El último aullido (Lobo 3) Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

—Digamos que el destino se compadeció finalmente de mí y me otorgó esta dispensa.

—En realidad, me la concedió a mí —intervino Thorffin con los ojos enrojecidos.

Posó su gran mano en el hombro de Gunnar y estranguló un sollozo. Ver llorar a un hombre de su tamaño impresionaba.

—No podría haber tenido un amigo mejor... —aseguró Gunnar.

El guerrero pelirrojo asintió embargado en el llanto.

En aquel momento acudieron Hiram, Jorund y Sigurd. Los tres, con semblantes contritos, se pusieron a su alrededor de rodillas.

Gunnar los miró de uno en uno. Alargó la mano y sus hombres se la cogieron alternativamente.

—Hemos vivido juntos muchas aventuras que nos han hermanado a todos

—comenzó con voz rasgada y débil—. Allá donde vaya, os llevaré en mi corazón.

Alzó el brazo cerrando el puño. Uno tras otro, sus hombres cerraron sus manos en torno a él.

—Ojalá la muerte sea más compasiva de lo que ha sido la vida con vosotros. Nadie merece más una compensación.

—La tendremos —afirmó mirándome—, y ahora, deseo abrazar a mi esposa por última vez en esta vida.

Los hombres se pusieron en pie e inclinaron sus cabezas en señal de respeto a su líder.

Thorffin se enjugó las lágrimas con un gesto burdo y seco antes de darse media vuelta y marchar cabizbajo. Hiram me miró un largo instante, derramando en sus ojos su admiración, su cariño y una profunda tristeza.

—Que los dioses os guarden —profirió afectado.

—Volveremos mañana para...

Un funesto silencio completó la frase.

Siguieron a Thorffin sepultados por la misma capa de pesadumbre que hundía sus hombros.

Me tumbé junto a Gunnar y me abracé a su maltrecho cuerpo. Alcé el rostro hacia el suyo y nos miramos largamente. Repasé la línea de su mentón y contorneé su boca con la yema de los dedos. De sus labios escapó un suspiro emocionado que deseé beber. Me incorporé lo suficiente para besarlo.

—Deja que yo te guíe, amor mío —susurré tranquilizadora.

—Tengo frío —espetó temblando.

Aquél era el primer síntoma. Nunca se olvida el rostro de la muerte cuando acude ávida de vida para acogerte en su seno.

—Pronto sentirás un cálido bienestar, un sopor agradable y una ligereza reparadora. —Me sumergí en sus verdes ojos, su piel palidecía y sus pupilas se dilataban—. Debes mirarme y pensar en la maravillosa vida que nos aguarda.

—Tus... ojos..., quiero nadar en ellos...

Entrelacé mis dedos a los suyos y descansé las manos en su pecho.

Los latidos cada vez eran más débiles.

—No me separaré de ti, haremos juntos ese camino.

—Juntos... —repitió.

—Recuerdo el primer día que me hiciste tuya... Era la primera vez que te veía sin barba, y estabas tan arrebatador que no podía apartar los ojos de ti...

Gunnar sonrió, su mirada comenzaba a apagarse.

—Ni... yo de ti.

—Y en nuestra boda... —suspiré melancólica—, cortabas el aliento, y cuando hice mis juramentos supe que mi corazón te pertenecería por siempre.

—Freya..., te amo con mi último aliento y... te amaré con el primero...

Un sollozo roto rasgó mi garganta, todas las barreras que habían contenido el miedo comenzaban a derrumbarse.

.. Se iba... y yo..., Dios, yo... moría con él sin haber bebido el veneno.

Debía ser fuerte, debía ser su sostén en su partida.

Traté de ignorar la daga que acuchillaba mi corazón y continué hablando:

—Y yo, mi bárbaro del demonio..., y juro ante este cielo que nos cubre, por los dioses que nos miran y por la tierra sobre la que reposamos, que como no me recuerdes mandaré un lobo a que te muerda el culo.

Sus ojos refulgieron con un moribundo atisbo de diversión. Las lágrimas dejaron de brotar y su mirada se clavó en la mía con una urgencia que me estrujó el pecho.

—Te... encontraré..., mi amor... Abrázame..., la oscuridad se acerca.

Ya lo tenía abrazado, pero sus sentidos perecían uno a uno.

—Chis, estoy contigo..., vas de mi mano..., sonríe, mi amor... La eternidad nos espera...

—Freya..., te he fallado.

Aquella afirmación me desconcertó.

—No..., no me has...

—Necesi... to tu perdón... —interrumpió con gesto angustiado.

Aguardé a que continuara. Pareció reunir las escasas fuerzas que le quedaban para seguir hablando.

—Todo esto es... culpa mía. Yo... me he condenado... y te he condenado a ti.

Lo observé confusa, fruncí el ceño intrigada y en sus ojos la culpa relumbró mordiente.

—No puedes marcharte con la conciencia intranquila, escúpelo, seguro que no es tan grave como crees y...

—Yo fui en busca de... Brianda..., la mandé... llamar... y...

Su voz se rasgó quejumbrosa, quebrándose momentáneamente. Cerró con fuerza los ojos contrayendo el rostro en un mohín frustrado. Respiraba agitadamente y, cuando volvió a abrirlos, estaban plagados de remordimientos.

—Quería... conocer a mi hija... Ella... está aquí por mí.

.. Y... —otra pausa en la que pareció sofocar una punzada de dolor— y.

.. cuando ella me salvó, yo... intenté..

. —apreté más su mano. Se apagaba irremediablemente, y verlo luchar cada aliento para terminar su relato me desgarraba— quitarle a la niña.

Un sonido extraño y espeluznante emergió de su garganta, que vagaba a la deriva entre un sollozo y un lamento estrangulado.

—No debería..., yo... quería que... la criases tú. Y... ahora...

—Y ahora partiremos juntos para volver a nacer, para volver a amarnos, para volver a tener la oportunidad de tener hijos. Esto es sólo una interrupción, un nuevo principio para los dos...

—No... nos dejará... —profirió agónico—. Sé que nos... maldecirá... allá donde... vayamos..., acabo de verlo en... su mirada... Esa noche..., en el molino..., yo..., ella...

Nuestras miradas se engarzaron. La suya, impregnada de súplica y contrición.

—Perdóname..., amor mío...

Un estertor violento lo sacudió seguido de varios espasmos más débiles.

Su mirada vidriosa se clavó fijamente en la mía, pero ya ciega. No me veía.

Besé sus labios, acaricié su frío rostro, pronuncié su nombre y en su último suspiro sonó el mío...

—Te perdono..., pero vuelve a mí, vuelve...

Lo zarandeé bruscamente, furiosa, rota y desolada.

—No, no te perdono, maldito..., no te perdono... Gánate el perdón, vuelve a mí... Te lo suplico, vuelve a mííí...

Se había ido.

El vacío desató un incontenible torrente de dolor, agitándome con tan implacable saña que me robó el aliento doblándome en dos.

Sollocé violentamente, descargando mi dolor en un llanto que no tenía fin.

Me derrumbé sobre su pecho y me entregué a un suplicio tan devastador que ansié ese veneno con desgarrada desesperación.

Aquel agónico sufrimiento sólo tenía un remedio: dejar de respirar cuanto antes. La vida sin él, por escasos instantes que la viviera, era un infierno.

Pero antes tenía algo vital que hacer: aullar por última vez.

Me puse en pie y miré en derredor.

La bruja nos había estado observando todo el tiempo. Su rictus también rezumaba congoja, teñida de algo más: envidia.

Avancé hacia ella, me planté delante y estampé una feroz bofetada en su mejilla que le volteó la cara.

Gimió asombrada y, cuando volvió a mirarme, descargué otra incluso más virulenta.

Luego flexioné la pierna y hundí mi rodilla en su entrepierna. Se tambaleó hacia atrás y yo la empujé para derribarla.

En el suelo, la cogí del pelo y tiré con fuerza para obligarla a mirarme.

—Mereces mucho más y, si no fuera por tu hija, te juro por los dioses que ahora tu cuerpo navegaría sin vida río abajo.

—¿Qué diablos...?

—¡Cállate, maldita! —grité iracunda—. Tengo un mensaje para ti, de tu querido saúco.

Aquello le hizo agrandar los ojos con desmesura.

—Le hice una pregunta y me respondió. Y has de saberlo porque te concierne por entero.

Brianda intentó desasirse, gruñó y se sacudió, pero yo la aferré con más ahínco.

—Le pregunté qué castigo podía recibir una druida que miente en un hechizo. Y me contestó que la pérdida de sus poderes y de sus seres queridos.

Y allí, frente al árbol sagrado, tuve una visión, te vi a ti, frente a una pequeña tumba, vagando por el mundo como una sombra.

Sus ojos grises brillaron presos del pánico.

—No querrás que eso suceda, ¿verdad?

Negó vehemente con la cabeza.

—¿Para qué era en realidad el hechizo que me hiciste cincelar?

Volví a abofetearla sin soltarle el pelo.

Un hilillo de sangre manó de su nariz. Sus ojos desprendieron todo el encono que sentía por mí.

—¡Contesta!

—Para romper el vínculo que une vuestras almas. Gunnar merece ser libre

—farfulló vehemente.

—Y tu hija merece tener una madre, aunque sea tan deleznable como tú, aunque lo mismo tenga más fortuna si muere sin recordarte.

—Eres una... —siseó colérica.

—Una loba, eso soy.

La solté y retrocedió para apartarse de mí.

—Tienes hasta el alba para ofrecerme el brebaje, y luego quiero que te vayas y no regreses nunca a este lugar.

Brianda se puso en pie con la melena enmarañada, el rostro magullado y el orgullo herido. Nunca sabría lo que en realidad le había preguntado al saúco.

Como tampoco sabría que el plan ahora era otro.

Tenía una larga noche por delante para dejarlo todo preparado. Para dar mi último y más desgarrado aullido.