Capítulo 44
Planeando una eternidad
La noche era fría y lúgubre, pero hermosa porque aún nos cobijaba bajo ella.
El aullido de un lobo que merodeaba cerca del molino ascendió hasta la refulgente luna que nos presidía, filtrándose entre las ramas del paternal roble y vibrando en nuestros oídos.
Había encendido un fuego en el interior del molino, tras haber acomodado a Gunnar en un lecho de hojas sobre el que recostarse.
Me tumbé a su lado para sofocar los tiritones de la fiebre y le daba de beber en un recipiente en el interior de una rama hueca.
Intenté buscar frutos secos para poder alimentarlo.
Encontré algunas avellanas y muchas bellotas.
Las casqué con una piedra y trituré el fruto para facilitar la ingesta.
La fiebre enrojecía su faz y hacía brillar sus hermosos ojos verdes. El resplandor del fuego doraba su cabello y la debilidad había relajado sus facciones, confiriéndole un aspecto dulce y casi aniñado.
—No pierdes tu gallardía ni al borde de la muerte —le susurré apoyada en un codo mientras acariciaba su pronunciado y rasposo mentón. Una barba corta lo poblaba, su boca resaltaba carnosa y tentadora entre aquel cerco castaño claro.
Un esbozo de sonrisa arqueó sus labios.
—Espero que ese remedio me deje despedirme de este mundo como deseo.
—¿Y cómo deseas despedirte?
—Hundido en ti, mirándote a los ojos, exhalando mi último aliento en tu boca.
—Así será.
—Siempre me ha fascinado mirar tus ojos a la luz del fuego —murmuró prendado—, la miel que hay en ellos se funde en oro y éste riela en varios tonos. Y, cuando miras directamente las llamas, éstas parecen meterse dentro de ellos y hasta desprenden el mismo calor que la hoguera.
Aquello despertó en mí una incertidumbre desazonadora.
—¿Cómo nos reconoceremos cuando renazcamos? ¿Será posible que nos recordemos? ¿Seremos parecidos a como somos ahora? ¿Y si mis ojos no son los que tanto te fascinan y recuerdas?
—No lo sé. Pero, seamos como seamos, nos reconoceremos. El corazón nos guiará a uno en brazos del otro. Porque, ¿sabes?, yo te buscaré hasta en el más lejano confín de la Tierra.
Aquello me tranquilizó, me recosté en su pecho oyendo sus rápidos y atronadores latidos. Posé la mano sobre su corazón y le pedí en silencio que reconociera mi esencia.
Él cubrió la mía con la suya y comenzó a acariciarla. Sus dedos repasaron mi anillo de bodas.
—Somos estas dos serpientes enlazadas, con este anillo hemos sellado la promesa de amarnos eternamente. Este anillo es el símbolo de nuestra unión, forma parte de nuestra historia y nos va a acompañar en nuestro viaje.
Suspiré y confié en ello. Decían que el último pensamiento antes de morir era el que determinaba el futuro del alma. Nuestro pensamiento sería el mismo, por ende, nuestros futuros también lo serían.
La muerte no era sino un proceso más en la evolución de un alma, un nuevo comienzo y el final de una etapa.
Parte de un ciclo, de un bucle con una misión, aprender.
Me pregunté si Eyra nos esperaría al otro lado, si su cariño y su sabiduría nos arroparían.
.., deseé que así fuera. Quizá también vería a mi padre y a mi tío, sí, ellos alumbrarían nuestro camino.
—No dejes que ninguna valquiria te obnubile o tendré que ir al Valhalla a sacarte a patadas.
Su pecho retumbó de risa y me regocijé en aquel sonido.
—Lo mismo digo de tus ángeles, no querría empezar mi andadura en el más allá derramando sangre. No estaría bien.
Sonreí y me abracé más fuertemente a su pecho.
—Ni unos ni otras se atreverán a separarnos. Tenemos una bruja malvada protegiéndonos.
—Eso parece.
El reconfortante crepitar del fuego se vio acompañado por el ulular de una lechuza, el murmullo de las ramas agitadas por la brisa nocturna y aquel continuo aullido que parecía acercarse.
—Tus hermanos lobos parecen querer acompañarnos.
—Daré con ellos mi último aullido antes de entregarte mi postrer aliento.
Ese animal también se ha convertido en mi símbolo.
—El lobo que anida en tu interior habla del coraje de una mujer que enfrentó la adversidad y aprendió de ella. Que no se dejó someter, que luchó con honor y desplegó lealtad. Que nunca se rindió por muy cruenta que fuera la batalla. El espíritu del lobo es una luz guía, y sé que me guiará hasta ti.
Mi atribulada alma se solazó aligerando la pena que la constreñía.
Dormimos uno en brazos del otro...
La muerte tendría que esperar a que estuviéramos preparados, y eso... eso ya era una pequeña victoria sobre ella.
* * *
—¿Estáis ahí dentro?
El vozarrón de Thorffin resonó en la quietud del bosque como un trueno en un día de verano. El aleteo asustado de los pinzones se perdió en el cielo, seguido por el quebradizo susurro de hojas pisoteadas acercándose a la entrada.
Me puse en pie y salí del molino.
Frente a mí, Hiram, Thorffin, Sigurd y Jorund con sus espadas alzadas mostraban sus ceños belicosos. No iban solos, llevaban a Brianda maniatada.
La pequeña no iba con ella.
—No dejes que entren, podrían contagiarse —musitó Gunnar, incorporándose trabajosamente.
Una tos repetitiva acompañada de agónicos silbidos lo congestionó. Ya me acercaba a él cuando alzó una mano para detenerme.
—Estoy bien —jadeó—, encárgate de ellos.
—Llevan a Brianda de rehén, no se irán si no hablas con ellos.
Asintió y entonces aceptó mi ayuda para ponerse en pie.
—Con lo rápido y honorable que es morir en batalla como un guerrero...
—se lamentó avergonzado por su debilidad.
—Me habrías privado del placer de tus quejas y de dormir abrazada a una hoguera —repuse mordaz.
Formó una mueca sardónica y me rodeó los hombros apoyándose en mí.
No dejaba de resultar incoherente o incluso contradictorio que se pudiera bromear con una situación tan dura como ésa.
Pero, una vez asumido el inexorable fin, la ligereza combatía la gravedad, permitiéndonos respirar.
Era como si las chanzas y la trivialidad de algo tan drástico y definitivo como era la muerte nos permitieran combatir el miedo a lo desconocido.
Partiríamos, sí, pero juntos, y los escasos instantes que nos quedaban en la tierra de los vivos no serían ya amargas lágrimas, pues no era el fin, era un comienzo. Y
abrazar eso era soltar los miedos.
Gruñó y frunció el cejo, pero logró sonreírme con cierta diversión por mi sarcasmo.
—Ya que no llegaremos a ancianos, tendrás que conocer mi lado más recalcitrante.
—Pues ándate con ojo, que mi lado impaciente no se apiadará de un enfermo gruñón, por muy apuesto que sea.
Nos acercamos a la entrada. Los hombres nos miraron atónitos y preocupados por el deplorable estado de Gunnar. En la expresión de Thorffin pude ver que reconocía con horror lo que supondría una recaída ante la misma enfermedad que lo consumió en la prisión de Qurtuba.
—¡Por Odín! —exclamó Hiram demudado—. ¿Qué demonios te han hecho?
Hizo ademán de aproximarse, pero Gunnar alzó el brazo y extendió la palma negando con la cabeza.
—No os acerquéis, es contagioso —advirtió.
Thorffin lo ignoró y avanzó unos pasos.
—Además de terco, sordo... dudo que te eche de menos —profirió acudiendo a la sátira para combatir sus emociones.
—No, no me vas a echar de menos, porque no te voy a dejar —rezongó el gigante.
—Si de verdad quieres ayudarme, deja que la bruja me traiga el remedio.
Por difícil que sea de creer y tras un, más extraño aún, acto de contrición, desea expiar su culpa con un regalo. Una compensación. La necesitamos, así que libérala.
—¿Una compensación a qué? ¿Te ha vuelto a envenenar? —preguntó Thorffin frunciendo con aguda preocupación el ceño.
—No es un veneno, es la tisis, la que contraje en la cárcel.
—¿Has recaído? ¿Cómo es posible?
—En realidad habría muerto allí si no llega a ser por ella. Digamos que me concedió un poco más de vida.
Los guerreros miraron a la bruja desconcertados.
—¿Y por qué no puede volver a curarte ahora? Estás hecho una piltrafa —farfulló Sigurd. Luego se palmeó la frente, recriminándose su necedad—.
¡Ah, ya, para eso necesitas ese remedio!
Las miradas esperanzadas de los hombres me partieron el corazón.
—No, ya no puede curarme. Revocó el hechizo que me mantenía a salvo y no puede hacer otro.
—¿Que no puede? —Thorffin la agarró del pelo y la obligó a ponerse en pie, posando el filo de su espada en su garganta—. Quizá necesite un buen acicate.
—No, viejo amigo, no se trata de eso. Ella sólo detuvo mi destino un tiempo, pero éste debe seguir su curso.
—¿Qué demonios quiere decir eso? —bramó Thorffin.
—Que me estoy muriendo.
Aquella afirmación serena transfiguró sus rostros en una mueca de impactada consternación. Sabía que ahora vendría la negación, la confusión y la ira.
—Pero... eso no es posible..., tú no puedes...
—No soy inmortal —aseveró Gunnar.
—Pero ¡maldición, eres joven y fuerte! Y no es tu destino —blasfemó furioso y aturdido—.
Tu destino es morir de viejo junto a tu esposa mientras ayudas a parir a alguna cabra o reparas una valla.
Incluso si no fuera ése, mereces que algún hijo de perra te ensarte con su espada en pleno combate, y que las valquirias te lleven al Asgard, donde eructarás y mearás sobre la mesa si te place.
Y yo estaré ahí, brindando, eructando y meando contigo. Y
seguramente nos retaremos con los puños y yo te ganaré y hasta puede que compitamos en un buen pulso, en el que también te ganaré. Y cantaremos hasta hacer graznar a los cuervos de Odín, y patearemos culos y... reiremos hasta que nos duela la tripa... y...
Su voz fue descendiendo gradualmente hasta que pereció frente a la congoja que prensaba el semblante de Gunnar.
Thorffin clavó sus ojos en mí buscando algún indicativo que alimentara su esperanza, pero no lo halló.
—Suéltala —pidió Gunnar—, el remedio que espero es para aliviar la dolencia, tengo un ataúd que construir.
Los ojos de su amigo se agradaron con asombro.
—¿Un ataúd? —repitió perplejo.