El último aullido (Lobo 3) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

—No irás a ningún sitio sin mí. Dijimos que juntos podríamos enfrentarnos a todo, también a esto.

—No podemos vencer a la muerte. Debes vivir por mí, por nosotros...

Negué con la cabeza y me aparté airada.

—¡No vas a morir, maldita sea! ¡No te rindas, no la creas!

Una tos bronca y silbante fue su respuesta.

Me puse en pie y trastabillé aturdida. Caminé de un lado para otro, dando patadas a las hojas, a las ramas y a las piedras. Bufaba y gruñía, lanzaba imprecaciones y maldiciones, aferrada a mi negación.

Luego me detuve. Respiraba agitadamente, el fresco aire otoñal quemaba mis pulmones. Miré a la bruja y me encaminé a ella.

—Te juro por los dioses que si él muere te mataré —siseé.

—No harás tal cosa... —musitó él.

Me volví hacia Gunnar, que intentaba ponerse en pie.

—Ella... ella te ha condenado... —repliqué.

—Su hija... mi hija la necesita. Y no va a morir un solo inocente más —sentenció alzándose en toda su imponente altura. Estaba apoyado en el muro, su debilidad le impedía caminar.

—Quizá pueda ofreceros una compensación —propuso ella.

Brianda se puso en pie, tomó un largo lienzo de paño que desató de su cintura y lo cruzó sobre su pecho para colocar al bebé en la unión. Ató los extremos a la parte baja de la espalda y avanzó decidida hacia Gunnar. La seguí.

—¿Podrás salvarlo? —inquirí ansiosa.

—No he dicho eso —aclaró—, pero hay una forma de que os reencontréis.

De que volváis a nacer y el destino repare vuestro infortunio y os conceda una vida juntos, larga y feliz. Puedo enlazar vuestras almas para que nazcan al tiempo, y en la época adecuada.

—¿Cómo? —preguntó Gunnar entre jadeos ahogados.

—Hay un hechizo para eso. Pero requiere de una serie de condiciones para que se cumpla.

Me miró fijamente escudriñando en mis ojos.

—Antes has dicho que estabas dispuesta a sacrificarte tú —comenzó—. Y

que él no iría a ningún sitio sin ti. Para que el hechizo os una, debéis ocupar el mismo espacio, debéis partir juntos.

—¡No! —exclamó Gunnar tajante—. ¡Ella no morirá conmigo!

—Tú lo hiciste por mí, cuando me creíste muerta. No soportaste la vida sin mí, no te atrevas a condenarme a mí a ese tormento. No viviré siendo una sombra sumida en la agonía de respirar.

—¡He dicho que no! —rugió feroz. Aquel exabrupto le provocó un violento ataque de tos que lo dobló en dos y lo dejó lívido.

Me ceñí a su pecho para sostenerlo y, cuando se recompuso, negó rotundo con la cabeza.

—Estoy dispuesta —acepté dirigiéndome a Brianda—. Deseo partir con él y renacer cuando él lo haga para encontrarnos de nuevo. Nos deben una vida, y pienso reclamarla.

La druida asintió. Me contempló con envidiosa admiración.

—Ahora entiendo por qué os pertenecéis. El destino es sabio y a menudo indescifrable.

Y ahora sé que no soy más que su mero instrumento.

Le alargué la vida creyendo que podría alejarlo de ti, y en realidad nos ha llevado a este punto.

Os regala la posibilidad de renacer juntos.

Finalmente se apiada de vosotros ofreciéndoos esa oportunidad.

Y nadie más que yo podría hacerlo. No existen las casualidades.

.., y aquel día en la prisión de Tulaytulah ya estaba predestinado que lo conociera.

Ahora entiendo que mi misión, mi deuda con el padre de mi hija era ésta. Ayudarlo a partir con la mujer que ama.

Gunnar sacudió la cabeza y profirió un gemido sufrido.

—No hay nada que puedas hacer para impedirlo —musité apartando los mechones de su rostro.

Sus hermosos ojos verdes, enrojecidos por el llanto, me contemplaron con una gravedad nueva. La aceptación se asentaba en él.

Enlacé mi mano en la suya y la apreté con fuerza.

—No te soltaré, iré allá donde tú vayas..., juntos.

—Si te sirve de consuelo —espetó Brianda—, la tisis es contagiosa, cuando anulé sus efectos con el hechizo también desaparecieron sus consecuencias en los demás. Pero ahora es bastante posible que ella ya la haya contraído.

—De acuerdo, partamos juntos. ¿Qué necesitas?

La bruja suspiró hondamente, su semblante adquirió un velo concentrado y solemne.

—Muchas cosas. La primera, un ataúd sagrado, donde reposaréis en ese descanso eterno hasta que llegue vuestra merecida compensación.

—Me temo que no estoy en condiciones de sostener un hacha...

—Salta a la vista, norteño. Pero, aunque no puedo arrancar la enfermedad de tu cuerpo, sí puedo mejorar tus síntomas y enlentecer el proceso. Al menos, lo suficiente para que seas útil.

Asintió y, tras otro acceso de tos, se derrengó de nuevo hasta sentarse en el suelo.

—Luego hay que elegir la morada adecuada. Debe ser un medio líquido, a poder ser lo más recóndito posible. El agua mantendrá vivo el hechizo y ayudará a que su fluir preserve vuestra unión.

—Conozco ese lugar, y es el idóneo, rebosa magia y paz.

La poza donde nos habíamos amado aquella noche sería nuestra última morada.

En efecto, el destino tenía escabrosas formas de guiarnos hacia sus brazos, nos iba dejando miguitas de pan, pequeñas pistas que seguir para luego descubrir que en verdad todo tenía un sentido, nada era casual. Hasta aquella noche bajo las estrellas flotando en la poza parecía estar predestinada.

—Bien, prepararé el remedio y os lo traeré junto con comida y alguna manta. E iré reuniendo poco a poco lo que precisaré. Necesitáis la dispensa de vuestros dioses, habremos de honrarlos a todos.

—¿Por qué nos ayudas en esto?

Brianda fijó su vista en Gunnar, bajó la mirada apesadumbrada y suspiró.

—Acabo de presenciar algo que no creía que existiera.

Y verlo ante mis propios ojos me ha hecho sentir deseos de preservarlo.

Hace falta mucho amor en el mundo, amor como el vuestro, el que empequeñece todo lo demás, el que eclipsa la ambición, el poder, las tentaciones, la malicia de un mundo podrido, el que brilla con más fuerza que los astros.

—Volvió a mirar a Gunnar, de sus ojos brotó un anhelo frustrado—.

Lo codicié en cuanto lo vi, y vi más allá de su hermosa hombría, vi un corazón puro, valiente y noble.

Se convirtió en un reto para mí, deseé su simiente, pero también su corazón.

Creí que una mujer con mis dones y mis poderes sabría seducirlo, pero sólo pude doblegarlo con mis artificios.

Obtuve lo que quería, pero también me gané su desprecio.

Se acuclilló frente a él y lo cogió por la barbilla para obligarlo a mirarla.

—Sabía que serías incapaz de hacerle daño a nuestra hija, fui en busca de tu loba por una sola razón: porque tú y sólo tú me has hecho conocer emociones que desconocía.

La última es la culpa, como si esa luz que emerge de ti hubiera despertado mi conciencia.

Y sé que, aunque ahora selle la tapa de vuestro ataúd y os enlace en la eternidad de los tiempos, seguirás mirándome con desprecio desde el más allá. Y ése será mi castigo.

Gunnar alargó una mano y acarició la redonda cabecita del bebé, que ya dormitaba saciada.

—Cuídala, deja las malas artes y dedícate a la sanación y prometo no atormentarte desde el otro lado.

—Volcaré en ella todo el amor que no me has dejado volcar en ti.

Se puso en pie y me pareció ver una mirada húmeda y un rictus trémulo.

Una nueva tanda de lágrimas ovaladas de colores cobrizos planeó sobre nosotros mecidas por la brisa. El roble lloraba de nuevo, como lo haríamos nosotros aquella larga noche que nos aguardaba.

Triste y amargo final, pero con una dulce promesa futura.

—Cobijaos en el molino, la noche será fría.

Brianda desapareció casi flotando sobre la hojarasca, que se arremolinaba tras ella siguiendo sus pasos.