Capítulo 41
Buscando mi corazón
Días después, Martín se despidió de todos nosotros manteniendo estoicamente al margen sus emociones. Tan sólo su escudo titubeó cuando abrazó a Valdis. Resultó innegable el esfuerzo que le suponía apartarse de ella.
La muchacha lloraba desconsolada, sabiéndose la causante de aquella decisión y sintiéndose culpable y necia por no haber sabido amarlo como merecía.
Tras agradecerle su última y valiosa aportación a la causa, partió con la admirable entereza y dignidad del guerrero que sabe retirarse tras una derrota.
Nosotros ascendimos colina arriba buscando una guarida segura.
Tras cada asentamiento provisional, los hombres salían de dos en dos para comprobar los alrededores. Los turnos de guardia también concernían a las mujeres.
Aquella noche nos despertó Helga. Un grupo de soldados rastreaba la zona cerca de donde nos encontrábamos. Cuando los hombres salieron a explorar, se dieron de bruces con aquel regimiento y regresaron a la carrera.
—Tenemos que dividirnos para despistarlos —urgió Gunnar, tomándome de la mano—, intentaremos atraerlos hacia nosotros para que os dé tiempo a huir.
Me conmovió la expresión culpable que me dedicó.
—Ahora mi instinto de protección no implica separarte de mí, si no es vital. Ahora soy más egoísta, o más inconsciente, pero me ahoga no tenerte cerca, aunque te exponga más por estarlo.
Le planté un rápido beso en la boca para borrar su ceño.
—Muero en cada paso que te alejas de mí —susurré contra su boca—. Sea lo que sea lo que enfrentemos, lo haremos juntos.
Se inclinó sobre mí y besó la punta de mi nariz.
—Vamos, mi loba, demuéstrame lo rápido que corres.
Tiró de mí y nos adentramos entre los matorrales mientras los demás formaban grupos y se diseminaban por el lugar.
Gunnar me conminó a hacer todo el ruido posible sin que resultara exagerado, para atraerlos hacia nosotros.
No tardamos en toparnos con los soldados. Nos hicimos los sorprendidos y corrimos en dirección contraria, sorteando arbustos y rodeando árboles.
Salieron a nuestro encuentro entre órdenes y gritos.
El bosque latía.
La noche amparaba sonidos inquietantes que mi agudizado oído intentaba identificar, mientras mis ojos escudriñaban la plateada penumbra.
Nos perseguían. Podíamos oír ramas quebradas tras nosotros; el susurro hosco de hojas molestas por tan brusco despertar, el jadeo sofocado de hombres que se abrían camino entre el denso follaje, el alerta ulular de las lechuzas y la opresiva atmósfera del peligro más latente vibraban a nuestro alrededor, acelerando nuestros pasos.
Gunnar tomó mi mano, obligándome a alargar mis zancadas, guiándome a través de los gruesos alcornocales, siguiendo el rumor del río.
Llegamos a una pared rocosa y me ayudó a subir a ella.
A continuación, se encaramó con presteza a sus puntiagudas aristas y continuamos ascendiendo.
El familiar sonido de una cascada enmudeció todo lo demás. Gunnar se detenía cada tanto para atisbar tras nosotros y, después de un ligero asentimiento, proseguíamos con renovada urgencia.
De pronto..., un silbido atravesó el aire. Me encogí instintivamente.
Gunnar masculló una imprecación y se aproximó a mí, cubriéndome con su cuerpo. Las metálicas puntas de las flechas rebotaban en la pared de piedra caliza a la que nos aferrábamos. Permanecí inmóvil, elevando una plegaria al dios que quisiera escucharme mientras el pulso latía desbocado en mi sien.
Un gemido dolorido se mezcló con los afilados sonidos de una nueva lluvia de flechas. Voces apremiantes y exaltadas llegaron hasta nosotros... Apenas asimilaba que una de ellas había alcanzado a Gunnar y que estábamos atrapados, cuando una imperiosa orden susurrada me estrujó el pecho:
—Sigue subiendo..., yo los distraeré...
—¡No! —repliqué rotunda.
—No hay más alternativa, me desharé de ellos y te buscaré. Continúa río arriba —insistió tajante.
—Son demasiados... —balbuceé, luchando contra la angustia.
—Mi amor..., obedece...
Su tono suplicante me arrancó un sollozo roto. Negué con la cabeza, mientras mi mente buscaba alguna otra posibilidad.
—Estás herido..., no podrás con todos...
—He salido airoso de peores situaciones..., confía en mí.
Tenerlo adherido a mi espalda sin poder moverme, sin poder mirarlo a los ojos, sin poder besarlo ni enlazar mis manos a su nuca me rompía por dentro.
—Te encontraré —prometió.
Le temblaba la voz. Cerré los ojos y las lágrimas contenidas se desbordaron en un torrente incontenible.
—No hay tiempo que perder —apremió.
Su tono adquirió más firmeza, supe que no podría hacerlo cambiar de opinión. Y, si no hacíamos nada, dispararían de nuevo sus arcos.
—¡Me rindo! —gritó entonces por encima del hombro. Luego acercó sus labios a mi oído y susurró—: Cuando comience el descenso, saltaré sobre ellos. Arriba hay una poza, sigue escalando la roca hasta llegar a una planicie, es el nacimiento del río, escóndete en las grutas que se abren allí.
—Te juro por los dioses que te arrancaré la piel a tiras si dejas que te maten —lo amenacé entre dientes.
Cada latido laceraba mi pecho. Mi miedo se trocó en furia y la impotencia se diluyó en una fiera determinación.
Un amago de risa retumbó en su poderoso pecho, sacudiéndome ligeramente.
—Jamás osaría contrariar a una loba furiosa.
—Más te vale...
—Vamos... —urgió, depositando un beso en mi cuello y un «te amo»
rasgado en mi oído.
Comenzó a deslizarse hacia abajo, y el frío de la noche ocupó su lugar.
Inspiré profundamente y empecé a escalar repitiéndome que volvería a buscarme. Confiaba en él. Sí, vendría a por mí.
Una nebulosa acuática comenzó a envolverme, salpicándome de gotas.
Cuanto más ascendía, más furibunda rugía la cascada. Aquella bruma vaporosa me ocultó a la vista, pero también dificultó mi agarre a la roca, que, húmeda, se volvía peligrosamente resbaladiza.
Evitaba los lugares donde palpaba musgo, y si no encontraba un asidero lo suficientemente fiable no me encaramaba a él.
Apenas veía y ascendía guiada por el tacto y el instinto.
A punto estuve de caer en varias ocasiones, escurriéndoseme una mano o la otra, pero lograba aferrarme de nuevo, tanteando otra hendidura cercana.
Me escocían las yemas de los dedos y las piernas comenzaban a flaquearme por el agotamiento. Pero apreté los dientes y continué subiendo.
Finalmente llegué a la cima de aquella pared pedregosa. Impulsarme sobre la superficie implicó un esfuerzo titánico, dada mi extenuación.
Me puse en pie trémula y agradecí que la luna bañara aquella planicie de roca.
Me encontraba en el nacimiento de un manantial que brotaba vigoroso de una pared de piedra.
A ambos lados se horadaba en cavernas, algunas ciegas, otras parecían grutas más profundas.
Y, un poco más allá, un pequeño claro donde algunos arbustos florecían en tan duras condiciones.
No me animé a explorar las cavernas, así que me tendí entre los arbustos, sintiéndome cobijada. De esa forma podía estar atenta a quien subiera por la cascada.
* * *
Nadie subió.
La mañana despuntó con la misma intensidad que mi angustia. Apenas había dormitado dando cabezadas que sólo me traían más inquietud, pues estaban plagadas de pesadillas abominables que me despertaban jadeante y más desazonada todavía.
Me levanté y bebí agua del manantial. Su fresca tersura no aligeró la tenaza que prensaba mi estómago. Debía confiar en él; aunque tardara un poco más, vendría como había prometido. Gunnar se había enfrentado a peores circunstancias y a mejores contrincantes y había salido indemne.
Ahora no sería diferente.
Estiré las piernas y caminé en círculos por aquel lugar. La única forma de salir de aquella planicie era o seguir ascendiendo o descender, algo que veía incluso más complicado. Así que me decidí a explorar las cavernas.
Me adentré en una hasta que la luz dejó de alumbrar mis pasos. Y en una de aquellas paredes descubrí unos curiosos símbolos grabados en la piedra.
Eran líneas verticales, atravesadas por otras más cortas.
Algunas sólo nacían del eje central y otras lo cruzaban en oblicuo.
Repasé las muescas con los dedos y me pregunté qué significarían.
Eran similares a las runas, pero mucho más básicas en sus formas, pues sólo se trataba de líneas con orientaciones diferentes y en mayor o menor número en cada tramo.
La curiosidad avivó mi ingenio e intenté prender un fuego para continuar mi exploración.
No fue difícil encontrar dos guijarros, arranqué brotes secos de palmito como yesca y lo enmarañé formando una bola, y sobre aquel lecho comencé a frotar las dos piedras con golpes secos y rotundos.
Una de las piedras se desmigajó con los golpes y tuve que buscar otra más resistente.
Tras varios intentos fallidos, logré que varias chispas incandescentes cayeran en la yesca, y ésta comenzó a humear.
Me agaché y soplé suavemente hasta que del espeso humo surgió una tímida llama.
Añadí varios palitos secos y me regocijé ante el crepitar voraz de aquel incipiente fuego.
Mientras crecía, arranqué una gruesa rama del arbusto y me apercibí de que estaba plagado de bayas oscuras. A pesar de tener hambre, decidí ser prudente al no reconocer aquel fruto. Bien podía ser venenoso.
Alimenté el fuego hasta que maduró brioso. Y confeccioné mi particular antorcha rasgando los bajos de mi túnica y anudándolos en un extremo. La prendí y me encaminé de nuevo hacia la cueva.
Como había supuesto, los grabados continuaban. Y, en mitad de ellos, el resplandor anaranjado reveló un árbol de raíces a la vista, dentro de un círculo, que a su vez se encontraba rodeado de lo que parecían piedras.
Fascinada, continué mi exploración y, ante mi sorpresa, vislumbré un atisbo de luz natural al fondo. Seguí caminando hasta emerger al otro lado de la montaña, y de ahí sí partía un sendero que descendía entre la ladera hacia un valle. Cuando Gunnar regresara podríamos escapar por ese lado.