Capítulo 40 #2
Ahora éramos prófugos, expulsados de sus tierras y de las mías, perseguidos por sus compatriotas y por los míos, aislados en un mundo hostil y vapuleados continuamente por un destino ingrato. Sin embargo, estábamos juntos, y sólo eso conseguía que la esperanza renaciera una y otra vez.
Rendirnos no era una opción. El mundo era grande, y finalmente encontraríamos nuestro lugar.
Aquella mañana, Martín había salido a explorar los alrededores. Cada día se turnaban para asegurarse de que nadie rastreaba la zona en nuestra busca.
Gunnar y Thorffin habían salido a cazar y el resto haraganeaban en el campamento sin más distracción que la de sumirse en sus pensamientos, conversar o tararear canciones.
Valdis jugaba con Raquel y con Erik, siendo observada por Hiram, que trazaba dibujos en la tierra con el extremo de una rama.
Su expresión compungida llevó mis pasos hasta él.
Me senté en una roca junto al río, cogí varios cantos y comencé a lanzarlos al agua, intentando que saltaran sobre la superficie cuantas más veces mejor.
—No se te da mal —masculló taciturno.
—Ni bien —reconvine.
—Pero te sirve de excusa para echarme la reprimenda que llevas tiempo conteniendo.
Alcé las cejas ante su astuta percepción y respiré hondo.
—En realidad, me está costando mucho lanzar estas piedras al río y no a tu cabeza —confesé mirándolo reprobadora.
Dirigió una mirada de soslayo hacia Valdis y se encogió de hombros.
—Bueno, no eres la única.
—¿Qué le dijiste aquella noche en al-Yazira, cuando salió detrás de Martín?
Suspiró quedo y fijó sus celestes ojos en el río.
—Que había sido la mejor funda para mi espada, aunque no la que ansiaba.
Agrandé los ojos horrorizada y lo fulminé con la mirada.
—Eres un...
La expresión «cerdo desalmado» se atoró en mi garganta cuando comprendí el motivo de su burda ofensa.
—Me sorprende que aquella noche no te ensartara con la suya.
—Cuesta reaccionar cuando te apuñalan el corazón tan vilmente —adujo apesadumbrado. La culpa roía su alma, oscureciendo su faz.
—Digamos que fue una manera cruel de enmascarar un acto de amor —opiné suavizando mi tono.
El guerrero oprimió sus gruesos labios en un mohín compungido y sus facciones se estiraron.
—Es bien sabido que sólo se valoran las cosas que se pierden —comenzó fijando su atención en la refulgente superficie del arroyo con mirada perdida
—, pero la pérdida también es reveladora en cuanto a descubrirte sentimientos que creías no poseer. E incluso va más allá, pues, a pesar de conocerlos, sientes que debes apartarte para que esa persona tenga alguna oportunidad de ser feliz, pues sientes que no la mereces.
Observé con atención el apuesto perfil del guerrero; su aflicción acompañaba aquella curiosa declaración de amor, de resignación y de sacrificio.
Hiram realmente amaba a Valdis, y, sumido en su contrición, no era capaz de ver que, por mucho que él la empujara en brazos de quien consideraba merecedor del amor de la muchacha, en el corazón no se mandaba.
Y, sin amor, ni el mejor de los hombres podría hacerla dichosa.
—No se trata de ser merecedor —repliqué inspirando hondo—, sino de asumir que los sentimientos no atienden a razones.
Se trata de abrir los ojos de una vez y comprobar que, por mucho que Martín la merezca, ella no lo ama.
Se trata de ver que tras sus miradas furibundas y resentidas se esconde una tristeza tan profunda que apaga su ser.
Se trata de comprender que su corazón te pertenece a ti, que está herida, despechada y confundida, pero que sólo necesita perdonar, al igual que tú necesitas pedir perdón y empezar de nuevo.
Porque, cuando hay amor, hay tantos comienzos como aliento quede en el cuerpo.
Hiram volvió el rostro hacia mí y me miró con penetrante intensidad. Al cabo, asintió para sí esbozando una sonrisa cáustica con la que pareció flagelarse durante un instante, como si se reprendiera con ácida sorna.
—Digamos que yo entiendo mejor que nadie al pobre Martín.
Aquellas significativas palabras evidenciaron la frustración que había arrastrado referente a mí.
—Pues no has de compadecerlo —argüí mirándolo a los ojos—, pues decidió luchar por propia voluntad por una causa perdida de antemano, y eso lo honra y resalta su coraje.
Martín es un hombre despierto y tenaz que siempre supo contra qué luchaba.
Lo intentó y no lo consiguió, pero al menos tuvo una oportunidad.
Hay otros que, sin ella, mantenían una absurda esperanza que ha estado a punto de malograr lo que sí merecía la pena cuidar.
Hiram bajó la mirada y hundió los hombros.
—¿A punto? Valdis es orgullosa, le he hecho demasiado daño como para que acepte mi perdón.
—No lo sabrás si no se lo pides.
En los ojos del guerrero pude vislumbrar un hálito de luz. Y, aunque su abatimiento regresó, apagándolos, supe que aquella tenue chispa de ilusión crecería con el paso de los días. Mis palabras rondarían su cabeza hasta derribar sus defensas, porque su corazón se había agarrado ya a ellas.
Me puse en pie, sacudí mis faldas y palmeé su espalda.
—Si algo sé, arrepentido Hilario, es que, cuando crees que tu destino está decidido, va éste y te sorprende.
Esgrimió una sonrisa agradecida y asintió con gesto indefinido.
En aquel instante, un murmullo de hojas captó mi atención. Martín apareció tambaleante, encogido sobre sí mismo. Una flecha asomaba de su hombro.
Corrí hacia él. Valdis me siguió. Lo sostuvimos entre las dos justo cuando se desplomaba.
Logramos arrastrarlo unos pasos hasta que Hiram acudió en nuestra ayuda y se lo echó sobre el hombro. Lo llevó hacia el claro y lo tumbó con cuidado en el suelo para examinar la herida. Flora y Helga acudieron prestas con semblantes preocupados.
Hiram partió el astil, sujetando con firmeza la parte que penetraba en la carne, y giró cuidadosamente el cuerpo del herrero para comprobar que la flecha no lo había atravesado.
Aquello no era bueno, pues tendría que extraer aquella parte, destrozando más tejido que estaba perforado, ya que la punta de extremos abiertos se abriría camino en sentido contrario, pero era necesario.
—Debéis sujetarlo para inmovilizarlo. Esto le dolerá —avisó.
Ahmed acudió a la carrera; su gigantesco tamaño era proporcional a su tierno corazón. En su faz se dibujó la apenada desazón que sentía por el muchacho, al que le guardaba un gran afecto.
No hizo falta ayuda para inmovilizarlo, el nubio se valió sobradamente.
Hiram compuso un gesto concentrado, le ofreció a Martín un trozo de rama para que la mordiera y, tomando de nuevo el astil, comenzó a sacarlo.
El rostro del herrero se congestionó en una mueca sufrida y el sonido de la carne rasgándose nos estremeció.
Una vez fuera la flecha, la lanzó lejos y aconsejó lavar la herida y aplicarle algún ungüento. Valdis se arrodilló sobre el herrero y le tomó la mano llevándosela a los labios. Hiram endureció el gesto y se puso en pie.
—¿Quién te ha atacado? —preguntó pragmático.
El muchacho sudada y temblaba, pero su mirada era lúcida.
—Una de las muchas partidas que nos buscan —respondió jadeante—.
Han ofrecido recompensa por nuestras cabezas, y los mismos ciudadanos que intentamos defender ahora peinan cada palmo de terreno para capturarnos.
El emir nos ha declarado traidores por ayudar a los paganos a devastar al-Yazira.
Han logrado expulsar a los bárbaros de la ciudad y ahora buscan venganza.
—En nosotros... —masculló Hiram pasándose las manos por su espeso y largo cabello claro.
El herrero asintió.
Gunnar y Thorffin emergieron en aquel momento de la espesura. El gigante rojo llevaba un cervatillo colgando de su hombro, y Gunnar, varias liebres inertes atadas a su cinto.
Cuando fueron puestos al día sobre las nuevas de Martín, Gunnar no pareció sorprenderse.
—Debemos enviar un mensajero en busca de Paulo Álvaro.
El amigo de Eulogio goza de alianzas con los reinos cristianos, y preparan una gran ofensiva contra el emir —recordó reflexivo—.
Le entregaremos la reliquia del apóstol a cambio de que nos meta en un barco lleno de provisiones y se olvide de nosotros.
Mientras tanto, debemos buscar un refugio seguro.
No es improbable que en este relieve tan rocoso haya cavernas donde podamos escondernos.
Propongo adentrarnos en el bosque, siguiendo el curso del río hasta su nacimiento.
—¿Y quién será nuestro emisario? —inquirió Sigurd.
—Lo echaremos a suertes —contestó Gunnar.
Los presentes se miraron entre sí con ceño inquieto.
—Yo.
Todos observamos con asombro al herrero, que, con la cabeza posada en el regazo de Valdis, nos contemplaba con gesto decidido. Helga limpiaba su herida con un trozo de lienzo húmedo.
—Soy el único que puede pasar desapercibido. Buscan a hombres del norte, no a un mozárabe que se camuflaría entre ellos.
—No tienes por qué hacerlo —espetó Gunnar, dándole la oportunidad de replanteárselo.
El herrero miró a Valdis y luego a Gunnar de nuevo. Su expresión adquirió más resolución.
—Deseo hacerlo. He vivido con vosotros muchas aventuras y me he sentido un igual, pero ya no tengo lugar aquí. Vuestra intención es regresar al norte; la mía, regresar con mi padre y a mi vida. Tras entregar el mensaje a Paulo Álvaro, no volveré.
Cerró los ojos, dando por terminada la conversación. A su faz regresó una mueca de dolor, pero esta vez no provenía de la herida que Helga curaba.