El último aullido (Lobo 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

No te soltaré

El dolor es la emoción más traicionera de todas.

El dolor juega al escondite para atormentarte implacable.

El dolor es engañoso, cruel y déspota.

Pues goza de un poder encubiertamente piadoso.

Embota los sentidos hasta adormecerlos, ofreciéndote así una breve tregua con intención de que te recuperes lo suficiente para aguantar otra tanda de punciones sin que pierdas la conciencia por muy agudas que éstas sean.

El dolor emocional es más vil que el físico en ese aspecto.

Y, aunque vislumbras una ansiada negrura, no llegas a alcanzarla.

En aquella marea inclemente, mi ser bamboleaba vapuleado.

Abrazada al pecho de Gunnar, soportaba una ola tras otra, descansando a intervalos. En aquellas fugaces pausas, mi mente me consolaba negando lo que mi corazón ya había aceptado. Y me aferraba a la negación y, junto a ésta, mi mente hilvanaba mil finales felices.

De repente, y movida por un impulso irrefrenable, me puse en pie y me dirigí a la bruja.

—¡Tú puedes curarlo! ¡Hazlo, haré lo que me pidas! —le grité, provocando el llanto de la niña.

—Ya lo hice una vez.

—¿De qué estás hablando?

—Me curó la tisis —contestó él.

—Os seguí porque deseaba ayudarlo —comenzó ella con mirada perdida.

La niña volvió a agarrarse a su pecho—. Las piedras me mostraron su destino. La fatalidad lo llevaría a esa prisión donde moriría de tisis. Por eso os seguí, para impedirlo, para cambiar su destino. Y lo hice.

»No suelo usar mi magia, a pesar de lo que muchos creen, sino mi extenso conocimiento del arte de la curación. Pero, cuando la uso, debo ofrecer sacrificios. Los dioses de la muerte sólo perdonan una vida si se llevan otra.

La tisis es incurable. Ningún remedio conocido es capaz de obrar el milagro, por eso tuve que recurrir a la magia.

Le ofrecí un remedio, pero en realidad era un hechizo.

Y eso mantuvo la enfermedad a raya. Los niños que murieron en Qurtuba fueron, de hecho, mi ofrenda, enmascarada hábilmente en la petición desesperada de la esposa del emir.

En realidad, los problemas de vigor sexual del emir tan sólo se deben a la ausencia total de deseo por su mujer. Con la favorita no los tenía.

—¿Por qué niños?

—Porque a los dioses celtas de la muerte les gustan las almas cuanto más jóvenes y puras mejor.

Tragué saliva e intenté acompasar la respiración ante el acceso de náuseas que me acometía. Aquella confesión demencial me había embotado, espesando mis pensamientos, pero deteniendo un instante la marea punzante que ya se alzaba de nuevo contra mí.

—Entonces... ¿por qué vuelve a estar enfermo?

—Porque quise alejarlo de tu vida. Las piedras no mienten, y en ellas vi todo el sufrimiento vivido y el que os esperaba por vivir, porque ambos estáis malditos. El destino os ha maldecido con un duro pago por vuestro amor.

Nadie puede gozar de más favor que los dioses, y vosotros compartís algo que ellos jamás podrán tener.

Os veneráis el uno al otro, por encima de cualquier poder terrenal o divino.

—Hizo una pausa para acariciar la gordezuela mejilla de su hija con aire ausente.

Cuando alzó la vista, descubrí asombrada que ella también naufragaba en aquel mar oscuro que ya me había engullido a mí—.

Supe que, a pesar de todo, mientras siguiera a tu lado, la muerte no dejaría de perseguirlo, así que le ofrecí venir conmigo y con su hija.

Sólo a mi lado su vida sería larga y pacífica, o incluso viviendo en soledad, lejos de ti.

Pero no aceptó mi propuesta. Dijo que preferiría morir a separarse de ti.

Y, bueno..., yo... revoqué el hechizo presa del despecho y la frustración. Le di lo que quería.

Si no hubiera estado amamantando a la criatura creo que la habría matado allí mismo. La furia sacudió mi cuerpo para que finalmente la ola me sepultara de nuevo haciendo flaquear mis piernas. Me derrumbé de rodillas frente a ella y la miré suplicante.

—Vuelve a usar tu magia, yo... yo me iré..., pero sálvalo, te lo ruego...

La mirada de la bruja se oscureció. Miró a su hija y negó con la cabeza.

—No estoy dispuesta a sacrificar a mi hija. ¿Estás acaso dispuesta tú a sacrificar a la tuya? ¿Pagarías ese alto precio por conservarlo? ¿Podrías vivir con eso? ¿Podría él perdonártelo? Además, no hay garantías de que funcionara una segunda vez.

—Pero estoy dispuesta a sacrificarme yo.

Brianda suspiró pesadamente. Hundió los hombros y bajó la mirada.

Cuando al cabo volvió a alzarla, creí ver un deje culpable en su faz.

—No eres pago suficiente. Y créeme que me gustaría que lo fueras.

No podía recriminarle lo mismo que yo sentía. Deseaba su muerte al igual que ella la mía si con eso él pudiera salvarse.

—¿Cómo lo capturaste?

—Cuando se abalanzó contra la guardia que lo había herido, logró escapar, pero se dio de bruces con otro grupo, en el que iba Jamil.

No fue rival para él y logró matarlo antes de que lo apresaran.

Esperé a la noche y embauqué con mis artes a los soldados, lo liberé, sin soltar sus manos, podría haberme matado a la menor ocasión.

Le dije que te había hecho prisionera en las cuevas del manantial, a decir verdad, fue el refugio de mi gente en otros tiempos, y así logré llevarlo a mi guarida junto al árbol sagrado.

Me urgía convencerlo de su fatal destino si seguía a tu lado, pero de nada sirvió.

Cubrí mi rostro con ambas manos y sollocé contra ellas. Aquello no podía estar pasando, tenía que ser una maldita pesadilla. Sí, eso era, no podía ser real. Gunnar se pondría bien, yo lo cuidaría.

Tras un quebrado hipido, me refregué las mejillas, endurecí el mentón y negué con la cabeza componiendo un ceño tozudo.

No. No iba a morir, yo no iba a permitirlo.

Quizá todo aquello no era más que el juego cruel y despechado de una bruja que usaba una simple recaída para torturarnos.

Sí, eso debía de ser, toda una sarta de mentiras que enarbolar para intentar separarnos.

Me puse en pie y me dirigí hacia la ribera. Me arranqué los bajos de mi falda en una tira y la sumergí en el agua, la retorcí para escurrirla y me acerqué a Gunnar. Su semblante mostraba una desolación que me partía el alma.

—Te pondrás bien —afirmé convencida, pasándole la tira helada por la frente y el rostro.

Él me observaba en silencio, con un dolor tan profundo prendido en sus ojos que evité mirarlo para no derrumbarme.

—Conseguiremos un barco, ya lo verás, y encontraremos ese lugar del que hablas, esa tierra de glaciares, y allí nadie podrá hacernos daño.

Allí seremos muy felices, amor mío. No debes creer las palabras de una bruja, sólo saben decir mentiras y maldades.

Ella te ha enfermado, estoy segura, pero lejos de aquí, de su magia, te pondrás bien.

Yo te cuidaré y tú... tú construirás una granja, como siempre deseaste, y pastorearás ganado y hasta podrás tener tu propio terreno de cultivo.

Olvidarás hasta cómo se empuña una espada, te lo prometo, cariño.

—Freya...

Continué pasando el lienzo por su frente y lo dejé en ella con la esperanza de que le bajara la temperatura.

—Y veremos crecer a la pequeña Raquel, y... ¿sabes?...

—Freya..., escúchame...

—Creo que Valdis ya ha perdonado a Hiram. Y, lo que es mejor, Hiram por fin ha descubierto que la ama. Estoy segura de que ahora sí podrán ser muy felices juntos.

Hablaba rápida y atropelladamente sin atreverme a mirarlo, negándome a escucharlo.

—He pensado que podrías enseñarme a pescar. ¿Recuerdas cuando lo intentaste la primera vez? —Proferí una risita extraña que sonó delirante, pero continué. No podía detenerme—. Dios, fui tan torpe para eso, ¡y cómo te burlaste de mí...! Reías a mandíbula batiente...

—Freya, te lo suplico... —gimió él.

—Al menos fui más diestra en aprender a cabalgar.

.. —suspiré con una sonrisa nostálgica—.

Recuerdo aquella tarde sobre tu montura, cabalgando juntos, cortando el viento.

.. Yo... yo alargué los brazos y creí volar, tú detrás sujetabas mis caderas y gozabas ante mi exaltación.

.. Llegamos a un acantilado, jamás olvidaré ese paisaje.

Me golpeó con la misma fuerza que tus sentimientos cuando me besaste. Te hice una pregunta..., ¿la recuerdas?

Asintió. Esta vez, lo miré. Tenía el rostro arrasado en lágrimas.

—Me preguntaste qué quería de ti...

—Y tú me contestaste que algo que sólo tú podías darme —continué besando sus húmedas mejillas—. Entonces no creí entender, pero mi corazón ya era tuyo. Lo ganaste cada día, con cada gesto, con tu tesón, con tu entrega... Y, ¿sabes?, lo único que lamento fue haberme resistido tanto a la verdad.

—Deberías lamentar el día en que te sentencié. El día en que te capturé en Isbiliya, decidido a hacerte mía en cuerpo y alma. Mi amor te ha causado demasiados quebrantos. Y ahora...

Bajó la cabeza. Su largo cabello ocultó su rostro, pero sus hombros se sacudieron presos de silenciosos sollozos.

Me abracé a él y hundió la cabeza en mi hombro.

Apenas podía abarcarlo, pero lo estreché con toda la fuerza de la que fui capaz, desgarrada por la necesidad de fundirlo en mi interior.

De protegerlo del mundo, de alejarlo del dolor.

Sentí ganas de gritar, ganas de golpear.

Sentí un odio atroz por cuanto me rodeaba, y una rabia malsana contra el mundo, contra el destino, contra el aire que nos separaba.

—Ese día volví a nacer. —Posé ambas manos en su rostro y lo obligué a mirarme—. No sabía lo que era amar hasta que te conocí, y no cambio ninguna lágrima vertida por cada beso recibido.

Gunnar alzó su mano hacia mi mejilla y la acarició con el dorso de los dedos. Sus ojos me recorrieron con penetrante intensidad. El verdor de su mirada, aclarado por las lágrimas, refulgía henchido de amor.

Posó su frente en la mía y cerró con fuerza los ojos.

—Amor mío —susurró con infinita dulzura—, debes aceptar mi partida.