debe descansar, pero cuando se encuentre con fuerzas sería conveniente que caminara.
Después se despidió y se dirigió a la puerta seguido de la enfermera, que, más que mirar, dejó sus ojos adheridos a Gunnar hasta que se vio obligada a volver la vista al frente para no darse de bruces con la puerta.
Yo también lo observé. Su desaliño le confería un atractivo extra.
Su cabello rubio largo y alborotado cubría sus hombros, imprimiendo a su aspecto un toque más salvajemente sensual.
Sus felinos ojos verdes eran como dos faros en la noche, dos esmeraldas tan claras y brillantes que ejercían un magnetismo irrefrenable.
Y, por si todo aquello no fuera suficiente para infartar a todas las mujeres que se cruzaran con él, una boca llena y carmesí destacaba, perfilada y jugosa, entre aquella incipiente barba que la rodeaba.
Deseé perderme en ella, pero Gunnar había alzado un muro entre nosotros.
—Veo que ahora tu temor es otro —observé confusa.
Su mandíbula se tensó. Caminó hacia la amplia ventana y dejó su mirada perdida en el horizonte. Estaba muy lejos, concretamente, a siglos de distancia.
Me embebí en ese apuesto perfil y me recreé en las hechuras de su soberbio cuerpo.
La tela de la camisa de cuadros canadienses se tensaba sobre sus anchos hombros y moldeaba sus impresionantes bíceps.
Se entallaba ligeramente a sus caderas, lo que las remarcaba y dejaba a la vista lo bien que le sentaban aquellos vaqueros.
Su duro y redondeado trasero remarcaba unos bolsillos bajos, los elásticos y acerados músculos de sus piernas se adivinaban bajo la fina y desteñida tela vaquera.
Y, en conjunto, su apabullante masculinidad y su apostura golpeaban obnubilando.
Y, aunque en Noruega llamaba la atención, en España desarmaba a cuanta fémina se cruzara con él.
Era fácil ver al guerrero antiguo bajo aquellas ropas actuales. Y ese poder, esa fuerza y esa sabiduría añeja lo cubrían con un halo que subyugaba.
Tampoco había perdido su condición de líder; su seguridad y su confianza reforzaban su atractivo, imantando todo su alrededor.
—No tiene ya mucho sentido retrasarlo más —alegué tras un profundo suspiro—, estoy bien, y eso que tanto temes te aleja de mí. Y no te quiero lejos, no soporto sentirte lejos.
Gunnar bajó la vista y asintió, pero permaneció inmóvil, como si la ventana ejerciera algún tipo de hechizo paralizante sobre él.
Finalmente pareció reaccionar, inspiró hondo, cogió un taburete y lo acercó. El hecho de que no se sentara en la cama me irritó.
Se frotó los muslos con las palmas de las manos, como si le sudaran, y se agitó incómodo en el asiento. Tras otra larga inspiración se decidió a enfrentar mi intrigada mirada.
—¿Qué ocurrió aquella noche en el molino con Brianda?
—Quiso enlazarse a mí.
Aquella imprecisa respuesta me inquietó.
—Define «enlazar» .
—Ella... veía el futuro... Ella sabía que naceríamos juntos, y quería impedirlo. Me dijo que poseía el poder de unirnos y también el de separarnos.
—Lo sé —repuse—, el hechizo de esa tablilla era para romper nuestro vínculo.
—¿Lo sabías antes de tomarte el veneno?
Asentí. Su mirada se clavó en mí, contrariada.
—Por eso decidí alterar un poco las cosas, con ayuda de los guerreros.
Gunnar frunció el ceño y me observó demudado.
—¿Qué hiciste?
—No, primero debo saber lo que pasó entre vosotros.
Sus ojos adquirieron gravedad y su rostro se endureció.
—Aquella noche intentó convencerme para alejarme de ti. Yo también tenía un interés en ella y la escuché. Tampoco la aparté cuando me besó, ni cuando me acarició... Quería distraerla lo suficiente para...
—Para que te liberara y así poder quitarle a la niña —completé malhumorada.
Incluso siglos atrás, en otra vida y en otro mundo, saber que otra mujer había tenido esa intimidad con él me sulfuraba.
—Le... le dije que, si me entregaba a la niña, no la mataría. Ella al principio se burló de mí, pero cuando se acercó subestimándome, la ataqué.
Luchamos y ella sacó su puñal, lanzándome estocadas que logré esquivar.
Podría... podría haberla matado, pero la niña lloraba, y yo... fui incapaz.
Contuve la respiración, sus vívidos recuerdos me hicieron ver la escena.
—Entonces ella descubrió que jugaba con ventaja, estaba furiosa, y me juró que iba a lamentar haber intentado quitarle a la niña. Así que, bueno..., me apoyó la daga en el cuello y se puso sobre mí.
Hizo una breve pausa que pesó en el aire como si fuera plomo.
—Estaba maniatado —recordó, sus mejillas se encendieron, y aquel rubor, que podía resultar enternecedor en otras circunstancias, acicateó mi furia—, y ella..., bueno, lo aprovechó.
Cerré los ojos e intenté espantar a manotazos mentales las imágenes que acudían a mi cabeza.
—Por Dios bendito, ¿volvió a...?
—No —se apresuró a responder—, ella no me montó.
Abrí los ojos y lo miré desconcertada.
—Ella me tomó en su mano, me puso un puñal en el cuello y me...
masturbó. Y, mientras lo hacía, susurraba cosas en una lengua extraña, como una serpiente silbando su veneno. Yo me revolví, pero... sucumbí al placer físico.
—Bueno, eso es inevitable, y te apuntaba con un arma. No debes...
—Quería mi esencia —continuó—, para vengarse de mí, de nosotros.