Capítulo 41 #2
Volví sobre mis pasos y me tendí entre el aligustre, obligándome a ser paciente.
La tarde dio paso al ocaso, y con aquel moribundo día perecían también mis esperanzas. Algo había pasado, y no algo bueno.
Me debatí entre esperar una noche más o salir a buscarlo.
Mis tripas se decidieron por lo segundo.
Con una nueva antorcha en la mano, volví a la cueva y la atravesé.
Caminé ya de noche por la ladera, sin el amparo de la antorcha para no llamar la atención.
Y, cuando llegué al valle, intenté orientarme, pero aquella zona me era desconocida.
Mi sentido común me dijo que debía retroceder rodeando la montaña para volver al punto de partida, así que eso hice.
Fue una noche larga y agotadora. Y, cuando la luz del alba asomó perezosa, apenas me tenía en pie.
Al menos, había encontrado el río y aquellos ya familiares alcornocales y quejigos. Y, conforme avanzaba, ya trastabillando, empecé a reconocer aquellos parajes.
Fue un chistido lo que me sobresaltó. Di un respingo y puse mi mano en el pecho cuando de entre la retama asomó Hiram.
Respiré aliviada y a punto estuve de derrumbarme en sus brazos.
—Llevamos todo el día y toda la noche intentando dar con vosotros.
¿Dónde demonios está Gunnar?
Esta vez sí me fallaron las rodillas, e Hiram me sostuvo contra su pecho.
Me tomó en brazos y comenzó a caminar raudo.
—No sabéis nada de él..., eso es que ...
La aterradora posibilidad de que lo hubieran capturado me prensó el pecho.
—Gunnar sabe cuidarse, seguro que aparecerá antes de lo que imaginas con los soldados andalusíes colgando de su cinto, como las liebres del otro día.
—Estaba herido, nos lanzaron flechas y...
—No te preocupes, yo estoy convencido de que es inmortal y cuenta con la bendición de Balder.
Bajé la mirada y asentí. El cansancio cerraba mis ojos, la preocupación me los abría.
Dejé que cargara conmigo un buen tramo hasta que llegamos a los alrededores del robledal. Hiram me depositó bajo la sombra de sus copas y me cubrió con su capa.
—Intenta dormir y, sobre todo, no te muevas de aquí. Volveré a buscarte.
Aquella última acotación me arrancó gruesas lágrimas que zigzaguearon cálidas por mis mejillas.
—Palabra de Hilario —bromeó para hacerme sonreír.
—Si encuentras a Gustavo, dile... dile que... le haré pagar este susto...
Hiram sonrió y asintió.
—Intenta dormir, el bosque está tranquilo desde ayer.
Se marchó a toda prisa y yo dejé que el sueño me venciera, alejando toda brizna de desasosiego, aunque en el fondo de mi mente sabía que si el bosque estaba tranquilo sólo podía suponer una cosa.
* * *
Desperté rodeada de todos ellos, de mi gente, de la que se había convertido en mi familia. Mi madre acariciaba mi frente con ternura.
Me froté los ojos y busqué a Hiram con la mirada.
Estaba allí, junto a Valdis, que tenía posada una mano en su hombro. Lo miré inquisitiva.
—Fue capturado —confirmó—, pero logró escapar. Parece que se lo haya tragado la tierra.
Negué con la cabeza, aquello no tenía sentido. Sentí náuseas y la cabeza embotada.
—Si hubiera escapado, habría regresado aquí y me habría encontrado.
Algo no va bien. —Me incorporé ansiosa—. Debemos salir a buscarlo.
—Hemos recorrido cada palmo de terreno, Freya —intervino Thorffin apesadumbrado—, incluso apresamos a un soldado andalusí y lo interrogamos antes de matarlo. Lo que nos contó fue que lo habían capturado, que estaba herido y que luego alguien lo ayudó a escapar.
—¿Alguien?
—Sí, y eso es lo que más me desconcierta.
—Ese alguien lo tiene escondido.
Y en aquel preciso instante un súbito halo clarividente me dijo que ese alguien era una mujer. Ella.
Las cuevas. Esos símbolos que bien podrían ser druídicos. La aguda intuición que me atravesaba. Todo indicaba lo que más temía.
—Lo tiene ella —sentencié.
—¿Ella?
—La bruja —aclaré con un nudo en la garganta.
Thorffin me observó incrédulo.
—¿Una sola mujer se ha enfrentado a un grupo de soldados y se ha llevado a Gunnar contra su voluntad? No lo creo. Incluso si estuviera inconsciente, le habría resultado imposible transportarlo ella sola.
—Bueno, una mujer tiene muchas maneras de disuadir. Y más una tan artera como ella —opinó Sigurd.
—No, no es persuasión —rebatió Thorffin—. Gunnar la detesta, sea lo que sea lo que haya podido hacer, si acaso ella es la culpable de su desaparición, ha sido contra su voluntad.
—Debe de haber esgrimido un motivo de peso —barajó Sigurd.
Y en aquel momento sólo se me ocurrió uno.
Y creo que todos los hombres pensaron en el mismo, por las miradas sombrías que me dirigieron.
—Debe de haber un lugar oculto por aquí cerca —dilucidé— donde lo tenga preso. Arriba, en el nacimiento, hay cuevas, pero dudo que haya podido llevarlo hasta allí, incluso por el otro lado de la montaña. Pero debe de haber más. Ella siempre las habita. En Tulaytulah, en Qurtuba...
—Un momento..., ¿fuiste a buscarla en Qurtuba? —intervino Thorffin con gesto sobrecogido.
—Una curandera me dijo dónde encontrarla.
Los hombres resoplaron reprobadores.
—¿La amenazaste?
Asentí, recibiendo sus miradas condenatorias.
—¡Quería alejarla de nosotros! —me defendí con voz quebrada.
Hiram se refregó el rostro con las manos y sacudió inquieto la cabeza.
—Amenazar a una bruja es provocarla, retarla, ¡maldita sea! —increpó tras un bufido.
—Ella nos estaba siguiendo, está obsesionada con Gunnar, lleva a su hijo en su vientre, y yo...
Un repentino sollozo trabó mi voz. Las lágrimas afloraron.
Mi madre me abrazó y me acunó contra su pecho.
—Ella no tiene la culpa, sólo quiso protegerlo. Esto habría pasado igualmente —replicó acariciando mi cabello.
—Vamos a ver, estamos hablando sobre suposiciones —apuntó Valdis—, en realidad no sabemos qué ha podido pasarle. Quizá debamos esperar noticias suyas, más no podemos hacer.
Me revolví resentida hacia ellos.
—¿Por qué nadie me dijo que ella había ido a la prisión a ver a Gunnar?
Thorffin apartó la mirada, Hiram me la sostuvo ceñudo.
—Gunnar estaba muy enfermo, ella nos pasó un remedio para curarlo, pero él se negaba a tomarlo.
Cargaba furioso contra ella las primeras veces, y luego optó por darle la espalda e ignorarla.
Al final logramos conseguir que lo tomara con el agua que bebía.
Fue ese remedio el que lo curó, y no el del hakim .
Ella dijo que tardaría en hacerle efecto, pues la enfermedad era muy seria; también nos aconsejó que se pusiera bajo la luz del sol todo el tiempo posible.
Me abalancé sobre Hiram y lo empujé furiosa.
—¿Y creísteis sus palabras, panda de necios? Fue ella quien lo envenenó, fue ese remedio que le dabais lo que lo enfermó, ¡maldición!
Thorffin me tomó de los hombros, me inmovilizó y me obligó a mirarlo.
—Gunnar había comenzado a enfermar mucho antes de que ella viniera.
El carcelero dijo que era tisis y que moriría pronto, como tantos otros.
Estábamos desesperados, Freya. Lo veíamos consumirse día a día y no sabíamos cómo ayudarlo. Esa mujer es una bruja, un ser maligno, todo lo que quieras, pero es poderosa y sabia, y no quiere el mal de Gunnar.
—¡¿Ah, no?! —bramé fuera de mí—. ¿Y por qué se lo ha llevado ahora?
¿Por qué lo persigue?
—Quizá para velar por él.
Aquellas palabras me atravesaron como si fueran puñales en mi pecho.
Clavé mi dolida mirada en Hiram. Estupefacta y herida, observé a los guerreros de uno en uno, sin poder creer que ninguno de ellos condenara aquella injusta opinión.
—Cuando estuvo allí, dijo que se sentía en deuda con él, y que sólo por ser portadora de su semilla, a pesar de no ser un acto voluntario por su parte, deseaba protegerlo.
Y entonces recordé el reproche de la bruja, acerca de que Gunnar no dejaba de meterse en problemas por mi culpa. No era posible que ellos también pensaran lo mismo...
Me puse en pie rechazando la ayuda de mi madre. Necesitaba estar sola, necesitaba...
Aparté las manos que intentaban detenerme. Me alejé del grupo rumbo al río y, antes de perderme en la espesura, me volví hacia ellos envuelta en lágrimas.
—Todos sabéis cuánto nos amamos. Habéis vivido con nosotros todas nuestras penurias, sabéis que daría mi vida por él y él por mí, que es la Providencia la que se empeña en ponernos a prueba constantemente y que nosotros siempre hemos luchado contra ella.
Y ahora... —perdí la voz, cerré los ojos y apreté los puños aguardando a que pasara aquella punzada— ahora pensáis que está mejor con un demonio que conmigo.
—¡Yo no he dicho eso...! —exclamó Hiram airado—. Sólo he dicho que esa mujer desea velar por él.
Caminé hacia ellos de nuevo. La ira me invadía con la misma fiereza que la angustia.
Llegué hasta él y lo empujé con violencia.
—¡Dime, ¿crees que yo tengo la culpa de todos estos infortunios?!
Adelante, ¡sé franco!
Miré a los presentes y les extendí la pregunta.
—Tanto como la tiene él.
La respuesta provino de quien menos lo esperaba: de mi madre. Su voz suave y su gesto compungido logró apagar mi furia e incrementar mi pesar.
—Yo sé lo que es sufrir por amor y no poder hacer nada por mucho que sepas que ruedas colina abajo.
No hay nada a lo que agarrarte para no caer; es más, ni lo intentas, porque no deseas dejar de girar en esa miasma de emociones.
Ni tú ni él habríais sufrido tanto si tras tanto obstáculo os hubierais rendido.
Preferís mil tormentos a la muerte que supondría la separación.
Y eso os honra y convierte vuestro amor en indestructible, aunque complique tanto vuestras vidas.
—Su tierna y conmovida expresión me hizo desear ese abrazo que le había negado—.
Gunnar jamás estará mejor sin ti, ni tú sin él, aunque vuestras vidas gocen de paz monacal.
—Nadie duda de eso —aseveró Thorffin.
—Tanto es así, que hasta os envidio —afirmó Hiram.
Los hombres me rodearon en gesto de apoyo, ofreciéndome así su consuelo.
—Lo encontraremos —prometieron uno tras otro.
Thorffin me eclipsó con su inmenso cuerpo y me dedicó una sonrisa confiada.
—Es mi hermano, mi amigo, mi líder, siempre nos cuidó a todos. Lo devolveremos al único lugar donde desea estar, a tu lado. El único sitio donde es feliz.
Y en aquel momento de hermandad, de promesas y de cariño, apareció una figura oscura e inesperada.
Brianda de Kent nos miraba fijamente desde el otro lado del claro. Oí a mi espalda un gemido sorpresivo, no supe de quién procedió.