El último aullido (Lobo 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

El último aullido

La tos regresó.

Y, con ella, la fatalidad, pero no la que esperábamos.

Jorund y Sigurd habían regresado con su encargo en una carreta. Cómo conseguían las cosas era algo que prefería no saber.

Terminaron el barco, no necesitaba mástiles, y la construcción del casco no llevó mucho tiempo; incluso se tomaron la molestia de tallar en el mascarón la cabeza de un dragón, aunque sin mucho detalle.

El ataúd estaba terminado, y más que un féretro parecía un cofre gigante, daba la impresión de que albergaría algún demonio que no debiera escapar bajo ningún concepto. Y aquella sensación me sobrecogió.

Las dudas sobre la verdadera intención de Brianda regresaron, y más ominosas que antes. Mi instinto me gritaba que nos ocultaba algo, algo importante, que se guardaba una última baza en la manga.

Ese día no pude reprimir mi curiosidad.

—Parece que temes que escapemos de la muerte y te persigamos.

La druida me dedicó una mueca agria y desabrida.

—Todo tiene un fin, pero ése no es el que apuntas.

—¿Y cuál es el fin de encerrar dos cadáveres bajo llave?

Las comisuras de sus labios se estiraron en un intento fatuo por enarbolar una sonrisa descreída, pero en su lugar emergió un mohín tiznado de reproche.

—El de evitar que algún curioso que se tope con él por algún avatar del destino lo abra. Se trata de... desalentar, de amedrentar, de hacer creer que una terrible maldición caerá sobre aquel que ose abrirlo.

—¿Qué ocurriría si lo abrieran?

Brianda pareció pensar bien su respuesta. Aquel celo llamó mi atención y acrecentó mis sospechas.

—Que el hechizo se disolvería y el hilo que une vuestras almas se rompería.

—¿Quiere eso decir que nunca nos reencontraríamos?

—Quiere decir que os olvidaríais.

Indagué en sus grises ojos, buscando algún atisbo de engaño en ellos. Pero ella supo ocultar muy bien cualquier reacción. Sostuvo mi escrutinio con la barbilla alzada y un deje altivo en su expresión.

—¿Necesitas saber algo más? Porque anoche me hablaron las piedras de nuevo.

—¿Dónde están esas piedras? —pregunté fingiendo ingenuo interés.

—¿Deseas conocerlas?

Asentí. Y esta vez no me pasó por alto su rictus complacido. La suficiencia de su gesto me reveló que había conseguido lo que buscaba.

—Sígueme, no están lejos de aquí —ofreció altiva.

Caminamos por el páramo entre quejigos y pinos, hasta que el trayecto se convirtió en apenas un paso angosto entre troncos y peñascos. Ascendimos salvando rocas y prieto aligustre. En algunos tramos, el acceso eran tan infranqueable que tuvimos que agacharnos para sortear ramas de espino.

Y, de repente, al bordear un alto farallón de piedra caliza, nos adentramos en una planicie inesperada.

Era un claro habitado solamente por un viejo árbol que se alzaba en el centro y rodeado por un círculo de piedras que nos llegaban hasta la mitad del muslo.

Sin embargo, sentí el magnetismo que aquel sitio ejercía.

Era un lugar tan antiguo como el mismo mundo, donde todo parecía vibrar con un pulso diferente.

Incluso el aire que allí se respiraba tenía una densidad distinta, un aroma a viejo, a madera carcomida, a piedra mohosa, a hierba rancia.

Un misticismo arcaico rezumaba de aquel árbol como si fuera una vela encendida en un templo. Un objeto de culto, un centro de poder.

Brianda me contemplaba absorta en mi reacción. La solemnidad y el respeto fueron las emociones bajo las que logré ocultar un temor intrínseco y áspero.

—¿Cómo te hablan las piedras?

—El viento silba entre ellas cuando susurran sus vaticinios.

—¿Y ese árbol?

—Es un saúco, el árbol venerado por los celtas. Su nombre significa

‘fuego’ y dentro de él habitan deidades muy poderosas, genios del aire que proyectan su sabiduría en las piedras.

Es el gran oráculo de la Madre Tierra, que todo lo ve y todo lo sabe, sus raíces conectan con el corazón de la Madre y éste bombea su savia hasta las ramas en un ciclo continuo y mágico.

Es el principio y el final, la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo.

Aquí, las invocaciones y los conjuros son sagrados y adquieren perpetuidad, pero sólo si el árbol las aprueba.

—¿Ha aprobado nuestro hechizo?

—Acércate y pregúntale tú —sugirió con mirada taimada.

La miré titubeante.

—Sólo has de pensar tu pregunta y poner las manos en su tronco.

—¿Las manos?

—Sí, son las que han cincelado el hechizo. Si el saúco las bendice, habrás de ponerlas sobre la tablilla y traspasarle su poder a la piedra: de ese modo el conjuro se activará.

Quedaba claro que ella ya había previsto llevarme allí. Lo que no sabía es que yo también.

Sólo había un modo de averiguar algunas cosas, y era probándolas.

Avancé entre las piedras y me introduje en el círculo.

Al instante sentí como si el aire a mi alrededor fuera más consistente, como si su roce atravesara mi piel.

Oí el susurro afilado del viento contra las aristas de aquellas puntiagudas rocas y a cada paso que daba hacia el interior aquel silbido pareció vocalizar mi nombre. Me estremecí.

Aquel sonido me erizó la piel, y en aquel momento deseé dar la vuelta. No obstante, aquel árbol parecía haber tendido unas invisibles ramas hacia mí.

Casi pude sentir sus huesudas nervaduras cerrarse como una garra en torno a mi cintura. Como un anfitrión conduciendo a un reticente invitado hacia el interior de una sala secreta.

El viento silbaba mi nombre, remolineando en mi cabello, acariciando seductor mi rostro. Su fresco aliento resultaba embriagador y su sonido, hipnótico.

Todo mi alrededor se desdibujó en una mezcla de colores difusos. Sólo el árbol mantuvo su definida consistencia. A decir verdad, su rotundidad destacaba en medio de aquel páramo. Incluso parecía resplandecer como si fuera una llama titilando en la noche.

No recordaba haber dado los últimos pasos, pero me hallé frente al gran saúco sintiendo en lo más profundo de mi ser una reverente veneración. Su magnificencia era desbordante, su poder palpable.

Inspiré una gran bocanada de aquel denso aire y sentí cómo mi interior bullía de vida.

Alcé la vista y la perdí en aquella maraña de ramas y hojas que se entretejían en una copa ovalada.

Cerré los ojos y formulé mi pregunta. A continuación, posé las palmas de las manos en el rugoso tronco.

Sentí un hormigueo que se convirtió en un torrente de sensaciones chispeantes, en una vibración que recorrió mi cuerpo y mi alma.

Sobrecogida, una vaharada de calor acarició mi piel y reconfortó mi espíritu.

Y entonces oí la respuesta, emergió de mi interior y yo asentí con una sonrisa agradecida.

Abrí los ojos y dejé que esa paz que el árbol había impreso en mí llenara cada rincón de mi ser.

Me costó despegar las manos del tronco y me costó mucho más alejarme.

Cuando salí del círculo de piedras, Brianda se acercó a mí. Me observaba expectante.

—¿Qué te ha dicho el árbol sagrado?

—Que mi instinto lleva razón.

Ante mi enigmática e inesperada respuesta, la druida frunció el ceño recelosa.

Sin más explicaciones, con la esencia del saúco en mis manos, descendimos de la loma, desandando nuestros pasos.

* * *

Oímos el fragor de la batalla llegando al molino.

Ambas nos miramos alarmadas y echamos a correr al tiempo.

Tres cuerpos reposaban sangrantes sobre el lecho del bosque: dos inertes y un tercero que se retorcía aún. Eran soldados del emir.

—¡Allí! —señaló Brianda.

Gunnar se batía con dos adversarios. Sus hombres libraban sus propios combates.

No fue hasta que ejecutó un giro rápido cuando vi la herida de su costado, justo por debajo de las costillas.

Cuando despachó a sus oponentes, se volvió buscando a sus hombres.

Thorffin estaba rodeado de cinco soldados y retrocedía hasta la noria estancada en el tiempo. Lo estaban acorralando.

Gunnar acudió en su ayuda, su expresión feroz y su arrojo resultaban abrumadores. Era tal su exaltación que aquella herida no mermó sus capacidades. Logró atraer a otros dos hacia sí y los combatió con la misma intrepidez.

Contuve el aliento cuando una tos lo congestionó, distrayéndolo.

Thorffin se puso a su lado, pero, al prestar más atención de la debida a su amigo, recibió una estocada que le atravesó el hombro.

Gimió de dolor y retrocedió, y cuando el soldado se disponía a ensartarlo de nuevo vi con horror cómo Gunnar se adelantaba para cubrirlo con su cuerpo.

Exhalé un grito angustiado al ver cómo el acero penetraba en el vientre de mi amado.

El soldado extrajo lentamente la hoja de su cuerpo esgrimiendo una sonrisa perversamente triunfal. Gunnar se desplomó sobre sus rodillas con las manos en aquella profunda herida. Tosió sangre y alzó la vista derramándola por los alrededores. Supe que me buscaba a mí.

Thorffin bramó furibundo y cargó contra el enemigo como un animal descontrolado. Tal fue su vehemencia que los soldados no alcanzaron ni a defenderse. Los aniquiló en el acto.

Corrí hacia el claro con el corazón prensado de agonía. Caí de rodillas frente a él y me enlacé a su cuello.

Y, a pesar de haber aceptado nuestro final, que fuera distinto y más precipitado derribó las barreras que habían contenido el dolor esos días.

Se convulsionó contra mí y lo sujeté con fuerza. Podía sentir cómo la vida se escapaba de su cuerpo.

La muerte llegaba para reclamarlo y mi impulso fue intentar arrebatárselo.

Thorffin me ayudó a tumbarlo y le arremangó los bajos de la camisa para estudiar la herida. Tras echarle un vistazo fugaz, se aprestó a cubrirla para impedir que yo reparara demasiado en ella. Su lívida expresión confirmaba que era letal.

—Ansiabas una muerte digna y te la has procurado —musité entre lágrimas en un fingido deje de reproche.

Sus rasgados ojos verdes me miraron expiatorios.

Alzó el brazo para acariciar mi mejilla. Cubrí su mano con la mía para ceñirla más a mi rostro.