El último aullido (Lobo 3) Capítulo 47 #2
94%

Capítulo 47 #2

De tal forma que, bueno, lo que acabas de recordar está demasiado fresco en tu mente, lo que significa que sigues conectada emocionalmente con aquellas vivencias.

Y encima yo sentía la necesidad de no guardarme nada dentro, porque pienso que es esencial que lo liberemos todo para poder empezar desde cero, cerrando por fin esa puerta, para abrir la de un futuro completamente desligado del pasado.

—Hizo una pausa en la que su faz se ensombreció con la inquietud que había sufrido todo ese tiempo—.

Y, bueno, yo temía que mi confesión te afectara de algún modo.

—No obstante, fuiste valiente y me lo has contado incluso cuando yo acababa de revivir ese momento —murmuré.

—Era el momento, quizá el más delicado —apuntó grave—, pero para mí fue una traición hacia ti haber tenido ese pensamiento, y me angustiaba. A eso súmale que me sentía culpable por habernos abocado a la muerte. Me preocupaba mucho que eso te alejara de mí.

—¿Fue uno de los motivos por los que no quisiste contarme esa última parte de la historia?

—El motivo real fue que ansiaba cerrar esa puerta. Sufrimos mucho, luchamos demasiado y al final perdimos. Mejor no mirar atrás, preferí mirar adelante y vivir felices sin remordimientos, culpas ni sinsabores. No obstante, las cosas que no se cierran como es debido regresan a ti una y otra vez.

—Cierto —coincidí clavando mis ojos en los suyos—, pero quiero que te quede claro a ti también que no hay nada en este mundo, ni en ningún otro, que pueda alejarme de ti.

Atrapó mi nuca y apresó mi boca, vertiendo en el beso todo el alivio y la dicha por sentirse liberado de su carga.

—Y ahora, dime, ¿qué pasó cuando morí?

—Que tuve la oportunidad de cambiar las cosas.

Su expresión se tornó intrigada.

—No confiaba en ella —comencé—, ni en toda esa palabrería sobre compensarnos y sobre que merecíamos una nueva oportunidad.

Pero ni yo ni tú ni nadie podíamos cuestionar lo que nos decía.

Sin embargo, decidí confiar en mi instinto.

Y mis tripas me gritaban que nos estaba engañando.

Así que, cuando me llevó a sus piedras, a ese lugar sagrado, y sentí la magia del sitio brotando de aquel enorme saúco, decidí forjar mi propio plan.

Gunnar entornó curioso los ojos. En ellos reconocí un brillo admirativo.

—Caminé hacia el árbol, sentí, al igual que me pasó el otro día con Miguel, un fuerte vínculo con él.

Un magnetismo inexplicable pero tan palpable como la rotunda rugosidad de su viejo tronco.

Y fui hacia él. Allí, puse las manos en los nudos de su madera y, como si hubiera conectado directamente con la Madre Tierra, sentí un flechazo eléctrico atravesándome.

Le hice una pregunta y me contestó. No necesité nada más.

—¿Qué le preguntaste? —inquirió completamente absorbido por mi relato.

—En realidad, algo que ya sabía, que ella jamás permitiría que volviéramos a encontrarnos, que ya nos había maldecido. Y entonces fue cuando me vi obligada a tomar aquella decisión.

—¿Qué decisión?

—Matar a Brianda.

Gunnar me miró boquiabierto. Su ceño se intensificó, el estupor cubrió sus facciones como un tupido y sombrío paño.

—Dime que no lo hiciste. —El tono angustiado de sus palabras me irritó.

Suspiré hondamente, cerré los ojos y rememoré aquella larga y dura noche.

—Lo hice, era el único modo de romper la maldición que nos separaría.

Pero ella me lo puso fácil, se enfrentó a mí.

—¿Y la niña? —preguntó preocupado.

—Vino con ella, atada a su pecho en aquella fría madrugada.

Esa criatura no merecía tener ni esa madre ni esa vida.

Y, cuando me dejó el cuerno hueco con la infusión de hojas de tejo, me preguntó por qué no la había obligado a rehacer el hechizo.

Aquello la inquietaba y le hacía sospechar que yo tenía otra cosa dispuesta.

Por eso se encaró conmigo, para hacerme hablar. ..

Me alejé del cuerpo frío de Gunnar, bañado por la luz de la luna, y me enfrenté a ella.

Aquella pequeña gorjeando entre nosotras era su escudo. No podía mirar la carita de la pequeña sin sentir unos atroces remordimientos por lo que estaba a punto de hacer.

—No necesito que rehagas nada, no te necesito para nada —respondí a su recelosa pregunta.

Brianda entornó los ojos con aguda suspicacia y retrocedió unos pasos.

—¿Y qué es exactamente lo que piensas hacer? ¿Has cambiado de opinión? ¿Ya no deseas morir con él?

—Sé exactamente lo que debo hacer —repuse ladina—, lo contrario de lo que tú deseas y esperas.

Sus labios se fruncieron en una mueca amenazadora.

Intentaba provocarla para que soltara a la niña y se enfrentara abiertamente a mí, pero necesitaba más acicate.

—¿Sabes que tu hija ya está condenada por tu maldad? Me lo dijo el gran saúco, que no verías su primer año de vida.

—¡Mientes! —exclamó colérica—. Se convertirá en la hechicera más hermosa y poderosa que nunca haya existido. Lo he visto en las piedras.

Incluso sé cómo la llamarán: Myrna, la Gata Negra.

Viajará a mi tierra de origen, Ériu, y echará a los norteños que se han asentado en el lago negro, en Dubh Linn.

Por eso la hice venir al mundo de la semilla del mejor de los guerreros, su sangre pagana y celta la convertirá en una líder única, porque su sino será crear una nación, proteger su magia y sus tradiciones, y expulsar al invasor.

Ella no morirá, está llamada a hacer grandes cosas, será venerada, amada y traicionada, pero se convertirá en la única mujer que comande ejércitos, que una un pueblo y que sea temida en medio mundo conocido.

Miré la dulce carita de la niña, sus ojos verdes me contemplaron ingenuos y hermosos, los ojos de Gunnar.

Su cabello negro, como el de su madre, resaltaba el pálido óvalo de su rostro.

El frío de la noche arrebolaba sus mejillas y la punta de su nariz.

Su apariencia era tan adorable y tierna que me sentí tentada de acariciar su tez.

Sería hermosa, eso era indiscutible, y quizá también heredara los dones de su madre, sólo esperaba que también gozara de la sabiduría y la bondad de su padre para utilizarlos debidamente.

—Yo sólo corroboro que no verás su primer año de vida —musité obligándome a apartar los ojos de la niña y clavándolos en su madre, refrendando con mi mirada la amenaza que entrañaban mis palabras.

—¿Vas a obligarme a que te meta en ese maldito ataúd?

—Me temo que sí, Brianda de Kent.

Asintió levemente, se descolgó a la niña de su pecho y la dejó bajo un árbol, envuelta en aquel trapo con que la transportaba.

Luego se acercó a mí con gesto depredador. Su mirada brilló letal en medio de aquella noche que se cobraría el alma de dos mujeres enfrentadas.

Saqué mi daga y ella su puñal. Y comenzamos a tantearnos moviéndonos en círculos. Lanzamos varias tentativas para calcular las distancias. Brianda sonreía pérfida, disfrutando del preludio de un combate que ya desprendía el inconfundible tufo de una muerte inminente.

—Vamos, loba, saca tus garras...

Apreté los dientes y, como si mi animal interior hubiera roto la cáscara de mujer que lo cubría, se oyó un largo aullido en la noche.

Pude ver cómo el semblante confiado de Brianda titubeaba en pos de una máscara de prudencia y respeto hacia mí.

Sería un grave error subestimarme, y ella era muy lista.

Lancé la primera embestida, rápida y certera. Un tajo se abrió en el costado de la hechicera. Gimió y saltó hacia atrás protegiéndose con varios lances, que esquivé. Ella podía ser letal con las pócimas, pero yo lo era con las armas.

Frunció el ceño furiosa y yo sonreí artera ante la visión de la sangre de mi contrincante. Me relamí ávida de más sangre.

—¿Dónde está ahora tu poder, maldita?

Comenzamos a girar en un amplio círculo, aguardando un ataque del contrario.

Ya me decidía a nueva embestida, esta vez más letal, cuando, al estirar el brazo para enfocar la estocada en el cuello, ella giró sobre sí misma, ágil como un gato, y se lanzó contra mí.

Su daga se hundió en mi vientre. La sacó rápidamente y la sangre brotó de mi herida.

Apenas sentí dolor, pero su pequeña hoja estaba empapada en mi sangre.

Apreté los dientes, gruñí y cargué contra ella, descargando varios lances cortos y rápidos que la hicieron retroceder jadeante.

Se cobijó tras un árbol, esquivando mis ataques.

Me costó hacerla salir de su escondrijo, pero cuando la tuve a mi merced de nuevo en el claro, supe que o acababa pronto el combate o la herida que horadaba mi vientre acabaría debilitándome.

Desplegué todas mis habilidades teñidas de furia y desesperación y, tras varios giros que la desconcertaron, logré ponerme tras ella y la desarmé. La cogí por el torso y desde atrás posé el filo de mi daga en su garganta. La respiración agitada de la bruja rezumó su miedo y su desesperanza.

—Déjame que me despida de ella —gimió suplicante.

Me volví para encararla hacia el árbol donde su hija parecía dormitar cubierta por el manto y la ignorancia de lo que acontecía frente a ella.

—No voy a soltarte. Despídete de ella, tus dioses te esperan.

Pronunció una frase larga y apasionada en una lengua extraña, reconocí el nombre de Myrna al final. Luego agregó algo que, aunque entendí, no comprendí:

—El alma que aquí habite no podrá renacer de entre las aguas.

Cuando terminó, sentí en mi puño la cálida humedad de una lágrima. No me conmovió. El lobo que habitaba mi ser carecía ya de piedad alguna.

Deslicé la hoja penetrando en su carne. Un reguero espeso y oscuro manó a borbotones. Con cada latido la vida salía de su cuerpo palideciendo su piel.

La solté y me puse frente a ella.

Intentó hablar, pero no pudo. Su mirada desorbitada me taladró, cargada de odio e impotencia. Se desplomó de rodillas sobre las crujientes hojas del bosque.

La noche ya agrisaba, la muerte acudía presta a colmar su implacable apetito. Yo sólo esperaba alimentarla tras haber terminado mi cometido.

Observé cómo Brianda boqueaba en busca de aire, cómo el aroma herrumbroso de la sangre precedía al rocío del amanecer, cómo la vida emergía en volutas de vaho del cuerpo de la bruja. La bruma que abrazaba los helechos comenzaba a diluirse huyendo de una mañana incipiente que se intuía clara.

Cuando la mujer cayó inerte sucumbiendo a su fatal destino, la niña lloró como si intuyera aquella trágica pérdida. Sin poder adivinar que tendría la mejor de las madres, la mía.

Oprimí la herida de mi abdomen y, medio inclinada sobre mí misma, me acerqué hacia el árbol. Me dejé caer junto a la pequeña y la tomé en mis brazos, acunándola.

—Chisss..., todo saldrá bien, pequeña. Si estás llamada a ser Myrna, la Gata Negra, reina de los celtas, lo serás. Pero vistiendo los valores que precisarás para ello.

En aquel preciso instante supe qué debía hacer con ella, y, en honor a la predicción de su madre, decidí, si la vida me concedía ese tiempo, escribir su destino y entregarla con él cuando tuviera edad para cumplirlo.

Regresé con la niña en brazos junto al cuerpo de Gunnar y me tumbé junto a su lado con ella entre nosotros.

—He ahí tu padre, el mejor de los hombres y el más temible de los guerreros.

Aguardé al alba, a que los hombres nos encontraran, rezando por que mi vida se alargara lo suficiente para disponer el destino de aquella niña y el nuestro.

Mientras la mañana clareaba, pintando de colores el bosque, perfilé en mi cabeza cuanto habría de hacer para marcharme en paz...