El último aullido (Lobo 3) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

—¿Esa maldita te empuja a la muerte y encima tiene la desfachatez de hacerte construir tu propio nicho?

—Es necesario; además, es mi deseo —me miró y añadió—: Nuestro último deseo.

—¿Nuestro?

Todas las miradas se centraron en mí.

Gunnar les narró nuestro plan de eternidad y los hombres no fueron capaces de parpadear ni de cerrar las bocas. El estupor los había paralizado.

El primero en reaccionar fue Thorffin. Resopló conmocionado y se pasó ambas manos por la cabeza.

—No sé en qué rodal de setas habéis caído, pero quiero un buen guiso con ellas para celebrar el próximo Yule.

Thorffin liberó a Brianda y la empujó hacia nosotros con rudo desdén.

—Anda, mujer, dale esa pócima a Gunnar, a ver si recupera el juicio.

La bruja dejó escapar un bufido felino y le enseñó los dientes. El guerrero gruñó hosco a modo de respuesta.

Brianda desató del cinto el cuerno hueco que llevaba atado a él y lo destapó, ofreciéndoselo a Gunnar.

—Bébetelo todo, esta noche te traeré otro.

Se lo tomó de un trago. Contrajo el gesto en una mueca agria.

—¡Es repugnante! —exclamó—. Lo que me extraña es que no me mate antes que la enfermedad.

—Mejor no te digo qué contiene.

Gunnar le lanzó una mirada suspicaz y resentida.

—Es efectivo y rápido. Pero tan potente que no pueden tomarse más de dos dosis —expuso ella.

—¿Cuánto duran sus efectos?

Brianda pareció reflexionar sobre aquello evaluando la complexión de Gunnar.

—Depende de cada cuerpo, pero espero que seas rápido con el hacha.

Aunque ahora... —Se volvió pensativa hacia los guerreros—. Ahora tienes ayudantes, y eso... amplía las posibilidades.

Desenrolló un pliego que también pendía de su cinto y lo examinó concienzuda. Sus afilados ojos grises relampaguearon ante alguna nueva ocurrencia.

—El pacto debe sellarse bajo vuestras divinidades. Cuantos más símbolos protejan la tumba, más respaldo tendrá. El ataúd es una práctica cristiana, necesito atributos paganos también.

—Ninguna partida llegaría a buen puerto, ni ninguna alma podría renacer si no descansa en el interior de un barco, ésa es nuestra creencia —recordó Jorund.

—No veo ningún barco por aquí —apostilló Sigurd.

—No, pero puede construirse —barajó Brianda—. Naturalmente, de un tamaño pequeño, habrá de reposar en el lecho de una poza.

—¡Ni hablar! —intervino Thorffin escandalizado—. Si este cabeza de alcornoque muere, que está por ver, el barco tumba debe ser quemado o sus cuerpos retendrán el alma y no podrá liberarse.

—El hechizo necesita agua para impedir que las almas vayan por separado

—explicó la bruja—, para preservarlas hasta que el destino cumpla lo establecido en el conjuro.

—Construiremos vuestra tumba —repuso Hiram. Su semblante reflejaba aflicción, pero también determinación.

Se hizo un ominoso silencio. La aceptación sobre la inminente pérdida del hombre que los había liderado todos esos años, que, además de hersir , había sido mentor y amigo, pesó sobre ellos como una losa.

Aquellos rostros tan diferentes entre sí compartieron una misma expresión: una profunda desolación.

Thorffin de repente caminó hacia su amigo y, aunque éste intentó apartarse, lo estrechó en un conmovedor abrazo.

—Esa maldita tisis no va a impedir que me despida de mi hermano.

Sus ojos se velaron con un paño húmedo, pero logró contener sus emociones con un buen par de palmadas en la espalda de Gunnar y un carraspeo oportuno.

Luego fue mi turno. Me estrechó entre sus brazos y me sentí como si un oso me hubiera apresado entre sus zarpas. Su descomunal fuerza, sin embargo, estaba impregnada a su vez de un enternecedor cariño.

—Cuídalo allá donde vayáis.

Asentí emocionada y el guerrero se dio la vuelta y regresó junto al resto.

Uno tras otro imitaron la despedida, y finalmente los cuatro hombres se pusieron frente a nosotros e inclinaron sus cabezas en señal de respeto y lealtad.

* * *

Gunnar mejoró ostensiblemente. Apenas tosía y su color y sus fuerzas regresaron.

Se formaron dos grupos de trabajo, sus guerreros construían el barco fúnebre y Gunnar, el ataúd.

Mi función fue bastante más ligera, aunque no carente de menos responsabilidad: debía grabar unas inscripciones en una tablilla de piedra.

Brianda me las había dibujado con carbón en un pliego, pero era necesario que fuera mi mano quien las grabara.

En algún momento de aquel extraño día me pregunté si alguno de nosotros cuestionaba las palabras de Brianda. Porque no había modo de comprobar que fueran ciertas, que su intención fuera ayudarnos, que su pesadumbre no fuera fingida, que su intención no fuera otra.

Nadie excepto ella sabía qué significaban en realidad aquellos signos, similares a las muescas en el interior de la gruta. Sin duda era un lenguaje ancestral druídico, un alfabeto secreto cargado de magia.

La madera que utilizaba Gunnar para el ataúd también era específica, habían talado varios saúcos, porque, según ella, sus cualidades favorecían el conjuro. No daba mucha más información al respecto, y aquello despertaba mi inquietud y mis recelos.

No obstante, sólo nos quedaba confiar en ella. Me repetía que, si el hechizo no funcionaba, nuestro imperecedero amor sí lo haría.

Quedaba una última cuestión: preparar el veneno que yo tomaría. Brianda se había decidido por una infusión de hojas de tejo, que curiosamente era un árbol que simbolizaba la vida eterna. Apagaría mis latidos lentamente hasta detenerlos por completo.

Me ofrecería la dosis en una pequeña vasija para que yo decidiera el momento de tomarlo. Ella y los guerreros clavarían la tapa y perforarían el casco para que se hundiera en el fondo de la poza. Sin embargo, había un problema: había que precintar el ataúd.

Sigurd y Jorund fueron enviados a una aldea cercana para conseguir que un herrero les fabricara unos cintones de hierro y una cerradura muy especial, cuya llave ella escondería en un lugar secreto donde nadie pudiera encontrarla.

La hija de Gunnar presenciaba todo aquello desde un canasto de mimbre.

Ver el parecido con su padre me obnubilaba, pero también me recordaba que no era mía, y aquel sentimiento contradictorio me impedía acercarme a ella.

No obstante, él sí lo hacía, y sus mimos y sus guiños a la pequeña me enternecían.

En cuanto a las mujeres, esperaban en el bosque nuestro regreso. Y

saberlas tan cerca me tentaba a ir a su encuentro. Con todo, sería añadir dolor a la despedida. No era lo mismo llorar una pérdida que llorar una decisión, pues a esto último se añadía la frustración por no poder evitarlo.

Contemplar cómo Gunnar terminaba nuestro ataúd provocaba en mí una sensación insidiosa y opresiva. Intentaba visualizarlo como la puerta a otro mundo, uno mejor, pero aquella caja, más ancha de lo normal, no dejaba de ser un féretro.

Gunnar estaba de espaldas a mí. Se había despojado de su camisa y estaba cortando tablones con un hacha.

Su piel brillaba por el sudor, y los poderosos músculos de su espalda ondulaban bajo ella.

Las cicatrices eran un tono más claro, algunas era rosadas y de rugoso relieve, pero, aun así, su cuerpo seguía siendo hermoso, y el vigor que ahora rezumaba conseguía hacer olvidar que dentro de él anidaba adormecida una enfermedad mortal.

Al oír mis pasos aproximándose se detuvo. Ladeó el rostro ligeramente, su largo cabello se meció con el movimiento y su perfil se recortó contra el fondo boscoso. Lo admiré absorta, su salvaje masculinidad crepitó en el aire que nos separaba.

Me acerqué hasta colocarme detrás de él, rodeé su cintura y lo abracé.

Acaricié su fornido torso y suspiré. Él se volvió entre mis brazos para cobijarme en su pecho y me estrechó contra sí.

—Te deseo —susurré en su oído.

Se apartó para que descubriera el fuego en sus ojos.

No hizo falta nada más.

Me cogió en brazos y me llevó al molino.

Caía la tarde, a lo lejos se oía el claveteo de maderas, el rumor del arroyo y el silbido del viento.

Y ahí, sobre el lecho de hojas, nos entregamos a una pasión arrolladora.

Todos nuestros encuentros habían gozado de aquella intensidad tan abrumadora, como si el mundo se fuera a acabar, pero esta vez era cierto. Y

esa sapiencia dotó al acto de un paroxismo desatado.

El león emergió más fiero que nunca y la loba resurgió más salvaje.

Fuimos dos animales voraces e insaciables desahogando su rabia, su angustia, sus miedos, su necesidad y su tristeza. Volcamos en el otro cuanto sentíamos, liberando nuestro espíritu de toda carga.

Llegó la noche y, entre sueños interrumpidos y pasiones insatisfechas, la madrugada. Y al alba, exangües, nos abrazamos clamando nuestro amor a aquel roble que presenciaba cada promesa, cada beso, cada latido compartido.